La mañana del 15 de febrero del año 2000, la vida sentimental de Camilo se había derrumbado en un minuto. Sesenta segundos definieron el fin de su historia personal al lado de Fátima. Un día después del mediático y depresivo San Valentín, Camilo caminaba por la calle Fraternidad del barrio de El Tepetate convertido en un desequilibrado emocional, regresando a vivir en el sin-sentido que había habitado antes de conocer a Fátima, el amor de su vida durante dos años de intensa pasión. Con ella había conocido el paraíso.
Esta vez, la filosofía de Viktor Frankl ya no le interesaba en lo más mínimo; el ser de Martin Heidegger tampoco. En esas circunstancias, Nietzsche sería, ulteriormente, su tablita de salvación existencialista. Las enseñanzas del autor de Así habló Zaratustra le proporcionarían su mejor aprendizaje. Cuando Camilo aterrizó en la vida real, ya sin estar bajo los efectos de algún destilado, entendió que no debía aborrecer su suerte ni maldecir su destino. Ahora deseaba rehuir todo lo que fuera dolor y alejarse de todo lo que tuviera que ver con Fátima: el amor de su vida por muchas razones, el mismo amor que lo había conducido al sufrimiento. Con Nietzsche aprendió, de manera empírica, a darle sentido a su vida. Su destino con ella, nada ni nadie lo podía cambiar; su historia debía volver a empezar, y ahora él desearía llevar el timón a su propio mando, aun cuando eso implicara pagar un costo no cuantificable.
Ese fatídico día, todo lo que lo rodeaba lo veía negativo y negro. De haber sido un Viernes Santo, habría dado su vida por caminar al lado de los encapuchados que, en su niñez, le recordaban al Ku Klux Klan cuando a las cinco de la tarde salían del Convento de la Cruz a recorrer las calles de la ciudad. Esa mañana salió a la calle y sólo fue cuestión de caminar unos metros para crudársela en la cantina ADO, atendida por los hermanos Corbella. Su resaca moral era un infierno. Al llegar, se dirigió sin titubear a la Rock-Ola para programar una rola que le gustara. El chiflido melódico que marca el inicio de la multicitada Historia de un minuto de David Garnica Palomares (no de Interpuesto ni de su vocalista Gonzalo Olvera) fue la coincidencia del destino. La melodía daba justo en el clavo, donde más dolía.
Ella convirtió la noche en un poema de amor, Ella prometió mil noches de alegría solo a él, Pero el tiempo habló, no todo fue tan bello, no, no, no…
La carta encontrada en el buró decía que estaba harta de todo, de tanto rodar. Que no era su culpa, que sólo era su forma de ser. Y esa noche, él no pensaría en buscarla. No. Esa noche no quería ni mirarla otra vez.
En el juego de la vida y el amor, su suerte estaba echada. Las cartas habían estado marcadas sin que él lo hubiera percibido: el amor lo cegaba, lo cegó durante dos años. Para él, el día comenzaba con Fátima y terminaba con ella. Salir del otrora nido de amor, borrar todo y largarse sin voltear a ver atrás —en sentido metafórico— era lo mejor para su sentir. Se sintió fuerte y decidido para iniciar una nueva vida. Por eso tomó aquella fría determinación. El tiempo le demostraría que estaba equivocado: antes tendría que tocar fondo y pagar algunas sentimentales facturas.
La cruda física comenzaba a hacer mella en sus dañados intestinos, y la cantina ADO fue un oasis en su desierto, en busca de una buena dosis de Bloody Marys y MicheClams, que lo ayudaron a recuperarse de la solitaria noche en la que bebió hasta quedar hecho pedazos en el sillón de la sala. Todo después de que Fátima lo cortara y lo mandara por el tubo del drenaje. Camilo se había ahogado en alcohol. Los estragos del exceso saltaban a la vista: sus ojos estaban rojos. Esa noche, Fátima prefirió dormir deseando que al día siguiente él desapareciera de su vida para siempre. Jamás volvieron a verse.
Diego le cortaba las patas a las palomas que fallaban en sus labores: el transporte de sustancias ilegales. Para ganarse el alimento, para calmar el hambre que lastimaba sus estómagos, ellas debían ser eficaces. A veces parecía que una paloma tenía más hambre que un león, capaz de comer varias bolsas de pan al día; al final de su vida, podía haber comido cientos de kilos.
El trabajo también era duro para la paloma obnubilada por el hambre. Debía transportar la carga en su pata pintada de negro, amarrada con un hilo y una bolsita del mismo color. Pero a veces le daba hambre en el camino, entonces se equivocaba de destinatario y todo se volvía un caos, porque trabajaban juntas. Si una se equivocaba, debido a su tendencia a copiarse, las demás la seguían, y a veces perdían la mercancía.
El trabajo de Diego consistía en torturar a las palomas que se equivocaban. Les cortaba una pata y, si volvían a fallar, les sacaba los intestinos y luego les cortaba la cabeza. Lo hacía frente a las demás, pero ellas solo sentían hambre, no miedo; su verdadero temor era quedarse sin comida. Sin embargo, Diego no se daba cuenta de esto. Le gustaba cortarles las patas. En su casa había ciento veinte palomas, cada una con su número. El lugar estaba lleno de excremento por fuera, y nadie sospechaba lo que allí ocurría porque la gente no ponía atención. El suelo de su casa estaba salpicado de sangre y de patitas de ave que quedaban tiradas, y que a veces las mismas palomas se tragaban junto con las migas de pan.
Aunque no mucha gente se fijaba, un joven sí se dio cuenta de la situación. Su nombre era Isaac. Amaba contemplar a las aves, sobre todo a las gaviotas. Gentilmente se acercaba a platicar con ellas. Éstas volaban tan alto, tan lejos, que parecía que sus palabras no llegarían. Pero él se percató de que algo pasaba con las palomas: se dio cuenta de que eran traficantes y que las castigaban mutilándolas o aplastándolas hasta dejarlas sin vida en las calles.
—¿Qué pasa con las palomas? —preguntó. —Te llevaremos ahí —le respondió la voz grave de una gaviota desde el cielo.
Isaac sintió miedo mientras caminaba por las calles llenas de niebla, guiado por las aves hacia un cerro. Llegó a la casa del criminal, distinguible porque estaba repleta de palomas y de excremento. No quiso pensar en el sufrimiento que se vivía allí y se fue.
Desde ese día comenzó a ir seguido al mar. Su forma de hacer la guerra era conversando con las gaviotas. Hablaba sobre moral, sobre la felicidad y los deberes de los hombres. Las gaviotas se sentían atraídas por sus palabras, por aquello que les contaba mientras él se sentaba junto al mar.
Convenció a las gaviotas, y fueron a pelear contra las palomas. Las exterminaron durante una noche y un día. Esa mañana, la gente de la ciudad, distraída como siempre, no se dio cuenta de lo ocurrido. Sin embargo, después de aquella batalla, las palomas que habían invadido la ciudad redujeron su número hasta casi desaparecer.
Ya no atacaban a la gente que comía pan en la calle, ya no golpeaban con sus alas el rostro de los transeúntes. Las pocas que quedaron eran calladas, discretas, casi imitando el elevado comportamiento de las gaviotas. Éstas, en cambio, se alejaron de la ciudad para evitar represalias de los traficantes.
Sin embargo, el cuerpo de Isaac fue encontrado flotando en el mar. Lo habían torturado y le habían sacado los intestinos. Las gaviotas lo guiaron en su último vuelo, cuando su espíritu se elevaba hacia el sol de la tarde; lo ayudaron para que no volteara a ver su cuerpo muerto, que yacía sin vísceras sobre el agua.
Aunque al principio morir le costó trabajo, ángeles y pájaros de la ciudad descendieron en su ayuda y volaron triunfales en el cielo. Las gaviotas que se habían ido regresaron graznando y permanecieron tranquilas todo el día, pescando y velando durante la madrugada. Conversaban sobre la partida de Isaac y sobre las cosas que él les contaba cuando se sentaba a la orilla del mar: su amor por la filosofía aristotélica, su gusto por la pintura y la música.
Ahora él escuchaba una melodía suave, en la espera más allá del tiempo.
Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.
En el aula de arte, la mirada no es neutra. Llega cargada de historia, de jerarquías invisibles, de modelos aprendidos que dictan qué es bello, qué es valioso y qué merece ser visto. Descolonizar la mirada no es un gesto político superficial; es un ejercicio profundo de reaprendizaje, de volver a mirar el mundo sin los filtros que lo domesticaron. Es, ante todo, una práctica ética.
Cuando enseño dibujo de figura humana, suelo iniciar con un recordatorio: «No dibujen lo que creen ver, dibujen lo que realmente ven». Y esa frase, que parece técnica, es en realidad filosófica. Implica suspender el juicio, renunciar a las convenciones que moldean la visión. Implica, también, reconocer que toda imagen ha sido construida dentro de una cultura que privilegió ciertos cuerpos, ciertos rostros, ciertas narrativas.
bell hooks escribió que «la mirada opresora intenta reducirnos a objetos, mientras que mirar críticamente es un acto de resistencia». Descolonizar la mirada, en ese sentido, es recuperar el derecho a mirar desde la propia experiencia, desde el cuerpo que observa y se sabe observado. En mis clases, esto se traduce en ejercicios donde los estudiantes deben dibujar sin levantar el lápiz, sin mirar la hoja o incluso sin modelo, recordando. Lo que aparece en esos papeles no es sólo una forma: es una memoria visual desobediente, una mirada que deja de complacer.
La enseñanza del arte, históricamente, se ha sostenido sobre cánones que imponen qué mirar y cómo representarlo. La historia del arte occidental nos enseñó que el cuerpo ideal tenía proporciones griegas, que la belleza residía en la armonía, que la piel blanca era sinónimo de universalidad. Pero el aula contemporánea no puede seguir repitiendo esas ficciones. Hoy el desafío es enseñar a mirar desde múltiples centros, a reconocer lo periférico como fuente de conocimiento.
En un ejercicio reciente, pedí al grupo que representara un «rostro invisible»: aquel que rara vez aparece en las portadas de revistas o en los museos. Algunos eligieron retratar a sus abuelos, otros a vendedores ambulantes, a migrantes o a sí mismos. Las imágenes que surgieron fueron conmovedoras; cada una era una declaración política y afectiva. Como decía Frantz Fanon, «el colonialismo no sólo se apodera de la tierra, sino también de la manera de ver» Dibujar desde otro lugar es, entonces, una forma de devolver el mundo a sus miradas diversas.
La descolonización también alcanza los materiales. En lugar de insistir en los soportes «nobles», invito a mis alumnos a trabajar con cartón, papeles reciclados o pigmentos naturales. Cuando exploramos la cianotipia o la antotipia, hablamos de cómo la luz y el tiempo colaboran en la imagen; cuando bordamos sobre tela, recordamos que el hilo también narra. En cada técnica hay una oportunidad para romper jerarquías: la acuarela deja de ser un ejercicio decorativo y se convierte en un espacio de pensamiento.
Pero descolonizar no se trata sólo de cambiar materiales o temas. Es un proceso interior, una revisión de nuestras propias formas de mirar. A veces, incluso, duele. Porque obliga a reconocer los prejuicios aprendidos, las jerarquías que habitamos sin darnos cuenta. María Lugones escribió que «la colonialidad del poder también es una colonialidad del ser». Y eso, en el aula, se manifiesta en pequeños gestos: quién se siente autorizado a hablar, quién teme equivocarse, quién cree que no tiene «el talento» suficiente.
Enseñar arte es, en este contexto, crear un espacio donde todas las miradas puedan coexistir sin anularse. Donde lo local, lo íntimo y lo fragmentario tengan tanto valor como lo monumental. Donde la diferencia no se tolere, sino que se celebre. Descolonizar la mirada no es excluir lo aprendido, sino ponerlo en diálogo con otras formas de ver y sentir.
En el aula abierta, mirar es un acto de libertad. Descolonizar la mirada significa aprender a ver con otros ojos, pero también con otro corazón: uno que reconozca la pluralidad de lo humano y la dignidad de toda imagen. Porque sólo cuando miramos sin jerarquías comenzamos, de verdad, a ver.
Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.
La niñez es una etapa de la vida en la que vas aprendiendo a moverte en el mundo, muchas veces dejándote llevar por lo que los adultos te marcan como bueno o malo: de la vida, del comportamiento, de la felicidad, de toda aquella emoción que debe ser expresada o callada porque «es lo correcto». Porque existen reglas en la sociedad que hay que respetar, cumplir y hacer cumplir.
Hablar de desarrollo humano es tener claro que se trata de procesos sistemáticos de estabilidad y cambio en las personas¹. Se estudian tres principales ámbitos: el físico (crecimiento del cuerpo y del cerebro, capacidades sensoriales, habilidades motoras y salud); el cognoscitivo (aprendizaje, atención, memoria, lenguaje, pensamiento, razonamiento y creatividad); y el psicosocial (emociones, personalidad y relaciones sociales).
Te quiero compartir cómo fue mi niñez y cómo influyó en mi desarrollo como persona. Seguramente muchos hechos marcaron mi infancia, pero hablaré de los primeros recuerdos, desde mi mirada, porque no todos tenemos la misma perspectiva de un mismo suceso.
Recuerdo aquel día en que fuimos con mi papá a la pirámide de Cuicuilco a cortar varas para nuestros papalotes. Era algo que me llenaba de alegría, felicidad y mucho afecto por el momento compartido. Todos corríamos alegres, buscando las mejores varas —rectas— para trabajar un papalote que volara muy alto. Cuando mi papalote estaba en el aire, mis ojos se elevaban al cielo azul: los pájaros cantaban, los perros ladraban, las risas y los gritos de alegría de mis hermanos llenaban el aire. Los escucho aún al cerrar mis ojos y evocar tan bello recuerdo.
Existen recuerdos que mueven nuestro ser. En lo personal, los evoco para experimentar alegría, paz interior, inocencia… esos sentimientos que ayudan a vivir libre y feliz. La memoria es parte del desarrollo humano. El aprendizaje es sorpresa en muchos momentos: desde cómo elegir la vara, qué rasgos debe tener para que el papalote vuele… Los pensamientos surgen al razonar: ¿qué prefiero?, ¿unas varas con papel de china de colores o un gran papalote volador? Las habilidades físicas son importantes en la carrera del vuelo; aquí surgen emociones que varían desde la frustración hasta la felicidad por lo logrado.
Elijo este recuerdo para iniciar con el desarrollo humano. ¿Tú, qué eliges?
¹ Feldman, Ruth; Martorell, Gabriela; Papalia, Diane (2012). Desarrollo Humano. McGraw-Hill/Interamericana Editores S.A. de C.V., p. 6.
The charm of Querétaro as a jewel of Mexican baroque architecture is undeniable. Its streets, fountains, and pink quarry buildings, as well as its temples and altarpieces adorned in the Churrigueresque style, make this colonial city one of the most beautiful in Mexico. I grew up there. However, its importance has not lain in its beauty itself, but in its location. Historically, it has been a strategic point within the territory of what is now Mexico. Precisely because it is located in the heart of the country, Querétaro has been a crossroads of paths and encounters. Since the viceregal period, it functioned as a crucial point for the trade and supply of New Spain, and by the eighteenth century, it was considered the third most important city in Latin America, after Lima (Peru) and Mexico City.
This strategic location made Querétaro the scene of important historical feats: it was the cradle of Mexico’s independence, the center of its conspiracy, and a key site for the beginning of the armed struggle. Later, it witnessed the end of the Second Empire with the trial and execution of Maximilian of Habsburg. In the twentieth century, it became the headquarters of the Constituent Congress that signed the Mexican Constitution of 1917.
Rodrigo Romero, researcher and PhD in History from the Faculty of Philosophy and Letters at UNAM, points out that, since its beginnings, the historical feats of the Mexican state have been the subject of study and numerous interpretations. Mexican historiography evolved from post-independence chronicles and pamphlets to monographic approaches to the epic and heroic deeds that served as the foundation for consolidating Mexican national identity.
The foundations of Mexico’s history have been laid by numerous researchers, ranging from The History of the Revolution of New Spain by Servando Teresa de Mier (London, 1813), to Mexico through the Centuries by Julio Zárate; from Historical Picture of the Mexican Revolution by Carlos María de Bustamante, to Historical Essay of the Revolutions of Mexico by Lorenzo de Zavala; from Mexico and Its Revolutions by José María Luis Mora, to History of Mexico by Lucas Alamán, and the works of Justo Sierra and José Vasconcelos, to mention just a few.
However, as time has passed, Mexican historiography has evolved from a vision centered on “the people versus the foreign power” to a broader understanding of these armed movements—one that includes more complex social, economic, regional, and international factors, as well as the participation of many figures about whom we still know little.
Romero affirms that although earlier efforts had appeared in the past, it is likely that the 1953 publication commemorating the bicentennial of Miguel Hidalgo’s birth—The Revolution of Independence by Luis Villoro—marked the beginning of this new historiography. Yet it was not until later, in the 1990s and especially after 2010 with the bicentennial of Mexican Independence, that researchers began to rethink Mexico’s national history.
One of these new voices is undoubtedly that of Jesús Reyes Bustos (b. 1972), an anthropologist from the Autonomous University of Querétaro, who, although originally from Mexico City, has deep roots in Querétaro. Reyes Bustos has gone beyond historical research; he explains that he has dedicated himself to writing historical novels in order to “take science out of the archives, the academy, and the technical terms, with the intention of disseminating it and making it more accessible to readers and to society in general.”
In 2011, he independently published his first novel, Epigmenio González. Circunstancias (El Asado Servicios Editoriales), which earned him Mexico’s National Award for Historical Novel in 2010. The novel explores the extraordinary life of Epigmenio González, who, upon joining the Querétaro conspiracy at the beginning of Mexico’s Independence, was one of the first insurgents apprehended by Spanish royalist authorities—and also one of the last revolutionary leaders to be released by the Spanish Empire, even after the consummation of Independence. After having spent more than 25 years imprisoned in the Philippines, and several more in the fortress of San Juan de Ulúa in Veracruz, he managed to return to Mexico and died peacefully in his bed in 1858.
I came across the wonderful work of Jesús Reyes Bustos while researching my own novel Memorias de Tierra Adentro. I was immediately captivated by his novel Circunstancias. Later, with the publication of my book, our paths crossed, and Reyes Bustos and I have kept in touch through social media and text messages.
In a halting telephone conversation from Mazunte, Oaxaca—his current residence—he tells me, “I’m in paradise, but with little internet signal.” He explains that his novel Circunstancias arose from the enormous amount of information he gathered during his doctoral thesis. “I didn’t want the life of Epigmenio González—this extraordinary man who suffered so much for Mexico—to be reduced to my PhD thesis and then re-archived. I thought this amazing Queretano deserved recognition from society. I decided to novelize my academic research to make his story known. Because he wasn’t an Allende or a Hidalgo, his extraordinary story of survival was left aside and forgotten by national history. During the cultural movement of Juárez and the liberals at the end of the nineteenth century, when the Mexican nation-state was being built, Epigmenio González was still miraculously alive in Guadalajara, and his story didn’t fit into the ‘Civic Calendar of Saints’ of patriotic heroes. He never received the recognition he deserved.”
Reyes Bustos has published two more novels. In 2013, he presented La Quimera Imperial at the Center of the Arts of Querétaro (formerly the Convent of Santa Rosa de Viterbo). Its premise revolves around “Operation Peacock,” a plan to bring Moctezuma’s Plume from Austria to Mexico in exchange for Maximilian of Habsburg’s carriage, which is housed in Chapultepec Castle. In this second work of historical fiction—part detective story—Reyes Bustos moves away from academic language and integrates elements of suspense into his plot.
In his third novel, De esas Sombras Frente al Puerto (2018), Reyes Bustos returns to Querétaro as the setting. He employs the racconto (a narrative device in which a story is told retrospectively) to develop a plot set during the Constituent Congress of Querétaro in 1917 and the days preceding the assassination of Venustiano Carranza. The story unfolds amid the intrigues of the congressmen in the Iturbide Theater (today the Theater of the Republic) and the Cantina El Puerto de Mazatlán, where the new Mexican constitution was being shaped.
All three novels are extraordinary. I highly recommend reading his work. Jesús Reyes Bustos continues to write, driven by the intention of giving Epigmenio González the place he deserves in Mexico’s national history.
Reyes Bustos won Mexico’s National Award for Historical Fiction (2010) for his novel Circunstancias and has received other distinctions: First Place in University Short Story (UAQ, 2003); First Place in Short Story (Conaculta, Gómez Morin, 2005); and Honorable Mention in the Spanish-language category of Letras Nómadas (Tulsa, Oklahoma, 2007). He has also been a columnist for El Universal Querétaro and the Sunday supplement Barroco of Diario de Querétaro. He currently resides by the beach in Oaxaca.
Epigmenio González. Circunstancias, by Jesús Reyes Bustos ***** (Spanish edition)
El encanto de Querétaro como joya del barroco mexicano es innegable: sus calles, fuentes y edificios de cantera rosa, así como sus templos y retablos adornados al estilo churrigueresco, hacen de esta ciudad colonial una de las más bellas de México. Allí crecí. Sin embargo, su importancia no ha radicado en su belleza, sino en su ubicación. Históricamente ha sido un punto estratégico dentro del territorio de lo que hoy es México. Precisamente por estar situada en el corazón del país, Querétaro ha sido un cruce de caminos y de encuentros. Desde el virreinato funcionó como un punto crucial en la comercialización y el abastecimiento de la Nueva España, y ya para el siglo XVIII era considerada la tercera ciudad más importante de América Latina, después de Lima, Perú, y de la Ciudad de México.
Esta ubicación estratégica llevó a Querétaro a ser escenario de importantes gestas históricas: fue cuna de la Independencia de México, centro de su conspiración y lugar clave para el inicio de la lucha armada. Más tarde, sería escenario del fin del Segundo Imperio, con el juicio y fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo. En el siglo XX se convirtió en la sede del Congreso Constituyente que promulgó la Constitución de 1917.
Señala Rodrigo Romero, investigador y doctor en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, que desde sus inicios las hazañas históricas del Estado mexicano han sido motivo de estudio y de numerosas interpretaciones. La historiografía nacional evolucionó desde las crónicas y panfletos postindependentistas hasta los acercamientos monográficos de la gesta épica y heroica que sirvieron de base para consolidar la identidad nacional.
Han sentado las bases de la historia de México numerosos investigadores, desde La historia de la Revolución de la Nueva España de Servando Teresa de Mier, publicada en Londres en 1813, hasta México a través de los siglos de Julio Zárate, pasando por Cuadro histórico de la Revolución Mexicana de Carlos María de Bustamante, el Ensayo histórico de las revoluciones de México de Lorenzo de Zavala, México y sus revoluciones de José María Luis Mora, la Historia de Méjico de Lucas Alamán, o los textos de Justo Sierra y José Vasconcelos, por mencionar sólo algunos nombres.
Sin embargo, a medida que ha avanzado el tiempo, la historiografía mexicana ha evolucionado desde una visión centrada en el pueblo y la lucha contra el poder extranjero hacia una comprensión más amplia de los movimientos armados, que incluye factores sociales, económicos, regionales e internacionales más complejos, así como la participación de un cúmulo de personajes que aún desconocemos.
Romero indica que, si bien aparecieron esfuerzos previos, es probable que la publicación de 1953 con motivo del bicentenario del nacimiento de Miguel Hidalgo —La Revolución de Independencia de Luis Villoro— marque el inicio de esta nueva historiografía. No obstante, no fue sino hasta los años noventa, y sobre todo a partir de 2010 con motivo del bicentenario de la Independencia, cuando los investigadores comenzaron a replantearse la Historia Nacional.
Una de esas nuevas voces es, sin duda, la de Jesús Reyes Bustos (1972), antropólogo por la Universidad Autónoma de Querétaro, quien, aunque originario de la Ciudad de México, tiene profundas raíces queretanas. Reyes Bustos ha ido más allá de la investigación histórica; explica que se ha dedicado a escribir novela histórica para «sacar la ciencia de los archivos, de la academia y de los términos técnicos, con la intención de divulgarla y hacerla más accesible al lector y a la sociedad».
En 2011 publicó de forma independiente su primera novela, Epigmenio González. Circunstancias (El Asado Servicios Editoriales), que le valió el Premio Nacional de Novela Histórica 2010. La obra explora la extraordinaria vida de Epigmenio González, quien, al integrarse a la conspiración de Querétaro en los inicios de la Independencia, se convierte en el primer insurgente aprehendido por las autoridades realistas, pero también en uno de los últimos personajes revolucionarios liberados por el Imperio español. Aun después de la consumación de la Independencia, pasó más de 25 años en prisión —en Filipinas y posteriormente en el fuerte de San Juan de Ulúa, Veracruz—. Logró regresar a México y murió en su cama en 1858.
Me encontré con la magnífica obra de Jesús Reyes Bustos durante la investigación de mi propia novela Memorias de Tierra Adentro, y quedé encantada con Circunstancias: inmediatamente me cautivó. Más adelante, con la publicación de mi libro, nuestras historias se cruzaron y hemos mantenido comunicación a través de redes sociales y mensajes de texto.
El autor me explicó, en una conversación telefónica entrecortada desde Mazunte, Oaxaca —su actual residencia—: «Estoy en el paraíso, pero con poca señal de internet». Me contó que su novela Circunstancias surgió a partir de la enorme cantidad de información obtenida durante su tesis doctoral:
«Yo no deseaba que la vida de Epigmenio González —este personaje que sufrió mucho por México— se quedara reducida a mi tesis y vuelta a archivar. Pensaba que este extraordinario queretano debía tener el reconocimiento que merece de la sociedad. Decidí novelar el libro académico para dar a conocer su historia, ya que, por no tratarse de un Allende o un Hidalgo, su extraordinaria historia de supervivencia quedó de lado y olvidada por la Historia Nacional. Durante el movimiento cultural de Juárez y los liberales, a finales del siglo XIX, al construir el Estado nacional, Epigmenio González seguía aún milagrosamente vivo en Guadalajara, y su historia no cupo en el ‘santoral cívico’ de los héroes patrios. No se le dio el reconocimiento que debía», explica.
Reyes Bustos tiene dos novelas más. En 2013 presentó, en el Centro de las Artes de Querétaro (exconvento de Santa Rosa de Viterbo), su segunda novela: La quimera imperial, cuya premisa gira en torno a La operación Pavorreal, un plan para traer a México el Penacho de Moctezuma, que se encuentra en Austria, a cambio de la carroza de Maximiliano, localizada en el Castillo de Chapultepec. En esta segunda entrega, de ficción histórica y corte policiaco, Reyes Bustos deja de lado el lenguaje académico para integrar elementos de suspenso en su trama.
En su tercera obra, De aquellas sombras frente al puerto (2018), Reyes Bustos retoma nuevamente a Querétaro como escenario. Utiliza el raccourci —un atajo o aceleración en la narrativa, a menudo para saltar el tiempo o el desarrollo de ciertos eventos. Puede manifestarse como un salto temporal para mostrar la madurez de un personaje o como una elipsis para omitir detalles innecesarios y concentrarse en lo esencial. En algunos casos, puede referirse a la aceleración del conflicto de un personaje— para desarrollar su trama en el marco del Congreso Constituyente de Querétaro de 1917 y los días previos al asesinato de Venustiano Carranza. El Teatro Iturbide (hoy Teatro de la República) y la cantina El Puerto de Mazatlán sirven de escenario a las intrigas de los diputados constituyentes al proponer la nueva Constitución de México.
Las tres novelas son extraordinarias. Recomiendo ampliamente leer su obra. Jesús Reyes Bustos se encuentra trabajando en una nueva novela y mantiene la intención de seguir dándole relevancia a Epigmenio Gonzálezdentro de la Historia Nacional.
Reyes Bustos obtuvo el Premio Nacional de Novela Histórica (2010) por Circunstancias, y ha sido galardonado con otros reconocimientos: Primer Lugar en el Cuento Universitario (UAQ, 2003); Primer Lugar en Cuento (CONACULTA, Gómez Morin, 2005); Mención Honorífica en Cuento Breve en Español “Letras Nómadas” (Tulsa, Oklahoma, 2007). Además, ha sido columnista en el periódico El Universal Querétaro y en el suplemento dominical Barroco del Diario de Querétaro. Actualmente reside junto al mar, en Oaxaca.
«La indiferencia es una forma de pereza y la pereza es uno de los síntomas del desamor. Nadie es haragán con lo que ama».
En 1975, Jack Nicholson sorprendió a propios y extraños con su nueva película. Atrapado sin salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest), basada en la novela homónima de Ken Kesey, llenó las butacas de los cines mexicanos; Querétaro no fue la excepción. Los nuevos y modernos Cinemas Gemelos de Zaragoza y los Cinemas Las Américas mantuvieron la cinta en cartelera durante semanas intercaladas, y en los extintos festivales de PECIME nunca faltaba. Con el tiempo, y de forma extraña, esos festivales desaparecieron.
Por otra parte, los cines Alameda, Reforma, Premier 70 y Teatro Plaza dejaron de ser las únicas opciones para ver cine —con todo y su “permanencia voluntaria”—. En otro orden de ideas, la cereza en el pastel del cine mexicano llegaría en el sexenio de López Portillo con el boom del cine de ficheras; en contraste, en el sexenio anterior se había impulsado el cine de argumento, más reflexivo y plausible.
Randle Patrick McMurphy es el personaje central que Jack Nicholson se encarga de volver sobresaliente. El director y los productores le otorgaron total libertad en los diálogos y en la actuación. Según sus biógrafos, Jack era realmente él mismo: no estaba actuando. La actriz Louise Fletcher dio vida a la siniestra enfermera Ratched, y con ello ambos protagonistas volvieron histórica la película. No sabemos cuánto se apropió Fletcher de su personaje, pero no hay duda de su magnífica actuación, marcada por un trastorno de identidad cubierto de misterios, algo muy común en la vida real entre gerentes o jefes de área en los centros laborales. He preferido no llamarlos de otra manera.
Durante dos horas y trece minutos, los amantes del séptimo arte se mantuvieron expectantes en sus butacas. R. P. McMurphy era un tipo antisocial y peligroso, con el cual había que estar atento a cada gesto y cada interacción, sobre todo al enfrentar la autoridad de la enfermera Ratched, con su mirada malévola y analítica, su mente misteriosa e impenetrable.
Justo después de que la Academia otorgara cinco premios Oscar al filme galardonado, en marzo de 1976 vimos en cartelera Atrapado sin salida. En la ceremonia, cuando Nicholson subió a recibir la codiciada estatuilla y, siguiendo el protocolo, se dirigió a los asistentes, hizo gala de su habitual sarcasmo al decir:
«Con este premio me convenzo de que los jueces de Hollywood están tan locos como yo».
Los aplausos y las risas fueron inevitables entre los invitados, actores, productores y prensa. Durante años, la entrega de los Oscars fue una tradición anual que Televisa transmitía el tercer lunes de marzo, por la señal de XHGC Canal 5 a las nueve de la noche, con conductores expertos en inglés y en cine, cuando la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood aún tenía mucho que premiar. Hoy las cosas son distintas: a Televisa hace años que dejó de interesarle tener los derechos de transmisión de una ceremonia cada vez más comercial y devaluada. La alfombra roja, más frívola que nunca.
R. P. McMurphy es un inadaptado social que rompe con los esquemas que el mercado capitalista impone en sus códigos no escritos. En los regímenes comunistas, las cosas no eran muy diferentes: la «dictadura del proletariado» no era más que una quimera que el sistema vendía. En ambos casos, la clase trabajadora debía sujetarse a su condición esclava. Pero McMurphy no estaba dispuesto a seguirles el juego: prefería estar en un manicomio que en un centro de trabajo cumpliendo el rol de «persona útil» para la sociedad.
En la novela clásica de Gustave Flaubert, Madame Bovary, el señor Homais es el personaje que triunfa sin que nadie le refute sus ideas. El origen de esa falta de respuestas radica en la ausencia de palabras adecuadas para rebatirlo. En Atrapado sin salida vemos un caso similar: ante la falta de argumentos convincentes para contradecir a McMurphy, el doctor John Spivey (Dean Brooks), director del hospital psiquiátrico, no tiene otra opción que integrarlo al resto de los pacientes. Las evidencias de los delitos de su nuevo interno son incuestionables, y el doctor no está dispuesto a ocupar su tiempo en conocer los problemas internos de McMurphy.
El diario de un loco es un texto del novelista ucraniano Nikolái Gógol, escrito en 1835. En los años ochenta, el actor mexicano Carlos Ancira lo llevó al teatro en formato de monólogo, con gran éxito y una gira por todo el país. La trama gira en torno a Leonardo Ivanovich, un burócrata que vive una monotonía autodestructiva y escribe en su diario lo que percibe de sí mismo, de sus compañeros, amigos y familia. Poco a poco, Ivanovich desciende a la locura.
¿Pero cuáles eran sus argumentos para estar al borde del abismo existencial? Nada fuera de lo común: simplemente quería ser feliz. Para su mala fortuna, y pese a sus intentos por ser aceptado, solo encontró rechazo y segregación. Igual que McMurphy, Ivanovich es un rebelde que defiende su derecho a ser libre; pero cuando el destino los alcanza, su final no es feliz. Nunca lo es.
Mientras Atrapado sin salida se filmaba, el establishment estadounidense sufrió una sacudida no vista desde la muerte de JFK. Esta vez, la noticia que atrajo la atención mundial fue la renuncia de Richard Nixon a la presidencia. Por horas, Estados Unidos se quedó sin autoridad, y el caso Watergate tomó nuevas direcciones. A esto se sumó la inminente derrota en Vietnam: la sociedad norteamericana se hundía en el bache del sinsentido. McMurphy era, precisamente, el arquetipo del ciudadano estadounidense viviendo en ese socavón social.
Este jueves 30 de octubre, Atenea Café Bistró abre sus puertas para un nuevo encuentro del ciclo “Café de la Memoria”, un espacio dedicado a las voces que construyen nuestra literatura y nuestro pensamiento contemporáneo.
En esta ocasión, el invitado es Rodolfo Loyola Vera, autor, ensayista y pensador queretano, quien compartirá una conversación alrededor de tres de sus libros, explorando los hilos que unen la memoria, la escritura y la reflexión sobre la vida.
Será una velada íntima, cálida y llena de diálogo en torno a la palabra, ideal para quienes disfrutan del arte de escuchar y pensar desde la literatura.
🗓️ Jueves 30 de octubre 🕡 Recepción: 18:30 hrs. 📍 Atenea Café Bistró, Independencia 26, Col. Centro Histórico, Querétaro, Qro. 🎟️ Entrada libre. Cupo limitado.
Ven a compartir un café y una conversación que promete quedarse en la memoria.
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Por Raúl Álvarez Huerta / Rock and Raul A la memoria de Ace Frehley
Hard Luck Woman (Mujer de mala suerte) es un rolón de Kiss, la súper banda de hard rock de Nueva York. En 1976, su compañía discográfica la editó en LP y sencillo de 45 rpm; y para 1980 seguía vigente, sonando actual en las mentes de los adolescentes ochenteros que se complacían escuchándola por las noches en Canal 98. Algunos presumían el póster gigante en su recámara compartida con los hermanos.
Gene Simmons en el bajo, Paul Stanley en la guitarra, Ace Frehley en la guitarra eléctrica y Peter Criss en la batería fueron, en los años setenta, el grupo del beso del rock: una banda cubierta de fama descomunal y de escándalos que las revistas de espectáculos en México se encargaban de difundir y mediatizar, con la intención de hacerlos ver más malos de lo que realmente eran.
La parafernalia y la estética decorativa fueron moneda de cambio que les redituó millones de billetes verdes. El fenómeno mediático daba para muchas cosas en nuestro país. En la parte final de los setenta, a veces daban la impresión de vender más pósters y revistas —como Sonido— dedicadas a difundir su imagen maquillada y vampiresca, que su música o, en su defecto, sus discos. Verlos en vivo era un sueño.
Entre los niños de la primaria Nezahualcóyotl, en la colonia Lomas de Casa Blanca, Gene, Paul, Peter y Ace fueron ídolos absolutos. Los seguíamos en un panfleto de revista de manufactura nacional que se encontraba en los puestos de periódicos, con el grotesco título de Simón simonazo. ¡Vaya calamidad para la literatura mexicana! El cómic fue un verdadero cañonazo de ventas entre 1978 y 1979. Era auténtica basura, contrario a las creaciones de la historietista Yolanda Vargas Dulché, con Lágrimas, risas y amor y Memín Pinguín (cuyo apellido pronunciaremos «Pingüín» de manera persistete): verdaderos trabajos literarios que representaron un legado cultural y marcaron época en los setenta. No era la constante, pero si los niños leían Simón simonazo, sus progenitores compraban Alarma, revista semanal que escurría sangre cada domingo.
Con el Unplugged de Kiss en 1995, Hard Luck Woman fue elevada al olimpo de los dioses del rock y del beso. Paul Stanley da cátedra de cómo se toca la guitarra acústica; Ace Frehley, en la eléctrica, hace lo propio y lo hace con maestría; Gene Simmons, con el bajo acústico, y Peter Criss, desde la batería, no dejan lugar a dudas de su talento artístico. Si alguna vez la prensa mexicana los tildó de rockeros maquillados que se apoyaban en la tecnología para ocultar sus deficiencias musicales, con el Unplugged noventero todas esas críticas debieron haberse disipado.
Hard Luck Woman es una bella canción dedicada a una dama cuya «mala suerte» no es precisamente la que uno imagina al instante. En realidad, es una rola que encumbra la figura femenina, personificada en una chica que merece un mejor partido como pareja, un hombre que la valore. No una relación efímera que se resuma en un «hola», ni un «hubiera» que suene a lo que no pudo ser. Un inevitable «adiós» donde los abrazos deben durar por siempre, porque simple y llanamente Rags lo merece. No tanto por ser la hija del marinero o de cualquier otro padre trabajador con un honorable oficio: Rags es el beso anhelado por muchos.
Rags no es, en realidad, una mujer con mala suerte. Es, más bien, la chica que está en posición de pedir algo mejor que lo que Paul Stanley le pudo ofrecer. Aunque Paul tiene la virtud de llevarla con arte ante los dioses del amor, mostrándola como la dama que nunca será «una mujer de mala suerte», el momento del adiós llega. Él le pide un beso —algo que cualquier hombre pediría— para sellar la despedida, un beso acompañado de un abrazo y de lágrimas sinceras. Paul la ama y le desea lo mejor, sabiendo que nunca la olvidará, como suele suceder con el primer amor. Rags es una reina orgullosa de sus atributos físicos y nobles sentimientos. Es la nena que lo merece todo. La dama que solo espera que un hombre la ame y no la clasifique.
Sucede en la vida real, sucede con frecuencia cuando se anda por los caminos del amor. Es el misterio envolvente de una relación hombre-mujer, donde alguno de los dos —en este caso, y según quien escribe—, los errores se los achacamos al macho. La óptica cotidiana nos hace ver cosas que no son, o detalles en ella que no deberíamos enfatizar, sino aprender a convivir con ellos, con ella, en pareja; dejar que el río del amor fluya.
En el lenguaje corporal, dos seres se atraen. Él es seducido por la desnudez de Venus, donde los abrazos y los besos los transportan a la dimensión desconocida del amor idealizado, el amor por fin encontrado. Las sensaciones de la unión física son gloriosas, y ninguno de los dos quiere privarse de ese placer terrenal. Pero, para mala suerte de ella, él comienza a caer en razonamientos innecesarios y sobrados. Rags solo quería que Paul viera en ella lo más hermoso que podía ofrecerle; pero los ojos de la razón de Paul están por encima de los ojos del corazón, que eran los que ella realmente deseaba. Él no quiere perder el equilibrio entre la razón y el amor, y eso lo lleva a perder a Rags.
En conclusión, él acepta que vive con prejuicios que ninguna mujer está en posición de aceptar, y Rags tiene que dejar ir el beso más famoso del rock con un adiós.