Por Raúl Álvarez Huerta

«La indiferencia es una forma de pereza y la pereza es uno de los síntomas del desamor. Nadie es haragán con lo que ama».

En 1975, Jack Nicholson sorprendió a propios y extraños con su nueva película. Atrapado sin salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest), basada en la novela homónima de Ken Kesey, llenó las butacas de los cines mexicanos; Querétaro no fue la excepción. Los nuevos y modernos Cinemas Gemelos de Zaragoza y los Cinemas Las Américas mantuvieron la cinta en cartelera durante semanas intercaladas, y en los extintos festivales de PECIME nunca faltaba. Con el tiempo, y de forma extraña, esos festivales desaparecieron.

Por otra parte, los cines Alameda, Reforma, Premier 70 y Teatro Plaza dejaron de ser las únicas opciones para ver cine —con todo y su “permanencia voluntaria”—. En otro orden de ideas, la cereza en el pastel del cine mexicano llegaría en el sexenio de López Portillo con el boom del cine de ficheras; en contraste, en el sexenio anterior se había impulsado el cine de argumento, más reflexivo y plausible.

Randle Patrick McMurphy es el personaje central que Jack Nicholson se encarga de volver sobresaliente. El director y los productores le otorgaron total libertad en los diálogos y en la actuación. Según sus biógrafos, Jack era realmente él mismo: no estaba actuando. La actriz Louise Fletcher dio vida a la siniestra enfermera Ratched, y con ello ambos protagonistas volvieron histórica la película. No sabemos cuánto se apropió Fletcher de su personaje, pero no hay duda de su magnífica actuación, marcada por un trastorno de identidad cubierto de misterios, algo muy común en la vida real entre gerentes o jefes de área en los centros laborales. He preferido no llamarlos de otra manera.

Durante dos horas y trece minutos, los amantes del séptimo arte se mantuvieron expectantes en sus butacas. R. P. McMurphy era un tipo antisocial y peligroso, con el cual había que estar atento a cada gesto y cada interacción, sobre todo al enfrentar la autoridad de la enfermera Ratched, con su mirada malévola y analítica, su mente misteriosa e impenetrable.

Justo después de que la Academia otorgara cinco premios Oscar al filme galardonado, en marzo de 1976 vimos en cartelera Atrapado sin salida. En la ceremonia, cuando Nicholson subió a recibir la codiciada estatuilla y, siguiendo el protocolo, se dirigió a los asistentes, hizo gala de su habitual sarcasmo al decir:

«Con este premio me convenzo de que los jueces de Hollywood están tan locos como yo».

Los aplausos y las risas fueron inevitables entre los invitados, actores, productores y prensa. Durante años, la entrega de los Oscars fue una tradición anual que Televisa transmitía el tercer lunes de marzo, por la señal de XHGC Canal 5 a las nueve de la noche, con conductores expertos en inglés y en cine, cuando la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood aún tenía mucho que premiar. Hoy las cosas son distintas: a Televisa hace años que dejó de interesarle tener los derechos de transmisión de una ceremonia cada vez más comercial y devaluada. La alfombra roja, más frívola que nunca.

R. P. McMurphy es un inadaptado social que rompe con los esquemas que el mercado capitalista impone en sus códigos no escritos. En los regímenes comunistas, las cosas no eran muy diferentes: la «dictadura del proletariado» no era más que una quimera que el sistema vendía. En ambos casos, la clase trabajadora debía sujetarse a su condición esclava. Pero McMurphy no estaba dispuesto a seguirles el juego: prefería estar en un manicomio que en un centro de trabajo cumpliendo el rol de «persona útil» para la sociedad.

En la novela clásica de Gustave Flaubert, Madame Bovary, el señor Homais es el personaje que triunfa sin que nadie le refute sus ideas. El origen de esa falta de respuestas radica en la ausencia de palabras adecuadas para rebatirlo. En Atrapado sin salida vemos un caso similar: ante la falta de argumentos convincentes para contradecir a McMurphy, el doctor John Spivey (Dean Brooks), director del hospital psiquiátrico, no tiene otra opción que integrarlo al resto de los pacientes. Las evidencias de los delitos de su nuevo interno son incuestionables, y el doctor no está dispuesto a ocupar su tiempo en conocer los problemas internos de McMurphy.

El diario de un loco es un texto del novelista ucraniano Nikolái Gógol, escrito en 1835. En los años ochenta, el actor mexicano Carlos Ancira lo llevó al teatro en formato de monólogo, con gran éxito y una gira por todo el país. La trama gira en torno a Leonardo Ivanovich, un burócrata que vive una monotonía autodestructiva y escribe en su diario lo que percibe de sí mismo, de sus compañeros, amigos y familia. Poco a poco, Ivanovich desciende a la locura.

¿Pero cuáles eran sus argumentos para estar al borde del abismo existencial? Nada fuera de lo común: simplemente quería ser feliz. Para su mala fortuna, y pese a sus intentos por ser aceptado, solo encontró rechazo y segregación. Igual que McMurphy, Ivanovich es un rebelde que defiende su derecho a ser libre; pero cuando el destino los alcanza, su final no es feliz. Nunca lo es.

Mientras Atrapado sin salida se filmaba, el establishment estadounidense sufrió una sacudida no vista desde la muerte de JFK. Esta vez, la noticia que atrajo la atención mundial fue la renuncia de Richard Nixon a la presidencia. Por horas, Estados Unidos se quedó sin autoridad, y el caso Watergate tomó nuevas direcciones. A esto se sumó la inminente derrota en Vietnam: la sociedad norteamericana se hundía en el bache del sinsentido. McMurphy era, precisamente, el arquetipo del ciudadano estadounidense viviendo en ese socavón social.

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