Autor: Carlos Campos

  • Más allá de las aulas

    Más allá de las aulas

    Por María Consuelo González del Castillo

    El camino hacia Santa María del Palmar se iluminaba con las primeras luces del amanecer. El doctor Manuel Cárdenas, con su sombrero ladeado y el maletín de médico en el asiento trasero, conducía en silencio mientras su hija Irma —a quien todos llamaban cariñosamente Mima— contemplaba los campos verdes y húmedos a través de la ventanilla. El olor a tierra mojada y a hierba fresca la reconfortaba, envolviéndola en una calma serena, aunque también le recordaba con dolor la ausencia de su madre, fallecida dos años atrás.

    Desde entonces, padre e hija se habían convertido en un apoyo mutuo. Manuel, respetado por todos como médico y consejero, y Mima, decidida a dejar huella en su trabajo como maestra, compartían la certeza de que la educación y tener claro el valor de la persona, así como respetarlo, eran la mejor medicina contra los males de la sociedad.

    Al llegar a la secundaria del pueblo, el bullicio aún no había iniciado. El patio permanecía en silencio, interrumpido, de vez en cuando, por el canto de un gallo o el aleteo de unas palomas. Con pasos suaves, Mima entró a su salón. Le gustaba respirar profundo; no sabía a ciencia cierta si el aire guardado en el aula olía a polvo, a gis, a lápices, a cuadernos o a sudor de adolescentes después de andar o corretear por el patio. Acomodó sus libros, colocó una jarra con flores frescas, haciendo homenaje a la herencia de su madre, y suspiró para decir en tono bajito:

    —Pues, a iniciar otro día…

    Miró a su alrededor. No era un aula cualquiera, era su aula; la consideraba un espacio de refugio y esperanza. Sin temor a equivocarse, pensaba que su misión no consistía solo en enseñar gramática, matemáticas o geografía, sino en sembrar confianza, en acompañar y proteger a sus alumnos. Sabía que tenía que generar seguridad y optimismo en un entorno donde la violencia y el silencio se habían vuelto costumbre.

    Entre sus alumnos, Mima había puesto especial atención en Eduviges, una jovencita de catorce años, callada y de mirada triste, que siempre cubría sus brazos con suéteres, incluso en los días de calor. La maestra había notado que, a veces, al escribir en el pizarrón, cuando las mangas se le deslizaban, dejaban ver algunas marcas en la piel.

    Ese día, al terminar una clase, se animó a preguntarle con suavidad:

    —Edu, ¿estás bien?

    La chica bajó la mirada y, murmurando, apenas le dijo:

    —Sí, maestra, estoy bien… bueno… sólo que a veces me desespero mucho y pareciera que no estoy bien, pero… de verdad estoy bien.

    Mima comprendió de inmediato que lo que estaba percibiendo tenía que ver con lo que le había escuchado comentar a la psicóloga Blanquita, quien venía de la capital, cuando les habló sobre la autolesión no suicida, conocida como cutting, una manera en que algunos adolescentes expresan su dolor. Aquello encendió todas sus alertas.

    La maestra continuó observando y notó que su alumna evitaba mirarla, además de percibir en sus ojos una tristeza tan grande que no estaba de acuerdo con su edad.

    —Edu, ¿de verdad, todo está bien? —preguntó Mima con dulzura.

    La muchacha volvió a bajar la cabeza y murmuró, apenas audible:

    —Sí, maestra… sólo estoy cansada.

    Pero Mima sabía leer más allá de las palabras. Volvió a ver las muñecas de la chica, pues un nuevo descuido dejó al descubierto las marcas de una inconfundible autoagresión. Su corazón se estremeció.

    Esa tarde, cuando todos se fueron, la esperó en la puerta.

    —Edu, ¿quieres quedarte un momento?

    La chica dudó, pero asintió. Entre sollozos, terminó confesando que, cuando la tristeza, los golpes o los gritos en su casa eran insoportables, se hacía cortes con la navajita que usaba para sacar punta a sus lápices.

    —Es que así siento que se me sale todo lo que me duele… aunque después me arde muchísimo, pero prefiero eso que lo otro —susurró.

    —¿Qué es «lo otro»? —preguntó Irma de inmediato.

    —¡Nada, nada… olvídelo!

    Mima la abrazó con ternura, conteniendo el llanto. Sí había escuchado casos de cutting, pero tenerlo frente a ella, en una de sus alumnas, le atravesaba el alma. Sabía que debía actuar con cautela: protegerla, pero también enfrentar la raíz del problema.

    Y esa raíz tenía nombre: Anselmo, el padre de Eduviges. Hombre de carácter duro y necio, acostumbrado a beber cada tarde con los amigos, se había vuelto temido en su casa. Los vecinos lo saludaban con respeto, pero las mujeres del pueblo lo describían como un hombre violento, sobre todo con su esposa y sus hijas.

    En el hogar, la diferencia entre hijos varones y mujeres era evidente. A los muchachos les celebraba cualquier travesura; a las niñas, en cambio, apenas les permitía hablar. Los castigos eran frecuentes, los gritos de la madre se mezclaban con los portazos del padre, y Eduviges había aprendido a callar, a esconder sus emociones y, finalmente, a herirse en silencio.

    Tras aquella conversación, Mima no pudo dormir. Recordó que sus compañeras maestras le habían platicado de otra alumna, Lupe, que años atrás había terminado con su vida después de un largo periodo de tristeza y soledad. «No podemos permitir que vuelva a pasar», pensaba.

    A la mañana siguiente, propuso en la reunión de maestros iniciar una Escuela para Padres. Le pidió apoyo a la directora, la profesora Porfiria, y más tarde a su padre, el doctor Cárdenas. El objetivo era sencillo, pero ambicioso: abrir un espacio donde las familias reflexionaran sobre la dignidad de la persona, el respeto a los hijos y la crianza sin violencia.

    —No será fácil, Mima —dijo su padre, mientras hojeaba el temario que habían armado—, pero si logramos tocar aunque sea un corazón, valdrá la pena.

    —Así es, papá, yo también así lo creo.

    —Oye, cambiando de tema, fíjate que hoy en la mañana fue a consulta una mujer indígena. Tú sabes que son personas muy apacibles… no puedo evitar que me despierten un sentimiento de protección, además de hablarles con cariño y en un lenguaje sencillo.

    —Siempre me has dicho que no merecen menos.

    —Exactamente. Llevaba a su pequeño, de apenas siete meses, muy enfermito. Tenía una bronquitis severa. Al revisarlo, noté que estaba muy congestionado, así que la miré con ternura y le pregunté: «¿Le hierve el pechito?». Y ella, con toda su candidez, me respondió: «No, se lo doy crudo».

    No pudieron evitar la risa. Al mismo tiempo, se enternecieron por la belleza que se esconde en las respuestas más inocentes.

    —¡Ay, papá, me hacía mucha falta reírme! Gracias por este momento.

    —Debemos agradecer que también podemos vivir instantes como este… Siempre hay a nuestro alrededor gente sencilla y noble —dijo con seriedad el galeno.

    Antes de iniciar la Escuela para Padres, repartió recordatorios a sus alumnos:

    —Es sólo para que no se les olvide. Ya hablamos con sus papás en forma personal.

    Una voz interrumpió tímidamente:

    —¿Y si no saben leer? —preguntó Yola.

    —Entonces, tú léeles la invitación —respondió Mima con dulzura—. Lo importante es que la entreguen.

    Eduviges, inquieta, levantó la mano:

    —¿Usted habló con mi papá o con mi mamá?

    —Solo con tu mamá, Edu, pero me aseguró que vendrían.

    —Bueno —contestó cabizbaja.

    Camino a casa, la chica leyó la invitación y, en silencio, oró:

    Virgencita, te pido que ayudes a mis padres… que ya no nos pegue mi papá y que mi mamá deje de gritarnos. Como dice mi amiga Carmen: ilumínalos, pero no los encandiles.

    Días más tarde, después de clases, Anselmo apareció en la escuela con aliento alcohólico, alterado y con la voz encendida.

    —¡Usted anda metiendo ideas raras en mi hija! —gritó, señalando a Mima.

    —No, don Anselmo. Yo sólo quiero lo mejor para ella —respondió la maestra, sin alzar la voz.

    —Le digo que no se meta. Usted ni siquiera sabe lo que es ser madre; está muy escuincla para querer andar enseñando cómo criar a los hijos.

    Eduviges estaba presente. Con lágrimas en los ojos, se levantó la manga y mostró los cortes.

    —¡Mira lo que me he hecho, papá! ¿Eso es lo que quieres?

    —¡Otra loca! —gritó, sin ninguna consideración por lo que estaba viendo.

    Mima intervino con firmeza:

    —Su hija no necesita miedo, necesita amor. Usted puede ser parte del cambio, don Anselmo, o puede seguir destruyéndola.

    El hombre volteó a verla con desdén y partió a su casa.

    El primer sábado, don Anselmo apareció en la sesión con gesto serio, sentado en la última fila, con los brazos cruzados. Escuchó al doctor Cárdenas hablar sobre la dignidad de la persona, pero no aplaudió ni comentó nada.

    Al salir, interceptó a Mima.

    —No se meta tanto en lo que pasa en mi casa, maestra. Los hijos se crían con mano firme; si no, se suben a las barbas.

    —No se llama mano firme, don Anselmo, se llama violencia —respondió Mima con calma.

    Él resopló y se alejó sin despedirse.

    Una semana después, tras una discusión en la que Eduviges volvió a recibir golpes porque había olvidado traerle tortillas a su padre, los gritos se escucharon hasta la calle. Esa noche, la niña se encerró en el baño con su navajita.

    Se hizo varios cortes, ahora más profundos que otras veces, incluso alcanzando las venas. El dolor físico le resultaba más soportable que el de sentirse tan agredida sin que nadie pudiera hacer algo por ella. Su hermano menor vio sangre en el piso y llamó a su madre.

    Se asustaron mucho. Parecía desangrarse y, en minutos, la llevaron casi inconsciente al consultorio del doctor Cárdenas. Mima llegó poco después, con el corazón en la garganta.

    —Está fuera de peligro —dijo el médico—, pero necesita atención psicológica urgente… y un ambiente seguro en su casa.

    Don Anselmo, con la mirada baja, escuchaba sin replicar.

    Esa misma noche, el doctor lo llevó aparte.

    —Si sigue así, puede perderla. No le estoy hablando como médico, sino como padre. Todavía puede enmendar, pero necesita escucharla… y, sobre todo, respetarla.

    Fue la primera vez que don Anselmo no tuvo una respuesta defensiva. No tenía nada que contestar. En su mente prometió no dejar de ir a las sesiones y hacer un esfuerzo por cambiar. Sintió miedo y, al mismo tiempo, pesar en su corazón. Arrepentido, se armó de valor y le dijo, sollozando, al doctor:

    —Es este maldito vicio con el que no he podido.

    —¿No ha podido? No se engañe, Anselmo, tal vez ni siquiera lo ha intentado.

    —Bueno, lo que quiero decir es que me siento muy mal cuando hago estas cosas.

    —No lo dudo ni tantito. Seguramente eso le pasa después de la borrachera.

    —Así es, doctorcito. Aunque usted no lo crea, sí me doy cuenta del daño que les hago a todos en la casa.

    —Pues comprométase con ellos, con Dios o con quien usted quiera, pero es urgente que cambie su forma de ser y deje el alcohol de una vez por todas.

    Las semanas siguientes, su actitud fue mejorando, al principio tímidamente. Menos gritos, menos órdenes humillantes. La psicóloga Blanquita trabajó con Eduviges en terapia, enseñándole otras formas de manejar su dolor. Poco a poco, las mangas largas dejaron de ser sus aliadas para esconder sus lesiones.

    El salón de usos múltiples se llenaba cada sábado. Padres y madres llegaban con gusto, con deseos de aprender a ser mejores padres, pero también algunos solo iban por curiosidad. El doctor Cárdenas les volvió a hablar de la dignidad de la persona y les insistió:

    —Ninguna mano sobre la mejilla ni una palabra humillante pueden cambiar el valor que cada uno tenemos como seres humanos, porque con él nacemos… nada ni nadie nos lo puede quitar. Lo que hacemos con la violencia es pisotearlo; tal vez lo podemos hacer pedazos, pero siempre permanece en nosotros, porque somos valiosos hasta la muerte.

    Mima después tocó el tema de la violencia intrafamiliar. Puso ejemplos concretos:

    —El golpe, el insulto, la indiferencia… todo deja huellas. Nadie se vuelve mejor con miedo; al contrario, los corazones se llenan de odio y rencor y, a su vez, se vuelven también agresivos y violentos.

    A Eduviges le gustaba colarse en las pláticas. Observaba a su padre desde el fondo del salón. Al inicio, Anselmo empezaba escuchando con los brazos cruzados y los labios apretados, como si quisiera refutar. Pero el duro acontecimiento que había pasado con su hija hacía algunos días y la voz firme y serena de la maestra lo iban desarmando poco a poco. Asentía con un ligero movimiento de cabeza, convencido de que el cambio dependía de él.

    Una tarde, Anselmo llegó a casa con olor a alcohol. Encontró a Eduviges ayudando a su hermana con la tarea. Enseguida se molestó porque no fue atendido de inmediato, levantó la mano para golpear a su hija, pero en ese instante recordó las palabras del doctor Cárdenas: “La violencia siempre regresa con más fuerza”. Dudó, bajó el brazo lentamente y salió a buscar a su esposa sin decir nada.

    Por primera vez en mucho tiempo, la muchacha respiró sin miedo. Esa noche, en lugar de hacerse cortes, escribió en su libreta:

    Hoy no me pegó. Hoy me sentí fuerte y amada.

    El trabajo en equipo dio frutos. El proyecto se convirtió en un programa de apoyo comprometido con salvaguardar la integridad de los adolescentes, con un objetivo claro: mejorar la calidad de vida de las mujeres, promover la ausencia de violencia de género en todas sus formas y fomentar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres desde la raíz misma: la familia.

    Un día, Eduviges llegó a clases con una gran sonrisa en los labios. Su voz era diferente, en tono alegre y, sin dejar de ver directo a los ojos de Mima, le dijo entusiasmada:

    —¡Maestra, déjeme le cuento que mi papá y otros señores de aquí fueron a la iglesia a jurar!

    —¿Jurar? ¿Qué juraron?

    —¿No sabe qué es eso? Van a la iglesia y juran ante Dios y la Virgen que no van a tomar vino ni cerveza durante todo un año.

    —¿Ah, sí? Pues esa es muy buena noticia, Edu.

    —Buenísima, porque lo cumplen muy bien. Mis tíos ya lo han hecho y no toman nada.

    —¿Y estos días cómo te ha tratado tu papá?

    —En la casa, poco a poco somos diferentes. Desde que la señorita Blanquita nos está tratando y con las pláticas, todo está mejor… Bueno, también después del susto que les di —contestó con una mueca graciosa.

    La transformación no fue inmediata. Hubo retrocesos, discusiones, momentos de tensión. Sin embargo, en una de las sesiones más intensas, Mima habló directamente sobre las autolesiones.

    —Cuando un hijo se hiere a sí mismo, no busca morir, busca ser visto. Es un grito que no sale por la boca, sino por la piel. ¿Qué estamos haciendo para que nuestros niños prefieran lastimarse antes que pedirnos ayuda?

    Blanquita estaba presente e intervino con contundencia:

    —Bueno, es verdad que no buscan morir, pero sí pueden morir.

    El silencio fue absoluto. Anselmo sintió que esas palabras estaban dirigidas a él. Miró a su hija: sus ojos brillaban de lágrimas contenidas. Fue como un golpe en el corazón.

    Al terminar, se acercó a Mima y murmuró:

    —Me arrepiento, maestra Mima, le juro que me arrepiento. Me asusté mucho con lo que le pasó a mi hija.

    Porfiria, la directora, se aproximó también:

    —Nunca es tarde, don Anselmo. El cambio empieza hoy.

    Las sesiones concluyeron con una comida comunitaria. Cada familia llevó un guisado, aguas frescas y pasteles. Se entregaron diplomas simbólicos, pero el verdadero reconocimiento se manifestó en el ambiente de confianza que había nacido entre padres y maestros.

    El doctor Cárdenas tomó la palabra:

    —Hoy no sólo celebramos el fin de estas reuniones, sino el inicio de una nueva etapa. Ustedes, padres de familia, han invertido en lo más valioso: sus hijos. Que este compromiso no termine aquí, que se multiplique en cada casa.

    Mima miró a Eduviges, que sonreía tímidamente. Ya no llevaba las mangas cerradas hasta la muñeca. La niña había dejado de cortarse y, aunque el camino sería largo, ahora sabía que no estaba sola.

    En el corazón de Santa María del Palmar, la esperanza había encontrado un lugar más allá de las aulas.

  • Flores ligeras

    Flores ligeras

    Por Diana Galindo

    Eréndira convirtió la actividad de observar flores en algo especial para ella. Le gustaba pintarlas, olerlas, imaginarlas, contemplarlas. Tener flores había dotado de un nuevo matiz a su vida: significaba que había triunfado y, por eso, contaba con su presencia. Eran costosas, difíciles de obtener, a veces un gasto que no se podía permitir. Cuando esto ocurría, salía a buscar algún jardín y se sentaba en una banca a observarlas.

    Para ello tuvo que hacer un mapa con los jardines de la ciudad. Claro que había muchos lugares y casas con flores, pero necesitaba uno donde pudiera sentarse cómodamente a realizar su actividad. Tener flores en casa era mejor, porque podía hablarles. Había leído alguna vez que el escritor francés Gustave Flaubert calificaba de excesivamente melancólicas a las personas que hablaban con las plantas.

    Pero era difícil comunicarse con ellas: guardaban un silencio constante, del que ella aprendió. Se dio cuenta de que las flores tenían una paciencia enorme, casi infinita, para escuchar la tristeza de los amantes dolidos, de los estudiantes con las notas más bajas, de la gente que iba lento, atravesada en varias direcciones sin estar del todo en una.

    A veces captaba la comunicación de las flores, que veía entre perfumes de niebla y lluvia, de sol con aromas secos de rosas necias que luchaban contra la muerte. Estos aromas eran como un idioma lleno de matices, que la elevaba. Sobre todo el aroma de los grandes árboles, aquellos que, imponentes, llenaban el aire con notas de menta y eucalipto. Guardar silencio en medio de esa tranquilidad se volvió una costumbre, y así aprendió a meditar, a sentir los halos coloridos que emanaban las flores y las personas; luego lo percibió también en el agua, en cada rincón de la ciudad, en los puertos.

    Buscaba la forma de apaciguar su corazón, hambriento de aventuras fáciles; aprendió a controlarlo como si fuera un dromedario rebelde, un ser acostumbrado a patear a los habitantes del desierto.

    Con el tiempo, su corazón se convirtió en un animal más prudente, que observaba largas horas a las plantas y escuchaba su sabiduría: sutil, casi silenciosa y, a veces, demasiado contundente. Así fue como aprendió a estar tranquila, a transformar su alma en un animal divino que antes tuvo el corazón roto, pero se volvió inteligente y sabio.

    Aquello le tomó tiempo, pero ahora estaba en una nueva realidad. Podía caminar largas distancias, emprender labores extensas sin fatiga. Vivía una vida nueva, en silencio y contemplación de las flores y la naturaleza.

    Aquella angustia que antes sintió era un recuerdo lejano. La soledad de sus viajes, la tristeza de sus fracasos académicos y afectivos: todo eso estaba atrás.

    Se quedaba largas horas contemplando la esencia de los seres, veía su enorme esfuerzo por vivir, por completar sus ciclos, sus finalidades. Veía a las plantas florecer y amar como si cada día antes de la llegada de la luna fuera verdaderamente el último, y observaba cómo se apagaban, satisfechas en la gloria de su realización.

    Ella viajaba buscando flores; las dibujaba, contaba historias sobre su fuerza, su vida e incluso sobre sus conversaciones y sueños. Las flores conversaban sobre su experiencia de la noche y el amanecer, sobre el sueño y el despertar.

    A pesar de que el anochecer y el momento previo al sueño a veces les provocaran angustia, despertar cada día seguía siendo una experiencia maravillosa.

    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

  • Good Will Hunting

    Good Will Hunting

    Por Raúl Álvarez Huerta I Rock & Raul

    Good Will Hunting (Mente indomable, 1997) vino a impactar a los persistentes en el cine de argumento: ese cine que deja mensajes sustanciosos en el cinéfilo, los guarda en su interior, los comparte y, quizá, logra hacerlos parte de su vida, de su filosofía personal. Robin Williams, Matt Damon y Ben Affleck conforman el elenco estelar que da vida a Sean Maguire, Will Hunting y Chuckie Sullivan. Tras su estreno y la obtención de dos premios Óscar, la película apareció en el catálogo de Videocentro. La cinta está basada en un hecho real sucedido justamente en la ciudad donde se ambienta, con locaciones en Boston, el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y la Universidad de Harvard, consideradas por especialistas como las mejores universidades de Estados Unidos, ambas de prestigio académico e investigativo a nivel internacional. En esa misma línea competitiva, el autor resalta la importancia nacional de la UAG (Tecos), la UNAM (Pumas) y el ITESM.

    Mente indomable (1997) relata la historia de un joven reprimido, deprimido y violento; en síntesis, un inadaptado social. Hasta ahí, todo normal, nada trascendente. Salvo por un detalle: Will Hunting posee un coeficiente intelectual de grado superior. Según la famosa gráfica de clasificación del CI, el promedio de 90 a 109 lo tiene el 47% de la población; el resto se distribuye en minorías: de 110 a 119 puntos (inteligencia superior), de 120 a 129 (muy superior) y de 130 a 139 (dotados), apenas un 2.3% de la población. El CI de Will es de 160.

    Para llegar a su trabajo de intendente en el MIT, Will debe atravesar la ciudad. Podría encontrar empleo cerca de su modesta vivienda, pero viaja todos los días en metro para limpiar pisos… y, cuidándose de que nadie lo vea, resolver planteamientos matemáticos aptos solo para mentes brillantes, expuestos en un pizarrón de uso común para que los estudiantes del Tecnológico los intenten resolver, reto complicado para la mayoría. Will los soluciona sin mayor esfuerzo.

    El profesor Gerald Lambeau (Stellan Skarsgård), un académico obsesionado con la fama por encima de valores humanos, lo descubre. Prestigiado catedrático, arenga al alumnado a volverse matemáticos célebres. Pronto percibe las conductas antisociales de Will, pero también la satisfacción de haber encontrado una mente excepcional. Se asume como su tutor. Will acepta las condiciones de tutoría con la garantía de obtener su libertad tras verse involucrado en una pelea callejera. Gerald obtiene un triunfo parcial, pero su descubrimiento necesita terapia: Will es rebelde, no tolera la autoridad, es huérfano y vive solo. El profesor lo canaliza con colegas psicólogos, sin éxito. Will no se deja domar. Queda una última opción: Sean Maguire, especialista en casos espinosos. Tras una primera sesión difícil, Sean acepta el desafío; será el encargado de llevar a buen puerto a su complicado paciente. Siente que puede con esa mente indomable.

    Chuckie Sullivan es su mejor amigo. Trabajan como albañiles, viven para beber cerveza, ver béisbol y practicarlo. Chuckie guarda cosas sobre Will y, cuando se las expresa, el joven matemático se incomoda ante las expectativas que su amigo tiene de él. Chuckie sabe que jamás será un gran estudiante, es consciente de sus limitantes, pero no siente envidia: sabe que Will está parado sobre un billete de lotería y no es capaz de cobrarlo. Desea verlo codeándose con alumnos y egresados en las grandes ligas del conocimiento.

    Skylar (Minnie Driver), su novia, estudia en Harvard y es dueña de una considerable herencia, situación material que no altera sus relaciones personales. Tampoco afecta su noviazgo con un chico de extracción humilde pero dotado de una inteligencia que la atrae, aunque también ve en él otros valores. Lo único que le pide es que la ame y se vayan a vivir juntos a California. Skylar es su alma gemela, una pieza necesaria para completar la terapia de su vida: su coeficiente intelectual es lo de menos.

    Sean y Will entablan una relación de amistad que rebasa el esquema psicólogo-paciente. Gerald está ansioso porque su protegido sea dado de alta, pero ni al psicólogo ni al paciente les importa la prisa: en ambos han nacido expectativas de vida en las que no caben los planes que Gerald tiene para Will. Con todo, la terapia de Sean ha logrado avances. Sean es viudo, pero ha decidido volver al juego del amor; su paciente le ha permitido ver cosas que él mismo no podía —el psicólogo no se cura a sí mismo— y, de paso, ha ayudado a Will a descubrir qué quiere.

    Will Hunting es la mente brillante que resuelve fórmulas imposibles, jugando a las escondidas con las autoridades académicas, alimentando su alter ego al sentirse superior a profesores y alumnos. Con todo su dinero, no podrían hacer lo que él hace por simple pasatiempo. Eso no le importa a Skylar: ella ama a Will, no al joven dotado. Gerald lo quiere para ganar fama internacional; Sean solo desea lo mejor para él; Chuckie, también. Al final, Will toma la mejor decisión: ir a California en busca del amor de Skylar.

  • «Distrito Central» by Juan Antonio Isla

    «Distrito Central» by Juan Antonio Isla

    Countless American college students between the ages of eighteen and twenty-three passed through my classrooms during my more than fifteen years as a Spanish instructor in the United States. Making a quick mental calculation, I can assume there were probably around two thousand young people whom I taught in that time. I had all kinds of students: good, bad, and so-so; most of them of Anglo-Saxon origin, but I also had African American, Asian, Hispanic, and international students in my classes. There were students of every kind—from those who took Spanish only to fulfill an academic requirement to those whose lives were changed by learning a new language. In general, they were all relatively serious students, as it was an expensive university.

    However, despite what is often said in politics or in the media, my experience showed that most American college students ended their courses with a genuine appreciation for the Spanish language and for Hispanic culture in general. Most students chose to continue studying Spanish in higher education after beginning in high school. They started out attracted by the food and ended up falling in love with the culture. Many wanted to keep learning after the course ended and even considered traveling to Latin America or Spain before finishing their university studies.

    Most of my courses focused on teaching the language—from the basics to more complex rules. But in a few of the more advanced classes, I had the opportunity to go beyond grammar and delve into Spanish literature with passages, essays, and short stories by some of the most outstanding contemporary authors. Considering that, for these students, Spanish was their second or third language, the ability to read in a tongue that was not their “mother” language was, naturally, more challenging.

    In my experience, when reading the “great” and the “consecrated,” Federico García Lorca was immediately liked for his frankness and eloquence when we read excerpts from Blood Wedding or The House of Bernarda Alba. Carlos Fuentes resonated deeply with almost everyone—especially with the “heritage speakers” of Latin American background—because his essays often addressed identity, which made them feel immediately represented. The stories of Isabel Allende, Ángeles Mastretta, and Elena Poniatowska were perennial favorites, especially among women, due to their sensitivity, nostalgia, and captivating language. Gabriel García Márquez, though one of the greatest, was challenging for students because of his many colloquialisms and regionalisms. Meanwhile, Vargas Llosa—although extraordinary, in my opinion—was sometimes perceived as a little “pretentious.” However, the short stories of Arturo Pérez-Reverte and Edmundo Paz Soldán were widely enjoyed because they were easy to understand and addressed contemporary issues without delving too deeply into cultural intricacies.

    Despite being more complex, many students found great fascination in Jorge Luis Borges, especially in his laborious narratives and metaphors that invited reflection. “Emma Zunz” was one of their favorite stories. They also found Augusto Monterroso and his micro-stories captivating. By the end of the course, we read Julio Cortázar, which for many students “blew their minds.” For others, Cortázar was simply too complex—difficult to understand and analyze. I don’t blame them; Cortázar’s most important novel, Hopscotch, is still one of the most complex books I have read so far.

    One can read that novel in several ways: following the traditional order from beginning to end, skipping chapters according to Cortázar’s “table of instructions” (reading sequentially from chapters 1 to 56 and dispensing with the rest, or starting at chapter 73 and continuing in the order suggested), or reading in free form, jumping through fragments in different directions.

    Julio Cortázar (1914–1984), Argentine novelist, short-story writer, essayist, and translator—later naturalized French—is one of the most important representatives of the Latin American Boom. He is possibly one of the most innovative and original authors of his time, a master of prose and of the short story. He broke classical molds and inaugurated a new way of writing literature with multiple narrative perspectives that challenged the temporal linearity of traditional fiction. Cortázar became notable for his numerous short stories, collected in volumes such as Bestiary (1951), End of the Game (1956), and The Secret Weapons (1959), establishing himself as one of the greatest storytellers of the twentieth century. His stories often include fantastical or mythical elements; protagonists who begin in ordinary situations but end in strange or terrifying circumstances; and bold jumps in time from one paragraph to the next.

    This summer I was in Querétaro, Mexico, my hometown, to present my first novel, Memorias de Tierra Adentro. At the end of my stay, I had the opportunity to chat with the writer Juan Antonio Isla, who is also originally from Querétaro. Although I had known of him since childhood—through his friendship with my parents and because we are from the same town—I had never had the chance to chat with him in person. Very kindly, he invited me for a cup of coffee and a delicious slice of cake in a lovely café near the striking Querétaro aqueduct. He gifted me two of his books and signed them on the spot—a great honor. I began reading one of them immediately; I read the second upon arriving home in the United States.

    Under the Almond Trees: Prints of Love and Death (Editorial Siglo XXI, 2017) was the first. I enjoyed it immensely because it combined two of my favorite subjects: historical fiction and the city of Querétaro. I read it in two days without stopping. It is a story based on true events about two rival families during the Mexican Revolution. I loved the histories behind the monument to La Corregidora (which I have walked past countless times), the story of the city’s modernization, and the tale of the first car in town. In this book, in my opinion, Juan Antonio Isla establishes himself as a true “Master of the Querétaro Novel.”

    Later, upon returning home, I read his latest book, Central District: A New Model to Assemble (Editorial helvética, 2024). I was fascinated by it. Set in the 1950s, the novel is a circular narrative composed of story fragments arranged in a documentary style in the fictional town of Distrito Central—an allusion to Querétaro. The novel invites the reader to assemble their own version of the story. Some passages are humorous, others raw; many have a strong sexual charge, making it a book for adults (surprising, given its portrayal of a conservative town). Yet all are magnificently narrated. It is difficult to read in one sitting; it must be read slowly, and sometimes reread, to avoid losing the thread.

    Isla’s narrative style reminds me quite a bit of Carlos Fuentes, but the novel’s complexity is more akin to Cortázar, as Isla often embeds stories within stories. This intentional “chaos” is precisely the effect the author seeks. The book is full of characters, and yet each serves a purpose. Central District reminded me of Cortázar’s Hopscotch, where the reader can jump from one part to another, start in the middle or at the end—much like the children’s game of the same name—or like those “Choose Your Own Adventure” books I read in the eighties, but in a far more sophisticated way. A book of this nature is difficult to achieve, and it speaks to an author who is a master of narrative with great experience.

    Distrito Central: Un Nuevo Modelo para Armar
    (Editorial helvética, 2024) ★★★★★
    (Spanish edition)
    The book is available on Amazon.

  • «Distrito Central» de Juan Antonio Isla

    «Distrito Central» de Juan Antonio Isla

    Durante mis más de quince años como instructora de español en Estados Unidos pasaron por mis aulas infinidad de chicos universitarios, entre los dieciocho y los veintitrés años. Haciendo un cálculo mental rápido, puedo pensar que fueron alrededor de dos mil estudiantes los que tuve durante ese tiempo. Tuve todo tipo de alumnos: buenos, malos y regulares. La gran mayoría era de origen anglosajón, pero también tomaron mis clases varios afroamericanos, asiáticos, hispanos y estudiantes internacionales. Había de todo: desde quienes cursaban español solo para cumplir un requisito académico, hasta quienes encontraban en el aprendizaje del idioma una experiencia transformadora. En general, eran estudiantes más o menos serios, pues se trataba de una universidad costosa.

    A pesar de lo que suele decirse en la política o en los medios, según mi experiencia, la mayoría de los universitarios norteamericanos terminaban apreciando profundamente el idioma y la cultura hispana. Muchos continuaban estudiando español después de haber comenzado su aprendizaje en la escuela media o en el “high school”. Empezaban atraídos por la comida, y terminaban enamorados de la cultura. Algunos incluso se planteaban viajar a Latinoamérica o España antes de concluir sus estudios universitarios.

    La mayoría de mis cursos se enfocaba en enseñar la lengua y sus reglas básicas y complejas. Sin embargo, en algunos cursos con estudiantes jóvenes un poco más avanzados tuve la oportunidad de ir más allá de la gramática y adentrarme con ellos en la Literatura Hispana, leyendo pasajes, cuentos e historias cortas de algunos de los autores contemporáneos más destacados en lengua castellana. Hay que recordar que para estos chicos el español era su segunda o tercera lengua, y que leer en una lengua no materna —aunque similar— puede ser complejo. Aun así, en el aula, al acercarnos a los “grandes” y a los “consagrados”, surgían momentos memorables.

    Federico García Lorca les gustaba inmediatamente por su franqueza y elocuencia cuando leíamos fragmentos de Bodas de sangre o La casa de Bernarda Alba. Carlos Fuentes resonaba de manera especial, sobre todo entre quienes tenían algún origen latinoamericano, los llamados “heritage speakers”, porque sus ensayos sobre identidad los hacían sentirse reflejados. Las historias de Isabel Allende, Ángeles Mastretta y Elena Poniatowska eran favoritas entre las mujeres por su impronta sensible, nostálgica y su lenguaje cautivador. Gabriel García Márquez, aunque grandioso, resultaba difícil para ellos, saturado de coloquialismos y regionalismos. Vargas Llosa, extraordinario a mi parecer, a veces les resultaba un poco “petulante”. Los relatos cortos de Arturo Pérez-Reverte y Edmundo Paz Soldán, en cambio, gustaban porque eran más accesibles y abordaban temas contemporáneos sin profundizar demasiado en contextos culturales.

    Aunque más difícil, Jorge Luis Borges fascinaba a la gran mayoría por sus narraciones elaboradas y sus metáforas que invitaban a la reflexión; “Emma Zunz” era uno de los cuentos favoritos. También encontraban maravillosos los microcuentos de Augusto Monterroso. Al final del curso leíamos a Julio Cortázar: para muchos, “les volaba la cabeza”; para otros, Cortázar era demasiado complejo y difícil de estudiar. No los culpo: Rayuela sigue siendo, para mí, uno de los libros más complejos que he leído.

    Rayuela puede leerse de varias maneras: siguiendo el orden tradicional, saltando capítulos según el tablero de dirección propuesto por Cortázar —leyendo del capítulo 1 al 56 y prescindiendo del resto, o comenzando en el 73 y siguiendo el orden indicado—, o de forma libre, eligiendo fragmentos en cualquier dirección.

    Julio Cortázar (1914-1984), novelista, cuentista, ensayista y traductor argentino nacionalizado francés, uno de los representantes más importantes del “boom latinoamericano”, es posiblemente uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro de la prosa y del cuento breve. Rompió moldes clásicos e inauguró nuevas formas narrativas, desafiando la linealidad temporal de la literatura tradicional. Se volvió notable por sus cuentos, recopilados en volúmenes como Bestiario (1951), Final del juego (1956) y Las armas secretas (1959), consolidándose como uno de los mejores cuentistas del siglo XX. Sus historias suelen incluir elementos fantásticos o míticos, donde protagonistas que comienzan en situaciones ordinarias terminan envueltos en circunstancias extrañas o inquietantes, con frecuentes saltos temporales de un párrafo a otro.

    Este verano estuve en Querétaro, mi ciudad natal, para presentar mi primera novela, Memorias de Tierra Adentro. Al final de mi estadía, tuve la oportunidad de conversar con el escritor queretano Juan Antonio Isla. Aunque lo conocía desde pequeña, por su amistad con mis padres y por nuestra común “queretaneidad”, nunca había tenido la oportunidad de hablar con él en persona. Muy gentilmente, me invitó a tomar un café con un delicioso pastel en una linda cafetería cerca del imponente Acueducto. Me regaló dos de sus libros y me los firmó allí mismo: un gran honor. Uno de ellos lo comencé a leer de inmediato; el segundo lo leí al volver a Estados Unidos.

    Bajo los almendros: Estampas de amor y muerte (Siglo XXI, 2017) fue el primero. Me gustó muchísimo porque combinaba dos de mis temas favoritos: la novela histórica y la ciudad de Querétaro. Lo leí en dos días, sin poder soltarlo. Es una historia basada en hechos reales sobre dos familias rivales en tiempos de la Revolución Mexicana. Me encantó descubrir la historia detrás del monumento a la Corregidora (por el que he caminado infinidad de veces), los trazos modernos de la ciudad y la llegada del primer automóvil. A mi parecer, en este libro Juan Antonio Isla se consagra como un verdadero “Maestro de la novela queretana”.

    Más tarde, en casa, leí su libro más reciente: Distrito Central: Un nuevo modelo para armar (Editorial Helvética, 2024). Me fascinó. La novela, circular en su estructura, narra fragmentos de historias en un orden no lineal, como si se tratara de un documental situado en el pueblo ficticio de Distrito Central —una clara alusión a Querétaro— recreado en los años cincuenta. El libro propone múltiples mini-historias que desafían al lector a armar su propio modelo de lectura. Algunas son simpáticas, otras crudas; muchas tienen una fuerte carga sexual —es un libro para adultos, sorprendente por retratar un pueblo conservador—, pero todas están magníficamente narradas. No es un libro para leer de una sola sentada: requiere ir despacio, releer, volver sobre pistas narrativas.

    El estilo de Isla me recuerda mucho al de Carlos Fuentes, pero la complejidad estructural se asemeja más a la de Julio Cortázar, pues el autor suele incluir historias dentro de historias. Ese caos es deliberado: el libro está lleno de personajes y todos tienen un propósito narrativo. Distrito Central me recordó mucho a Rayuela, por la libertad estructural que permite brincar de un lado a otro, comenzar en medio, atrás, adelante, como un “avioncito” literario, o como aquellos libros de los años ochenta, Elige tu propia aventura, pero en una versión más profunda y compleja. Un libro así es difícil de lograr, y habla de un autor que domina la narrativa con gran maestría.

    Distrito Central: Un nuevo modelo para armar (Editorial Helvética, 2024) ★★★★★
    El libro está disponible en Amazon.

  • Un mundo raro en las cantinas queretanas

    Un mundo raro en las cantinas queretanas

    Por Raúl Álvarez Huerta / Rock & Raul

    Las novias pasadas son copas vacías; en ella pusimos un poco de amor; el néctar tomamos… huyeron los días.
    —Manuel Gutiérrez Nájera

    Querétaro de campanas y cantinas que iban de barrio en barrio, de colonia en colonia y otras en Santa Rosa Jáuregui, El Pueblito, La Cañada, Huimilpan y… otros mundos raros; algunas —por suerte— con su respectiva e imprescindible sinfonola. En los años ochenta la lista da para muchos espacios, pero sólo para un lugar común en la bohemia, esa que se vivió de manera exponencial y sin cortapisas por aquella época, ahora llena de nostalgia por un mundo pretérito y… un mundo raro. Un mundo acompañado del sentido existencialista y sentimental que involucraba a varios actores sociales de carne y hueso: queretanos de a pie, entes mortales que deambulaban de cantina en cantina, de pulquería en pulquería, de arrabal en arrabal, de abismos y horribles resacas en un… mundo raro que se vivía al caer la tarde y avanzaba con la noche. Donde siempre estaba, en medio de todo ello, una mujer, una dama, una Eva que se volvía —en su propia virtud— el centro de un universo de sensaciones difíciles de describir.

    Amantes de la bohemia y de las mujeres a las que habría que hablarles… de amor y de ilusiones… y ofrecerles el sol de las tardes de otoño, en un cielo terrenal donde era deber presumir su amor… y su desamor. Un mundo de eventuales utopías que daba sentido de pertenencia a los parroquianos de la cantina, lugar que, en sus momentos de mayor ebullición, se convertía en escenario de dramaturgias reales y quiméricas dentro de un universo surrealista.

    Un mundo raro donde los heridos por Cupido deseaban ser recordados como los mejores amantes, sin que ellas —las que se habían ido— los mencionaran por su nombre. Sabiendo que para ellas nunca podían faltar quienes les ofrecieran… un sol y un cielo entero. Sentimiento que, para el que ya no era parte de su vida, se sabía por terceras personas en la barra de la cantina, dando por hecho que ella… sentiría amor del bueno… donde ambos recordarían, en la sana distancia, un pacto de silencio.

    Para ello están las mentiras con edulcorantes palabras, para ocultar los mejores momentos y, de paso, vivir la cantina convertida en un teatro de actores involuntarios. En esos casos lagrimosos, ella debía parecer un ser venido de… un mundo raro, donde no hay espacio para llorar ni para amar. Él, por su parte, habría de presumir que vivió un sueño dorado y, olvidando el rencor, no diría que su amor… lo volvió desgraciado. Ante la necia insistencia y con varios tequilas encima, se vería pretencioso, brindando que llegó… de un mundo raro; que no sabe del dolor, que triunfó en el amor y que nunca ha llorado…

    Era 1984 y, en la sinfonola de la cantina El Panal de la calle 25, en Lomas de Casa Blanca, de manera casual —en ese ambiente de drama, amor, desamor y sufrimiento— un espontáneo programa comenzaba con una herida que sangraba por dentro: Un mundo raro del maestro José Alfredo Jiménez. El ambiente olía a tequila y a camaradería en el desfase del amor no correspondido.

    Un mundo raro que daba lugar a la soledad y al silencio, a las pausas obligadas en medio de una nube densa de humo de cigarro. Por aquella época, el presidente de la República, Miguel de la Madrid Hurtado, y el regente del entonces Distrito Federal, Carlos Hank González, aún no decretaban que las mujeres podían entrar a las cantinas mexicanas. De haber estado alguna de ellas en El Panal, habría sido la otra parte que le faltaba al drama y a la alegría de vivir el ambiente cantinero de una colonia popular. Sus manos en la mesa habrían sido atesoradas por más de algún macho necesitado de cariño; habrían visto emociones compartidas y sensaciones sólo en ellas halladas, y amores imposibles… donde la canción condenatoria Diferentes, en la voz de Rocío Dúrcal, lo definía todo: «pero sólo como amigos entiéndelo muy bien». En un rincón de la cantina, alguien lloraba… viviendo su mundo raro.

  • «Hitlaro» by Mariana Perusquía: The New Mexican Gothic

    «Hitlaro» by Mariana Perusquía: The New Mexican Gothic

    By Samanta Echevarría

    As for terror and horror literature, I have always felt identified with Joey Tribbiani in that famous thirteenth episode of season three of the television series Friends, in which Joey (Matt LeBlanc) and Rachel (Jennifer Aniston) exchange their favorite books. In the episode, Joey must read Little Women by Louisa May Alcott, and Rachel, in turn, must read The Shining by Stephen King. What is funny, and what makes the episode memorable, is Joey’s reaction to King’s book: although it is his favorite, the terrifying nature of the story is such that he keeps it stored in the most remote place of his small New York apartment—inside the kitchen freezer—so that the plot can literally “cool down.”

    I read Rachel Green’s favorite book, Little Women, when I was eleven or twelve. I enjoyed it, laughed, and experienced that classic firsthand, and of course I also cried, memorably, like “Mary Magdalene,” just as Joey does in the Friends episode when he discovers that (spoiler) one of the March sisters dies. In contrast, I did not watch the 1980 film The Shining, based on Stephen King’s novel and starring Jack Nicholson, until adulthood, and only because my husband insisted that I should watch this psychological suspense classic. I must confess that I closed my eyes in several scenes, and others, I still cannot get out of my mind.

    So, I have personally never read Stephen King, simply because I know I would react just as Joey Tribbiani does—my copy would probably end up in the freezer. I admit I am too “cowardly” to read King, and that I do not have the stomach for it, even though I recognize his status as the absolute “King” (as his last name suggests) of horror literature and the importance of his many works, now classics of American fiction.

    Despite being a scaredy-cat, I do enjoy police suspense, murder mystery, and Gothic literature. As I did with Alcott’s novel in my adolescence, I devoured the stories of the world’s most famous detectives: in English class, the short stories of Sir Arthur Conan Doyle and his detective Sherlock Holmes, which I read without being able to stop; later, the most famous volumes of Agatha Christie and her detective Hercule Poirot, such as Murder on the Orient Express and Death on the Nile, which continue to captivate me to this day and which I have reread many times; as well as my favorite detective of all, the beloved Tintin, protagonist of the graphic stories by Belgian author Hergé—my daughters’ favorite too.

    Gothic literature, for its part, is a genre that combines elements of horror, mystery, and the supernatural, with intense emotions such as fear and anguish. It emerged in England at the end of the eighteenth century as a response to sentimental Romanticism and is characterized by gloomy settings, plots centered on revenge, death, and family secrets, and the intrusion of the past into the present. Some of the most famous examples include The Castle of Otranto by Horace Walpole, Dracula by Bram Stoker, Frankenstein by Mary Shelley, Wuthering Heights by Emily Brontë, The Picture of Dorian Gray by Oscar Wilde, as well as several stories by Edgar Allan Poe.

    In Mexican literature, the fascination with death and its mysteries—one of the defining features of Mexican identity—has been portrayed with black humor, blurred boundaries between reality and fiction, and touches of magical realism. This makes it difficult for the reader to distinguish between the real and the imagined. Such is the case of Pedro Páramo by Juan Rulfo, or one of my favorite books, Aura by Carlos Fuentes. And I want to emphasize that both books are, in my opinion, absolutely for adult readers, given the controversies the latter has faced in Mexico and its episodes of school censorship. Aura is narrated unusually in the second person and describes the haunting experience of a young student who becomes a French translator in an old house on Donceles Street in Mexico City in the 1960s, where he undergoes a supernatural encounter. This psychological horror novella—mixing fantasy, reality, and the Gothic—is a jewel of Mexican literature.

    Other Mexican authors who have excelled in suspense and horror include Amparo Dávila, known as a master of the genre; Francisco Tario, a classic of the fantastic tale; Bernardo Esquinca, considered one of the leading contemporary authors of horror and crime fiction; and Antonio Malpica, who mixes horror and adventure in works such as Isla de Apocalipsis. Other notable figures include Adela Fernanda, Emiliano González, and Atenea Cruz.

    Latin American horror, more broadly, has often focused on fears rooted in social and political violence—disappearances, coups, inequality. Authors such as Horacio Quiroga, Mariana Enríquez, Samanta Schweblin (my namesake), and Leopoldo Lugones explore terrors that reflect historical and contemporary traumas.

    As for Mexican Gothic literature written by women, the genre continues to generate interest with new voices. Recently, I watched an interview on social media by host Pepe Cantellano in his program Noches de Lectura, where he spoke with Mexican horror author Sandra Becerril about her new novel El Carnaval del Diablo. Her explanations about her narrative process intrigued me.

    Some years ago, our book club read Mexican Gothic (Penguin, 2020) by Mexican-Canadian author Silvia Moreno-García. I read the English version and found it spectacular—controversies aside—because it combines Gothic tradition with Mexican literature in a powerful way. I loved the cultural references. Set in 1950s Hidalgo, the novel follows a socialite who must rescue her cousin from a remote country mansion inhabited by a peculiar British family. The Spanish translation, however, disappointed me—not because of the story itself, but because it was translated into Peninsular Spanish and not Mexican Spanish. Since the story is set in Pachuca, the “Castilian” expressions felt out of place. A great book with an unfortunate translation choice. Another book in this genre that has been discussed in the United States is The Hacienda by Isabel Cañas, though I have not yet had the chance to read it.

    However, without a doubt, one of the promising new voices in this Mexican Gothic revival is Mariana Perusquía from Querétaro, with her literary debut Hitlaro (Helvética, 2025).

    I had the opportunity to meet Mariana this summer, and it was a pleasant experience. Mariana is not only an excellent journalist, but an even better human being. We connected on social media and exchanged messages about her work as a communicator. We later met in person in Querétaro when she interviewed me for her radio program for the release of my own novel, and she was about to present hers. A novel she had written during her university years and kept for twenty years was finally coming to light. A few days after my interview aired on La Hora Nacional, I attended one of her readings. I finished her novel in just two days.

    Hitlaro is an excellent short novel, with a narrative that moves between the supernatural and the phantasmagorical. It is a blend of Aura, Pedro Páramo, and Mexican Gothic. In her literary debut, Perusquía sets the novel in the fictional town of Hitlaro, weaving a story that fuses Gothic elements with magical realism, immersing the reader in a journey between life, death, and memory. The book explores themes such as guilt, redemption, and the legacy of women who dare to defy fate. It is impeccably crafted, with a strong plot and rhythm. It hooked me from beginning to end. I was left wanting more.

    Mariana Perusquía holds a degree in Communication and Journalism and a master’s degree in Contemporary Literature. A well-regarded journalist in Querétaro, she is a producer and host at Radio y Televisión Querétaro (RTQ), where she leads the morning newscast. Recognized for her work, she received the 2023 State Journalism Award. Her experience and professionalism position her as an influential voice in Querétaro’s media landscape.

    Her novel Hitlaro is available on Amazon.

    Hitlaro *****.

  • «Hitlaro» de Mariana Perusquía: el nuevo gótico mexicano

    «Hitlaro» de Mariana Perusquía: el nuevo gótico mexicano

    Por Samanta Echevarría

    En lo que respecta a la literatura de terror y horror, siempre me he sentido identificada con el personaje de Joey Tribbiani, en aquel famoso episodio trece de la temporada tres de la popular serie de televisión Friends de mi juventud; en el cual Joey (Matt LeBlanc) y Rachel (Jennifer Aniston) intercambian sus libros favoritos. Él debía leer Mujercitas, de Louisa May Alcott, y ella, a su vez, El resplandor, de Stephen King. Lo gracioso, y lo que hace memorable el episodio, es la reacción de Joey al libro de King: aunque sea su favorito, debido a lo espeluznante de la historia, lo guarda en el lugar más recóndito de su pequeño apartamento neoyorquino, dentro del congelador de la cocina, para que, literalmente, se «enfríe» la trama del terrorífico libro.

    Leí Mujercitas, el libro favorito de Rachel Green, cuando tenía once o doce años; gocé, reí y viví en carne propia esta historia clásica, y, por supuesto, también lloré como una «Magdalena», así como Joey lo hizo en el episodio al enterarse de que (spoiler) una de las hermanas March muere. Por el contrario, vi la película de El resplandor (1980), basada en el libro de King y protagonizada por Jack Nicholson, ya en mi edad adulta, debido a la insistencia de mi esposo al enterarse de que nunca la había visto. Debo confesar que cerré los ojos en algunas escenas, y otras aún siguen marcadas en mi memoria. Así que, personalmente, nunca he leído a Stephen King. Estoy segura de que tendría exactamente la misma reacción que Joey, y mi ejemplar terminaría dentro del congelador. Admito que soy demasiado «cobarde» para leer a King, y que no tengo las agallas ni el estómago para digerirlo, aunque soy consciente de su estatus como el «Rey» absoluto de la literatura de terror, y de sus numerosos libros, hoy convertidos en clásicos, que lo han elevado a un lugar privilegiado en la ficción estadounidense.

    Dicho lo anterior, el suspenso policiaco y el murder mystery, por el contrario, siempre me han atraído, al igual que la literatura gótica. Al igual que Alcott, me devoré en mi adolescencia las historias de los detectives más famosos del mundo: en la clase de inglés, los relatos cortos de Sir Arthur Conan Doyle y su detective Sherlock Holmes, que leí de principio a fin sin poder detenerme; más adelante, los volúmenes más célebres de Agatha Christie y su detective Hercule Poirot, como Muerte en el Orient Express y Muerte en el Nilo, historias que me siguen fascinando aún hoy y que he releído varias veces; así como mi detective favorito de todos, el popular Tintín, protagonista de las historietas del autor belga Hergé. Favorito también de mis hijas.

    La literatura gótica, por su parte, es un género que combina elementos de terror, misterio y lo sobrenatural, con emociones intensas como el miedo y la angustia. Surgió en Inglaterra a finales del siglo XVIII como respuesta al sentimentalismo del Romanticismo. Se caracteriza por ambientaciones lúgubres, tramas que exploran temas como la venganza, la muerte y los secretos familiares, y la intrusión del pasado en el presente. Algunos de los ejemplos más famosos son: El castillo de Otranto de Horace Walpole —obra fundacional del género—, Drácula de Bram Stoker, Frankenstein de Mary Shelley, Cumbres borrascosas de Emily Brontë, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, así como varios relatos de Edgar Allan Poe.

    En México, la fascinación por la muerte como rasgo identitario se ha expresado en la literatura a través del humor negro, el realismo mágico y la mezcla constante entre realidad y fantasía. Tal es el caso de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, o Aura, de Carlos Fuentes —libro que considero una joya del terror psicológico y lo gótico, aunque reitero que, a mi parecer, ambos textos son para lectores adultos—.

    Otros escritores mexicanos destacados en el género del suspenso y el terror son Amparo Dávila, Francisco Tario, Bernardo Esquinca y Antonio Malpica; mientras que, en América Latina, la literatura de terror contemporánea se ha nutrido de los miedos sociales y políticos de la región: desapariciones, violencia y desigualdad. Autores como Horacio Quiroga, Mariana Enríquez, Samanta Schweblin y Leopoldo Lugones han explorado estos temas desde distintas perspectivas.

    En cuanto al gótico mexicano escrito por mujeres, este género sigue renovándose. Hace poco vi con interés la entrevista que Pepe Cantellano hizo a la escritora Sandra Becerril en su programa Noches de Lectura, con motivo de su nueva novela El carnaval diabólico, y me dejó un grato sabor de boca al escucharla hablar de su proceso creativo.

    De igual manera, hace un par de años leímos en el club de lectura Mexican Gothic (Penguin, 2020), de Silvia Moreno-García. Leí la versión en inglés y me pareció un libro espectacular, pues logra una mezcla notable entre lo gótico y la cultura mexicana. Sin embargo, la traducción al castellano peninsular me decepcionó, pues al estar ubicada la historia en Hidalgo, las expresiones españolas resultan poco convincentes para ese contexto. Otro título reciente dentro de este mismo espectro es The Hacienda, de Isabel Cañas, aunque aún no he tenido oportunidad de leerlo.

    Pero, sin duda, una de las nuevas exponentes del gótico mexicano es la queretana Mariana Perusquía con su novela Hitlaro (Helvética, 2025).

    Tuve la oportunidad de conocer a Mariana este verano. No sólo es una excelente periodista, sino una gran persona. Después de conversar por redes sociales y mensajes, finalmente nos conocimos en Querétaro, pues tuvo la gentileza de entrevistarme para su programa de radio con motivo de la presentación de mi novela, mientras ella también estaba por presentar la suya. Hitlaro fue escrita en sus años universitarios y guardada durante veinte años, hasta que finalmente salió a la luz.

    Unos días después asistí a una de sus presentaciones. Leí la novela en dos días, de un solo tirón.

    Hitlaro es una excelente novela corta. Con una narrativa entre lo sobrenatural y lo fantasmagórico, combina Aura, Pedro Páramo y Mexican Gothic. Ambientada en un pueblo ficticio, entrelaza una historia que fusiona lo gótico con el realismo mágico, atrapando al lector en un viaje entre la vida, la muerte y la memoria. Explora la culpa, la redención y el legado de las mujeres que desafían el destino. Con buena trama, ritmo y una atmósfera poderosa, me enganchó de principio a fin. Me quedé con ganas de más.

    Mariana Perusquía es licenciada en Comunicación y Periodismo, y maestra en Literatura Contemporánea. Destacada periodista queretana, es productora y locutora en Radio y Televisión Querétaro (RTQ), donde lidera el noticiero matutino. Ganadora del Premio Estatal de Periodismo 2023, es una voz influyente en los medios locales.

    Su novela Hitlaro está disponible en Amazon.

    Hitlaro ★★★★★

  • «El guardián de mi hermano» de Daniel Vázquez

    «El guardián de mi hermano» de Daniel Vázquez

    Por Rafael Volta

    La vanguardia nace de la tradición

    Llama la atención que un poeta joven como Daniel Vázquez, nacido en 1997, apueste en su primer libro por revisar el mito de Caín y Abel cuando la mayoría de los poetas de su generación abordan otros temas relacionados con la cultura digital, lo pop y la inteligencia artificial. Podría sonar a una escritura anquilosada, donde no hay nada nuevo que decir sobre el capítulo 4 del Génesis, más allá de las clases de catecismo. No habría nada que decir cuando un escritor no ha interiorizado profundamente un tema. Pero más allá de las creencias o vida personal del autor, destaca justamente la profunda interiorización del mito, que le ha permitido a Daniel Vázquez construir cinco yoes líricos verosímiles y poderosos: Abel, Adán-Eva, Dios y Caín.

    El poeta ruso Vladímir Mayakovski decía en Cómo hacer versos que «el poeta debe colocarse a la vanguardia de su clase, en todos los frentes, y que solo la elaboración técnica hace a los poetas diferentes; sólo el perfeccionamiento, la acumulación y la variedad de procedimientos crean al escritor profesional».

    El guardián de mi hermano contiene una variedad de epígrafes para introducir cada una de las cuatro secciones del libro. Incluso la cantante Beyoncé se cuela juguetonamente para introducir a Dios. La vanguardia no es negar la tradición, sino aprenderla, intervenirla, aportarle algo, ampliarla y pasarla a la siguiente generación. Al abrir el libro, lo primero que llama la atención, desde su índice, es el uso elegante de los espacios en la página en blanco. Visualmente, es el mejor libro de poesía editado por Letra Capital –la editorial del Municipio de Querétaro fundada por Carlos Campos y ahora gestionada por Margarita Ladrón de Guevara–, cuyo único defecto sigue siendo el minúsculo tamaño de su fuente, discriminatorio de las capacidades visuales del lector.

    El buen gusto del poeta, junto con la edición a cargo de César Báez, vuelve significativos los silencios y espacios de la página en blanco al justificar por la izquierda la voz de Abel, justificar al centro las voces de los padres (Adán, Eva y Dios) y justificar a la derecha la voz de Caín.

    Asimismo, los versos dísticos en las secciones de Caín y Abel muestran esa dualidad de la que habla José Saramago en uno de los epígrafes: “Nadie es una sola persona, tú, Caín, eres también Abel”. El libro nos hace viajar en el tiempo y en el espacio para asistir como testigos a la escena bíblica, escuchando la voz interior de los hermanos, de los padres y del propio Dios.

    El yo lírico de Dios

    Lo que distingue a los buenos poetas de los malos es conocer la diferencia entre el yo del autor y el yo lírico en el poema: ignorancia que aparece con frecuencia en escritores publicados con poca formación, incapaces de distinguir el plano literario del plano real. Esta torpeza incluso provoca, en algunos «poetas», delirios de persecución. Daniel Vázquez, con una madurez literaria notable, logra algo dificilísimo, incluso para bardos aguascalenteños laureados: crear y diferenciar las voces entre los hermanos, los padres y, sobre todo, la voz de Dios.

    A continuación, algunos fragmentos de la voz de Abel, retratado como un pastor místico y observador, que ama profundamente a su hermano y nos muestra que el verdadero celo de Caín es que Abel dialoga con el Creador:

    ABEL

    Nadie ha escrito aún que la muerte
    es la boca de las piedras

    Caín podría florecer el desierto

    ¿A qué suena su voz?
    Preguntó un día en la cocina
    después de las ofrendas

    A muerte aplacada
    trueno sobre la montaña
    colisión entre estrellas

    Por su parte, las voces de Adán y Eva muestran, por un lado, el cuidado maternal y, por el otro, la preocupación terrenal y patriarcal de un Adán desterrado y condenado a ganarse el pan con el sudor de su frente:

    LIMEN: ADÁN Y EVA

    Eva:

    Pero llegó Caín
    y lo hizo todo sencillo: el sol salía
    y se volvía a esconder
    Las flores crecían entre sus pies

    Adán:

    Creí que sería más sencillo
    tener solamente hijos varones

    Creí que sería más sencillo
    solo tendría que enseñarles
    a arar el campo
    a degollar los corderos

    Criar una mujer es más difícil
    tienes que enseñarles a apuntar
    tienes que enseñarles a disparar.


    Qué clase de padre
    abandona a su hijo en manos de Dios.

    Un lector despistado podría acusar estos versos de misoginia o ingratitud religiosa, pero aquí no habla Daniel Vázquez sino el yo lírico de Adán. La línea es delgada, como delgada es la línea entre cordura y locura, entre sueño y vigilia, entre verdad y posverdad.

    El mayor hallazgo del libro es renovar la voz de Yahvé: una voz bíblica presente en Génesis, Éxodo y los profetas. El guardián de mi hermano muestra a un Dios juguetón y caótico, que se interpela a sí mismo, repitiéndose como quien sabe que lo sabe todo. Un Dios adaptado a la época aceleracionista y algorítmica del siglo XXI. Dios hecho a nuestra semejanza. ¿O al revés?

    […]

    El guardián de mi hermano expande el capítulo 4 del Génesis, casi en su totalidad diegético, hacia una mímesis que nos hace sentir el interior de los personajes. Incluso podría representarse en un no-lugar, como un invernadero abandonado o debajo de un puente en ruinas, como pieza posdramática. A pesar de ser un libro de debut, logra unidad en su composición, resignifica y actualiza un mito, entiende la pausa versal en la poesía contemporánea, y sobre todo, construye una diversidad de yoes líricos dentro de un pequeño universo suspendido en el tiempo.

    Daniel Vázquez (2025). El guardián de mi hermano. Editorial Letra Capital. 67 páginas.

  • Presentación de «Josefa, muy señora mía» de Araceli Ardón

    Presentación de «Josefa, muy señora mía» de Araceli Ardón

    El legado de una mujer imprescindible vuelve a cobrar vida.

    El Museo de Arte de Querétaro te invita a la presentación del libro Josefa, muy señora mía de Araceli Ardón, una obra que rinde homenaje a la inteligencia, fuerza y sensibilidad de Josefa Ortiz de Domínguez, figura clave en nuestra historia nacional.

    📅 Jueves 20 de noviembre
    🕖 19:00 h
    📍 Museo de Arte de Querétaro, Allende 14 sur, Centro Histórico.

    🎟️ Entrada libre
    Una cita imperdible con la literatura, la historia y el arte.

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