
Por Miriam Uribe
En el aula de arte, la mirada no es neutra. Llega cargada de historia, de jerarquías invisibles, de modelos aprendidos que dictan qué es bello, qué es valioso y qué merece ser visto. Descolonizar la mirada no es un gesto político superficial; es un ejercicio profundo de reaprendizaje, de volver a mirar el mundo sin los filtros que lo domesticaron. Es, ante todo, una práctica ética.
Cuando enseño dibujo de figura humana, suelo iniciar con un recordatorio: «No dibujen lo que creen ver, dibujen lo que realmente ven». Y esa frase, que parece técnica, es en realidad filosófica. Implica suspender el juicio, renunciar a las convenciones que moldean la visión. Implica, también, reconocer que toda imagen ha sido construida dentro de una cultura que privilegió ciertos cuerpos, ciertos rostros, ciertas narrativas.
bell hooks escribió que «la mirada opresora intenta reducirnos a objetos, mientras que mirar críticamente es un acto de resistencia». Descolonizar la mirada, en ese sentido, es recuperar el derecho a mirar desde la propia experiencia, desde el cuerpo que observa y se sabe observado. En mis clases, esto se traduce en ejercicios donde los estudiantes deben dibujar sin levantar el lápiz, sin mirar la hoja o incluso sin modelo, recordando. Lo que aparece en esos papeles no es sólo una forma: es una memoria visual desobediente, una mirada que deja de complacer.
La enseñanza del arte, históricamente, se ha sostenido sobre cánones que imponen qué mirar y cómo representarlo. La historia del arte occidental nos enseñó que el cuerpo ideal tenía proporciones griegas, que la belleza residía en la armonía, que la piel blanca era sinónimo de universalidad. Pero el aula contemporánea no puede seguir repitiendo esas ficciones. Hoy el desafío es enseñar a mirar desde múltiples centros, a reconocer lo periférico como fuente de conocimiento.
En un ejercicio reciente, pedí al grupo que representara un «rostro invisible»: aquel que rara vez aparece en las portadas de revistas o en los museos. Algunos eligieron retratar a sus abuelos, otros a vendedores ambulantes, a migrantes o a sí mismos. Las imágenes que surgieron fueron conmovedoras; cada una era una declaración política y afectiva. Como decía Frantz Fanon, «el colonialismo no sólo se apodera de la tierra, sino también de la manera de ver» Dibujar desde otro lugar es, entonces, una forma de devolver el mundo a sus miradas diversas.
La descolonización también alcanza los materiales. En lugar de insistir en los soportes «nobles», invito a mis alumnos a trabajar con cartón, papeles reciclados o pigmentos naturales. Cuando exploramos la cianotipia o la antotipia, hablamos de cómo la luz y el tiempo colaboran en la imagen; cuando bordamos sobre tela, recordamos que el hilo también narra. En cada técnica hay una oportunidad para romper jerarquías: la acuarela deja de ser un ejercicio decorativo y se convierte en un espacio de pensamiento.
Pero descolonizar no se trata sólo de cambiar materiales o temas. Es un proceso interior, una revisión de nuestras propias formas de mirar. A veces, incluso, duele. Porque obliga a reconocer los prejuicios aprendidos, las jerarquías que habitamos sin darnos cuenta. María Lugones escribió que «la colonialidad del poder también es una colonialidad del ser». Y eso, en el aula, se manifiesta en pequeños gestos: quién se siente autorizado a hablar, quién teme equivocarse, quién cree que no tiene «el talento» suficiente.
Enseñar arte es, en este contexto, crear un espacio donde todas las miradas puedan coexistir sin anularse. Donde lo local, lo íntimo y lo fragmentario tengan tanto valor como lo monumental. Donde la diferencia no se tolere, sino que se celebre. Descolonizar la mirada no es excluir lo aprendido, sino ponerlo en diálogo con otras formas de ver y sentir.
En el aula abierta, mirar es un acto de libertad. Descolonizar la mirada significa aprender a ver con otros ojos, pero también con otro corazón: uno que reconozca la pluralidad de lo humano y la dignidad de toda imagen. Porque sólo cuando miramos sin jerarquías comenzamos, de verdad, a ver.
Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

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