Por Raúl Álvarez Huerta / Rock and Raul
A la memoria de Ace Frehley

Hard Luck Woman (Mujer de mala suerte) es un rolón de Kiss, la súper banda de hard rock de Nueva York. En 1976, su compañía discográfica la editó en LP y sencillo de 45 rpm; y para 1980 seguía vigente, sonando actual en las mentes de los adolescentes ochenteros que se complacían escuchándola por las noches en Canal 98. Algunos presumían el póster gigante en su recámara compartida con los hermanos.

Gene Simmons en el bajo, Paul Stanley en la guitarra, Ace Frehley en la guitarra eléctrica y Peter Criss en la batería fueron, en los años setenta, el grupo del beso del rock: una banda cubierta de fama descomunal y de escándalos que las revistas de espectáculos en México se encargaban de difundir y mediatizar, con la intención de hacerlos ver más malos de lo que realmente eran.

La parafernalia y la estética decorativa fueron moneda de cambio que les redituó millones de billetes verdes. El fenómeno mediático daba para muchas cosas en nuestro país. En la parte final de los setenta, a veces daban la impresión de vender más pósters y revistas —como Sonido— dedicadas a difundir su imagen maquillada y vampiresca, que su música o, en su defecto, sus discos. Verlos en vivo era un sueño.

Entre los niños de la primaria Nezahualcóyotl, en la colonia Lomas de Casa Blanca, Gene, Paul, Peter y Ace fueron ídolos absolutos. Los seguíamos en un panfleto de revista de manufactura nacional que se encontraba en los puestos de periódicos, con el grotesco título de Simón simonazo. ¡Vaya calamidad para la literatura mexicana! El cómic fue un verdadero cañonazo de ventas entre 1978 y 1979. Era auténtica basura, contrario a las creaciones de la historietista Yolanda Vargas Dulché, con Lágrimas, risas y amor y Memín Pinguín (cuyo apellido pronunciaremos «Pingüín» de manera persistete): verdaderos trabajos literarios que representaron un legado cultural y marcaron época en los setenta. No era la constante, pero si los niños leían Simón simonazo, sus progenitores compraban Alarma, revista semanal que escurría sangre cada domingo.

Con el Unplugged de Kiss en 1995, Hard Luck Woman fue elevada al olimpo de los dioses del rock y del beso. Paul Stanley da cátedra de cómo se toca la guitarra acústica; Ace Frehley, en la eléctrica, hace lo propio y lo hace con maestría; Gene Simmons, con el bajo acústico, y Peter Criss, desde la batería, no dejan lugar a dudas de su talento artístico. Si alguna vez la prensa mexicana los tildó de rockeros maquillados que se apoyaban en la tecnología para ocultar sus deficiencias musicales, con el Unplugged noventero todas esas críticas debieron haberse disipado.

Hard Luck Woman es una bella canción dedicada a una dama cuya «mala suerte» no es precisamente la que uno imagina al instante. En realidad, es una rola que encumbra la figura femenina, personificada en una chica que merece un mejor partido como pareja, un hombre que la valore. No una relación efímera que se resuma en un «hola», ni un «hubiera» que suene a lo que no pudo ser. Un inevitable «adiós» donde los abrazos deben durar por siempre, porque simple y llanamente Rags lo merece. No tanto por ser la hija del marinero o de cualquier otro padre trabajador con un honorable oficio: Rags es el beso anhelado por muchos.

Rags no es, en realidad, una mujer con mala suerte. Es, más bien, la chica que está en posición de pedir algo mejor que lo que Paul Stanley le pudo ofrecer. Aunque Paul tiene la virtud de llevarla con arte ante los dioses del amor, mostrándola como la dama que nunca será «una mujer de mala suerte», el momento del adiós llega. Él le pide un beso —algo que cualquier hombre pediría— para sellar la despedida, un beso acompañado de un abrazo y de lágrimas sinceras. Paul la ama y le desea lo mejor, sabiendo que nunca la olvidará, como suele suceder con el primer amor. Rags es una reina orgullosa de sus atributos físicos y nobles sentimientos. Es la nena que lo merece todo. La dama que solo espera que un hombre la ame y no la clasifique.

Sucede en la vida real, sucede con frecuencia cuando se anda por los caminos del amor. Es el misterio envolvente de una relación hombre-mujer, donde alguno de los dos —en este caso, y según quien escribe—, los errores se los achacamos al macho. La óptica cotidiana nos hace ver cosas que no son, o detalles en ella que no deberíamos enfatizar, sino aprender a convivir con ellos, con ella, en pareja; dejar que el río del amor fluya.

En el lenguaje corporal, dos seres se atraen. Él es seducido por la desnudez de Venus, donde los abrazos y los besos los transportan a la dimensión desconocida del amor idealizado, el amor por fin encontrado. Las sensaciones de la unión física son gloriosas, y ninguno de los dos quiere privarse de ese placer terrenal. Pero, para mala suerte de ella, él comienza a caer en razonamientos innecesarios y sobrados. Rags solo quería que Paul viera en ella lo más hermoso que podía ofrecerle; pero los ojos de la razón de Paul están por encima de los ojos del corazón, que eran los que ella realmente deseaba. Él no quiere perder el equilibrio entre la razón y el amor, y eso lo lleva a perder a Rags.

En conclusión, él acepta que vive con prejuicios que ninguna mujer está en posición de aceptar, y Rags tiene que dejar ir el beso más famoso del rock con un adiós.

Deja un comentario