Por Raúl Álvarez Huerta / Rock & Raul

La mañana del 15 de febrero del año 2000, la vida sentimental de Camilo se había derrumbado en un minuto. Sesenta segundos definieron el fin de su historia personal al lado de Fátima. Un día después del mediático y depresivo San Valentín, Camilo caminaba por la calle Fraternidad del barrio de El Tepetate convertido en un desequilibrado emocional, regresando a vivir en el sin-sentido que había habitado antes de conocer a Fátima, el amor de su vida durante dos años de intensa pasión. Con ella había conocido el paraíso.

Esta vez, la filosofía de Viktor Frankl ya no le interesaba en lo más mínimo; el ser de Martin Heidegger tampoco. En esas circunstancias, Nietzsche sería, ulteriormente, su tablita de salvación existencialista. Las enseñanzas del autor de Así habló Zaratustra le proporcionarían su mejor aprendizaje. Cuando Camilo aterrizó en la vida real, ya sin estar bajo los efectos de algún destilado, entendió que no debía aborrecer su suerte ni maldecir su destino. Ahora deseaba rehuir todo lo que fuera dolor y alejarse de todo lo que tuviera que ver con Fátima: el amor de su vida por muchas razones, el mismo amor que lo había conducido al sufrimiento. Con Nietzsche aprendió, de manera empírica, a darle sentido a su vida. Su destino con ella, nada ni nadie lo podía cambiar; su historia debía volver a empezar, y ahora él desearía llevar el timón a su propio mando, aun cuando eso implicara pagar un costo no cuantificable.

Ese fatídico día, todo lo que lo rodeaba lo veía negativo y negro. De haber sido un Viernes Santo, habría dado su vida por caminar al lado de los encapuchados que, en su niñez, le recordaban al Ku Klux Klan cuando a las cinco de la tarde salían del Convento de la Cruz a recorrer las calles de la ciudad. Esa mañana salió a la calle y sólo fue cuestión de caminar unos metros para crudársela en la cantina ADO, atendida por los hermanos Corbella. Su resaca moral era un infierno. Al llegar, se dirigió sin titubear a la Rock-Ola para programar una rola que le gustara. El chiflido melódico que marca el inicio de la multicitada Historia de un minuto de David Garnica Palomares (no de Interpuesto ni de su vocalista Gonzalo Olvera) fue la coincidencia del destino. La melodía daba justo en el clavo, donde más dolía.

Ella convirtió la noche en un poema de amor,
Ella prometió mil noches de alegría solo a él,
Pero el tiempo habló, no todo fue tan bello, no, no, no…

La carta encontrada en el buró decía que estaba harta de todo, de tanto rodar. Que no era su culpa, que sólo era su forma de ser. Y esa noche, él no pensaría en buscarla. No. Esa noche no quería ni mirarla otra vez.

En el juego de la vida y el amor, su suerte estaba echada. Las cartas habían estado marcadas sin que él lo hubiera percibido: el amor lo cegaba, lo cegó durante dos años. Para él, el día comenzaba con Fátima y terminaba con ella. Salir del otrora nido de amor, borrar todo y largarse sin voltear a ver atrás —en sentido metafórico— era lo mejor para su sentir. Se sintió fuerte y decidido para iniciar una nueva vida. Por eso tomó aquella fría determinación. El tiempo le demostraría que estaba equivocado: antes tendría que tocar fondo y pagar algunas sentimentales facturas.

La cruda física comenzaba a hacer mella en sus dañados intestinos, y la cantina ADO fue un oasis en su desierto, en busca de una buena dosis de Bloody Marys y MicheClams, que lo ayudaron a recuperarse de la solitaria noche en la que bebió hasta quedar hecho pedazos en el sillón de la sala. Todo después de que Fátima lo cortara y lo mandara por el tubo del drenaje. Camilo se había ahogado en alcohol. Los estragos del exceso saltaban a la vista: sus ojos estaban rojos. Esa noche, Fátima prefirió dormir deseando que al día siguiente él desapareciera de su vida para siempre.
Jamás volvieron a verse.

Foto: Isabel Argüero Rodríguez.

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