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  • La guaracha sabrosona

    La guaracha sabrosona

    Por Raúl Álvarez Huerta

    La vida es un fracaso que vale la pena vivir y repetir… [y bailar].

    Un mundo globalizado y dominado por el fetichismo del consumo se hace pedazos en las redes sociales, mientras las islas sociales y marginales necesitadas de diversión se reinventan y trascienden entre la gente (su gente) de las zonas populares los fines de semana. Sábado Distrito Federal dixit Chava Flores. Entre semana, cada quien puede seguir viviendo su vida privada como la vivía antes y como le gustaría seguir viviéndola. El mañana no se sabe.

    En contraste, la música bailable es una actitud firme, llena de urbano-historias que bien existen, y cuyos actores no están en posición de retirarse a un mundo cada vez más impersonal. Son inercias sociales que no complacen a los dueños de las conciencias colectivas, quienes quisieran ver a todos homogenizados en una masa uniforme de un solo gusto, repetido todos los días en la sufridora pantalla de cristal. Por fortuna, no todo está perdido: «La guaracha sabrosona» es un buen pretexto para sustraerse de la monotonía de todos los días.

    Dentro de la cultura popular de las ondas bailables es común escuchar a los autores o cantantes de rolas pegajosas y bullangueras aludir a la alegría de vivir, a la propia identificación con el lugar de origen, sin dejar de bailar. En ese tenor, Colombia y México van de la mano y, juntos y felices, han dado un valor social que se ve y se vive en los barrios, colonias y zonas marginales de ambos países. Sea el vallenato o la cumbia, los grupos y solistas del país cafetalero y de nuestra patria van y vienen por las principales ciudades de estas dos naciones hermanas.

    En la alcaldía Gustavo A. Madero, Alberto Pedraza —el monarca de la cumbia callejera— y su grupo Ritmo y Sabor le dieron al pueblo de Peñón de los Baños el justo reconocimiento de la onda sonidera con «La guaracha sabrosona» en la CDMX, y de ahí para todo el país. Ya en el pueblo de San Juan de Aragón, el creador de La cumbia callejera trajo a México la cumbia colombiana, dando origen a la cumbia chilanga. A la fecha, La guaracha sabrosona no pierde su encanto y sigue fiel a su origen: fue dedicada, o en todo caso es un homenaje, a Celia Cruz, para quien la vida es un carnaval… «Todo aquel que piense que la vida es desigual tiene que saber que no es así, que la vida es una hermosura, hay que vivirla».

    En la crónica urbana, igual que en los barrios y colonias populares de la CDMX —y desde que era el Distrito Federal—, los bailes sonideros son una costumbre de fuerte arraigo que da identidad a millones de chilangos que disfrutan del bailongo en cualquier escenario que surja un fin de semana. Esta costumbre se prolonga hasta las colonias limítrofes con el Estado de México, donde municipios como Ecatepec, Tlalnepantla y Ciudad Nezahualcóyotl se unen para bailar «La guaracha sabrosona».

    Alberto Pedraza es el juglar de la onda sonidera, parte ya del paisaje urbano con sabor a cumbia. Forma, además, parte de un collage imaginario de artistas de música popular donde podemos ver a Selena y su Tex Mex, a El Gran Silencio con su «Chuntaro Style», a Celso Piña y su «Cumbia sobre el río», a Carlos Vives con «La gota fría», a Rigo Tovar con Matamoros querido, a La Tropa Vallenata con «Los caminos de la vida», y de la Delegación Josefa Vergara y Hernández, «Lomas, Lomas» de Kike Maracas con su Conjunto La Luz Roja. En los años setenta hicieron popular esa canción en una colonia que apenas comenzaba un crecimiento exponencial, dando lugar a una identidad muy necesitada. Con «Lomas, Lomas», Kike Maracas lo logró: en menos de tres minutos definió el cariño que le tenía a la colonia que lo vio cantar.

    Cantando y bailando, «La guaracha sabrosona» de Alberto Pedraza llegó para quedarse en el inventario popular de las masas adeptas al ambiente sonidero de la CDMX. De paso, el autor y cantante de San Juan de Aragón se integra al imaginario disco de éxitos obligados en las tocadas bailadoras de Colombia y México.

  • Aula Abierta: La obra no se hace sola: entre el taller, el vínculo y la comunidad

    Aula Abierta: La obra no se hace sola: entre el taller, el vínculo y la comunidad

    Por Miriam Uribe

    Una y otra vez se repite la misma escena: alguien llega al final de un semestre, cuelga su obra en la exposición final y dice, con cierto pudor: «bueno, no es gran cosa, pero es mía». Lo que no siempre se dice —aunque se intuye— es todo lo que hubo detrás: las charlas con los compañeros, los comentarios en el taller, las veces que alguien compartió un pincel, una idea, una crítica honesta. La obra es suya, sí. Pero no fue hecha sola.

    En arte se insiste mucho en la figura del autor. En la firma. En el «yo» que produce. Sin embargo, quienes hemos habitado talleres sabemos que la creación es, muchas veces, una práctica coral. Que detrás de una pieza hay una constelación de influencias, apoyos, miradas. Que cada obra es también una conversación con otros.

    En el aula esto se vuelve evidente. Cuando una estudiante se traba en una ilustración y otra le sugiere un giro. Cuando alguien comparte una técnica de cianotipia descubierta por accidente. Cuando se arman grupos de afinidad espontáneos, no por obligación escolar, sino porque el trabajo se vuelve más llevadero en compañía.

    bell hooks (Gloria Jean Watkins, más conocida por su seudónimo bell hooks), en sus reflexiones sobre enseñanza, hablaba del aula como un «espacio de comunidad radical», donde el aprendizaje no se da de arriba hacia abajo, sino en red. Donde enseñar no es imponer, sino vincularse. «La educación como práctica de la libertad —escribió— reconoce que enseñar es un acto performativo que se da en comunidad».

    Lo mismo podría decirse de la creación artística.

    Recuerdo muchas veces en las que no hubiera terminado una pieza sin ayuda. No para que me resolvieran nada, sino para pensar en voz alta, para rebotar dudas, para destrabar la emoción. He necesitado a quienes me arman soportes, a quienes me prestan una pared, a quienes me invitan una taza de café en medio del cansancio. Y no es romanticismo: es una forma real de trabajo colectivo, aunque la obra lleve una sola firma.

    En clase, también promovemos esa ética del acompañamiento. No hay una sola manera de hacer comunidad: a veces es técnica, a veces emocional, a veces silenciosa. Pero se siente. Se ve cuando alguien espera a otro para colgar juntas sus piezas. Cuando un alumno ayuda a otro a estampar con mejor presión. Cuando los chistes entre sesiones se vuelven una forma de resistencia compartida.

    Formar artistas, entonces, no es sólo enseñar a mirar. Es enseñar a mirar con otros. A reconocer que toda producción nace en un contexto, en un entramado. Que no somos genios aislados, sino parte de algo más amplio. Y que reconocer esa red no nos debilita, sino que nos sostiene.

    También hay que decirlo: a veces esa red no está. A veces hay competencia, inseguridad, soledad. Y entonces la labor docente se vuelve más urgente: abrir espacios donde el vínculo no sea una excepción, sino una posibilidad constante. Donde la generosidad no sea ingenuidad, sino estrategia de supervivencia.

    En el aula abierta, la obra no se concibe como un acto solitario, sino como el resultado de muchas presencias. Aquí, crear es también escuchar, acompañar, sostener. Porque el arte se nutre de vínculos, de gestos mínimos, de complicidades. Y enseñar arte es también enseñar a habitar la comunidad: no como adorno, sino como fuerza.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de Dan Farrell en Unsplash

  • Aula Abierta: El arte no siempre encaja: aprender a habitar el límite

    Aula Abierta: El arte no siempre encaja: aprender a habitar el límite

    Por Miriam Uribe

    Uno de los momentos más interesantes —y más incómodos— en el aula ocurre cuando una obra desborda lo previsto. Cuando un estudiante presenta algo que «no se entiende», que interrumpe el flujo de lo esperado, que incomoda. No porque esté mal hecho, sino porque no cumple con lo que la clase —o yo misma— anticipábamos. A veces es un tema tabú. A veces es una técnica no solicitada. A veces es una pieza que parece decir: «no quiero ser calificada, quiero ser leída».

    Es ahí donde se vuelve evidente que el arte no es dócil. Que tiene, en su centro, una potencia para romper reglas, para señalar lo que se oculta, para decir lo que otros prefieren callar.

    Mucho del aprendizaje artístico ocurre en los márgenes. En lo que no entra en la rúbrica, en lo que no cabe en los formatos escolares. No se trata de idealizar la transgresión, pero sí de reconocer que el arte, por naturaleza, ensaya límites. Los prueba, los tensiona, los mueve. Y formar artistas también es enseñar a sostener esa tensión.

    En clase lo hemos vivido muchas veces. Cuando alguien decide ilustrar una escena de su infancia que todavía le duele. Cuando otra persona borda sobre una imagen digital para reclamar la memoria de su abuela. Cuando un estudiante introduce una bandera o una palabra censurada, sabiendo que tal vez alguien se incomode. En esos casos, más que preguntar «¿es arte?», hay que preguntarse: «¿por qué me afecta?».

    Claire Bishop, crítica y teórica del arte, señala que las obras más poderosas no son las que nos confirman, sino las que nos interpelan. «El disenso no es un error de la participación, es su motor», escribe. Y esa frase también aplica al aula: el disenso no es un obstáculo en el aprendizaje, sino parte de lo que lo vuelve real.

    Claire Bishop.

    Como docente, no siempre es fácil sostener esas obras que desbordan. A veces me descubro queriendo «normalizarlas», encauzarlas, suavizarlas. Pero aprendo más cuando me permito habitarlas con las preguntas que traen. El arte necesita de esos espacios donde se puede experimentar sin miedo al juicio inmediato. Donde el límite no se impone, sino que se explora.

    También en lo técnico hay márgenes. Cuando los estudiantes mezclan cianotipia con bordado, o ilustración digital con intervención manual, muchas veces surge una resistencia: «eso no se hace así». Pero ¿quién lo dijo? ¿Quién decide qué materiales pueden tocarse y cuáles no? Parte del proceso artístico es desmontar esas convenciones, entender de dónde vienen, y decidir —con responsabilidad y conciencia— si se siguen o se rompen.

    En el fondo, creo que el aula no debería ser sólo un espacio de seguridad, sino también de riesgo. No riesgo en el sentido de peligro, sino como oportunidad de atravesar lo desconocido. De probar, de fracasar, de decir algo sin tener aún las palabras exactas.

    Porque el arte no siempre encaja. Y eso está bien.

    En el aula abierta, aprender también es aprender a desobedecer. No por rebeldía vacía, sino por la necesidad de encontrar una voz propia, una forma que no esté dictada desde fuera. Aquí el límite no es un muro, sino una zona porosa, un espacio donde se gesta algo nuevo. Y enseñar arte es también acompañar ese cruce: el momento en que el estudiante deja de complacer para empezar a decir.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de Bárbara Fróes en Unsplash

  • Coordenada Artística: Vuélvete tuyo

    Coordenada Artística: Vuélvete tuyo

    Por Yadira Cruz

    Quise apelar a la madurez que, supuestamente, trae consigo la edad adulta y ofrecerte una amistad sincera para no apartarte de mi vida. Sin embargo, no logré arrancarte ese velo que insistes en llevar.

    Tu insistencia en ese amor platónico que dices tenerme te hace perder el suelo y olvidarte de ti.

    Esa admiración desmedida que sueles profesarme nubla por completo tu entendimiento y tu identidad. Y aunque sé que hay quienes se sentirían halagados con tu pleitesía, yo no puedo permitir que te coloques por debajo de tu propia integridad. Por eso hoy te digo, en seco, que esto es un adiós definitivo.

    Prefiero ser cruel y provocar tu odio, antes que volverme cómplice de tu inseguridad. El amor sincero jamás te convertirá en un objeto.

    Ahórrate esas ansias de «querer ser mío» y vuélvete tuyo, para que no te causen mal; para que no te causes mal.

    Perdona si esta daga de palabras te parece tan directa, pero prefiero ser sincera y provocar tu enojo en este momento, antes que mentirte y dejar que germinen heridas que no mereces.

    El amor sincero jamás te volverá objeto.

    Yadira Cruz M. es escritora y artista visual radicada en Querétaro. Licenciada en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, ha complementado su formación en comunicación, artes plásticas, derechos humanos y social business. Es autora de SentimientosToc, toc, ¡Imaginación despierta! y Neftis: Reflejos de luna (Ed. Ariadna), obra con la que representó a Querétaro en la FIL Guadalajara 2022. Ha participado en encuentros internacionales de poesía y expuesto sus obras plásticas en muestras como Desfragmentaciones y WomenPOPwer. Colabora en Cultura 360 de RTQ desde 2020, y se desempeña también como promotora cultural, tallerista y compositora afiliada a la SACM.

    Foto de Lawrence Krowdeed en Unsplash

  • Preludio

    Preludio

    Por Raúl Álvarez Huerta

    Querétaro y sus múltiples terrazas bien podrían ser una locación ideal para retratar un preludio de actores espontáneos y residentes de esta ciudad, notados de manera incógnita o, en su defecto, con el ánimo de no ser vistos, cuando el amor es un acto de dos seres terrenales ávidos de protagonizar el anuncio de algo personal. Lugares idóneos para esos encuentros hay varios en esta parte de la República mexicana. Santiago de Querétaro no es la excepción.

    La terraza del bar del hotel boutique Azpeytia; el mirador del barrio de la Cruz a un lado de la Rotonda de Queretanos Ilustres; el bar panorámico del hotel Holiday Inn Diamante; la terraza de la suite del hotel boutique La Casa de la Marquesa; la Plaza Náutica de Juriquilla; la terraza del edificio Corporativo Blanco en prolongación Tecnológico; y el mirador del fraccionamiento Loma Dorada, junto con algunas de sus calles adyacentes, son sólo algunos de esos lugares que el director Eduardo Lucatero podría considerar en un futuro, pensando en su capacidad de elaborar este tipo de guiones en Querétaro.

    Preludio (2010) es una película de manufactura nacional que, sin mayores aspavientos, resultó ser una realización con matices y relieves que se salen de lo convencional y lo comercial. Es el tipo de cortometrajes que suceden —o suelen suceder— en la terraza de un edificio de departamentos en la Ciudad de México, más específicamente en el sur; concretamente en la alcaldía Benito Juárez, no muy lejos del World Trade Center e Insurgentes Sur.

    Ana Serradilla y Luis Arrieta, junto con Tiaré Scanda, bajo la dirección de Eduardo Lucatero —el mismo director que llevó a la pantalla grande Corazón marchito (2007), película en la que también actúa Ana Serradilla con Mauricio Ochmann—. La misma actriz que participó en Todo incluido (2008), con Jesús Ochoa y Martha Higareda. Ana es también la protagonista de Cansada de besar sapos (2005) y de la versión mexicana de La boda de mi mejor amigo (2009), refrito del film donde Julia Roberts es la protagonista (La boda de mi mejor amigo de 1997).

    Preludio es una peli de encuentros y desencuentros que pasan a diario en la pretenciosa clase media de la capital del país. Son los actores que, en la vida real, es muy fácil encontrar comiendo o de compras en la Condesa, la Roma, Polanco o por San Ángel, en la plaza San Jacinto. Ella es chef y no termina de resolver su vida familiar con su hermana Cecilia, que vive necesitada de todo tipo de halagos solo por haber asumido un rol social que nadie le obligó a tomar: la típica integrante de una familia disfuncional mexicana que, por exorcizar sus demonios internos, se siente la patriarca del clan. Cecilia y su amiga Mariana se creen el pluscuamperfecto de todo lo que les acontece. Ella no les compra ese papel.

    Él es un aspirante a rockstar, pero no desdeña vivir el momento, aunque debe clausurar su pasado y darle vuelta a la página. Ella, aun realizada como chef, no deja de arrastrar un pasado marcado por viejos sucesos, mientras su hermana insiste en reclamarle una supuesta actitud no condescendiente desde la adolescencia. Él no deja de soñar con ser famoso algún día.

    Mientras tanto, la terraza es un buen lugar para entablar una charla interesante que no raya en lo irrelevante gracias a los argumentos expuestos. El director logra atrapar a los cinéfilos ávidos de ver cine distinto a lo que TV Azteca y Televisa programan sábado a sábado. Difícil creer que estos medios no tengan algo mejor que ofrecer que sus insípidas películas. Preludio no aspira a un Oscar ni compite con los criterios ortodoxos de Hollywood y sus millones de dólares. Sin embargo, fue a Europa y en los círculos culturales del viejo continente logró algunos reconocimientos —tema que los noticiarios mexicanos omitieron, junto con sus programas matutinos insípidos.

    Insólito que Televisa siga reprogramando sus series lacrimógenas de los ochenta, o que TV Azteca siga haciendo de la chismografía su mayor fuente de ingresos, secundada por Imagen Televisión con sus reality shows igualmente ridículos. Todo un reflejo de su propia pobreza cultural y de un voyerismo barato que, increíblemente, genera millones para los magnates, quienes poco hacen por mejorar este país. La cultura importa a pocos. Preludio muestra que no se necesita mucho presupuesto ni tecnología para lograr una peli que, al menos, ofrezca un entretenimiento más digno que lo que todas las tardes y noches difunde la televisión mexicana.

    Qué más da… seguiremos apagando el televisor para ir a YouTube a buscar una peli mexicana, sin costo y sin comerciales. El nuevo cine nacional entretiene y regala hora y media de esparcimiento. Preludio es un buen pretexto: ella y él en una historia donde la química flota cerca, en diálogos y sobre todo en un lenguaje corporal que dice mucho más que las palabras. Entre ellos hay algo más que química.

    Ana Serradilla se ha consolidado en este tipo de cine, y lo hace bien. Preludio nos muestra que para que surja la magia de la alquimia del amor no hace falta viajar a paraísos prefabricados en playas mexicanas o islas griegas que la mercadotecnia vende como sueños inalcanzables para clases pudientes, disfrazados en paquetes all inclusive o tiempos compartidos que muchas veces son fraude.

    Una terraza en cualquier ciudad es un buen lugar para construir una amistad con alguien que atraiga, distraiga y retroalimente el diálogo. Cuando todo es causal y no casual, la vida en pareja funciona mejor al decidir vivir el momento en el breve espacio compartido. La coyuntura es coincidir como vecinos de este mundo terrenal, donde el amor de independencia y de codependencia con seres seudodependientes suele estar en el aire. Esas resonancias infantiles —heridas que nunca cierran y que, en el mejor de los casos, se encapsulan por un tiempo— alimentan las partes neuróticas que hacen parecer que todo es amor. Pero cuando el amor se va, todo queda igual o peor, y él o ella se vuelven más tóxicos en sus futuras relaciones. Temas que, a fin de cuentas, logran que existan las canciones de amor… o desamor, odio, resentimiento, celos, despecho. Ser o no ser, esa es la cuestión.

  • La magniciencia de Metallica magnetizó a 60 mil pudientes mortales

    La magniciencia de Metallica magnetizó a 60 mil pudientes mortales

    No necesito oír lo que dicen. La vida es para vivirla como yo quiera…
    Metallica

    El sábado 6 de junio de 2009 fue la noche de la presentación del disco Death Magnetic. Cuatro mesías del heavy metal entraron por el poniente a la Gran Tenochtitlán, ciudad creada entre lagos y luego asentada sobre las mismísimas ruinas del orbe que asombró a los conquistadores y dio origen a una nueva raza.

    En el escenario del thrash, cuatro forasteros de Los Ángeles: James Hetfield (voz y guitarra), Lars Ulrich (batería), Kirk Hammett (guitarra líder) y Robert Trujillo (bajo). El thrash metal surgió a principios de los ochenta bajo la influencia del hardcore punk y la new wave of British heavy metal. Género del cual llevan el estandarte cuatro poderosas bandas: Megadeth, Slayer, Anthrax y, por supuesto, Metallica. Junto a ellos, tres pilares alemanes: Destruction, Sodom y Kreator.

    El thrash metal está de nuevo ante nosotros, y viviremos la metalmanía por dos horas. 60 mil luciérnagas encendidas, listas para una noche sin cielo azul ni negro, más bien gris smog pinchón, sin estrellas, pero con luna. La parafernalia de rigor: black. El setlist se espera ansiosamente; cada fan, en su ególatra individualismo, pide —a gritos o en silencio— que Metallica toque su rola preferida.

    Distrito Federal, sábado. Big city de contrastes, que vive su Apocalipsis por la carencia de agua. Ciudad chingona de luces y sombras, de riqueza y pobreza extrema, capital ecléctica, clasista, elitista, y por excelencia blanco del ácido antichilango en los estados del país. Metrópoli de banda colmada de entusiasmo, que se distribuye a lo largo y ancho de sus 16 alcaldías.

    La noche cae tras los grupos teloneros. OCESA, para parecer democrática, pone uno nacional y otro extranjero. Ambos cumplen su cometido: encender a la banda. Miles de celulares y encendedores brillan, apagados los reflectores, como estrellas de una bóveda celeste imaginaria que cubre el enorme Foro Sol en un gesto de bienvenida al grupo estrella de la noche.

    Metallica aparece en escena. Aquí están, one more time, para felicidad de la banda rockera integrada ya a las reglas sociales que ésta exige. Vatos-banda que ya no son joven-banda, sino jurásica banda que vive de recuerdos que sólo a ellos importan. Pero hoy, todos coinciden en un presente colectivo, en rolas llenas de emociones que se disfrutan desde la zona más alta de este foro beisbolero —donde vibra más la banda y donde mejor se corean las canciones.

    La primera: “Creeping Death” del disco Ride the Lightning. Le siguen “For Whom the Bell Tolls” y “Ride the Lightning”. Después, “Disposable Heroes” (Master of Puppets) y la explosión total con los acordes de “One” (…And Justice for All).

    El espectáculo prosigue con “Broken, Beat & Scarred” (Death Magnetic), seguida por “The Memory Remains” (Reload), rolototota que provoca un coro espléndido de miles de gargantas. Luego “Sad But True” y, tras dos temas del nuevo disco, otro clímax: “Master of Puppets”. El concierto avanza sin detenerse, con emisores y receptores acelerados en perfecta sintonía.

    Los cardiólogos dicen que la arritmia es un corazón que late apresurado, como motor en carrera. Con Metallica, esa arritmia es placentera: cada final de rola es oxígeno para la sangre, combustible para vivir en paz y armonía. Los galenos hablan de intervalos QT, de balances de sodio y potasio; los metaleros, de amplificadores, bocinas, guitarras, bajo y bataca.

    El máximo punto de ebullición en esta tierra de volcanes llega —como era de esperarse— con “Nothing Else Matters” y “Enter Sandman”.

    Muchos de los que deliran ven al diablo o se ven en el infierno, pero hay quien asevera, de modo lúcido y convincente, tener conversaciones con Dios… Casos como éste plantean una disyuntiva: ¿delirio o puerta a otras dimensiones que ni imaginamos?
    —Ignacio Solares

    El rock magnífico juega hoy su papel: una masa uniforme unida por gusto y pasión incomparable. Identidad compartida por un instante que se saborea, se vive, se disfruta. Metallica está aquí, en vivo, con letras y música de heavy metal que alguna vez fue underground.

    La física explica que sin oxígeno no habría vida en la Tierra. En paralelo, sin oxígeno no podríamos gritar, brincar, corear y rockear en una super tocada de Metallica. La explosión de mortales que hoy se sienten vivos —los miles que pagaron un boleto nada barato— es gloriosa, gigante, única. El heavy metal está aquí. Yes.

    Una espléndida noche primaveral del no-hastío, la no-monotonía, la no-rutina, la no-depresión. Noche de atmósferas oscuras, letras intensas, sonidos avasalladores, públicos efusivos y tiempos pretéritos vueltos presentes. Los ochenta y noventa que no volverán.

    Nunca esperes ni te apalanques, la juventud es una máscara que pronto se acaba.

    Y se acabó…

    El encore final: tres rolas. Dos de los inicios de la banda angelina: “No Remorse” y “Seek & Destroy”. Nos dicen que ha sido todo. Metallica se va… para volver, no sabemos cuándo.

    La vida es un instante, un instante es la vida.
    —Antonio Porchia

    Fotos de Jeff Yeager.

  • Aula Abierta: Evaluar sin matar el impulso: el arte y sus tiempos

    Aula Abierta: Evaluar sin matar el impulso: el arte y sus tiempos

    Por Miriam Uribe

    Hay un momento que se repite cada semestre. Sucede cuando entregamos las rúbricas, explicamos los criterios, encendemos el proyector con la lista de «lo que se espera de ustedes». Y alguien —a veces en voz baja, a veces con ironía— pregunta: «¿Y eso cómo se califica?». Es una pregunta legítima, casi inevitable, y, sin embargo, siempre me deja sin aliento.

    ¿Cómo se califica una mirada que aún no encuentra forma? ¿Cómo se mide el intento de nombrar algo que ni la persona que lo produce sabe del todo qué es? ¿Qué tipo de escala puede contener la torpeza, la intuición, la emoción que se filtra entre capas de acrílico o en una puntada apresurada?

    En el arte, evaluar es arriesgado. No porque no deba hacerse, sino porque hacerlo mal puede apagar procesos que apenas empiezan a prender. He visto cómo una nota baja clausura una búsqueda, cómo un comentario mal formulado se convierte en herida. Pero también he presenciado evaluaciones que abren mundos: cuando el estudiante se reconoce en su proceso, cuando descubre que «fracasar» no es más que atravesar otra forma de aprendizaje.

    David Sudnow, sociólogo y pianista autodidacta, escribió sobre cómo aprendió a tocar música sin seguir rutas académicas. Describía cómo su cuerpo absorbía movimientos, cómo sus manos aprendían a ver, cómo la repetición producía sentido sin que mediara una lógica formal. Su experiencia evidencia que no todo aprendizaje artístico es verbalizable, lineal o demostrable en exámenes. Mucho menos en números.

    En el aula de arte, muchas veces usamos ejercicios técnicos como punto de partida: aprender a mezclar acuarelas, observar proporciones, trabajar con modelo en vivo. Son necesarios, claro. Pero lo importante no es si el estudiante ejecuta con precisión perfecta, sino si en ese ejercicio comienza a mirar distinto. Y eso, con suerte, se puede acompañar, señalar, conversar… pero nunca imponer.

    Hay quienes producen desde lo emocional, desde lo biográfico. Otros prefieren el distanciamiento, la estructura, la cita visual. Todos esos caminos son válidos si se los reconoce como tales. Por eso, en mi taller, evaluamos procesos, no resultados. Observamos la relación entre la idea y su resolución, la evolución del trazo, la decisión de mezclar técnicas o desecharlas. Evaluar es leer un proceso como si fuera un relato: buscando pistas, entendiendo ritmos, escuchando lo que aún no termina de decirse.

    No hay obra «correcta» cuando hablamos de creación. Lo que buscamos es honestidad, intención, búsqueda. Y, sobre todo, la capacidad de sostener una pregunta sin cerrarla enseguida con una respuesta fácil.

    En el aula abierta, la evaluación puede ser otra cosa: una conversación, una lectura colectiva, una deriva de preguntas. Puede ser una bitácora, una exposición íntima, un relato del propio proceso. Lo importante es que el estudiante se reconozca ahí, no como quien cumple, sino como quien habita el hacer.

    Evaluar en arte no es medir, es comprender. Es cuidar el lenguaje con el que hablamos de lo que aún está naciendo. Porque, si algo enseña el arte, es que lo valioso no siempre se ve de inmediato. A veces florece en el margen, en lo que no se entrega a tiempo, en lo que apenas comienza.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de Isi Parente en Unsplash

  • Aforismos

    Aforismos

    El aforismo es un género literario que busca incentivar el pensamiento reflexivo. Leibniz propuso que la mayor tarea de la filosofía es plantear preguntas, más que responderlas. Por ello, comparto a continuación quince aforismos cuyo propósito es invitar al lector a la duda, la pregunta o la reflexión.

    Antes del pensamiento, el eco de las palabras enseña al hombre a construir enigmas.

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    Los genios que se alejan de la poesía, ¿qué vida les queda?

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    Las ganas de transformar el silencio en algo más hacen posible pensar la eternidad.

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    Convertir el silencio en poema es el levantamiento con el que comienza la sabiduría.

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    Si el hombre es un ser de definiciones, la letra se vuelve parte de la encrucijada entre pensamiento y palabra, entre el silencio y las voces —a veces desarticuladas— de su vida.

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    La vida del hombre se juega en palabras: de juegos, de reflexiones, de acciones y de algo siempre inasible que, por instantes, alcanza a nombrar.

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    Difícilmente la naturaleza ignora a la belleza o al silencio; la fuerza siempre permanece.

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    Juego y fiesta son, a veces, destellos de la luminosidad de la energía. ¿Quién no se siente renovado, aun cuando obliga a su cuerpo a visitar al amigo, solo para encarar vestigios de la celebración de la vida?

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    Muchas veces decimos “no”, pero un “sí” imposible nos da la vuelta, siempre escondido en cada respirar.

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    La pasión es una forma infantil del amor; la piedad, una forma madura.

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    Medicina y visión, razón y fe: así aparecen análogos fortuitos en la frágil piel de la vida.

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    Hay símbolos que cambian el destino de una ciencia: piénsese en la corona de espinas y en la teología.

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    La disciplina es una ciencia de negaciones; y como toda ciencia, es un arte, cuyo fruto, en la pérdida de sí mismo, es un encuentro.

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    Escribir es vislumbrar; leer es danzar sin pisar el suelo.

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    La memoria es capaz de levantarse contra el peso de la gravedad que todo lo arrastra, porque se guarda en lo recóndito de la palabra.

    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Querétaro. Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

    Foto de Kristaps Ungurs en Unsplash

  • Aula Abierta: ¿Dónde termina la docencia y empieza el arte? (O viceversa)

    Hace años, durante una clase de dibujo con modelo al natural, uno de mis alumnos me preguntó —con total seriedad, carboncillo en mano— si debía mirar «con ojos de artista» o «con ojos de estudiante». No supe qué responderle en ese momento. Me limité a decir: «mira con todo el cuerpo». Hoy pienso que aquella frase, tan improvisada como intuitiva, quizá dijo más de lo que yo misma creí.

    En el taller se respira una tensión constante entre enseñar y hacer, entre dirigir y dejar ser, entre corregir y permitir la aparición de lo inesperado. Lo que ocurre ahí no es simplemente la transmisión de un conocimiento técnico. Tampoco es sólo una clase. Es, muchas veces, una forma de volver a mirar el mundo, de habitar el cuerpo, de escuchar lo que las manos tienen que decir cuando el pensamiento se aparta un poco.

    He visto a mis estudiantes ensayar figuras humanas con inseguridad, mezclar acrílicos con pastel seco o superponer cianotipias con bordado mecánico. He escuchado el silencio incómodo que se forma cuando alguien dibuja por primera vez a una persona desnuda. He leído las preguntas que aparecen en las composiciones personales, cuando la técnica ya no basta y se asoma una herida, una memoria, un deseo. Y ahí, en ese cruce, no siempre sé si estoy enseñando arte o simplemente acompañando un proceso de descubrimiento.

    El arte no es una materia que se enseña, es una práctica que se comparte. Enseñar arte implica hacer espacio: para el error, para el caos, para la emoción que desborda. Implica saber cuándo hablar y cuándo callar, cuándo detener una mano temblorosa y cuándo permitir que siga. En ese sentido, la docencia no está al margen de la creación: es una forma de creación en sí misma. Una pedagogía que no impone forma, sino que invita a encontrarla.

    Everett Hughes, sociólogo del trabajo y de la vida profesional, solía decir que «toda ocupación navega entre el ideal que proclama y las realidades que debe enfrentar». Enseñar arte se parece a eso: estamos entre la promesa de formar creadores libres y la tarea concreta de acompañar procesos diversos, con técnicas, tiempos, materiales, emociones y contextos desiguales.

    Anselm Strauss, por su parte, hablaba del trabajo como una «actividad situada», donde el saber no se aplica desde afuera, sino que se construye en el hacer. Así ocurre también en el aula de arte: no enseñamos desde una torre, sino desde la mesa compartida, la crítica en voz baja, el intento que se vuelve aprendizaje.

    Tampoco hay una sola manera de aprender. Algunos estudiantes necesitan la estructura del ejercicio académico: replicar una sombra, practicar una proporción, seguir una pauta. Otros solo pueden comenzar desde lo personal: dibujan a su madre, inventan cuerpos híbridos, cosen palabras en tela para nombrar lo que no saben decir. En ambos casos, el aula se convierte en un laboratorio, en un taller, en un lugar donde el saber no está únicamente en el docente, sino en el diálogo, en la práctica compartida, en el tiempo compartido.

    En realidad, nunca he logrado delimitar con claridad dónde termina la docencia y empieza el arte. Y ya no me interesa hacerlo. Porque el aula me permite producir de otra forma: no desde la autoría individual, sino desde una especie de escucha ampliada, que también transforma mis propios procesos. En cada clase algo se mueve, también en mí. Lo pedagógico se vuelve artístico, y lo artístico, profundamente humano.

    En el aula abierta, la creación y la enseñanza se confunden a propósito. Aquí no buscamos separar el hacer del aprender, ni al artista del estudiante. Porque ambas figuras se tocan, se espejean, se desafían. El aula es, entonces, un espacio donde el arte se piensa haciendo, y donde enseñar es también una forma de buscar.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

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  • Tres poemas del libro Atlas magnético

    Tres poemas del libro Atlas magnético


    En la suave geografía,
    cada plano nos carga de energía,
    minerales, recuerdos.
    Ando por el lugar de calles
    de nombres únicos, edificios de numismática, bailan bajo la luna sobre la cabeza de los
    prófugos.
    No olvidaré esos días,
    esa niebla que me protegía
    mientras leía libros y me adentraba en bucles temporales para olvidarme del dolor.

    El tiempo explotó.
    No hay flores muertas,
    sigo aquí escribiendo.
    Pero de esas flechas doradas,
    la materia de los sueños
    pone cerca de mi mano lo que mi voluntad deseaba.
    Un negocio que me roba el tiempo,
    las flores se abren más rápido,
    el amor llega como una flecha, se va igual, dejando la canasta llena de flores doradas.
    En estos tiempos, la abundancia rebosa,
    miel y rosas se derraman,
    faltan manos para recoger
    lo que va quedando.

    En el camino

    El encuentro en la geografía adecuada
    protegía tu cabeza, que estaba llena de dones.
    Yo era quien buscaba,
    me volví gloriosa de tanto templar el carácter.
    Quizás algo nos preparaba para la pérdida,
    esa íntima verdad que esconden los humanos sobre el escorial de las lágrimas vividas y
    soñadas.
    Los suspiros sobre la cama, y,
    aun así, nuestros ángeles
    nos escondían con su poder,
    hasta donde una línea del tiempo
    iluminaba, más allá de donde la nostalgia
    abarcó con su luz.

    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Querétaro. Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

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