Hay ruidos que no vienen del exterior, sino de las grietas internas: los ecos de una culpa, un recuerdo o una palabra no dicha. Ese ruido, cortometraje de Sebastián Isla basado en un relato de Juan Antonio Isla, es justamente eso: una inmersión en la conciencia atormentada, en ese instante donde lo cotidiano se distorsiona y la mente se convierte en un laberinto de sonidos y sombras.
Protagonizado por Diego Calva, el filme propone una experiencia sensorial donde el espacio —una casa, un pasillo, una escalera— se vuelve metáfora del encierro interior. Isla traslada al lenguaje cinematográfico la tensión latente del cuento original, en una pieza que oscila entre la realidad y la percepción distorsionada.
La cinta, producida por Búho 44, con fotografía de Gabriel Selassie y diseño sonoro de Jerónimo González, se sostiene en una atmósfera de extrañeza sostenida por silencios precisos y miradas que inquietan.
La proyección de Ese ruido será el 9 de octubre de 2025 a las 17:00 horas en la Cineteca Rosalío Solano, una oportunidad para descubrir cómo la narrativa literaria de Juan Antonio Isla encuentra, en la cámara de Sebastián, una nueva resonancia: la del cine que escucha lo que nadie quiere oír.
Juancho está de vuelta. Pero esta vez no viene solo: trae consigo una manada invisible de demonios, carcajadas y billetes arrugados. En Chicharrón de cerdo (o la gula por el poder), el creador del Laboratorio Escénico Barón Negro se lanza al vacío con una comedia negra clownesca donde hace absolutamente todo: actúa, dirige, musicaliza, diseña el vestuario, arma la escenografía, vende los boletos y, si hace falta, corre a la cabina para picarle al botón de la iluminación.
¿La razón? El maldito dinero. Esa fuerza que nos mueve, nos devora y nos corrompe si le damos permiso. Juancho convierte esa condena cotidiana en una sátira feroz sobre el poder, el ego y la supervivencia artística. Entre risas, mugre y delirios, su personaje se desmorona en el escenario, revelando que todos, en algún punto, somos parte del banquete.
Las funciones serán los días 3, 4, 10, 11, 17, 24 y 25 de octubre de 2025, a las 20:00 horas, en el Teatrino del Museo de la Ciudad, Guerrero #47, Col. Centro, Querétaro.
Una obra que huele a sudor, ambición y humanidad. Un festín escénico que nadie debería perderse.
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El cortometraje “Tapar los ojos”, realizado por Adrián Andreí Guerra y Sofía Romo Saavedra, obtuvo el primer lugar en la categoría 19 a 25 años dentro de la etapa estatal del Concurso Nacional de Transparencia en Corto 2025, convocado por la Secretaría de la Contraloría. Con el tema “Mecanismos de impulso a la transparencia para combatir la desinformación”, el corto propone una mirada crítica sobre la forma en que los medios distorsionan la realidad.
—¿Cómo surgió la idea del corto? La idea nació al reflexionar sobre cómo los medios y la desinformación “tapan” la realidad. Ya sea a través de lo que escuchamos, leemos o vemos, muchas veces consumimos información falsa o manipulada. De ahí surge la metáfora de las manos: representan cómo se nos cubren los ojos para impedirnos ver con claridad. El mensaje principal es generar conciencia de que no todo lo que vemos es correcto o neutral; muchas veces hay una agenda detrás.
—¿Cuál fue el mayor reto creativo o técnico al abordar la temática? El mayor reto fue terminar a tiempo el corto. Para una animación 2D, tres semanas es un periodo muy corto considerando la cantidad de segundos y frames que realizamos. Fue una carrera contrarreloj que nos obligó a planear con precisión cada movimiento y cada escena.
—¿Cómo vivieron el proceso del concurso y qué significa para ustedes haber obtenido el primer lugar estatal? Lo vivimos como un gran trabajo en equipo. Uno avanzaba en una parte mientras el otro seguía con otra; fue un caos organizado donde la rapidez y la entrega a tiempo eran esenciales. Fue como armar un rompecabezas desde cero. Obtener el primer lugar representa el fruto de nuestro esfuerzo y la certeza de lo que podemos lograr con compromiso y colaboración.
—De cara a la etapa nacional, ¿qué expectativas tienen y cómo fortalecerán la propuesta? Nos emociona mucho haber pasado a la siguiente etapa; sinceramente, no lo esperábamos. Estamos ajustando detalles de edición e iluminación para resaltar aún más lo que ya tenemos. Nuestra meta es mantener una idea concisa y clara, de modo que el mensaje llegue de forma directa y comprensible.
—¿Qué papel creen que juegan los jóvenes en la construcción de una cultura de transparencia y en la lucha contra la desinformación? Creemos que los jóvenes tenemos un papel clave. Somos quienes habitamos el mundo digital, donde la desinformación se propaga con mayor fuerza. Por eso, está en nosotros crear conciencia, aprender a verificar fuentes, revisar dos veces lo que compartimos y desarrollar un criterio propio. Hoy, eso es lo único que nos protege de caer en lo falso.
“Tapar los ojos” es, al final, un llamado a mirar con más profundidad: a no dejar que nadie —ni las pantallas, ni los discursos, ni las apariencias— nos robe la posibilidad de ver la verdad.
Fue un gusto recibir al autor y profesor Kelly Daniels en mi casa, en Davenport, Iowa (Estados Unidos), para la reunión mensual del club de lectura de las señoras del colegio de mis hijas. En este club se lee muchísimo, pero también se discute —tanto en persona, durante las reuniones mensuales, como en una infinidad de mensajes de texto—, se charla sobre la vida (los hijos, el colegio, los maridos), se ríe y hasta se llora. Además, en cada reunión abundan los platillos y postres para degustar.
Ingresé al club de lectura por invitación de una de sus fundadoras, la querida Julie, mi vecina y amiga desde hace varios años. Julie, además de tener cuatro hijos adolescentes, ser doctora especializada en psiquiatría y caminar varios kilómetros por el vecindario, lee incansablemente en sus ratos libres. El club lleva más de diez años reuniéndose mes con mes, y yo me apunté hace apenas tres. Antes solía leer en solitario: sobre todo investigación y artículos académicos, lo que llegaba a mis manos o lo que se me antojaba. A veces leía a diario, otras pasaban semanas o meses sin abrir un libro. Pero me gustó la idea de hacerlo en compañía.
Me impuse el reto de leer 24 libros al año: uno con el club y otro por mi cuenta. Dejé de mirar el celular en los ratos muertos y, en su lugar, empecé a leer, cargando siempre un libro en mi bolso. Al año siguiente leí 27, y el año pasado fueron 30. Sin embargo, algunas de las integrantes del club llegan a leer hasta 50 libros al año.
En general, al norteamericano le gusta sentarse a leer; lo encuentra atractivo después de una larga semana laboral, aparte de Netflix. Desde la infancia, gran parte del vocabulario en inglés se aprende de memoria —con las famosas sight words— y, en las escuelas, la lectura recibe gran impulso. Algunos conservan ese hábito. Según estadísticas recientes (bookbrowse.com), alrededor de 13 millones de personas participan en clubes de lectura en Estados Unidos, aunque las cifras precisas varían de acuerdo con la fuente y la metodología. Se cree que el crecimiento de estos clubes se relaciona con la interacción social posterior a la pandemia y con el auge de comunidades en línea como #BookTok, donde los videos de recomendaciones se multiplican exponencialmente. La participación aumenta con un mayor nivel escolar y, lo más importante, hoy en día una parte significativa de los miembros son mujeres. A diferencia de décadas pasadas, hoy son ellas quienes más leen, sobre todo ficción.
Me gusta ser parte de este club y obligarme a leer en inglés, porque aquí se lee casi de todo. Desde que lo frecuento, me he acercado a autores que no habría conocido de otra forma, porque no son los nuestros: los hispanos, los que escriben en español o los pocos que todos conocen traducidos por las grandes editoriales. En el grupo, todas proponemos al autor y al libro del mes, y se somete a votación. Las propuestas varían y, aunque no todas asisten a las reuniones por compromisos sociales, la mayoría lee y participa en la discusión. Esta vez mi propuesta fue Daniels, y la aprobación fue unánime.
La invitación a Kelly Daniels surgió de mi deseo de acercarme a autores locales y leernos entre nosotros, después del increíble éxito del tour de mi libro Memorias de Tierra Adentro (publicado este verano con editorial Helvética). Tras volver de Querétaro con el corazón lleno de tantos extraordinarios encuentros literarios, decidí seguir el mismo impulso en mi ciudad e involucrarme más en el ámbito literario local en Estados Unidos.
Conocí a Kelly Daniels, doctor en Literatura por la Universidad de Western Michigan, hace muchos años, como colega y amigo en la Universidad Augustana College, en Rock Island, Illinois, donde es profesor de escritura creativa en la Facultad de Lengua y Literatura Inglesa. También conocí a su encantadora esposa, gran amiga mía. Sin embargo, nunca había leído su obra.
Daniels tiene una vida interesante: oriundo de California, creció en una comuna en Hawái durante los años ochenta, pues sus padres se involucraron en la ideología y el movimiento hippie. Más tarde, en su juventud, viajó de mochilero por Europa, México y Centroamérica, antes de estudiar el doctorado y convertirse en profesor. Hace varios años publicó sus memorias en el estupendo libro Cloudbreak, California (Owl Canyon Press, 2013), donde relata estas experiencias. También ha publicado ensayos y cuentos en diversas revistas literarias, contribuye regularmente a la revista Sun y es uno de los conductores del popular pódcast The Moon Under Water —disponible en YouTube, Spotify y redes sociales—, donde conversa con su co-conductor, Steve Jones, sobre temas literarios y de cultura pop, en un tono irreverente.
A Candle for San Simón (Owl Canyon Press, 2020) es su primera novela. Inspirada en sus viajes de juventud, la historia tiene como escenario Guatemala. Sin hacer spoilers, narra la vida de un norteamericano con recientes convicciones religiosas y misioneras que viaja de California a Guatemala en busca de su padre: un alcohólico empedernido y fracasado que lo abandonó de niño para irse a “perder al sur”. Ese padre aún bebe en un bar local y, para subsistir, conduce un autobús de pasajeros, que termina convirtiéndose en protagonista de la trama.
En Guatemala, el padre está endeudado con un gánster por el cobro de piso, extorsionado por el jefe de policía y presionado por las maras, que buscan que “El Gringo” los ayude a traficar armas, drogas y mujeres en su autobús. El caos arrastra a todos en medio de esa vorágine. Daniels refleja con crudeza la realidad de algunas zonas de Centroamérica y plantea reflexiones sobre religión, moralidad, supervivencia, secuestro y violencia, traición, abandono, adicciones, gentrificación y la fragilidad de la vida. Algunas escenas contienen violencia física y sexual, pero también se narra una historia de amor entre los protagonistas, se exploran diferencias culturales y se profundiza en las complejas relaciones entre padres e hijos.
Aunque algunas partes resultan difíciles de digerir por su crudeza y lenguaje, la novela ofrece lecciones de vida, abre espacio a la reflexión y plantea, al final, una esperanza utópica para Centroamérica. Es una historia con potencial para llevarse al cine o a la televisión.
El libro me recordó dos lecturas de autores que admiro: la extraordinaria The Power and the Glory (1940), de Graham Greene, y La reina del sur (Alfaguara, 2010), de Arturo Pérez-Reverte.
A Candle for San Simón ★★★★★ (Versión en inglés)
Su libro está disponible en Amazon, Barnes & Noble y Walmart.
La poesía vuelve a tomar un lugar central en el Museo de Arte Contemporáneo de Querétaro (MACQ) con el Círculo de Creación Poética, un espacio pensado para quienes desean explorar la palabra desde la colectividad y el cruce con la realidad que nos atraviesa.
Este círculo no es un taller convencional: se trata de un espacio horizontal donde se comparten textos, ideas y borradores, con el propósito de construir juntos una experiencia literaria viva y cercana. La iniciativa será acompañada por Ricardo Escartín, poeta y narrador cuya obra se ha consolidado en el panorama contemporáneo con títulos como Uno que otro beso, Yo Nahual, El hilo que remienda y su más reciente publicación Los Boxeadores (Editorial Casa Bonsai, 2025).
Con una amplia trayectoria como formador de escritores y coordinador de talleres, Escartín invita a quienes buscan un lugar de encuentro con la poesía a sumarse a este proyecto.
📍 Museo de Arte Contemporáneo Querétaro (MACQ) 🗓️ Sesión informativa: 04 de octubre, 5:00 PM 📚 4 sesiones | Cooperación voluntaria
Un espacio para dejar que la poesía se escriba y se viva en comunidad.
La rutina de Cristóbal para escribir un libro formaba parte de una vida ascética que, a simple vista, nadie hubiera podido adivinar. Incluía levantarse a las cinco de la mañana, tomar baños de agua fría y sumergirse en el mar durante el punto más crudo del invierno, cuando las aguas recibían las corrientes intensas del Polo Sur.
Su dieta era frugal: arroz y pescado, y eventualmente alguna pasta. Cristóbal pasaba largas horas caminando por la ciudad en busca de inspiración para sus cuentos. Practicaba ejercicios de respiración, oración, meditación y contemplación. Cuando se sentaba con una taza de té, las horas transcurrían hasta que concluía su obra, normalmente en un día o dos.
El resto del mes lo dedicaba a su búsqueda literaria: leer hasta sentir que la cabeza le daba vueltas, como si se elevara en un mareo constante y luminoso. Él mismo encuadernaba sus libros y los llevaba al muelle, donde los ofrecía a precios elevados. Sin embargo, cada uno contenía soluciones para las personas con las que se cruzaba en su camino. Con solo mirarlas, las analizaba hasta sentir las dolencias de sus almas; entonces regresaba a casa y se entregaba a las hojas en blanco, donde ideaba remedios para los males de sus sujetos de contemplación.
Incluso a las aves les encontró un remedio. Una vez, al escucharlas, comprendió que se sentían asediadas por algunos habitantes de la ciudad. En un cuento les explicaba las transformaciones que a veces sufrían esos mismos habitantes: algunos se convertían en aves, otros en puercos o en lobos; luego se enredaban en la materia onírica de la noche y se devoraban unos a otros, dejando por algunas calles un aroma persistente a sangre.
Por eso les pedía que fueran condescendientes, que dejaran a los hombres aprender el arte de la transformación en ave, pues vivían tiempos de casas abandonadas y violencia extrema, donde las migraciones crecían y la humanidad necesitaba aprender ese arte. Algunas aves se mostraban reticentes, pero las más risueñas aceptaron y estallaron en carcajadas al sentir, entre sus filas, a hombres que huían de la ciudad: escritores, poetas, pintores, cocineros, choferes; toda clase de personas que alcanzaban cierta purificación de su alma.
Así, los libros contribuyeron a la transformación de la ciudad. Más allá de las calles donde se cometían crímenes, los ejemplares se hallaban en cafés donde intelectuales y curiosos se reunían a hablar de este conocimiento práctico. Algunos discutían sobre liberación, otros sobre fe.
Con el tiempo, el conocimiento se transmitió de boca en boca y los libros de sabiduría quedaron como reliquias olvidadas en las repisas de los cafés, donde las reuniones intelectuales se volvieron costumbre. Mientras tanto, el sabio escritor envejecía, pero seguía dando consejos desde su lejana casa móvil, que eran también sus propios libros.
Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.
Cuando iniciamos el proyecto Del epistolario a la institución, sabía que no se trataba únicamente de montar una exposición. Era, sobre todo, un ejercicio de investigación, de escucha y de cuidado. Investigar no fue solo consultar archivos, sino atender las voces que llegan en forma de cartas, revisar documentos que guardaban no solo tinta, sino afectos. Hacer curaduría significó decidir cómo mostrar ese mundo sin traicionar su intimidad, y la museografía fue encontrar la manera de darle un espacio tangible a lo que antes había permanecido guardado.
En ese proceso comprendí que la docencia y la curaduría tienen más en común de lo que solemos pensar. Ambas exigen una pregunta constante: ¿cómo comparto lo que sé, lo que he descubierto, lo que otros me confiaron, de manera que tenga sentido para alguien más? En el aula, los estudiantes depositan en sus bitácoras algo de lo que son. En el museo, las cartas de Julio Castillo guardaban la huella de su vida. Y en ambos casos, la tarea es traducir esa intimidad en una experiencia colectiva.
El tránsito: de lo íntimo a lo institucional
El epistolario de Julio Castillo Uribe nos mostró que la creación no ocurre en soledad. Cada carta era un diálogo, una conversación abierta con colegas, amigos, cómplices creativos. Ese mundo íntimo se encontró, en la exposición, con la solidez de las instituciones: museos, colecciones patrimoniales, galerías que durante décadas resguardaron su obra. Fue un tránsito de la voz personal al reconocimiento público, de la calidez manuscrita a la permanencia de la pared museística.
Algo semejante ocurre en la docencia. Los estudiantes llegan con sus procesos íntimos: un dibujo que guarda una herida, una acuarela que nace de la alegría, un collage hecho en medio de la confusión. Todo eso parece pequeño, pero con el tiempo —y con el acompañamiento— se transforma en algo más grande: en obra que puede ser expuesta, en aprendizaje que se institucionaliza, en memoria que se comparte. El aula, como la galería, también es un espacio de tránsito.
El apoyo y la comunidad
Nada de esto hubiera sido posible sin la generosidad de quienes abrieron archivos, prestaron obras, compartieron memoria. Los coleccionistas que confiaron en la muestra, los funcionarios que apoyaron desde las instituciones, los amigos y colegas que asesoraron. Todos ellos recordaron algo esencial: la permanencia de un artista —y también de un estudiante— no depende únicamente de su genio individual, sino de las redes que lo sostienen.
En la docencia, esas redes se ven cuando un grupo se apoya mutuamente, cuando los comentarios en el taller ayudan a otro a ver lo que no había notado, cuando una técnica aprendida por uno se comparte con todos. Del mismo modo que Julio Castillo encontró legitimidad en instituciones y acervos, los estudiantes encuentran legitimidad en su comunidad educativa: en la mirada de sus pares, en la voz de sus docentes, en la memoria de su propio proceso.
Ser recibida con brazos abiertos
La exposición en Galería Libertad fue recibida con entusiasmo. Hubo público de distintas generaciones que se acercó a mirar, a preguntar, a recordar. Me conmovió especialmente la respuesta de las y los jóvenes, quienes no habían conocido de cerca la obra de Julio Castillo y, sin embargo, encontraron en ella resonancias para su propio presente. Esa aceptación me recordó que la enseñanza del arte también es un gesto intergeneracional: no transmitimos únicamente técnicas, sino legados que pueden inspirar a quienes llegan después.
En el aula sucede algo similar cuando los estudiantes descubren que lo que aprendemos no se agota en el ejercicio puntual, sino que los conecta con una tradición más amplia. Que un bordado, una cianotipia, un dibujo de figura humana no son solo tareas, sino formas de entrar en diálogo con quienes han creado antes. Y que el legado, lejos de ser un peso, puede ser un punto de partida.
Entre cartas y muros, también un aula
Hacer curaduría me enseñó, una vez más, que enseñar no es llenar vacíos, sino abrir caminos. Que el conocimiento no se entrega terminado, sino que se construye en red: con cartas, con gestos, con instituciones, con preguntas. Del mismo modo, el aula no es solo un espacio para evaluar, sino un lugar para acompañar el tránsito de lo íntimo a lo público, de la voz personal al reconocimiento colectivo.
Mirar las cartas de Julio Castillo junto a sus obras institucionalizadas me hizo pensar en los cuadernos de los estudiantes: esas páginas donde hay dudas, tachaduras, notas al margen, que con el tiempo se transforman en proyectos expositivos. Porque antes de la obra terminada siempre hubo palabra, siempre hubo gesto, siempre hubo proceso.
En el aula abierta, la curaduría también es pedagogía: una manera de mostrar, de organizar, de invitar a otros a mirar. Aquí, cada carta y cada muro son recordatorio de que la memoria artística no se sostiene sola: se construye con apoyos, con instituciones, con comunidades que deciden cuidar. Enseñar arte es, entonces, enseñar a habitar esa doble dimensión: a valorar lo íntimo del proceso y a reconocer el valor de compartirlo con los demás. Porque entre cartas y muros, también se escribe un aula.
Agradecimientos
Este proyecto no habría sido posible sin la memoria y colaboración de los coleccionistas y funcionarios que prestaron obra, facilitaron su traslado y apoyaron con gran disposición: Ivo Loyola, Manuel Naredo, Margarita Ladrón de Guevara, Margarita Magdaleno, Paulina Macías, Antonio Loyola, Lucía Magaña, Luis Catrejón, Luis Esquivel, Beatrice Guignard, Diego Prieto, Marisa Gómez y Rosa Estela Reyes.
De manera especial agradezco la asesoría de Gabriel Hörner, director del Museo de la Ciudad, y de la Lic. Marja Godoy, quien además abrió las puertas de Galería Libertad para hacer de este proceso un espacio vivo de memoria y encuentro.
Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.
Las fotografías son de Nohemí Ibarra Garduño. Todas fueron tomadas del evento, entre montaje y día de inauguración.
Llega el día de la exposición y el taller se transforma. Todo está lleno de movimiento: piezas que se acomodan, marcos que se alinean, discusiones sobre si esta obra va junto a aquella o si necesita más espacio. Hay ansiedad, emoción, cansancio. Y, sobre todo, un cambio invisible pero profundo: la obra deja de ser sólo del artista para volverse también del espectador.
Exponer no es sólo colgar trabajos en una pared. Es abrir un umbral. Es decir: «esto soy, esto hice, esto quiero compartir». Para muchos estudiantes, es un momento decisivo: la primera vez que su pieza deja el espacio íntimo del aula y entra al espacio público. Y ahí aparecen preguntas nuevas: ¿cómo se verá junto a otras? ¿Qué leerá la gente en ella? ¿Dirá lo que quería decir?
Enseñar arte no termina en la producción. También implica enseñar a mostrar. A entender que la exposición no es un trámite, sino una parte esencial del proceso creativo. Que lo que se exhibe no es sólo un objeto, sino un acto de comunicación. Que el montaje es un lenguaje y, como todo lenguaje, necesita coherencia, intención, ritmo.
Ese día, los pasillos se llenan de escaleras, martillos, cintas métricas. Se escuchan frases como: «¿más arriba?», «¡un poco a la izquierda!», «no, así pierde aire». Cada ajuste importa porque la obra se cuenta también por cómo habita el espacio. Recuerdo a una alumna que, al ver su acuarela iluminada por primera vez en la pared, se quedó en silencio, casi sin reconocerla. «Es la misma, pero parece otra», dijo. Y tenía razón: la obra cambia cuando se mira desde la distancia, cuando entra en diálogo con la luz, con otras piezas, con otras miradas.
Jacques Rancière, en El espectador emancipado, afirma que «ver no es ser pasivo». Que quien mira no recibe, sino que interpreta, reordena, produce sentido. Y eso cambia todo: la exposición no es un monólogo, sino una conversación. La obra no habla sola; habla con el otro, y en ese diálogo se transforma.
En el aula lo vemos con nitidez. Estudiantes que se sienten orgullosos cuando alguien se detiene ante su pieza. Otros que se incomodan al escuchar interpretaciones inesperadas. Algunas obras que parecían discretas se vuelven poderosas en conjunto. Y, al revés, piezas que brillaban solas cambian de tono al compartir espacio. Porque exponer es también aprender a renunciar al control. A aceptar que la obra, una vez afuera, ya no nos pertenece del todo.
Por eso siempre insisto en cuidar el montaje. No sólo por estética, sino por respeto al trabajo y al espectador. Que la luz sea la adecuada. Que las etiquetas no sean sólo nombres, sino pistas para entrar. Que haya espacio para respirar entre piezas. Que la exposición no sea un depósito, sino una experiencia.
Y, sin embargo, siempre ocurre lo más importante: la conversación que no podemos prever. Alguien se reconoce en una imagen. Alguien pregunta cómo se hizo. Alguien sonríe. Alguien guarda silencio largo. Una vez, escuché a un visitante murmurar frente a una serie de bordados: «me acordé de mi madre». Nadie le respondió, pero esa frase quedó flotando como una confirmación de que la obra había cumplido su viaje.
Eso es lo que nos sostiene: saber que cada pieza, por modesta que parezca, puede tocar algo. No porque sea perfecta, sino porque alguien la mira. Porque alguien se detiene, aunque sea un instante.
En el aula abierta, exponer no es el final, sino el inicio de otra etapa: la del diálogo. Aquí, mostrar la obra es también soltarla. Dejar que viaje, que se cruce con otras miradas, que produzca sentidos que no habíamos imaginado. Porque enseñar arte es también enseñar a compartir: no como obligación, sino como acto generoso, como invitación a mirar juntos.
Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.
Si pudiera dejar de pensar, aunque me quede, aunque me acurruque en silencio en un rincón, no me olvidaré. Estaré allí, pesaré sobre el piso. Soy, soy, existo, pienso luego existo; soy porque pienso. ¿Por qué pienso? No quiero pensar, soy porque pienso que no quiero ser, pienso que… ¿por qué? —Jean Paul Sartre, La náusea
Roxy Music es una banda londinense que, en su mejor momento, estuvo integrada por Bryan Ferry (piano), Brian Eno (sintetizador), Phil Manzanera (guitarra), Andy Mackay (saxofón), Paul Thompson (batería), Paul Carrack (teclado), Graham Simpson (bajo eléctrico), Eddie Jobson (violín), John Wetton (bajo eléctrico), Gary Tibbs (bajo eléctrico), John Gustafson (bajo eléctrico) y Andy Newmark (batería).
Roxy Music representa ese tipo de rock-pop que sedujo a dos generaciones ansiosas de escuchar sonidos distintos a los de las edulcoradas bandas británicas, que ya habían entregado lo mejor de sus amplios repertorios a millones de seguidores de los vinilos, vinilos que para entonces ya mostraban el desgaste del tiempo. Para quienes fueron jóvenes en los años sesenta, la vida comenzaba a pasar factura: el hipismo había muerto y los Fab Four (léase The Beatles) debían enfrentar su propia mortalidad en solitario. En una entrevista para la revista Playboy en noviembre de 1980, John Lennon prácticamente sentenció: «Los Beatles ya habían dado lo mejor y no había más que agregar». Quizá tenía razón: a mediados de los setenta, Queen era amo y señor de los escenarios del rock, y cada LP suyo dejaba un legado imborrable.
En 1986, Bryan Ferry, vocalista de Roxy Music, trabajó en el soundtrack de la película Nueve semanas y media, protagonizada por Kim Basinger. Slave to love fue la canción que aportó el toque necesario que un productor de cine como Jack Nitzsche requería para trascender en sus plausibles trabajos.
En 1982, More than this llegó al cuadrante radiofónico de Stereorey FM 92.5 (lo que después sería MVS Radio) en el entonces Distrito Federal. Anecdótico era escucharla de noche, caminando por la Zona Rosa o Insurgentes Sur, buscando un lugar de esparcimiento en un sabadito, al estilo de Chava Flores, sin miedo a la diversión.
“Pude sentir en ese momento, no había forma de saber, hojas caídas en la noche… ¿Quién puede decir dónde están soplando? Tan libre como el viento, ojalá aprendiendo… ¿Por qué el mar en la marea? No tiene forma de girar.”
La canción habla de alguien que, pese a lo que sucede a su alrededor, prefiere mantenerse al margen: un autista social que ya no está dispuesto a arriesgar más de lo necesario. Antes lo había arriesgado todo, con optimismo total; ahora prefiere no volver a cruzar el río por temor a naufragar en aguas turbulentas y desconocidas. Un sujeto atípico en una década de protagonismo social espontáneo entre los habitantes de la Ciudad de México, cuando, pese a las crisis económicas, socializar en 1982 seguía siendo una regla no escrita en todas las clases sociales del DF.
“Más que esto, sabes que no hay nada. Más que esto, dime una cosa. Más que esto, oh, no hay nada. Fue divertido por un tiempo, no había forma de saber. Como un sueño en la noche, ¿quién puede decir a dónde vamos? Más que esto, sabes que no hay nada, más que esto, dime una cosa, más que esto, no, no hay nada.”
«Decidirse es renunciar» es una frase de Luis García Postigo que asocio inevitablemente con More than this. La vida nos obliga a tomar decisiones que marcan el rumbo en las encrucijadas del destino, elecciones que determinan nuestro futuro. «Decidirse es renunciar» bien podría ser la paráfrasis de la canción de Roxy Music.
More than this nos traslada, sin proponérselo, a tiempos pretéritos que resurgen en nuestra memoria como un playback nostálgico de aquel lejano 1982. Para las generaciones del siglo XXI, suena a un tiempo remoto con el que no sienten identificación; reacción natural que se repite de generación en generación. En 2050 pasará lo mismo: quizá More than this y Roxy Music ya no estén en el imaginario de quienes vivan entonces. Pero hoy, la canción sigue siendo una de las más bellas piezas pop de la época.
La canción ha pasado la prueba del tiempo y se convirtió en referente para músicos que buscan acordes e inspiraciones propias. En su momento, Roxy Music marcó un parteaguas: ¿hacia dónde iba el rock-pop? La pregunta no era nueva, pero seguía siendo pertinente al inicio de los años ochenta, cuando surgían talentos deseosos de alcanzar el nivel de las grandes estrellas.
More than this es, en muchos sentidos, un nihilismo ochentero en medio de la incertidumbre de la Guerra Fría: un existencialismo atravesado por la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial, esta vez definida por la bomba atómica. En la práctica, la Guerra Fría impidió que estallara una guerra «caliente» en los ochenta, y por fortuna, todos esos años fueron, precisamente, más que eso…
A veces un estudiante me dice: «ya no me dio tiempo de terminar», con la cabeza gacha, como si hubiera fallado. Pero cuando me muestra lo que hizo, hay algo vivo, algo que aún no se ha resuelto pero que palpita. Y lo primero que pienso es: qué suerte que no lo terminaste todavía.
Porque en el arte, terminar no siempre es lo mejor que puede pasar.
Vivimos en una lógica de urgencia. De productos acabados. De resultados medibles. Pero el trabajo artístico —tanto en la práctica como en la enseñanza— tiene sus propios ritmos. No se deja ajustar fácilmente a calendarios, a fechas de entrega, a exigencias de inmediatez. Una obra puede tardar meses, o años, o necesitar pasar por múltiples formas antes de encontrar la que le corresponde.
En el aula, esto a veces choca con la estructura institucional: el semestre tiene fin, la exposición tiene fecha, la evaluación tiene hora. Pero la creación no obedece del todo a esos cortes. Algunos procesos se abren en agosto y solo florecen en diciembre, o mucho después. Y ahí es donde entra una pedagogía que no solo enseña técnica, sino que también enseña a esperar, a sostener la incomodidad de lo inacabado.
Jenny Odell escribe que, en un mundo obsesionado con la productividad, detenerse es un acto político. En How to Do Nothing (Penguin, 2020) propone que el tiempo lento, el tiempo de la contemplación y de la no respuesta inmediata, es esencial para crear sentido. «La atención es una forma de resistencia», afirma. Y yo no podría estar más de acuerdo. Porque enseñar arte es también enseñar a prestar atención sin prisa, sin ansiedad, sin necesidad de un resultado inmediato.
Lo he visto muchas veces: una cianotipia que necesitó varios intentos para encontrar su tono justo; un bordado que avanzó por capas, entre frustraciones y descubrimientos; un dibujo que comenzó como boceto de clase y terminó como proyecto personal. Cada uno necesitó tiempo, no sólo en horas, sino en pausa, en digestión emocional, en distancia. El arte no siempre se hace en el hacer: a veces se cuece en lo que parece no hacer nada.
También hay un tiempo interno: el que necesita cada quien para atreverse. Para mirar su propia imagen sin juicio. Para elegir un tema que le duela. Para encontrar la forma de decir algo sin decirlo todo. Ese tiempo no lo marca el reloj, ni el plan de clase. Lo marca el proceso vital de quien crea. Y respetarlo, como docente, es parte de nuestra ética.
A veces les propongo a mis estudiantes que «no terminen» una obra, que la dejen abierta, en pausa, en forma de pregunta. No siempre lo aceptan: hay una necesidad social de mostrar algo cerrado, convincente, defendible. Pero poco a poco descubren que hay obras que viven más si no se les fuerza a concluir.
Y es que lo inacabado también tiene potencia. No es falla, no es pereza, no es falta. Es otra manera de estar en proceso. Y el proceso, cuando es genuino, es siempre más interesante que el resultado final.
En el aula abierta, el tiempo no se mide en productividad, sino en profundidad. Aquí, detenerse también es avanzar. Porque el arte no necesita correr: necesita espacio, pausa, deriva. Enseñar arte es, entonces, enseñar a confiar en el ritmo propio. A aceptar que no todo se termina, ni todo debe terminarse. Porque a veces, lo más valioso de una obra está en lo que aún no se resolvió.
Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.