
Por Miriam Uribe
Hay un momento que se repite cada semestre. Sucede cuando entregamos las rúbricas, explicamos los criterios, encendemos el proyector con la lista de «lo que se espera de ustedes». Y alguien —a veces en voz baja, a veces con ironía— pregunta: «¿Y eso cómo se califica?». Es una pregunta legítima, casi inevitable, y, sin embargo, siempre me deja sin aliento.
¿Cómo se califica una mirada que aún no encuentra forma? ¿Cómo se mide el intento de nombrar algo que ni la persona que lo produce sabe del todo qué es? ¿Qué tipo de escala puede contener la torpeza, la intuición, la emoción que se filtra entre capas de acrílico o en una puntada apresurada?
En el arte, evaluar es arriesgado. No porque no deba hacerse, sino porque hacerlo mal puede apagar procesos que apenas empiezan a prender. He visto cómo una nota baja clausura una búsqueda, cómo un comentario mal formulado se convierte en herida. Pero también he presenciado evaluaciones que abren mundos: cuando el estudiante se reconoce en su proceso, cuando descubre que «fracasar» no es más que atravesar otra forma de aprendizaje.
David Sudnow, sociólogo y pianista autodidacta, escribió sobre cómo aprendió a tocar música sin seguir rutas académicas. Describía cómo su cuerpo absorbía movimientos, cómo sus manos aprendían a ver, cómo la repetición producía sentido sin que mediara una lógica formal. Su experiencia evidencia que no todo aprendizaje artístico es verbalizable, lineal o demostrable en exámenes. Mucho menos en números.
En el aula de arte, muchas veces usamos ejercicios técnicos como punto de partida: aprender a mezclar acuarelas, observar proporciones, trabajar con modelo en vivo. Son necesarios, claro. Pero lo importante no es si el estudiante ejecuta con precisión perfecta, sino si en ese ejercicio comienza a mirar distinto. Y eso, con suerte, se puede acompañar, señalar, conversar… pero nunca imponer.
Hay quienes producen desde lo emocional, desde lo biográfico. Otros prefieren el distanciamiento, la estructura, la cita visual. Todos esos caminos son válidos si se los reconoce como tales. Por eso, en mi taller, evaluamos procesos, no resultados. Observamos la relación entre la idea y su resolución, la evolución del trazo, la decisión de mezclar técnicas o desecharlas. Evaluar es leer un proceso como si fuera un relato: buscando pistas, entendiendo ritmos, escuchando lo que aún no termina de decirse.
No hay obra «correcta» cuando hablamos de creación. Lo que buscamos es honestidad, intención, búsqueda. Y, sobre todo, la capacidad de sostener una pregunta sin cerrarla enseguida con una respuesta fácil.
En el aula abierta, la evaluación puede ser otra cosa: una conversación, una lectura colectiva, una deriva de preguntas. Puede ser una bitácora, una exposición íntima, un relato del propio proceso. Lo importante es que el estudiante se reconozca ahí, no como quien cumple, sino como quien habita el hacer.
Evaluar en arte no es medir, es comprender. Es cuidar el lenguaje con el que hablamos de lo que aún está naciendo. Porque, si algo enseña el arte, es que lo valioso no siempre se ve de inmediato. A veces florece en el margen, en lo que no se entrega a tiempo, en lo que apenas comienza.
Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.
Foto de Isi Parente en Unsplash
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