Por Raúl Álvarez Huerta

Querétaro y sus múltiples terrazas bien podrían ser una locación ideal para retratar un preludio de actores espontáneos y residentes de esta ciudad, notados de manera incógnita o, en su defecto, con el ánimo de no ser vistos, cuando el amor es un acto de dos seres terrenales ávidos de protagonizar el anuncio de algo personal. Lugares idóneos para esos encuentros hay varios en esta parte de la República mexicana. Santiago de Querétaro no es la excepción.

La terraza del bar del hotel boutique Azpeytia; el mirador del barrio de la Cruz a un lado de la Rotonda de Queretanos Ilustres; el bar panorámico del hotel Holiday Inn Diamante; la terraza de la suite del hotel boutique La Casa de la Marquesa; la Plaza Náutica de Juriquilla; la terraza del edificio Corporativo Blanco en prolongación Tecnológico; y el mirador del fraccionamiento Loma Dorada, junto con algunas de sus calles adyacentes, son sólo algunos de esos lugares que el director Eduardo Lucatero podría considerar en un futuro, pensando en su capacidad de elaborar este tipo de guiones en Querétaro.

Preludio (2010) es una película de manufactura nacional que, sin mayores aspavientos, resultó ser una realización con matices y relieves que se salen de lo convencional y lo comercial. Es el tipo de cortometrajes que suceden —o suelen suceder— en la terraza de un edificio de departamentos en la Ciudad de México, más específicamente en el sur; concretamente en la alcaldía Benito Juárez, no muy lejos del World Trade Center e Insurgentes Sur.

Ana Serradilla y Luis Arrieta, junto con Tiaré Scanda, bajo la dirección de Eduardo Lucatero —el mismo director que llevó a la pantalla grande Corazón marchito (2007), película en la que también actúa Ana Serradilla con Mauricio Ochmann—. La misma actriz que participó en Todo incluido (2008), con Jesús Ochoa y Martha Higareda. Ana es también la protagonista de Cansada de besar sapos (2005) y de la versión mexicana de La boda de mi mejor amigo (2009), refrito del film donde Julia Roberts es la protagonista (La boda de mi mejor amigo de 1997).

Preludio es una peli de encuentros y desencuentros que pasan a diario en la pretenciosa clase media de la capital del país. Son los actores que, en la vida real, es muy fácil encontrar comiendo o de compras en la Condesa, la Roma, Polanco o por San Ángel, en la plaza San Jacinto. Ella es chef y no termina de resolver su vida familiar con su hermana Cecilia, que vive necesitada de todo tipo de halagos solo por haber asumido un rol social que nadie le obligó a tomar: la típica integrante de una familia disfuncional mexicana que, por exorcizar sus demonios internos, se siente la patriarca del clan. Cecilia y su amiga Mariana se creen el pluscuamperfecto de todo lo que les acontece. Ella no les compra ese papel.

Él es un aspirante a rockstar, pero no desdeña vivir el momento, aunque debe clausurar su pasado y darle vuelta a la página. Ella, aun realizada como chef, no deja de arrastrar un pasado marcado por viejos sucesos, mientras su hermana insiste en reclamarle una supuesta actitud no condescendiente desde la adolescencia. Él no deja de soñar con ser famoso algún día.

Mientras tanto, la terraza es un buen lugar para entablar una charla interesante que no raya en lo irrelevante gracias a los argumentos expuestos. El director logra atrapar a los cinéfilos ávidos de ver cine distinto a lo que TV Azteca y Televisa programan sábado a sábado. Difícil creer que estos medios no tengan algo mejor que ofrecer que sus insípidas películas. Preludio no aspira a un Oscar ni compite con los criterios ortodoxos de Hollywood y sus millones de dólares. Sin embargo, fue a Europa y en los círculos culturales del viejo continente logró algunos reconocimientos —tema que los noticiarios mexicanos omitieron, junto con sus programas matutinos insípidos.

Insólito que Televisa siga reprogramando sus series lacrimógenas de los ochenta, o que TV Azteca siga haciendo de la chismografía su mayor fuente de ingresos, secundada por Imagen Televisión con sus reality shows igualmente ridículos. Todo un reflejo de su propia pobreza cultural y de un voyerismo barato que, increíblemente, genera millones para los magnates, quienes poco hacen por mejorar este país. La cultura importa a pocos. Preludio muestra que no se necesita mucho presupuesto ni tecnología para lograr una peli que, al menos, ofrezca un entretenimiento más digno que lo que todas las tardes y noches difunde la televisión mexicana.

Qué más da… seguiremos apagando el televisor para ir a YouTube a buscar una peli mexicana, sin costo y sin comerciales. El nuevo cine nacional entretiene y regala hora y media de esparcimiento. Preludio es un buen pretexto: ella y él en una historia donde la química flota cerca, en diálogos y sobre todo en un lenguaje corporal que dice mucho más que las palabras. Entre ellos hay algo más que química.

Ana Serradilla se ha consolidado en este tipo de cine, y lo hace bien. Preludio nos muestra que para que surja la magia de la alquimia del amor no hace falta viajar a paraísos prefabricados en playas mexicanas o islas griegas que la mercadotecnia vende como sueños inalcanzables para clases pudientes, disfrazados en paquetes all inclusive o tiempos compartidos que muchas veces son fraude.

Una terraza en cualquier ciudad es un buen lugar para construir una amistad con alguien que atraiga, distraiga y retroalimente el diálogo. Cuando todo es causal y no casual, la vida en pareja funciona mejor al decidir vivir el momento en el breve espacio compartido. La coyuntura es coincidir como vecinos de este mundo terrenal, donde el amor de independencia y de codependencia con seres seudodependientes suele estar en el aire. Esas resonancias infantiles —heridas que nunca cierran y que, en el mejor de los casos, se encapsulan por un tiempo— alimentan las partes neuróticas que hacen parecer que todo es amor. Pero cuando el amor se va, todo queda igual o peor, y él o ella se vuelven más tóxicos en sus futuras relaciones. Temas que, a fin de cuentas, logran que existan las canciones de amor… o desamor, odio, resentimiento, celos, despecho. Ser o no ser, esa es la cuestión.

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