Por Raúl Álvarez Huerta

La vida es un fracaso que vale la pena vivir y repetir… [y bailar].

Un mundo globalizado y dominado por el fetichismo del consumo se hace pedazos en las redes sociales, mientras las islas sociales y marginales necesitadas de diversión se reinventan y trascienden entre la gente (su gente) de las zonas populares los fines de semana. Sábado Distrito Federal dixit Chava Flores. Entre semana, cada quien puede seguir viviendo su vida privada como la vivía antes y como le gustaría seguir viviéndola. El mañana no se sabe.

En contraste, la música bailable es una actitud firme, llena de urbano-historias que bien existen, y cuyos actores no están en posición de retirarse a un mundo cada vez más impersonal. Son inercias sociales que no complacen a los dueños de las conciencias colectivas, quienes quisieran ver a todos homogenizados en una masa uniforme de un solo gusto, repetido todos los días en la sufridora pantalla de cristal. Por fortuna, no todo está perdido: «La guaracha sabrosona» es un buen pretexto para sustraerse de la monotonía de todos los días.

Dentro de la cultura popular de las ondas bailables es común escuchar a los autores o cantantes de rolas pegajosas y bullangueras aludir a la alegría de vivir, a la propia identificación con el lugar de origen, sin dejar de bailar. En ese tenor, Colombia y México van de la mano y, juntos y felices, han dado un valor social que se ve y se vive en los barrios, colonias y zonas marginales de ambos países. Sea el vallenato o la cumbia, los grupos y solistas del país cafetalero y de nuestra patria van y vienen por las principales ciudades de estas dos naciones hermanas.

En la alcaldía Gustavo A. Madero, Alberto Pedraza —el monarca de la cumbia callejera— y su grupo Ritmo y Sabor le dieron al pueblo de Peñón de los Baños el justo reconocimiento de la onda sonidera con «La guaracha sabrosona» en la CDMX, y de ahí para todo el país. Ya en el pueblo de San Juan de Aragón, el creador de La cumbia callejera trajo a México la cumbia colombiana, dando origen a la cumbia chilanga. A la fecha, La guaracha sabrosona no pierde su encanto y sigue fiel a su origen: fue dedicada, o en todo caso es un homenaje, a Celia Cruz, para quien la vida es un carnaval… «Todo aquel que piense que la vida es desigual tiene que saber que no es así, que la vida es una hermosura, hay que vivirla».

En la crónica urbana, igual que en los barrios y colonias populares de la CDMX —y desde que era el Distrito Federal—, los bailes sonideros son una costumbre de fuerte arraigo que da identidad a millones de chilangos que disfrutan del bailongo en cualquier escenario que surja un fin de semana. Esta costumbre se prolonga hasta las colonias limítrofes con el Estado de México, donde municipios como Ecatepec, Tlalnepantla y Ciudad Nezahualcóyotl se unen para bailar «La guaracha sabrosona».

Alberto Pedraza es el juglar de la onda sonidera, parte ya del paisaje urbano con sabor a cumbia. Forma, además, parte de un collage imaginario de artistas de música popular donde podemos ver a Selena y su Tex Mex, a El Gran Silencio con su «Chuntaro Style», a Celso Piña y su «Cumbia sobre el río», a Carlos Vives con «La gota fría», a Rigo Tovar con Matamoros querido, a La Tropa Vallenata con «Los caminos de la vida», y de la Delegación Josefa Vergara y Hernández, «Lomas, Lomas» de Kike Maracas con su Conjunto La Luz Roja. En los años setenta hicieron popular esa canción en una colonia que apenas comenzaba un crecimiento exponencial, dando lugar a una identidad muy necesitada. Con «Lomas, Lomas», Kike Maracas lo logró: en menos de tres minutos definió el cariño que le tenía a la colonia que lo vio cantar.

Cantando y bailando, «La guaracha sabrosona» de Alberto Pedraza llegó para quedarse en el inventario popular de las masas adeptas al ambiente sonidero de la CDMX. De paso, el autor y cantante de San Juan de Aragón se integra al imaginario disco de éxitos obligados en las tocadas bailadoras de Colombia y México.

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