
Por Miriam Uribe
Uno de los momentos más interesantes —y más incómodos— en el aula ocurre cuando una obra desborda lo previsto. Cuando un estudiante presenta algo que «no se entiende», que interrumpe el flujo de lo esperado, que incomoda. No porque esté mal hecho, sino porque no cumple con lo que la clase —o yo misma— anticipábamos. A veces es un tema tabú. A veces es una técnica no solicitada. A veces es una pieza que parece decir: «no quiero ser calificada, quiero ser leída».
Es ahí donde se vuelve evidente que el arte no es dócil. Que tiene, en su centro, una potencia para romper reglas, para señalar lo que se oculta, para decir lo que otros prefieren callar.
Mucho del aprendizaje artístico ocurre en los márgenes. En lo que no entra en la rúbrica, en lo que no cabe en los formatos escolares. No se trata de idealizar la transgresión, pero sí de reconocer que el arte, por naturaleza, ensaya límites. Los prueba, los tensiona, los mueve. Y formar artistas también es enseñar a sostener esa tensión.
En clase lo hemos vivido muchas veces. Cuando alguien decide ilustrar una escena de su infancia que todavía le duele. Cuando otra persona borda sobre una imagen digital para reclamar la memoria de su abuela. Cuando un estudiante introduce una bandera o una palabra censurada, sabiendo que tal vez alguien se incomode. En esos casos, más que preguntar «¿es arte?», hay que preguntarse: «¿por qué me afecta?».
Claire Bishop, crítica y teórica del arte, señala que las obras más poderosas no son las que nos confirman, sino las que nos interpelan. «El disenso no es un error de la participación, es su motor», escribe. Y esa frase también aplica al aula: el disenso no es un obstáculo en el aprendizaje, sino parte de lo que lo vuelve real.

Como docente, no siempre es fácil sostener esas obras que desbordan. A veces me descubro queriendo «normalizarlas», encauzarlas, suavizarlas. Pero aprendo más cuando me permito habitarlas con las preguntas que traen. El arte necesita de esos espacios donde se puede experimentar sin miedo al juicio inmediato. Donde el límite no se impone, sino que se explora.
También en lo técnico hay márgenes. Cuando los estudiantes mezclan cianotipia con bordado, o ilustración digital con intervención manual, muchas veces surge una resistencia: «eso no se hace así». Pero ¿quién lo dijo? ¿Quién decide qué materiales pueden tocarse y cuáles no? Parte del proceso artístico es desmontar esas convenciones, entender de dónde vienen, y decidir —con responsabilidad y conciencia— si se siguen o se rompen.
En el fondo, creo que el aula no debería ser sólo un espacio de seguridad, sino también de riesgo. No riesgo en el sentido de peligro, sino como oportunidad de atravesar lo desconocido. De probar, de fracasar, de decir algo sin tener aún las palabras exactas.
Porque el arte no siempre encaja. Y eso está bien.
En el aula abierta, aprender también es aprender a desobedecer. No por rebeldía vacía, sino por la necesidad de encontrar una voz propia, una forma que no esté dictada desde fuera. Aquí el límite no es un muro, sino una zona porosa, un espacio donde se gesta algo nuevo. Y enseñar arte es también acompañar ese cruce: el momento en que el estudiante deja de complacer para empezar a decir.
Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.
Foto de Bárbara Fróes en Unsplash

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