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  • Narrar desde la experiencia: Fernando Tamariz impartirá taller de narrativa por Zoom

    Narrar desde la experiencia: Fernando Tamariz impartirá taller de narrativa por Zoom

    A partir del próximo 7 de agosto, el escritor y tallerista Fernando Tamariz impartirá un Taller de Narrativa en modalidad virtual. El curso consta de 12 sesiones semanales, que se llevarán a cabo los jueves de 7 a 9 pm, vía Zoom.

    Con una trayectoria sólida en la promoción de la lectura y la escritura creativa, Tamariz ofrecerá un espacio donde los participantes podrán desarrollar sus proyectos narrativos, compartir avances y recibir retroalimentación profesional. El taller está dirigido tanto a quienes inician en la escritura como a autoras y autores con obra en proceso que deseen afinar su estilo.

    La propuesta del taller se basa en una metodología participativa, donde el análisis de textos, los ejercicios de escritura y la conversación crítica forman parte esencial del proceso formativo.

    Para informes e inscripciones, se puede contactar vía WhatsApp al 442 322 9298.

  • Aula abierta: ¿Cómo se evalúa lo invisible?

    Aula abierta: ¿Cómo se evalúa lo invisible?

    Hay una pregunta que me persigue desde hace años: ¿cómo se evalúa un proceso artístico sin traicionarlo? ¿Cómo traducir la complejidad de una búsqueda, el temblor de una decisión, la honestidad de una forma, en una rúbrica numérica? En el aula, donde conviven lo institucional y lo íntimo, esta pregunta se vuelve urgente.

    Una obra puede estar inacabada y, sin embargo, contener más riesgo que una pieza perfecta. Puede haber un trazo torpe que diga más que una técnica impecable. ¿Cómo explicarlo en un reporte? ¿Cómo justificarlo en una boleta? A veces siento que el lenguaje de la evaluación llega tarde, como si intentara encerrar algo que ya se ha fugado.

    El arte no es un problema a resolver, sino una experiencia que se atraviesa. Evaluarlo implica reconocer esto: que no siempre hay resultados visibles, que el sentido se gesta en capas, que hay aprendizajes que no se anuncian en voz alta. Y, sin embargo, como docentes, debemos nombrar, escribir, registrar. Entonces aparece el dilema: ¿cómo no reducir el gesto a un número?, ¿cómo no aplanar la singularidad?

    No tengo una respuesta única, pero he encontrado algunas pistas. Una de ellas es escuchar. No solo lo que dicen los estudiantes, sino cómo lo dicen: dónde dudan, dónde insisten, dónde brillan. Otra: mirar el proceso como si fuera una obra en sí misma, con sus decisiones, pausas y pliegues. Acompañar no es señalar errores, sino afinar la mirada junto al otro.

    Recuerdo a una estudiante que presentó una pieza mínima: un dibujo apenas insinuado, casi ausente. Al principio pensé que no había terminado. Luego me contó que no había podido trabajar durante semanas por la muerte de su abuela, pero que un día, al mirar una sombra sobre la pared, sintió que algo se había movido dentro. Dibujó esa sombra. Eso fue todo. Y eso fue suficiente. ¿Cómo se evalúa eso?

    Evaluar en arte exige desaprender ciertos hábitos: la obsesión por el producto, la urgencia del control, la ilusión de la objetividad. No se trata de renunciar al criterio, sino de afinarlo: saber cuándo hablar y cuándo callar, cuándo proponer y cuándo sostener el vacío. A veces, la mejor retroalimentación es una pregunta abierta o un silencio que deja espacio para que el otro se escuche a sí mismo.

    En el aula abierta, la evaluación puede ser otra cosa: una conversación, una lectura colectiva, una deriva de preguntas. Puede ser una bitácora, una exposición íntima, un relato del propio proceso. Lo importante es que el estudiante se reconozca ahí, no como quien cumple, sino como quien habita el hacer.

    Evaluar en arte no es medir, es comprender. Es cuidar el lenguaje con el que hablamos de lo que aún está naciendo. Porque si algo enseña el arte, es que lo valioso no siempre se ve de inmediato. A veces florece en el margen, en lo que no se entrega a tiempo, en lo que apenas comienza.

    Y quizá, al final, lo que evaluamos no es la obra, sino el modo en que alguien se atrevió a decir algo con ella.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

  • Coordenada Artística: Toda mi vida me han juzgado

    Coordenada Artística: Toda mi vida me han juzgado

    Me han juzgado por ser alta, tener sobrepeso, usar lentes y odiar el futbol.

    De niña me juzgaron por preferir una bicicleta, ser hija de madre divorciada, gustar del ajedrez; elegir cereal de vainilla, subirme a un árbol, no saber usar vestido, y escoger leer en vez de TV.

    Me han juzgado por atreverme a crear sin miedo al qué dirán, escuchar la música que escucho, hacerme tatuajes, pensar libre, amar incondicionalmente, elegir a mis amigos, y preferir una tarde de café que una noche de alcohol.

    Me han juzgado por no cumplir estereotipos, no ajustarme al molde de lo que dicen que se debe ser o hacer, no aspirar a ser un ama de casa, decidir no ser madre; aún hay quien me juzga por no depender de un varón para hacer y tomar decisiones en mi vida. 

    Me han juzgado por soñar, creer y alcanzar…

    Toda mi vida me han juzgado…

    Y esos jueces me causaron mucho daño, pero también, me ayudaron a conocer, aceptar y amar a la persona que soy hoy. Entendí que son personas que tienen tanto miedo, que prefieren poner su atención en terceros que en sí mismos. Lo sé porque en algún momento yo también me juzgue sin darme la oportunidad de conocerme.

    Yadira Cruz M. es escritora y artista visual radicada en Querétaro. Licenciada en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, ha complementado su formación en comunicación, artes plásticas, derechos humanos y social business. Es autora de SentimientosToc, toc, ¡Imaginación despierta! y Neftis: Reflejos de luna (Ed. Ariadna), obra con la que representó a Querétaro en la FIL Guadalajara 2022. Ha participado en encuentros internacionales de poesía y expuesto sus obras plásticas en muestras como Desfragmentaciones y WomenPOPwer. Colabora en Cultura 360 de RTQ desde 2020, y se desempeña también como promotora cultural, tallerista y compositora afiliada a la SACM.

  • Hitlaro: el eco de lo no dicho

    En el horizonte literario de Querétaro, pocas primeras novelas se atreven a explorar con tanta osadía los territorios del tiempo, la muerte y lo femenino como lo hace Hitlaro (Helvética, 2025), ópera prima de Mariana Perusquía. Concebida durante su etapa universitaria y escrita con la espontaneidad y la intensidad de quien aún no sabe del todo que está escribiendo una novela, este libro aparece finalmente publicado dos décadas después bajo el sello de Helvética, con una portada realizada por la artista Andrea Perusquía Mendoza, hermana de la autora. Más que un debut tardío, Hitlaro es una aparición madurada por el tiempo y por la conciencia de que toda historia importante encuentra su propio momento para ser contada.

    La novela abre con un gesto íntimo y sencillo: Sara, una mujer joven, regresa con su esposo Adrián y su hijo Julián al pueblo de donde él es originario. La motivación parece inocente: acompañar a su suegra tras la muerte del patriarca. Pero pronto el lector intuye que hay algo más denso, algo no resuelto en ese regreso a lo rural. Hitlaro, el pueblo que da nombre al libro, es un lugar imaginario, pero se siente profundamente real: una comunidad marcada por el abandono, las supersticiones y la persistencia de lo no dicho. En sus calles polvorientas y casas detenidas en el tiempo se agitan fuerzas invisibles, memorias enterradas y ecos que susurran a través de las generaciones.

    Lo más fascinante de Hitlaro es cómo combina el drama familiar con una atmósfera sobrenatural que nunca se recarga del todo en lo fantástico, sino que se desliza como una presencia latente. A lo largo de la historia, Mariana Perusquía construye un universo donde la maldición, la reencarnación y el enfrentamiento intergeneracional se entretejen sin perder la dimensión humana de sus personajes. Sara, la protagonista, es una figura compleja: madre, esposa, forastera, y poco a poco, médium involuntaria de una memoria ancestral. Su travesía no es sólo geográfica ni doméstica; es una incursión en los pliegues del tiempo y en los traumas heredados, particularmente aquellos vinculados a la violencia, el linaje y el poder masculino.

    En el centro de la trama resuenan elementos del gótico rural: la mansión familiar detenida en un esplendor polvoriento, las visiones en el espejo, los susurros que cruzan la barrera entre vivos y muertos. No obstante, Perusquía evita los clichés del género para ofrecer algo más cercano a una alegoría íntima. La aparición de personajes como Rebeca —figura espectral que acompaña y confronta a Sara— sugiere la existencia de una genealogía femenina de resistencia que se perpetúa a través de los siglos. Hitlaro no es simplemente una historia de fantasmas: es un relato sobre la transmisión del dolor y la necesidad de redención.

    Uno de los momentos más potentes del libro ocurre cuando Sara, atrapada en un fragmento de espejo —una imagen que resuena con el mito de Narciso pero también con el trauma de lo inasible—, debe enfrentar a su propio hijo, Julián, que ha dejado de ser el niño tímido que conocía para transformarse en una figura ambigua y amenazante. La tensión entre el amor maternal y la sospecha del mal se convierte aquí en una alegoría poderosa: ¿cómo distinguir al heredero de la herencia? ¿Qué parte de lo que se transmite es inevitable, y cuál puede ser interrumpida por el acto consciente de una mujer?

    Perusquía escribe con un estilo directo, lírico por momentos, pero sin afectación. Hay una sensibilidad clara por el ritmo narrativo, por la cadencia del habla popular y por el suspenso emocional. La novela avanza entre escenas oníricas, recuerdos brumosos y confrontaciones físicas que, lejos de saturar la prosa, la llenan de matices. El lector no siempre tiene la certeza de lo que ocurre —ni falta que hace— porque lo importante en Hitlaro no es tanto el qué sino el cómo se revela lo invisible, cómo se filtra lo soterrado.

    Desde un punto de vista temático, Hitlaro podría leerse como una meditación sobre la reencarnación, pero también como una crítica al peso de las estructuras patriarcales y al silenciamiento de las mujeres dentro de las genealogías familiares. El pueblo como escenario es también una metáfora del cuerpo femenino: un espacio ocupado, abandonado, lleno de secretos. Sara, al final, no es sólo una protagonista sino una especie de conducto entre generaciones, una intérprete que escucha lo que las otras no pudieron decir.

    No es casual que Mariana Perusquía haya elegido publicarse como autora independiente. La historia de Hitlaro no sólo narra una lucha contra el destino sino que también representa, en su publicación misma, una forma de tomar las riendas de su voz como narradora. Escribir desde Querétaro, desde lo íntimo, desde la marginalidad de una autora debutante, es también un gesto político. Esta es una novela que nació a contracorriente del tiempo editorial, escrita por alguien que, como ella misma ha dicho, soñaba con ser Isabel Allende y encontró, en la escritura, una forma de actuar: Mariana encontró a Mariana.

    Al final del libro, cuando Sara despierta sin saber si todo lo vivido ha sido un sueño, una visión o una reencarnación, el lector también queda suspendido en ese limbo entre lo real y lo simbólico. Esa es, quizás, la mayor virtud de Hitlaro: su capacidad de perturbarnos suavemente, como lo hacen los sueños que parecen tener un mensaje cifrado.

    Mariana Perusquía se suma, con esta primera novela, a una generación de escritoras mexicanas que están renovando el imaginario literario desde lo local, lo simbólico y lo femenino. Hitlaro es un debut honesto, inquietante y lleno de posibilidades. Un libro que no grita, pero resuena como un eco persistente que seguirá acompañando a quienes se atrevan a cruzar ese espejo donde el tiempo, la historia y los afectos se reflejan una y otra vez.

  • Aula Abierta: El cuerpo sabe

    Aula Abierta: El cuerpo sabe

    Antes de que podamos explicar algo, ya lo hemos sentido. Antes de que formulemos una teoría, el cuerpo ya ha habitado el mundo. En el aula de arte, esto es evidente: un estudiante que toca por primera vez una arcilla húmeda no necesita que le hablen de formas ni proporciones. Su cuerpo explora, tantea, presiente. La creación ocurre antes que la explicación.

    Maurice Merleau-Ponty, filósofo que alguna vez me incomodó por su densidad, me acompaña ahora como una voz que susurra entre materiales, gestos y silencios. En su Fenomenología de la percepción, propone algo radical: que no percibimos con la mente, sino con el cuerpo; que no estamos separados del mundo como observadores externos, sino que somos parte de él, tejidos en su trama, siendo y sintiendo a la vez.

    En mis clases lo compruebo sin necesidad de citarlo: cuando una alumna descubre que su trazo tembloroso no es un error, sino el registro de una emoción; cuando un alumno deja de buscar «el resultado correcto» y se deja afectar por la experiencia. La percepción no es un dato, es una forma de presencia. Es el cuerpo —ese cuerpo sensible, vivido, múltiple— el que sostiene la posibilidad de crear.

    «Mi cuerpo es el instrumento con el que tengo un mundo», escribió Merleau-Ponty. No como una metáfora, sino como una afirmación filosófica y vital. En el arte, esta idea cobra carne: no se pinta solo con la mano, se pinta con la espalda, con la respiración, con la memoria inscrita en los músculos. Cada elección —un color, un ritmo, un soporte— es una manera de estar en el mundo, de orientarse en él.

    He visto a estudiantes corregir una línea no porque esté mal, sino porque no se siente bien. Esa frase, que muchos desdeñarían por subjetiva, contiene una potencia que escapa al tecnicismo: el cuerpo como brújula estética y ética. No se trata de oponer lo técnico a lo intuitivo, sino de comprender que todo hacer técnico verdadero nace de una sensibilidad encarnada.

    En las clases hablamos del espacio, del tiempo, del otro. Merleau-Ponty también lo hace. Pero no desde conceptos abstractos, sino desde el cuerpo que se mueve, que recuerda, que anticipa. El tiempo, por ejemplo, no es una sucesión de relojes, sino el ritmo interno de una acción que se despliega: la espera antes de marcar un contraste, la pausa antes de cortar el papel, la duración de una mirada sobre la obra en proceso.

    En el aula abierta, el cuerpo no es solo presencia física: es conocimiento vivo. Por eso me interesa tanto detenerme ahí, entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se piensa y lo que se percibe. Porque quizá enseñar arte no sea otra cosa que acompañar la vuelta al cuerpo, al saber que habita en él sin necesidad de teoría, pero que encuentra en la teoría un modo de ampliarse.

    Esta columna, entonces, no busca explicar, sino dejarse atravesar. Porque el aula también es un campo perceptivo: un lugar donde lo invisible comienza a tomar forma, y donde el cuerpo —si se le escucha— nos recuerda que ya sabíamos, desde antes, cómo mirar.

    Miriam Uribe Zavala es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de The Cleveland Museum of Art en Unsplash

  • La memoria es un campo magnético

    La memoria es un campo magnético

    Hace poco escuché que la Tierra funciona gracias a un campo magnético que nos protege de la radiación solar. Este fenómeno se debe a que su núcleo líquido genera una especie de capa protectora que se extiende desde el interior hasta los límites del planeta. Esa protección, presente en toda la superficie terrestre, me parece una metáfora poderosa: una memoria latente que sólo necesita un estímulo, una imagen o una cierta cantidad de energía para activarse.

    Me gusta pensar que, al igual que la Tierra, nuestra memoria es algo que nos fue asignado desde el origen: un acervo de revelaciones ocultas que, mediante algún estímulo, se desdobla y nos ofrece epifanías cotidianas. Atlas magnético (Ígneo Chile, 2025) es una invocación a esa memoria onírica que fluye, que gotea entre cornisas, fisuras y ramificaciones de una existencia que se manifiesta en la carne de los días.

    Diana Galindo construye un rito escritural a partir de imágenes sagradas y surrealistas, evocando una memoria suspendida que espera ser revelada mediante un proceso de presentificación. En Atlas magnético, la escritora recupera los pasos perdidos a partir de un destello de realidad que, como una pizca de verdad, se vuelve poema. Galindo desdobla, a través del proceso poético, una visión perenne del instante para regalarnos una epifanía que otorga memoria e identidad a los días y a las horas.

    A continuación, les presentamos un fragmento de libro:

    Manto 

    No sé en qué viento, entre qué tierra, descansará mi cuerpo un día.

    Pero mientras vivo, aprendo.

    La experiencia se conoce 

    a la orilla de los ojos y del agua.

    Sí, el mar desaparecerá, 

    lo sabe quien ha sido apuntado con un arma

    o con un símbolo sobre la cabeza.

    El cuerpo se contrae, jadeante, 

    busca el amor y la calma.

    Agustín Vizcayno Sánchez (Querétaro, 1986) es licenciado en Lenguas Modernas en Español y maestro en Estudios Literarios. Ha publicado Cuando Dios usa mallones (Ediciones El Humo, 2018), El canto del Kaiju (Fondo Editorial de Querétaro, 2019), Once señores gordos en uniforme unitalla (Fondo Editorial de Querétaro, 2021), y en 2024, Yo también fui James Bond y Soy huapanguero (Letra Capital). Ha colaborado en revistas como El Grito Literario, El Humo, Fantastique, Enchiridion y Teresa Magazine.

    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Querétaro. Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

  • Coordenada Artística: KOUTSOMPOLÉVOPATÍA*

    Coordenada Artística: KOUTSOMPOLÉVOPATÍA*

    Imagen: Europeana

    —Hola, buenas tardes.

    —Buenas tardes.

    —¿Todo está bien?

    —Sí, bueno, te cuento que el día de hoy Erika llegó tarde, se quedó platicando con Tomás en el café de la esquina. Él la cita ahí para esconderse de Lidia, porque es una tóxica. Le llama como cuarenta veces al día y lo stalkea todo el tiempo en redes; dicen que hasta creó un perfil falso para espiarlo. A mí una vez hasta me empujó sólo porque se me ocurrió hablarle a Tomás para que recogiera su correspondencia. ¿Tú crees?

    Y luego, ¿ya supiste que Beto le mandó una nude a Gina?, no sé cómo, pero la foto ya anda rolando por el whats, y ¿qué te digo?, ahora Beto hasta tiene un club de fans. Y yo creo que discutieron por eso, porque por las cámaras de recepción, vi que Gina llegó entró llorando, igual y ya terminaron. ¿Será?

    —Señora, me refiero, a que ¿si todo está bien con su pedido?

    *Koutsompolévopatia: Del griego κουτσομπόλης. Sustantivo masculino: chismoso (aquel que habla de terceros partidos, a menudo negativamente). Y del griego πάθεια: sufrir, experimentar, padecer. Irrefrenable impulso por contar chismes.

    Yadira Cruz M. es escritora y artista visual radicada en Querétaro. Licenciada en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, ha complementado su formación en comunicación, artes plásticas, derechos humanos y social business. Es autora de Sentimientos, Toc, toc, ¡Imaginación despierta! y Neftis: Reflejos de luna (Ed. Ariadna), obra con la que representó a Querétaro en la FIL Guadalajara 2022. Ha participado en encuentros internacionales de poesía y expuesto sus obras plásticas en muestras como Desfragmentaciones y WomenPOPwer. Colabora en Cultura 360 de RTQ desde 2020, y se desempeña también como promotora cultural, tallerista y compositora afiliada a la SACM.

  • Hojas sucias / Letras de Emergencia 27

    Hojas sucias / Letras de Emergencia 27

    JF, Q, viernes 11-Jul-2025.

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    Las hojas de los días caen como caen las hojas de la vida, hojas limpias y sucias.

    Edmundo: La mejor definición de la Sheinbaum es la de Savater: «Es López Obrador sin gracia». Cuídate, échale paciencia y sigue atormentado buscando la palabra exacta.

    Final Copa Oro Estados Unidos-México… Himnos… Comerciales… Gol de EU… Gol de México… Gol de México… Un juego apretado. Buenos goles. México venció 2-1 y es campeón de la Copa Oro 2025. Gran alegría para el público mexicano-americano de allá y acá.

    El canario en huesos todavía canta. ¿Qué canta? La vida y la muerte, el amor y la pelea, la amistad y la adversidad…

    Como decía Eduardo Nicol: «Es necesario ejercer el magisterio de la interrogación».

    Nueva transferencia de la UAQ por 3,750 pesos (4-Jul-2025, lo de siempre), gracias.

    No precipites las cosas. Un día malo puede ser un día bueno. Dignidad en la adversidad.

    ¿Renovarse o morir? Los viejos redoblamos nuestros vicios y defectos. Letras de Emergencia 27 y Letras en Movimiento 19.

    Cae el sol sobre mi piel desnuda, brazos, piernas, cara, muy agradable, la certeza y la dicha de estar vivo.

    Las explosiones de odio envenenan la vida social y familiar-personal.

    Una hojita amorosamente armada con la retacería encontrada.

    Voy casi en cámara lenta frente a la prisa del mundo allá afuera.

    Dos semanas vitales rumbo al 19 de julio.

    Perdido en un mar de direcciones, nombres, calles, en duermevela.

    Luz, mucha luz, pura luz, bendita luz, en el silencio y la oscuridad.

    El ruido de las llantas y los motores no deja oír el dulce trinar de las aves.

    El viejo y el hombre llamado Solo, solos los dos. Oscuridad. Silencio. Soledad. Diario del viejo. Lo lee Solo. Cada mirada es otra interpretación, otra perspectiva, una rendija del mundo.

    Las palabras esenciales me persiguen: dignidad, adversidad, vivir, sobrevivir, no hundirse, resistir, pelear…

    El hambre, el frío, el miedo. La última mirada al cielo. Dos películas de Gillo Pontocorvo. La otra es Queimada, con Marlon Brando, 1969.  

    Mundial de clubes, semifinales y final. Quedan cuatro: Fluminense, Chelsea, PSG y Real Madrid. ¿Quiénes disputarán la final?

    Carísimas las cosas en los súpers de la colonia fifí y las banquetas como las de la Presidentes.

    Mala noche. No llegó el sueño reparador. Excelentes actuaciones de Marlon Brando y del esclavo negro José Dolores. Historia conocida y repetida. Gran música de fondo de Ennio Morricone.

    PSG borró 4-0 al Real Madrid. Sin palabras. Un concierto de buen futbol de los ganadores. Un acordeón. Esperaba un juego apretado y no tan desigual. PSG-Chelsea será la final del Mundial de Clubes el domingo 13-VII-2025. ¿Quién es el gran favorito?

    Como hay un último concierto hay una última palabra. Que es el principio y el fin. El ciclo se repite y parece interminable.

  • Primeras palabras

    Primeras palabras

    Sentado en un banco, atado con una bufanda que a veces era obra de su madre y otras del hermano de su madre, el niño observaba el mundo sin moverse. No porque no pudiera, sino porque no encontraba razón para hacerlo. Todo lo que le interesaba era lo que podía ver, tocar, oler, probar. Nunca se perdía en fantasías ni se distraía con juegos imaginarios: la realidad era suficiente, y lo demás le resultaba ajeno. Nadie parecía alarmado: comía bien, no mostraba dolor y su salud nunca fue motivo de preocupación. Tonto no era: rechazaba lo que no le gustaba, salvo que lograran convencerlo de que aquello era comestible y que, quizá, podría gustarle. No bastaba con insistir: hacía falta una buena charla, una invitación a descubrir, no una orden ni una explicación vacía.

    El banco era siempre el mismo, uno de los que estaban afuera del puesto de comida, que un día decidieron meter adentro para colocar al niño ahí. A veces, el frío de la mañana se colaba por las rendijas y le hacía temblar, pero nadie parecía notarlo. La bufanda, más que abrigo, era una soga suave que lo mantenía en su sitio, como si el mundo temiera que, de soltarse, pudiera perderse para siempre. Los adultos pasaban de largo: algunos con miradas de lástima, otros con indiferencia. Nadie preguntaba por qué no jugaba, por qué no reía, por qué no hablaba.

    No era que no pudiera hablar, simplemente no tenía nada que decir. Todo lo entendía, y cada detalle, cada gesto, cada palabra quedaba registrado en su mente con una precisión casi dolorosa. El hermano de su madre, paciente y atento, atendía a los clientes del puesto de comida mientras conversaba con ellos. La mayoría de las pláticas le parecían insulsas, carentes de profundidad, pero de vez en cuando llegaba alguien con una algarabía contagiosa o con un conocimiento tan nuevo que lo embelesaba y lo dejaba pensando durante días. Su madre y el hermano de su madre, en cambio, llenaban el aire de conversaciones profundas, de temas complejos que lo mantenían ocupado, saciando su hambre de conocimiento.

    Había días en que la soledad era tan densa que podía sentirla en la lengua, como un sabor amargo que no se iba ni con el mejor de los dulces. No prestaba atención a otros niños ni le interesaba lo que hacían; su mundo giraba en torno a dos necesidades: el hambre de conocimiento y el hambre de comida. Nadie se acercaba. Nadie intentaba entenderlo. Los adultos, cuando se dignaban a hablarle, lo hacían con palabras huecas, con diminutivos que le resultaban insultantes: “¿Quieres agüita? ¿Quieres un dulce?”. Él solo quería que le hablaran de verdad, que le preguntaran qué pensaba, su opinión sobre cualquier cosa.

    Con el tiempo, los libros dejaron de ser solo para los adultos: ahora leían en voz alta para él. La lectura, antes refugio de los mayores en los ratos libres, se convirtió en un ritual compartido. No escuchaba para imaginar, sino para entender: pedía respuestas, datos, explicaciones. Las historias fantásticas le resultaban irrelevantes; prefería los relatos donde todo podía comprobarse, donde nada quedaba a la interpretación. Los días pasaban, y la rutina le resultaba grata. Solo existían tres cosas en su mundo: hambre de alimento, hambre de conocimiento y una sensación rara.

    Pero incluso la rutina puede volverse cruel. Había tardes en que el hambre de conocimiento era tan grande que dolía, un vacío en el pecho que no se llenaba ni con las mejores lecturas de unas horas antes. A veces, el hermano de su madre estaba demasiado ocupado para leerle, y entonces el niño se quedaba mirando un punto fijo, repasando mentalmente lo que había aprendido, reconstruyendo detalles de la realidad, nunca inventando nada. No sabía cómo imaginar: su mente no fabricaba mundos, solo ordenaba lo que ya existía.

    En esos momentos de pausa, notaba que la casa seguía vibrando con la energía de su madre. Ella no se detenía nunca: siempre inventando algo nuevo, preparando la mejor comida, buscando sorprender a todos con algo diferente e innovador. Eso lo confundía. Sus silencios no eran de cansancio, sino de concentración, de estar tramando la siguiente maravilla. Así, mientras el niño se refugiaba en la realidad y el conocimiento, la madre tejía a su alrededor un mundo de posibilidades concretas, de sabores y sorpresas tangibles.

    Así durante un número incalculable de días. No había prisa, no había necesidad de apresurarse. La vida transcurría tranquila, entre lecturas, comidas y silencios compartidos.

    Hasta que un día, algo cambió. Un nuevo sentimiento irrumpió en su vida: la ira. Todo ocurrió mientras escuchaba una lectura sobre edificios, muy técnica… hermosa; por fin comprendía cómo se mantenían en pie las construcciones cercanas. El hermano de su madre, como siempre, le explicaba con detalle cada elemento del entorno. A diferencia de otros niños, a él no le hablaban con diminutivos ni simplificaciones; sabían que distinguía alimentos, bebidas, y sabía perfectamente cuáles prefería y por qué. Parecía entender todo lo que se le leía.

    Ese día, sin embargo, la lectura fue interrumpida por la llegada de un hombre desconocido. Era uno de esos clientes que nunca miran a los ojos, que hablan fuerte para que todos los escuchen, pero que no dicen nada. Se acercó al niño y, sin pensarlo, comenzó a hablarle como si fuera un animal cualquiera, con una voz chillona y palabras torpes. “¿Quién tiene tu nariz? ¿Sabes aplaudir? A ver… di Ma… Ma…”. El niño sintió una punzada en el pecho, una mezcla de vergüenza y rabia. ¿Por qué todos asumían que era menos pensante que una bestia? ¿Por qué nadie veía lo que pasaba por su mente?

    La palabra salió como un disparo, clara y fuerte, cargada de todo el desprecio que sentía. No era una palabra bonita ni amable, pero era suya. Por un instante, el mundo se detuvo. El hombre se quedó boquiabierto, incapaz de responder. El hermano de su madre, al escuchar la voz, dejó caer todo, incluso el dinero sobre la mesa, y gritó: “¡Está hablando! ¡Está hablando!”. La madre llegó corriendo, pero no hubo lágrimas ni abrazos, solo una mirada de satisfacción, como si al fin hubiera hecho lo que se esperaba de él.

    Después de ese día, todos querían escucharlo hablar. Le hacían preguntas tontas, le pedían que repitiera palabras, que dijera su nombre, que contara hasta diez. Nadie parecía interesado en lo que realmente pensaba. Nadie preguntaba por lo que observaba, por lo que entendía del mundo real. El niño, agotado, dejó de hablar tanto como pudo. Descubrió que el cansancio era el único refugio, el único lugar donde nadie podía alcanzarlo, donde podía ser solo él, sin expectativas, sin decepciones, sin la presión de fingir que podía soñar o imaginar.

    Los días siguieron, y con ellos, nuevas explosiones de ira, nuevas palabras que sorprendían y descolocaban a quienes lo rodeaban. No todos estaban preparados para un ser así, tan pequeño y tan ajeno a lo esperado. Apenas tenía unos cuantos años vividos, y ya el mundo parecía no saber dónde ponerlo. La infancia apenas comenzaba a mostrar su verdadero rostro: uno donde la realidad era la única guía, y la incomodidad de los demás, una constante.

    Foto de Xiaohang Zhang en Unsplash

  • 19 Letras en Movimiento 19 Hojas limpias

    19 Letras en Movimiento 19 Hojas limpias

    Checking garbage cans FSA (Farm by Library of Congress is licensed under CC-CC0 1.0

    JF, miércoles 9-Jul-2025.

    Escribir con la fuerza de los hechos. Las ideas también son hechos que en verdad suceden, ciertos o falsos.  

    Los trabajos y los días, nada es fácil, ni una cosa ni otra.

    Romper las propias barreras, carajo.

    Bajé y subí las escaleras, crucé la calle y fui al Súper Q, compré cosas. Gracias al señor Guillermo, conserje del edificio.

    La inteligencia artificial de mi cabeza me engaña en sueños, en duermevela. Inteligencia chafa.

    Cada frase me cuesta una vida.

    Los gustos de niño y adolescente, la decepción del adulto mayor.

    El hombre mosca limpiando los vidrios de las oficinas del edificio de enfrente.

    Como decía un clásico político Q: «la basura es muy chismosa».

    Rompí en cachitos mis notas del día y las busco en la basura.

    En letras y en números, de lo perdido lo que aparezca, peor es nada.

    ¿Cómo demonios hacer más con poco?

    Ni más ni menos, lo posible de lo necesario.

    Palabras limpias en un mundo sucio.

    No decir más de lo necesario. Cerrar el pico.