Categoría: Raúl Álvarez Huerta

  • Viva la Vida de Coldplay en el contexto nacional

    Viva la Vida de Coldplay en el contexto nacional

    Por Raúl Álvarez Huerta / Rock & Raul

    En la historia siempre ha habido una serie de oscilaciones del péndulo, pero el individuo no tiene que quedar atrapado en eso.
    Robert Johnson, músico.

    La Conquista de México es, para muchos historiadores, uno de los episodios de mayor magnificencia en la historia universal. Así lo afirman no pocos especialistas del planeta en la inconmensurable cantidad de libros dedicados a este proceso, textos que reposan en las principales bibliotecas del mundo y que, penosamente, en algunos casos resultan difíciles de encontrar en las librerías de la República mexicana…

    Por un minuto yo tenía la llave; al siguiente, las paredes se cerraron ante mí. Y descubrí que mis castillos estaban construidos sobre pilares de sal y pilares de arena.

    “Viva la vida” es la rola de Chris Martin que bien cabe en estos tejidos nacionales. Con la llegada de Hernán Cortés a la capital azteca, sus tropas pudieron constatar que, al igual que en Castilla y Aragón, aquí también gobernaba un emperador, un tlatoani… un rey. Cristóbal Colón inició la aventura de la conquista de nuevos territorios la madrugada del 12 de octubre de 1492, cuando desembarcó en la isla de Guanahaní. Hernán Cortés la consolidó simbólicamente con la caída de la gran Tenochtitlan, el 13 de agosto de 1521.

    Ambos, con sueños de grandeza y ansias de dominio sobre un continente aún no llamado América; sin embargo, en el norte, los ingleses no se los permitirían. Moctezuma, como máximo jerarca; luego Cuitláhuac y, finalmente, Cuauhtémoc, no pudieron evitar que los soldados españoles, en alianza con los pueblos enemigos de los mexicas, consumaran la Conquista de México. A partir de ese momento y durante tres siglos, tendríamos un nuevo monarca.

    Con los chichimecas, las cosas serían distintas. En el camino de Tierra Adentro, Querétaro y sus misioneros, con sede en el Convento de la Cruz, serían parte imponderable de un escenario de guerra que se prolongaría hasta bien entrado el siglo XVII. En teoría, los aztecas habían sido sometidos; a los chichimecas no. Tampoco a los apaches del norte de México.

    Yo solía tirar los dados, sentía el miedo en los ojos de mi enemigo. Escuchaba cómo la gente cantaba: «ahora que el viejo rey ha muerto, ¡larga vida al rey!».

    “Viva la vida” de Coldplay tiene, además, una connotación mexicana por el cuadro que Frida Kahlo pintó en 1954, hoy resguardado en el museo que lleva su nombre, en la alcaldía de Coyoacán (CDMX). Según biógrafos del mundo del rock pop internacional, la razón de esta referencia radica en la profunda admiración del vocalista Chris Martin por la pintora mexicana y esposa de Diego Rivera. En el mismo tenor histórico, la letra de la rola aborda también el tema de la Revolución francesa, durante el reinado de Luis XVI.

    Yo gobernaba el mundo, los mares se levantarían cuando di la palabra; ahora, por la mañana, duermo solo, barro las calles que solía poseer…

    El ritmo de la canción es pegajoso y luminoso para quienes gustan del rock en sus diversas variantes. Los violines suenan excelsos. Y en vivo, “Viva la vida” invita no sólo a disfrutar la rola, sino también la vida misma, el rock alive. Para muchos optimistas, es una invitación a no perder la fe cuando esta se vuelve una búsqueda constante; a creer en lo que no se ve.

    Un minuto sostuve la llave; luego, las paredes se cerraron sobre mí, y descubrí que mis castillos permanecen sobre pilares de sal y pilares de arena. Escucho que las campanas de Jerusalén están sonando; los coros de caballería romana están cantando.

    “Viva la vida”, por su propia virtud, es el tipo de composiciones que obligan a conocer la traducción desde múltiples perspectivas y contextos históricos. Es una referencia histórica y universal que no pierde vigencia entre quienes siguen encontrando claridad en los personajes que habitan los libros y en quienes los leen. La rola encierra diversas paráfrasis y su fraseo produce un ritmo que la vuelve trascendente: la trascendencia de un rey que pierde su trono y sus paralelos cotidianos en los mortales de a pie, personas de carne y hueso, donde los rockstars no son la excepción. Ellos también son susceptibles de perder su trono.

    Son entes sociales que, de la nada, logran alcanzar la cumbre de sus ambiciones y que, del mismo modo, un día lo pierden todo. En el mundo del boxeo mexicano, este fenómeno es un denominador común entre algunos de sus ídolos. La mayor virtud del boxeo es evadir los golpes; sin embargo, en la vida real, muchos boxeadores no aplican esa técnica para esquivar los derechazos de la existencia cotidiana. Evadir los golpes de la vida es una metáfora que, tristemente, pocos logran entender y terminan perdiéndose en el ostracismo.

    Sé mi espejo, mi espada y escudo, mis misioneros en un campo extranjero; por alguna razón que no puedo explicar, una vez que vas, nunca hubo una palabra honesta…

    Algunos lo hacen por voluntad propia, por la llamada “puerta falsa”, y de manera irónica alcanzan así la inmortalidad: en vida fueron poco conocidos o reconocidos, pero con su fallecimiento aseguran la perpetuidad social. En casos aislados, algunos ya eran referentes en vida, aunque no es la constante. Los ejemplos abundan y, en el terreno que aquí nos ocupa —rock and roll music—, basta mencionar a Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain o Amy Winehouse.

    Derribó las puertas para dejarme entrar; ventanas rotas y sonido de tambores. La gente no podía creer en lo que me convertí. Los revolucionarios esperan mi cabeza en un plato de plata…

    En otro orden de ideas, y siguiendo paralelos y similitudes, lo observamos en el andar cotidiano de un mundo competitivo generado por la aldea global y el capitalismo salvaje. Todo se acomoda en el cajón de los escalones sociales y económicos, en la pirámide de las diferencias. Lo que pone en evidencia la metáfora de la canción son los medios utilizados por quienes se trepan al ladrillo de lo superfluo, lo mundano y lo material: grotescos y vulgares maquiavelos que recurren a toda clase de artimañas para llegar a donde se proponen. Es la megalomanía de quienes se sienten más importantes de lo que realmente son; delirios de grandeza que los llevan a creerse poseedores de cualidades extraordinarias. En síntesis, la letra de la rola es, por demás, claridosa.

    Sé mi espejo, mi espada y escudo… escucho que las campanas de Jerusalén están sonando, los coros del Calvario romano están cantando.

    Continúa cuando estés desalentado, porque donde no hay fe en el futuro, no hay poder en el presente.

    Howard Hughes

  • Good Will Hunting

    Good Will Hunting

    Por Raúl Álvarez Huerta I Rock & Raul

    Good Will Hunting (Mente indomable, 1997) vino a impactar a los persistentes en el cine de argumento: ese cine que deja mensajes sustanciosos en el cinéfilo, los guarda en su interior, los comparte y, quizá, logra hacerlos parte de su vida, de su filosofía personal. Robin Williams, Matt Damon y Ben Affleck conforman el elenco estelar que da vida a Sean Maguire, Will Hunting y Chuckie Sullivan. Tras su estreno y la obtención de dos premios Óscar, la película apareció en el catálogo de Videocentro. La cinta está basada en un hecho real sucedido justamente en la ciudad donde se ambienta, con locaciones en Boston, el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y la Universidad de Harvard, consideradas por especialistas como las mejores universidades de Estados Unidos, ambas de prestigio académico e investigativo a nivel internacional. En esa misma línea competitiva, el autor resalta la importancia nacional de la UAG (Tecos), la UNAM (Pumas) y el ITESM.

    Mente indomable (1997) relata la historia de un joven reprimido, deprimido y violento; en síntesis, un inadaptado social. Hasta ahí, todo normal, nada trascendente. Salvo por un detalle: Will Hunting posee un coeficiente intelectual de grado superior. Según la famosa gráfica de clasificación del CI, el promedio de 90 a 109 lo tiene el 47% de la población; el resto se distribuye en minorías: de 110 a 119 puntos (inteligencia superior), de 120 a 129 (muy superior) y de 130 a 139 (dotados), apenas un 2.3% de la población. El CI de Will es de 160.

    Para llegar a su trabajo de intendente en el MIT, Will debe atravesar la ciudad. Podría encontrar empleo cerca de su modesta vivienda, pero viaja todos los días en metro para limpiar pisos… y, cuidándose de que nadie lo vea, resolver planteamientos matemáticos aptos solo para mentes brillantes, expuestos en un pizarrón de uso común para que los estudiantes del Tecnológico los intenten resolver, reto complicado para la mayoría. Will los soluciona sin mayor esfuerzo.

    El profesor Gerald Lambeau (Stellan Skarsgård), un académico obsesionado con la fama por encima de valores humanos, lo descubre. Prestigiado catedrático, arenga al alumnado a volverse matemáticos célebres. Pronto percibe las conductas antisociales de Will, pero también la satisfacción de haber encontrado una mente excepcional. Se asume como su tutor. Will acepta las condiciones de tutoría con la garantía de obtener su libertad tras verse involucrado en una pelea callejera. Gerald obtiene un triunfo parcial, pero su descubrimiento necesita terapia: Will es rebelde, no tolera la autoridad, es huérfano y vive solo. El profesor lo canaliza con colegas psicólogos, sin éxito. Will no se deja domar. Queda una última opción: Sean Maguire, especialista en casos espinosos. Tras una primera sesión difícil, Sean acepta el desafío; será el encargado de llevar a buen puerto a su complicado paciente. Siente que puede con esa mente indomable.

    Chuckie Sullivan es su mejor amigo. Trabajan como albañiles, viven para beber cerveza, ver béisbol y practicarlo. Chuckie guarda cosas sobre Will y, cuando se las expresa, el joven matemático se incomoda ante las expectativas que su amigo tiene de él. Chuckie sabe que jamás será un gran estudiante, es consciente de sus limitantes, pero no siente envidia: sabe que Will está parado sobre un billete de lotería y no es capaz de cobrarlo. Desea verlo codeándose con alumnos y egresados en las grandes ligas del conocimiento.

    Skylar (Minnie Driver), su novia, estudia en Harvard y es dueña de una considerable herencia, situación material que no altera sus relaciones personales. Tampoco afecta su noviazgo con un chico de extracción humilde pero dotado de una inteligencia que la atrae, aunque también ve en él otros valores. Lo único que le pide es que la ame y se vayan a vivir juntos a California. Skylar es su alma gemela, una pieza necesaria para completar la terapia de su vida: su coeficiente intelectual es lo de menos.

    Sean y Will entablan una relación de amistad que rebasa el esquema psicólogo-paciente. Gerald está ansioso porque su protegido sea dado de alta, pero ni al psicólogo ni al paciente les importa la prisa: en ambos han nacido expectativas de vida en las que no caben los planes que Gerald tiene para Will. Con todo, la terapia de Sean ha logrado avances. Sean es viudo, pero ha decidido volver al juego del amor; su paciente le ha permitido ver cosas que él mismo no podía —el psicólogo no se cura a sí mismo— y, de paso, ha ayudado a Will a descubrir qué quiere.

    Will Hunting es la mente brillante que resuelve fórmulas imposibles, jugando a las escondidas con las autoridades académicas, alimentando su alter ego al sentirse superior a profesores y alumnos. Con todo su dinero, no podrían hacer lo que él hace por simple pasatiempo. Eso no le importa a Skylar: ella ama a Will, no al joven dotado. Gerald lo quiere para ganar fama internacional; Sean solo desea lo mejor para él; Chuckie, también. Al final, Will toma la mejor decisión: ir a California en busca del amor de Skylar.

  • Un mundo raro en las cantinas queretanas

    Un mundo raro en las cantinas queretanas

    Por Raúl Álvarez Huerta / Rock & Raul

    Las novias pasadas son copas vacías; en ella pusimos un poco de amor; el néctar tomamos… huyeron los días.
    —Manuel Gutiérrez Nájera

    Querétaro de campanas y cantinas que iban de barrio en barrio, de colonia en colonia y otras en Santa Rosa Jáuregui, El Pueblito, La Cañada, Huimilpan y… otros mundos raros; algunas —por suerte— con su respectiva e imprescindible sinfonola. En los años ochenta la lista da para muchos espacios, pero sólo para un lugar común en la bohemia, esa que se vivió de manera exponencial y sin cortapisas por aquella época, ahora llena de nostalgia por un mundo pretérito y… un mundo raro. Un mundo acompañado del sentido existencialista y sentimental que involucraba a varios actores sociales de carne y hueso: queretanos de a pie, entes mortales que deambulaban de cantina en cantina, de pulquería en pulquería, de arrabal en arrabal, de abismos y horribles resacas en un… mundo raro que se vivía al caer la tarde y avanzaba con la noche. Donde siempre estaba, en medio de todo ello, una mujer, una dama, una Eva que se volvía —en su propia virtud— el centro de un universo de sensaciones difíciles de describir.

    Amantes de la bohemia y de las mujeres a las que habría que hablarles… de amor y de ilusiones… y ofrecerles el sol de las tardes de otoño, en un cielo terrenal donde era deber presumir su amor… y su desamor. Un mundo de eventuales utopías que daba sentido de pertenencia a los parroquianos de la cantina, lugar que, en sus momentos de mayor ebullición, se convertía en escenario de dramaturgias reales y quiméricas dentro de un universo surrealista.

    Un mundo raro donde los heridos por Cupido deseaban ser recordados como los mejores amantes, sin que ellas —las que se habían ido— los mencionaran por su nombre. Sabiendo que para ellas nunca podían faltar quienes les ofrecieran… un sol y un cielo entero. Sentimiento que, para el que ya no era parte de su vida, se sabía por terceras personas en la barra de la cantina, dando por hecho que ella… sentiría amor del bueno… donde ambos recordarían, en la sana distancia, un pacto de silencio.

    Para ello están las mentiras con edulcorantes palabras, para ocultar los mejores momentos y, de paso, vivir la cantina convertida en un teatro de actores involuntarios. En esos casos lagrimosos, ella debía parecer un ser venido de… un mundo raro, donde no hay espacio para llorar ni para amar. Él, por su parte, habría de presumir que vivió un sueño dorado y, olvidando el rencor, no diría que su amor… lo volvió desgraciado. Ante la necia insistencia y con varios tequilas encima, se vería pretencioso, brindando que llegó… de un mundo raro; que no sabe del dolor, que triunfó en el amor y que nunca ha llorado…

    Era 1984 y, en la sinfonola de la cantina El Panal de la calle 25, en Lomas de Casa Blanca, de manera casual —en ese ambiente de drama, amor, desamor y sufrimiento— un espontáneo programa comenzaba con una herida que sangraba por dentro: Un mundo raro del maestro José Alfredo Jiménez. El ambiente olía a tequila y a camaradería en el desfase del amor no correspondido.

    Un mundo raro que daba lugar a la soledad y al silencio, a las pausas obligadas en medio de una nube densa de humo de cigarro. Por aquella época, el presidente de la República, Miguel de la Madrid Hurtado, y el regente del entonces Distrito Federal, Carlos Hank González, aún no decretaban que las mujeres podían entrar a las cantinas mexicanas. De haber estado alguna de ellas en El Panal, habría sido la otra parte que le faltaba al drama y a la alegría de vivir el ambiente cantinero de una colonia popular. Sus manos en la mesa habrían sido atesoradas por más de algún macho necesitado de cariño; habrían visto emociones compartidas y sensaciones sólo en ellas halladas, y amores imposibles… donde la canción condenatoria Diferentes, en la voz de Rocío Dúrcal, lo definía todo: «pero sólo como amigos entiéndelo muy bien». En un rincón de la cantina, alguien lloraba… viviendo su mundo raro.

  • Historia de un minuto

    Historia de un minuto

    Por Raúl Álvarez Huerta / Rock & Raul

    La mañana del 15 de febrero del año 2000, la vida sentimental de Camilo se había derrumbado en un minuto. Sesenta segundos definieron el fin de su historia personal al lado de Fátima. Un día después del mediático y depresivo San Valentín, Camilo caminaba por la calle Fraternidad del barrio de El Tepetate convertido en un desequilibrado emocional, regresando a vivir en el sin-sentido que había habitado antes de conocer a Fátima, el amor de su vida durante dos años de intensa pasión. Con ella había conocido el paraíso.

    Esta vez, la filosofía de Viktor Frankl ya no le interesaba en lo más mínimo; el ser de Martin Heidegger tampoco. En esas circunstancias, Nietzsche sería, ulteriormente, su tablita de salvación existencialista. Las enseñanzas del autor de Así habló Zaratustra le proporcionarían su mejor aprendizaje. Cuando Camilo aterrizó en la vida real, ya sin estar bajo los efectos de algún destilado, entendió que no debía aborrecer su suerte ni maldecir su destino. Ahora deseaba rehuir todo lo que fuera dolor y alejarse de todo lo que tuviera que ver con Fátima: el amor de su vida por muchas razones, el mismo amor que lo había conducido al sufrimiento. Con Nietzsche aprendió, de manera empírica, a darle sentido a su vida. Su destino con ella, nada ni nadie lo podía cambiar; su historia debía volver a empezar, y ahora él desearía llevar el timón a su propio mando, aun cuando eso implicara pagar un costo no cuantificable.

    Ese fatídico día, todo lo que lo rodeaba lo veía negativo y negro. De haber sido un Viernes Santo, habría dado su vida por caminar al lado de los encapuchados que, en su niñez, le recordaban al Ku Klux Klan cuando a las cinco de la tarde salían del Convento de la Cruz a recorrer las calles de la ciudad. Esa mañana salió a la calle y sólo fue cuestión de caminar unos metros para crudársela en la cantina ADO, atendida por los hermanos Corbella. Su resaca moral era un infierno. Al llegar, se dirigió sin titubear a la Rock-Ola para programar una rola que le gustara. El chiflido melódico que marca el inicio de la multicitada Historia de un minuto de David Garnica Palomares (no de Interpuesto ni de su vocalista Gonzalo Olvera) fue la coincidencia del destino. La melodía daba justo en el clavo, donde más dolía.

    Ella convirtió la noche en un poema de amor,
    Ella prometió mil noches de alegría solo a él,
    Pero el tiempo habló, no todo fue tan bello, no, no, no…

    La carta encontrada en el buró decía que estaba harta de todo, de tanto rodar. Que no era su culpa, que sólo era su forma de ser. Y esa noche, él no pensaría en buscarla. No. Esa noche no quería ni mirarla otra vez.

    En el juego de la vida y el amor, su suerte estaba echada. Las cartas habían estado marcadas sin que él lo hubiera percibido: el amor lo cegaba, lo cegó durante dos años. Para él, el día comenzaba con Fátima y terminaba con ella. Salir del otrora nido de amor, borrar todo y largarse sin voltear a ver atrás —en sentido metafórico— era lo mejor para su sentir. Se sintió fuerte y decidido para iniciar una nueva vida. Por eso tomó aquella fría determinación. El tiempo le demostraría que estaba equivocado: antes tendría que tocar fondo y pagar algunas sentimentales facturas.

    La cruda física comenzaba a hacer mella en sus dañados intestinos, y la cantina ADO fue un oasis en su desierto, en busca de una buena dosis de Bloody Marys y MicheClams, que lo ayudaron a recuperarse de la solitaria noche en la que bebió hasta quedar hecho pedazos en el sillón de la sala. Todo después de que Fátima lo cortara y lo mandara por el tubo del drenaje. Camilo se había ahogado en alcohol. Los estragos del exceso saltaban a la vista: sus ojos estaban rojos. Esa noche, Fátima prefirió dormir deseando que al día siguiente él desapareciera de su vida para siempre.
    Jamás volvieron a verse.

    Foto: Isabel Argüero Rodríguez.

  • Atrapado sin salida

    Atrapado sin salida

    Por Raúl Álvarez Huerta

    «La indiferencia es una forma de pereza y la pereza es uno de los síntomas del desamor. Nadie es haragán con lo que ama».

    En 1975, Jack Nicholson sorprendió a propios y extraños con su nueva película. Atrapado sin salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest), basada en la novela homónima de Ken Kesey, llenó las butacas de los cines mexicanos; Querétaro no fue la excepción. Los nuevos y modernos Cinemas Gemelos de Zaragoza y los Cinemas Las Américas mantuvieron la cinta en cartelera durante semanas intercaladas, y en los extintos festivales de PECIME nunca faltaba. Con el tiempo, y de forma extraña, esos festivales desaparecieron.

    Por otra parte, los cines Alameda, Reforma, Premier 70 y Teatro Plaza dejaron de ser las únicas opciones para ver cine —con todo y su “permanencia voluntaria”—. En otro orden de ideas, la cereza en el pastel del cine mexicano llegaría en el sexenio de López Portillo con el boom del cine de ficheras; en contraste, en el sexenio anterior se había impulsado el cine de argumento, más reflexivo y plausible.

    Randle Patrick McMurphy es el personaje central que Jack Nicholson se encarga de volver sobresaliente. El director y los productores le otorgaron total libertad en los diálogos y en la actuación. Según sus biógrafos, Jack era realmente él mismo: no estaba actuando. La actriz Louise Fletcher dio vida a la siniestra enfermera Ratched, y con ello ambos protagonistas volvieron histórica la película. No sabemos cuánto se apropió Fletcher de su personaje, pero no hay duda de su magnífica actuación, marcada por un trastorno de identidad cubierto de misterios, algo muy común en la vida real entre gerentes o jefes de área en los centros laborales. He preferido no llamarlos de otra manera.

    Durante dos horas y trece minutos, los amantes del séptimo arte se mantuvieron expectantes en sus butacas. R. P. McMurphy era un tipo antisocial y peligroso, con el cual había que estar atento a cada gesto y cada interacción, sobre todo al enfrentar la autoridad de la enfermera Ratched, con su mirada malévola y analítica, su mente misteriosa e impenetrable.

    Justo después de que la Academia otorgara cinco premios Oscar al filme galardonado, en marzo de 1976 vimos en cartelera Atrapado sin salida. En la ceremonia, cuando Nicholson subió a recibir la codiciada estatuilla y, siguiendo el protocolo, se dirigió a los asistentes, hizo gala de su habitual sarcasmo al decir:

    «Con este premio me convenzo de que los jueces de Hollywood están tan locos como yo».

    Los aplausos y las risas fueron inevitables entre los invitados, actores, productores y prensa. Durante años, la entrega de los Oscars fue una tradición anual que Televisa transmitía el tercer lunes de marzo, por la señal de XHGC Canal 5 a las nueve de la noche, con conductores expertos en inglés y en cine, cuando la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood aún tenía mucho que premiar. Hoy las cosas son distintas: a Televisa hace años que dejó de interesarle tener los derechos de transmisión de una ceremonia cada vez más comercial y devaluada. La alfombra roja, más frívola que nunca.

    R. P. McMurphy es un inadaptado social que rompe con los esquemas que el mercado capitalista impone en sus códigos no escritos. En los regímenes comunistas, las cosas no eran muy diferentes: la «dictadura del proletariado» no era más que una quimera que el sistema vendía. En ambos casos, la clase trabajadora debía sujetarse a su condición esclava. Pero McMurphy no estaba dispuesto a seguirles el juego: prefería estar en un manicomio que en un centro de trabajo cumpliendo el rol de «persona útil» para la sociedad.

    En la novela clásica de Gustave Flaubert, Madame Bovary, el señor Homais es el personaje que triunfa sin que nadie le refute sus ideas. El origen de esa falta de respuestas radica en la ausencia de palabras adecuadas para rebatirlo. En Atrapado sin salida vemos un caso similar: ante la falta de argumentos convincentes para contradecir a McMurphy, el doctor John Spivey (Dean Brooks), director del hospital psiquiátrico, no tiene otra opción que integrarlo al resto de los pacientes. Las evidencias de los delitos de su nuevo interno son incuestionables, y el doctor no está dispuesto a ocupar su tiempo en conocer los problemas internos de McMurphy.

    El diario de un loco es un texto del novelista ucraniano Nikolái Gógol, escrito en 1835. En los años ochenta, el actor mexicano Carlos Ancira lo llevó al teatro en formato de monólogo, con gran éxito y una gira por todo el país. La trama gira en torno a Leonardo Ivanovich, un burócrata que vive una monotonía autodestructiva y escribe en su diario lo que percibe de sí mismo, de sus compañeros, amigos y familia. Poco a poco, Ivanovich desciende a la locura.

    ¿Pero cuáles eran sus argumentos para estar al borde del abismo existencial? Nada fuera de lo común: simplemente quería ser feliz. Para su mala fortuna, y pese a sus intentos por ser aceptado, solo encontró rechazo y segregación. Igual que McMurphy, Ivanovich es un rebelde que defiende su derecho a ser libre; pero cuando el destino los alcanza, su final no es feliz. Nunca lo es.

    Mientras Atrapado sin salida se filmaba, el establishment estadounidense sufrió una sacudida no vista desde la muerte de JFK. Esta vez, la noticia que atrajo la atención mundial fue la renuncia de Richard Nixon a la presidencia. Por horas, Estados Unidos se quedó sin autoridad, y el caso Watergate tomó nuevas direcciones. A esto se sumó la inminente derrota en Vietnam: la sociedad norteamericana se hundía en el bache del sinsentido. McMurphy era, precisamente, el arquetipo del ciudadano estadounidense viviendo en ese socavón social.

  • Rags y Paul pierden en el amor

    Rags y Paul pierden en el amor

    Por Raúl Álvarez Huerta / Rock and Raul
    A la memoria de Ace Frehley

    Hard Luck Woman (Mujer de mala suerte) es un rolón de Kiss, la súper banda de hard rock de Nueva York. En 1976, su compañía discográfica la editó en LP y sencillo de 45 rpm; y para 1980 seguía vigente, sonando actual en las mentes de los adolescentes ochenteros que se complacían escuchándola por las noches en Canal 98. Algunos presumían el póster gigante en su recámara compartida con los hermanos.

    Gene Simmons en el bajo, Paul Stanley en la guitarra, Ace Frehley en la guitarra eléctrica y Peter Criss en la batería fueron, en los años setenta, el grupo del beso del rock: una banda cubierta de fama descomunal y de escándalos que las revistas de espectáculos en México se encargaban de difundir y mediatizar, con la intención de hacerlos ver más malos de lo que realmente eran.

    La parafernalia y la estética decorativa fueron moneda de cambio que les redituó millones de billetes verdes. El fenómeno mediático daba para muchas cosas en nuestro país. En la parte final de los setenta, a veces daban la impresión de vender más pósters y revistas —como Sonido— dedicadas a difundir su imagen maquillada y vampiresca, que su música o, en su defecto, sus discos. Verlos en vivo era un sueño.

    Entre los niños de la primaria Nezahualcóyotl, en la colonia Lomas de Casa Blanca, Gene, Paul, Peter y Ace fueron ídolos absolutos. Los seguíamos en un panfleto de revista de manufactura nacional que se encontraba en los puestos de periódicos, con el grotesco título de Simón simonazo. ¡Vaya calamidad para la literatura mexicana! El cómic fue un verdadero cañonazo de ventas entre 1978 y 1979. Era auténtica basura, contrario a las creaciones de la historietista Yolanda Vargas Dulché, con Lágrimas, risas y amor y Memín Pinguín (cuyo apellido pronunciaremos «Pingüín» de manera persistete): verdaderos trabajos literarios que representaron un legado cultural y marcaron época en los setenta. No era la constante, pero si los niños leían Simón simonazo, sus progenitores compraban Alarma, revista semanal que escurría sangre cada domingo.

    Con el Unplugged de Kiss en 1995, Hard Luck Woman fue elevada al olimpo de los dioses del rock y del beso. Paul Stanley da cátedra de cómo se toca la guitarra acústica; Ace Frehley, en la eléctrica, hace lo propio y lo hace con maestría; Gene Simmons, con el bajo acústico, y Peter Criss, desde la batería, no dejan lugar a dudas de su talento artístico. Si alguna vez la prensa mexicana los tildó de rockeros maquillados que se apoyaban en la tecnología para ocultar sus deficiencias musicales, con el Unplugged noventero todas esas críticas debieron haberse disipado.

    Hard Luck Woman es una bella canción dedicada a una dama cuya «mala suerte» no es precisamente la que uno imagina al instante. En realidad, es una rola que encumbra la figura femenina, personificada en una chica que merece un mejor partido como pareja, un hombre que la valore. No una relación efímera que se resuma en un «hola», ni un «hubiera» que suene a lo que no pudo ser. Un inevitable «adiós» donde los abrazos deben durar por siempre, porque simple y llanamente Rags lo merece. No tanto por ser la hija del marinero o de cualquier otro padre trabajador con un honorable oficio: Rags es el beso anhelado por muchos.

    Rags no es, en realidad, una mujer con mala suerte. Es, más bien, la chica que está en posición de pedir algo mejor que lo que Paul Stanley le pudo ofrecer. Aunque Paul tiene la virtud de llevarla con arte ante los dioses del amor, mostrándola como la dama que nunca será «una mujer de mala suerte», el momento del adiós llega. Él le pide un beso —algo que cualquier hombre pediría— para sellar la despedida, un beso acompañado de un abrazo y de lágrimas sinceras. Paul la ama y le desea lo mejor, sabiendo que nunca la olvidará, como suele suceder con el primer amor. Rags es una reina orgullosa de sus atributos físicos y nobles sentimientos. Es la nena que lo merece todo. La dama que solo espera que un hombre la ame y no la clasifique.

    Sucede en la vida real, sucede con frecuencia cuando se anda por los caminos del amor. Es el misterio envolvente de una relación hombre-mujer, donde alguno de los dos —en este caso, y según quien escribe—, los errores se los achacamos al macho. La óptica cotidiana nos hace ver cosas que no son, o detalles en ella que no deberíamos enfatizar, sino aprender a convivir con ellos, con ella, en pareja; dejar que el río del amor fluya.

    En el lenguaje corporal, dos seres se atraen. Él es seducido por la desnudez de Venus, donde los abrazos y los besos los transportan a la dimensión desconocida del amor idealizado, el amor por fin encontrado. Las sensaciones de la unión física son gloriosas, y ninguno de los dos quiere privarse de ese placer terrenal. Pero, para mala suerte de ella, él comienza a caer en razonamientos innecesarios y sobrados. Rags solo quería que Paul viera en ella lo más hermoso que podía ofrecerle; pero los ojos de la razón de Paul están por encima de los ojos del corazón, que eran los que ella realmente deseaba. Él no quiere perder el equilibrio entre la razón y el amor, y eso lo lleva a perder a Rags.

    En conclusión, él acepta que vive con prejuicios que ninguna mujer está en posición de aceptar, y Rags tiene que dejar ir el beso más famoso del rock con un adiós.

  • Aquí no es así

    Aquí no es así

    Por Raúl Álvarez Huerta / Rock & Raul

    El nervio del volcán fue el trabajo discográfico cumbre de Caifanes, la banda de rock liderada por Saúl Hernández en la voz principal, guitarra rítmica y letrista del grupo. Lo acompañaban Alfonso André en las percusiones (Sabo Romo y Diego Herrera habían dejado la banda antes de la creación del disco), Federico Fong en el bajo principal (Stuart Hamm colaboró con el bajo fretless en «Quisiera ser alcohol») y Alejandro Marcovich en la guitarra líder, eléctrica y acústica.
    De este último disco de Caifanes se desprende «Aquí no es así», la rola que hoy nos ocupa, donde Cecilia Toussaint acompaña con los coros de manera magistral y mística. Sobresalen la guitarra de Marcovich y los tambores de André.

    «Aquí no es así» es una canción bien elaborada, con matices que la hacen única en su género por el contexto histórico y prehispánico en el cual fue escrita. Es, a la vez, un viaje con retorno a la llegada de los españoles al Valle de Anáhuac. La canción está cubierta de metáforas y glosas que la convierten, por su propia virtud, en un legado musical que data de 1994: el paradójico año que fue crucial para los mexicanos por razones sociales y políticas, el año en que los naturales del país habían vuelto a ser tema.

    El fraseo de la rola provoca que los escuchas —y no necesariamente los fans de Caifanes o Jaguares— vuelvan a oírla una y otra vez. «Aquí no es así» es la visión antropológica de Saúl Hernández justo cuando Caifanes era la banda mexicana que gran parte de Latinoamérica veneraba: el sueño de Simón Bolívar unido por una banda de rock. Eran los años noventa, y desde Tijuana, Baja California —donde comienza la patria— hasta la Patagonia y la Tierra del Fuego, el disco compacto El nervio del volcán era idolatrado como se merece en el mundo hispánico y allende sus fronteras.

    «Aquí no es así» nos invita a leer la historia de México en su origen prehispánico, teniendo como referentes tres extraordinarios textos: La conquista de México de Hugh Thomas; Hernán Cortés (Inventor de México) de Juan Miralles; y Hernán Cortés de José Luis Martínez.
    De los libros citados, es obligado remontarnos a la llegada del conquistador español venido de Extremadura, cuando comienza su largo peregrinar hacia la tierra prometida: el camino a la Gran Tenochtitlan.

    Vienes caminando y no sabes tu destino, conquistando sueños sueñas llegar a ser deidad.

    Un hidalgo de Medellín en lugares extraños. Sus aliados —los enemigos del tributo azteca-mexica— son sus mejores amigos y enemigos de Moctezuma II.

    Sigues caminando sobre viejos territorios, ignorando fuerzas que jamás entenderás.

    Pero Hernán Cortés es un guerrero medieval en cabalgadura ecuestre, iconoclasta de tradiciones ancestrales. Mucho antes de llegar a la calzada de Iztapalapa, él lo sabe, lo intuye, cuando en Cozumel destruye un templo sagrado de los mayas:

    Ignorando sagrados ritos, pisoteando sabios templos de amor espiritual.

    La mítica fecha del 8 de noviembre de 1519 parece ser el referente final de la rola caifanesca:

    Vienes caminando y no sabes tu destino, conquistando sueños sueñas llegar a ser deidad.

    Para Moctezuma, él es… él es Quetzalcóatl.

    En el Templo Mayor y tratado como un distinguido huésped, Hernán Cortés contempla la capital azteca soñando que esa ciudad será suya. Sin embargo, las creencias de sus anfitriones lo tienen desconcertado.

    Sigues caminando sobre viejos territorios, ignorando fuerzas que jamás entenderás.

    Ha viajado miles de kilómetros deseoso de mandarle misivas al rey Carlos V informándole de sus logros y conquistas en sus Cartas de relación. Lo que menos le interesa es la opinión de los habitantes de una ciudad construida sobre el lago de Texcoco. España está muy lejos y puede tomar la decisión que mejor le plazca. Antes había desafiado el poder del gobernador de Cuba, Diego Velázquez, y quemado sus naves. Malinali, su mejor compañera.

    El pacto de bienvenida no puede ser eterno. Hernán Cortés tiene enemigos entre sus soldados, pero cuenta con los tlaxcaltecas de su lado. La guerra es ineludible, el tiempo apremia…

    Y vienes desde allá donde no sale el sol, donde no hay calor, donde la sangre nunca se sacrificó por un amor.

    Pero aquí no es así.

    El Tzompantli no parece causarle temor y sigue conociendo la ciudad azteca.

    Sigues caminando, ignorando sagrados ritos, pisoteando sabios templos de amor espiritual.

    Por la noche, el Popocatépetl observa silencioso. Los tambores comienzan a sonar en la oscuridad. La guerra es inminente. Dos años después cae la Gran Tenochtitlan.

    Larga vida sigue velando el sueño de un volcán; para un alma en pena, cada piedra es un altar.

    En 1978 ocurre el fortuito hallazgo de Coyolxauhqui: viene el redescubrimiento.

    «Aquí no es así» es un canto —en una voz que hoy parece extinguirse— lleno de paráfrasis de fácil entendimiento, sin relieves que señalen a Saúl como un resentido histórico contra Hernán Cortés. La rola conlleva varias interpretaciones en el mejor de los sentidos. En su rítmica composición no encontramos elogios al conquistador ni nada que se le parezca; hallamos, más bien, palabras que buscan explicar su valor histórico.

    Alguna vez Octavio Paz —mi prócer— escribió:

    Apenas deje Cortés de ser un mito ahistórico y se convierta en lo que es realmente —un personaje histórico—, los mexicanos podrán verse a sí mismos con una mirada más clara, más generosa, más serena.

  • More than this

    More than this

    Por Raúl Álvarez Huerta, Rock and Raúl

    Si pudiera dejar de pensar, aunque me quede, aunque me acurruque en silencio en un rincón, no me olvidaré. Estaré allí, pesaré sobre el piso. Soy, soy, existo, pienso luego existo; soy porque pienso. ¿Por qué pienso? No quiero pensar, soy porque pienso que no quiero ser, pienso que… ¿por qué?
    —Jean Paul Sartre, La náusea

    Roxy Music es una banda londinense que, en su mejor momento, estuvo integrada por Bryan Ferry (piano), Brian Eno (sintetizador), Phil Manzanera (guitarra), Andy Mackay (saxofón), Paul Thompson (batería), Paul Carrack (teclado), Graham Simpson (bajo eléctrico), Eddie Jobson (violín), John Wetton (bajo eléctrico), Gary Tibbs (bajo eléctrico), John Gustafson (bajo eléctrico) y Andy Newmark (batería).

    Roxy Music representa ese tipo de rock-pop que sedujo a dos generaciones ansiosas de escuchar sonidos distintos a los de las edulcoradas bandas británicas, que ya habían entregado lo mejor de sus amplios repertorios a millones de seguidores de los vinilos, vinilos que para entonces ya mostraban el desgaste del tiempo. Para quienes fueron jóvenes en los años sesenta, la vida comenzaba a pasar factura: el hipismo había muerto y los Fab Four (léase The Beatles) debían enfrentar su propia mortalidad en solitario. En una entrevista para la revista Playboy en noviembre de 1980, John Lennon prácticamente sentenció: «Los Beatles ya habían dado lo mejor y no había más que agregar». Quizá tenía razón: a mediados de los setenta, Queen era amo y señor de los escenarios del rock, y cada LP suyo dejaba un legado imborrable.

    En 1986, Bryan Ferry, vocalista de Roxy Music, trabajó en el soundtrack de la película Nueve semanas y media, protagonizada por Kim Basinger. Slave to love fue la canción que aportó el toque necesario que un productor de cine como Jack Nitzsche requería para trascender en sus plausibles trabajos.

    En 1982, More than this llegó al cuadrante radiofónico de Stereorey FM 92.5 (lo que después sería MVS Radio) en el entonces Distrito Federal. Anecdótico era escucharla de noche, caminando por la Zona Rosa o Insurgentes Sur, buscando un lugar de esparcimiento en un sabadito, al estilo de Chava Flores, sin miedo a la diversión.

    “Pude sentir en ese momento, no había forma de saber, hojas caídas en la noche… ¿Quién puede decir dónde están soplando? Tan libre como el viento, ojalá aprendiendo… ¿Por qué el mar en la marea? No tiene forma de girar.”

    La canción habla de alguien que, pese a lo que sucede a su alrededor, prefiere mantenerse al margen: un autista social que ya no está dispuesto a arriesgar más de lo necesario. Antes lo había arriesgado todo, con optimismo total; ahora prefiere no volver a cruzar el río por temor a naufragar en aguas turbulentas y desconocidas. Un sujeto atípico en una década de protagonismo social espontáneo entre los habitantes de la Ciudad de México, cuando, pese a las crisis económicas, socializar en 1982 seguía siendo una regla no escrita en todas las clases sociales del DF.

    “Más que esto, sabes que no hay nada. Más que esto, dime una cosa. Más que esto, oh, no hay nada. Fue divertido por un tiempo, no había forma de saber. Como un sueño en la noche, ¿quién puede decir a dónde vamos? Más que esto, sabes que no hay nada, más que esto, dime una cosa, más que esto, no, no hay nada.”

    «Decidirse es renunciar» es una frase de Luis García Postigo que asocio inevitablemente con More than this. La vida nos obliga a tomar decisiones que marcan el rumbo en las encrucijadas del destino, elecciones que determinan nuestro futuro. «Decidirse es renunciar» bien podría ser la paráfrasis de la canción de Roxy Music.

    More than this nos traslada, sin proponérselo, a tiempos pretéritos que resurgen en nuestra memoria como un playback nostálgico de aquel lejano 1982. Para las generaciones del siglo XXI, suena a un tiempo remoto con el que no sienten identificación; reacción natural que se repite de generación en generación. En 2050 pasará lo mismo: quizá More than this y Roxy Music ya no estén en el imaginario de quienes vivan entonces. Pero hoy, la canción sigue siendo una de las más bellas piezas pop de la época.

    La canción ha pasado la prueba del tiempo y se convirtió en referente para músicos que buscan acordes e inspiraciones propias. En su momento, Roxy Music marcó un parteaguas: ¿hacia dónde iba el rock-pop? La pregunta no era nueva, pero seguía siendo pertinente al inicio de los años ochenta, cuando surgían talentos deseosos de alcanzar el nivel de las grandes estrellas.

    More than this es, en muchos sentidos, un nihilismo ochentero en medio de la incertidumbre de la Guerra Fría: un existencialismo atravesado por la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial, esta vez definida por la bomba atómica. En la práctica, la Guerra Fría impidió que estallara una guerra «caliente» en los ochenta, y por fortuna, todos esos años fueron, precisamente, más que eso…

  • La guaracha sabrosona

    La guaracha sabrosona

    Por Raúl Álvarez Huerta

    La vida es un fracaso que vale la pena vivir y repetir… [y bailar].

    Un mundo globalizado y dominado por el fetichismo del consumo se hace pedazos en las redes sociales, mientras las islas sociales y marginales necesitadas de diversión se reinventan y trascienden entre la gente (su gente) de las zonas populares los fines de semana. Sábado Distrito Federal dixit Chava Flores. Entre semana, cada quien puede seguir viviendo su vida privada como la vivía antes y como le gustaría seguir viviéndola. El mañana no se sabe.

    En contraste, la música bailable es una actitud firme, llena de urbano-historias que bien existen, y cuyos actores no están en posición de retirarse a un mundo cada vez más impersonal. Son inercias sociales que no complacen a los dueños de las conciencias colectivas, quienes quisieran ver a todos homogenizados en una masa uniforme de un solo gusto, repetido todos los días en la sufridora pantalla de cristal. Por fortuna, no todo está perdido: «La guaracha sabrosona» es un buen pretexto para sustraerse de la monotonía de todos los días.

    Dentro de la cultura popular de las ondas bailables es común escuchar a los autores o cantantes de rolas pegajosas y bullangueras aludir a la alegría de vivir, a la propia identificación con el lugar de origen, sin dejar de bailar. En ese tenor, Colombia y México van de la mano y, juntos y felices, han dado un valor social que se ve y se vive en los barrios, colonias y zonas marginales de ambos países. Sea el vallenato o la cumbia, los grupos y solistas del país cafetalero y de nuestra patria van y vienen por las principales ciudades de estas dos naciones hermanas.

    En la alcaldía Gustavo A. Madero, Alberto Pedraza —el monarca de la cumbia callejera— y su grupo Ritmo y Sabor le dieron al pueblo de Peñón de los Baños el justo reconocimiento de la onda sonidera con «La guaracha sabrosona» en la CDMX, y de ahí para todo el país. Ya en el pueblo de San Juan de Aragón, el creador de La cumbia callejera trajo a México la cumbia colombiana, dando origen a la cumbia chilanga. A la fecha, La guaracha sabrosona no pierde su encanto y sigue fiel a su origen: fue dedicada, o en todo caso es un homenaje, a Celia Cruz, para quien la vida es un carnaval… «Todo aquel que piense que la vida es desigual tiene que saber que no es así, que la vida es una hermosura, hay que vivirla».

    En la crónica urbana, igual que en los barrios y colonias populares de la CDMX —y desde que era el Distrito Federal—, los bailes sonideros son una costumbre de fuerte arraigo que da identidad a millones de chilangos que disfrutan del bailongo en cualquier escenario que surja un fin de semana. Esta costumbre se prolonga hasta las colonias limítrofes con el Estado de México, donde municipios como Ecatepec, Tlalnepantla y Ciudad Nezahualcóyotl se unen para bailar «La guaracha sabrosona».

    Alberto Pedraza es el juglar de la onda sonidera, parte ya del paisaje urbano con sabor a cumbia. Forma, además, parte de un collage imaginario de artistas de música popular donde podemos ver a Selena y su Tex Mex, a El Gran Silencio con su «Chuntaro Style», a Celso Piña y su «Cumbia sobre el río», a Carlos Vives con «La gota fría», a Rigo Tovar con Matamoros querido, a La Tropa Vallenata con «Los caminos de la vida», y de la Delegación Josefa Vergara y Hernández, «Lomas, Lomas» de Kike Maracas con su Conjunto La Luz Roja. En los años setenta hicieron popular esa canción en una colonia que apenas comenzaba un crecimiento exponencial, dando lugar a una identidad muy necesitada. Con «Lomas, Lomas», Kike Maracas lo logró: en menos de tres minutos definió el cariño que le tenía a la colonia que lo vio cantar.

    Cantando y bailando, «La guaracha sabrosona» de Alberto Pedraza llegó para quedarse en el inventario popular de las masas adeptas al ambiente sonidero de la CDMX. De paso, el autor y cantante de San Juan de Aragón se integra al imaginario disco de éxitos obligados en las tocadas bailadoras de Colombia y México.

  • Preludio

    Preludio

    Por Raúl Álvarez Huerta

    Querétaro y sus múltiples terrazas bien podrían ser una locación ideal para retratar un preludio de actores espontáneos y residentes de esta ciudad, notados de manera incógnita o, en su defecto, con el ánimo de no ser vistos, cuando el amor es un acto de dos seres terrenales ávidos de protagonizar el anuncio de algo personal. Lugares idóneos para esos encuentros hay varios en esta parte de la República mexicana. Santiago de Querétaro no es la excepción.

    La terraza del bar del hotel boutique Azpeytia; el mirador del barrio de la Cruz a un lado de la Rotonda de Queretanos Ilustres; el bar panorámico del hotel Holiday Inn Diamante; la terraza de la suite del hotel boutique La Casa de la Marquesa; la Plaza Náutica de Juriquilla; la terraza del edificio Corporativo Blanco en prolongación Tecnológico; y el mirador del fraccionamiento Loma Dorada, junto con algunas de sus calles adyacentes, son sólo algunos de esos lugares que el director Eduardo Lucatero podría considerar en un futuro, pensando en su capacidad de elaborar este tipo de guiones en Querétaro.

    Preludio (2010) es una película de manufactura nacional que, sin mayores aspavientos, resultó ser una realización con matices y relieves que se salen de lo convencional y lo comercial. Es el tipo de cortometrajes que suceden —o suelen suceder— en la terraza de un edificio de departamentos en la Ciudad de México, más específicamente en el sur; concretamente en la alcaldía Benito Juárez, no muy lejos del World Trade Center e Insurgentes Sur.

    Ana Serradilla y Luis Arrieta, junto con Tiaré Scanda, bajo la dirección de Eduardo Lucatero —el mismo director que llevó a la pantalla grande Corazón marchito (2007), película en la que también actúa Ana Serradilla con Mauricio Ochmann—. La misma actriz que participó en Todo incluido (2008), con Jesús Ochoa y Martha Higareda. Ana es también la protagonista de Cansada de besar sapos (2005) y de la versión mexicana de La boda de mi mejor amigo (2009), refrito del film donde Julia Roberts es la protagonista (La boda de mi mejor amigo de 1997).

    Preludio es una peli de encuentros y desencuentros que pasan a diario en la pretenciosa clase media de la capital del país. Son los actores que, en la vida real, es muy fácil encontrar comiendo o de compras en la Condesa, la Roma, Polanco o por San Ángel, en la plaza San Jacinto. Ella es chef y no termina de resolver su vida familiar con su hermana Cecilia, que vive necesitada de todo tipo de halagos solo por haber asumido un rol social que nadie le obligó a tomar: la típica integrante de una familia disfuncional mexicana que, por exorcizar sus demonios internos, se siente la patriarca del clan. Cecilia y su amiga Mariana se creen el pluscuamperfecto de todo lo que les acontece. Ella no les compra ese papel.

    Él es un aspirante a rockstar, pero no desdeña vivir el momento, aunque debe clausurar su pasado y darle vuelta a la página. Ella, aun realizada como chef, no deja de arrastrar un pasado marcado por viejos sucesos, mientras su hermana insiste en reclamarle una supuesta actitud no condescendiente desde la adolescencia. Él no deja de soñar con ser famoso algún día.

    Mientras tanto, la terraza es un buen lugar para entablar una charla interesante que no raya en lo irrelevante gracias a los argumentos expuestos. El director logra atrapar a los cinéfilos ávidos de ver cine distinto a lo que TV Azteca y Televisa programan sábado a sábado. Difícil creer que estos medios no tengan algo mejor que ofrecer que sus insípidas películas. Preludio no aspira a un Oscar ni compite con los criterios ortodoxos de Hollywood y sus millones de dólares. Sin embargo, fue a Europa y en los círculos culturales del viejo continente logró algunos reconocimientos —tema que los noticiarios mexicanos omitieron, junto con sus programas matutinos insípidos.

    Insólito que Televisa siga reprogramando sus series lacrimógenas de los ochenta, o que TV Azteca siga haciendo de la chismografía su mayor fuente de ingresos, secundada por Imagen Televisión con sus reality shows igualmente ridículos. Todo un reflejo de su propia pobreza cultural y de un voyerismo barato que, increíblemente, genera millones para los magnates, quienes poco hacen por mejorar este país. La cultura importa a pocos. Preludio muestra que no se necesita mucho presupuesto ni tecnología para lograr una peli que, al menos, ofrezca un entretenimiento más digno que lo que todas las tardes y noches difunde la televisión mexicana.

    Qué más da… seguiremos apagando el televisor para ir a YouTube a buscar una peli mexicana, sin costo y sin comerciales. El nuevo cine nacional entretiene y regala hora y media de esparcimiento. Preludio es un buen pretexto: ella y él en una historia donde la química flota cerca, en diálogos y sobre todo en un lenguaje corporal que dice mucho más que las palabras. Entre ellos hay algo más que química.

    Ana Serradilla se ha consolidado en este tipo de cine, y lo hace bien. Preludio nos muestra que para que surja la magia de la alquimia del amor no hace falta viajar a paraísos prefabricados en playas mexicanas o islas griegas que la mercadotecnia vende como sueños inalcanzables para clases pudientes, disfrazados en paquetes all inclusive o tiempos compartidos que muchas veces son fraude.

    Una terraza en cualquier ciudad es un buen lugar para construir una amistad con alguien que atraiga, distraiga y retroalimente el diálogo. Cuando todo es causal y no casual, la vida en pareja funciona mejor al decidir vivir el momento en el breve espacio compartido. La coyuntura es coincidir como vecinos de este mundo terrenal, donde el amor de independencia y de codependencia con seres seudodependientes suele estar en el aire. Esas resonancias infantiles —heridas que nunca cierran y que, en el mejor de los casos, se encapsulan por un tiempo— alimentan las partes neuróticas que hacen parecer que todo es amor. Pero cuando el amor se va, todo queda igual o peor, y él o ella se vuelven más tóxicos en sus futuras relaciones. Temas que, a fin de cuentas, logran que existan las canciones de amor… o desamor, odio, resentimiento, celos, despecho. Ser o no ser, esa es la cuestión.