Categoría: Raúl Álvarez Huerta

  • La magniciencia de Metallica magnetizó a 60 mil pudientes mortales

    La magniciencia de Metallica magnetizó a 60 mil pudientes mortales

    No necesito oír lo que dicen. La vida es para vivirla como yo quiera…
    Metallica

    El sábado 6 de junio de 2009 fue la noche de la presentación del disco Death Magnetic. Cuatro mesías del heavy metal entraron por el poniente a la Gran Tenochtitlán, ciudad creada entre lagos y luego asentada sobre las mismísimas ruinas del orbe que asombró a los conquistadores y dio origen a una nueva raza.

    En el escenario del thrash, cuatro forasteros de Los Ángeles: James Hetfield (voz y guitarra), Lars Ulrich (batería), Kirk Hammett (guitarra líder) y Robert Trujillo (bajo). El thrash metal surgió a principios de los ochenta bajo la influencia del hardcore punk y la new wave of British heavy metal. Género del cual llevan el estandarte cuatro poderosas bandas: Megadeth, Slayer, Anthrax y, por supuesto, Metallica. Junto a ellos, tres pilares alemanes: Destruction, Sodom y Kreator.

    El thrash metal está de nuevo ante nosotros, y viviremos la metalmanía por dos horas. 60 mil luciérnagas encendidas, listas para una noche sin cielo azul ni negro, más bien gris smog pinchón, sin estrellas, pero con luna. La parafernalia de rigor: black. El setlist se espera ansiosamente; cada fan, en su ególatra individualismo, pide —a gritos o en silencio— que Metallica toque su rola preferida.

    Distrito Federal, sábado. Big city de contrastes, que vive su Apocalipsis por la carencia de agua. Ciudad chingona de luces y sombras, de riqueza y pobreza extrema, capital ecléctica, clasista, elitista, y por excelencia blanco del ácido antichilango en los estados del país. Metrópoli de banda colmada de entusiasmo, que se distribuye a lo largo y ancho de sus 16 alcaldías.

    La noche cae tras los grupos teloneros. OCESA, para parecer democrática, pone uno nacional y otro extranjero. Ambos cumplen su cometido: encender a la banda. Miles de celulares y encendedores brillan, apagados los reflectores, como estrellas de una bóveda celeste imaginaria que cubre el enorme Foro Sol en un gesto de bienvenida al grupo estrella de la noche.

    Metallica aparece en escena. Aquí están, one more time, para felicidad de la banda rockera integrada ya a las reglas sociales que ésta exige. Vatos-banda que ya no son joven-banda, sino jurásica banda que vive de recuerdos que sólo a ellos importan. Pero hoy, todos coinciden en un presente colectivo, en rolas llenas de emociones que se disfrutan desde la zona más alta de este foro beisbolero —donde vibra más la banda y donde mejor se corean las canciones.

    La primera: “Creeping Death” del disco Ride the Lightning. Le siguen “For Whom the Bell Tolls” y “Ride the Lightning”. Después, “Disposable Heroes” (Master of Puppets) y la explosión total con los acordes de “One” (…And Justice for All).

    El espectáculo prosigue con “Broken, Beat & Scarred” (Death Magnetic), seguida por “The Memory Remains” (Reload), rolototota que provoca un coro espléndido de miles de gargantas. Luego “Sad But True” y, tras dos temas del nuevo disco, otro clímax: “Master of Puppets”. El concierto avanza sin detenerse, con emisores y receptores acelerados en perfecta sintonía.

    Los cardiólogos dicen que la arritmia es un corazón que late apresurado, como motor en carrera. Con Metallica, esa arritmia es placentera: cada final de rola es oxígeno para la sangre, combustible para vivir en paz y armonía. Los galenos hablan de intervalos QT, de balances de sodio y potasio; los metaleros, de amplificadores, bocinas, guitarras, bajo y bataca.

    El máximo punto de ebullición en esta tierra de volcanes llega —como era de esperarse— con “Nothing Else Matters” y “Enter Sandman”.

    Muchos de los que deliran ven al diablo o se ven en el infierno, pero hay quien asevera, de modo lúcido y convincente, tener conversaciones con Dios… Casos como éste plantean una disyuntiva: ¿delirio o puerta a otras dimensiones que ni imaginamos?
    —Ignacio Solares

    El rock magnífico juega hoy su papel: una masa uniforme unida por gusto y pasión incomparable. Identidad compartida por un instante que se saborea, se vive, se disfruta. Metallica está aquí, en vivo, con letras y música de heavy metal que alguna vez fue underground.

    La física explica que sin oxígeno no habría vida en la Tierra. En paralelo, sin oxígeno no podríamos gritar, brincar, corear y rockear en una super tocada de Metallica. La explosión de mortales que hoy se sienten vivos —los miles que pagaron un boleto nada barato— es gloriosa, gigante, única. El heavy metal está aquí. Yes.

    Una espléndida noche primaveral del no-hastío, la no-monotonía, la no-rutina, la no-depresión. Noche de atmósferas oscuras, letras intensas, sonidos avasalladores, públicos efusivos y tiempos pretéritos vueltos presentes. Los ochenta y noventa que no volverán.

    Nunca esperes ni te apalanques, la juventud es una máscara que pronto se acaba.

    Y se acabó…

    El encore final: tres rolas. Dos de los inicios de la banda angelina: “No Remorse” y “Seek & Destroy”. Nos dicen que ha sido todo. Metallica se va… para volver, no sabemos cuándo.

    La vida es un instante, un instante es la vida.
    —Antonio Porchia

    Fotos de Jeff Yeager.

  • «La mecánica nacional» de «Qué nos pasa»

    «La mecánica nacional» de «Qué nos pasa»

    Dedicado a Héctor Suarez, el camarada Tirantes.

    Mecánica nacional fue la película que se estrenó en 1972 y que, en la praxis popular de nuestra idiosincrasia, mantiene vigente su temática. La formulación de hipótesis sobre ello le corresponde a los especialistas en antropología y ciencias políticas. Gregorio es el personaje que Héctor Suárez interpreta de manera inmejorable. El actor, a lo largo de su exitosa carrera, tuvo el talento innato para adentrarse en la psique de sus personajes; él no «actuaba» lo que representaba, sino que le daba vida, le daba alma. Antes que nada, el señor Suárez era un mexicano convencido de su labor y compromiso consigo mismo y con los habitantes de este país. La comicidad fue su vínculo con la sociedad, la risa…

    Lagunilla mi barrio, llevada a la pantalla grande en 1980, representó la aproximación de una realidad plasmada en el celuloide que conmovió a miles de cinéfilos, y más aún, a una incontable cantidad de mexicanos que vivían en el otrora Distrito Federal. El estreno de la película en los barrios y colonias de la ciudad de México fue una prolongación de la vida real de las personas que se identificaron con su reparto.

    El mil usos vino a consolidar la carrera artística de Héctor Suárez. Su estreno fue espectacular; la clase trabajadora de México no concebía dejar de verla. La película mostraba una provincia mexicana tan preconcebida como lo estaba la vida de los habitantes de la capital y su zona conurbada. En ese año, el Distrito Federal ya no quería más migración; sin embargo, a diario llegaban a la megápolis miles de personas dispuestas a iniciar una nueva vida, al costo que fuera. El smog ya era un problema grave, tanto como la inmovilidad social, pese a contar con el Sistema de Transporte Colectivo Metro. Los chilangos se multiplicaban como peces en el agua y no había forma de controlar —o siquiera moderar— la migración al centro político del país.

    ¿Qué nos pasa? sorprendió a propios y extraños en 1986, alcanzando pronto los niveles de audiencia esperados. “El Tigre” Emilio Azcárraga Milmo y el productor Emilio Larrosa estaban de plácemes. Los personajes que Héctor Suárez interpretaba cada martes por la noche, con un estilo humorístico envuelto en sarcasmo “a la mexicana”, lograron altos ratings. Los anunciantes deseaban colocar sus productos en la barra de comerciales de Chapultepec 18. “El no hay” y sus ademanes se repetían en hogares y centros de trabajo; Ciriaco era objeto de burlas y motivo de comentarios en reuniones, lo mismo que Tránsito López y Tomás.

    La Cosa fue la continuación de ¿Qué nos pasa? a principios de los años noventa, coincidiendo con el cambio de Imevisión a TV Azteca. El talento de Héctor Suárez seguía intacto; su creatividad no menguó tras su salida de Televisa, pese a los rumores. La Cosa continuó divirtiendo a un sector importante del público los martes a las nueve de la noche. El actor de primer orden seguía dando vida a personajes con los que cualquiera encontraba semejanzas en su entorno social, y, siguiendo la línea de sus películas y programas, se mantenía asertivo con actuaciones plausibles y loables.

    En entrevistas posteriores —ya en el nuevo milenio y sin compromisos con las empresas para las que trabajó—, Héctor Suárez no tuvo reparo en exponer sus ideas sobre toda su trayectoria. Era natural que los entrevistadores tuvieran decenas de preguntas sobre su labor en las últimas tres décadas del siglo XX, y él no se andaba por las ramas ni evadía respuestas. El Tirantes explicó lo que siempre quiso transmitir con sus personajes: proyectar a miles de mexicanos que se reían con sus actuaciones. Su amor por México jamás estuvo en duda. Usó a la industria cinematográfica, a Televisa y a Imevisión para sus fines sociales. Muy en el fondo, habría querido ver una reacción distinta de quienes se carcajeaban con sus creaciones, pero nunca fue así; y eso, quizá, le generó cierta amargura. Héctor Suárez estaba lleno de conciencia social y habría deseado ver un México mejor antes de partir, pero tampoco fue así. La opinión que tenía de su pueblo nunca la expresó como algunos críticos habrían esperado; sin embargo, dijo «verdades» que incomodaron a muchos ciudadanos de este país… su país… nuestro país.

  • Mitomanía beatle en México

    Mitomanía beatle en México

    Perspectiva de mitos y surrealismos en torno a The Beatles. Enfoquemos la realidad documentada, no lo que muchos de los fans de los Fab Four suponen —¡y suponemos, Kimosabi!— y difunden sobre la vida pública y privada de los nativos de Liverpool, cayendo en la trampa de EMI, la compañía discográfica que fue y es la joya de la corona inglesa de las regalías. Voraz empresa que, cincuenta años después, aún no sacia su avaricia…

    Tiempos pretéritos y presentes donde muchos de sus románticos seguidores siguen viendo lo que debería ser, y no lo que realmente fue. En lógica y metodología de la ciencia, análisis es descomponer un todo en sus partes; y sistema, un conjunto de elementos interrelacionados.

    A partir de 1994, Enrique Rojas, Ricardo L. Calderón y Manuel Guerrero —la Santísima Trinidad Beatle, apelativo visto por primera vez en la revista especializada (y desaparecida) La Mosca en la Pared, dirigida por Hugo García Michel, aunque el mote, si mal no recuerdo, es de autoría del escritor Chava Rock—, se dieron a la tarea de desmentir (y desmentirnos) una inconmensurable cantidad de datos falsos que muchos nos encargamos —pretensiosa e involuntariamente— de difundir, creyéndonos poseedores de «verdades» leídas en publicaciones como Conecte (dirigida por José Luis Pluma) o Sonido, de igual o menor trascendencia.

    En nuestra ciudad, la estación de radio Canal 98 repetía con total seguridad otros mitos y falsedades. A José Luis Pluma le incomodaba sobremanera que lo cuestionaran sobre estos temas.

    En la década de los ochenta, en QueretaRock, Radio UAQ y el programa Antologías de los Beatles, conducido por Ricardo Chapa Quintanilla, pusieron fin al ciclo de La hora de los Beatles en Canal 98, hora que los locutores ocupaban en cataratas de comerciales, saludos y comentarios insulsos… justo cuando las melodías beatle iban a la mitad. ¡Dios!

    En aquellos ayeres, muchos radioescuchas carecíamos de recursos para comprar los LP de The Beatles (si acaso, los singles de 45 rpm), y sólo por Canal 98 podíamos oír sus rolas. ¿Lo sabrían los conductores y dueños de esa frecuencia, o era simplemente la voluntad de poder, que nunca los acercaría a Alejandro Magno?

    El 28 de enero de 1994, Ricardo L. Calderón edita el primer número de su revista Los Beatles Seguimos Juntos. Ricardo y su equipo re-descubren a The Beatles para México, y entonces caímos en cuenta de la bola de disparates que los supuestos especialistas del tema decían en los setenta y ochenta, tanto en México como en otras latitudes —donde, por cierto, los argentinos, lo suyo era el tango… —.

    La revista tuvo un total de 18 números, hoy un valioso documento para los interesados en la historia y divulgación de la beatlemanía. Antes, en 1986, llegó a México un texto distribuido por Editorial Diana: La balada de John y Yoko, un trabajo plausible de la revista Rolling Stone, que, de la mano de la millonaria viuda, se encarga de llevar a Lennon al cielo con Lucy.

    En 1999, del escritor H. V. Fulpen, llegó The Beatles: Un diario ilustrado; en 1992, Diccionario de los Beatles: The Beatles de la A a la Z, de Jordi Sierra i Fabra; y en 1995, Los Beatles: Un día en la vida, de Mark Hertsgaard, formidable investigación sobre el cuarteto de Liverpool. Otros títulos, como ¡Gritad! (Shout), de Philip Norman, o Las vidas de John Lennon, de Albert Goldman, marcaron hitos, aunque generaron polémica y hasta hogueras simbólicas por parte de Yoko, Paul y no pocos fans.

    Y así, entre mitos y certezas, llegamos a la realidad: antes del 25 de noviembre de 1993 —fecha en que Paul McCartney se presentó en el recién inaugurado Foro Sol—, ningún beatle había estado oficialmente en México para un evento público masivo.

    En 1975, Ringo Starr visitó Acapulco como turista y compuso la canción con mariachi “Las Brisas”. Ese mismo año inauguró las oficinas de EMI en la Ciudad de México. En 1980 estuvo en Durango filmando El cavernícola, donde conoció a su futura esposa Barbara Bach. En 1977, George Harrison también estuvo en Acapulco, pero pasó casi inadvertido.

    Veinte años después de los conciertos de Paul, otro beatle volvió: el 13 de noviembre de 2013, Ringo llenó el Auditorio Nacional con su All Starr Band.

    El mito de que John y George visitaron a María Sabina se sostuvo por décadas, hasta que Enrique Rojas lo desmintió con fundamentos en la revista Los Beatles Seguimos Juntos. Otro mito: el parentesco de Linda Eastman con los dueños de Kodak, aclarado por Philip Norman: Linda sí era fotógrafa y llevaba ese apellido, pero no pertenecía a la familia millonaria.

    Y para cerrar: Beatle no significa escarabajo. Escarabajo se escribe beetle. Lennon, con su juego de palabras, cambió beet por beat, con referencias al jazz y a la Beat Generation. Literalmente, Beatles no tiene traducción.

    PD: El autor omite deliberadamente algunos títulos importantes de la bibliografía beatle por no haberlos leído aún, pero espera hacerlo. Material básico para cualquier fan serio de The Beatles.

    Raúl Álvarez Huerta o Rock and Raúl es cronista delegacional y apasionado narrador de la historia urbana y cultural de Querétaro. Su último libro es Memorias de un cronista urbano (Helvética, 2025).

  • Antes de que los olvides

    Los hombres excepcionales enfrentan su vida a fuerzas oscuras incapaces de soportar la luz que irradia su espíritu, y de esas fuerzas oscuras, formadas por sombras de mediocridad, hipocresía social, fanatismo, envidia y rencores, sale la mano del sempiterno descendiente de Caín que los asesina.

    —Alfonso Quiroz Cuarón, Psicoanálisis del magnicidio (1965)

    La contradicción es tan humana como la imperfección. Se puede ser material en extremo sin poder evitarlo, al igual que espiritual sin desearlo ni mediatizarlo… es una inercia social infalible con la cual deben alternar quienes llegan al estrellato. Las personas encasillamos a nuestros semejantes —y a la gente del ambiente artístico— en estereotipos, pero no hay estereotipo que valga cuando se vive constantemente en el efecto pendular de ir de un lado a otro. Nada es estático. En el mundo de la música, las cosas no son distintas: con el regreso mediático (y añorado) de Caifanes, el negocio del entretenimiento estaba de fiesta… también sus fans.

    OCESA, Ticketmaster, Televisa y Coca-Cola no desaprovecharon el momento de ser parte del show business. Los integrantes de Caifanes pueden ser espirituales y tener ideales inmutables, pero eso no significa que le rehúyan al dinero ni a la megalomanía. La banda es, en su esencia, aspaventera y vive para el aplauso; difícilmente se iban a privar de ver el Foro Sol rendido a sus pies.

    Comenzaron siendo una banda para un público que, por antonomasia, iba contra el monopolio televisivo en México. Por eso, cuando los vieron en el Canal de las Estrellas, primero con Raúl Velasco en Siempre en Domingo y luego con Verónica Castro en Aquí está, muchos se desencantaron de su grupo preferido. En los años ochenta, ser anti-Televisa era ser cool. El tradicional esquema de fabricar artistas —impulsado por Emilio Azcárraga Milmo y su comité ejecutivo conformado por Emilio Díaz Barroso, Guillermo Cañedo de la Bárcena y Miguel Alemán Velasco— generaba millones, pero resultaba chocante para la clase pensante e independiente de una nación ávida de nuevas propuestas. Sin embargo, a Caifanes el mainstream les llegó al precio… y la oportunidad de ser completamente famosos estaba a sus pies. Desde entonces, aquella banda de rock que se inició en los bares del entonces Distrito Federal se convirtió en una rockstar nacional. De México para el mundo.

    Las Insólitas Imágenes de Aurora fue el subterráneo antecedente de Caifanes. Caifanes es la historia de un final no feliz que no termina; la historia de una banda que nació fiel a sus principios anticomerciales, pero que, cuando llegó a la cima, se convirtió en iconoclasta de su propio mito. Un surrealismo mexicano que permitió a miles de fans verlos juntos durante años, y en intervalos con Jaguares, con la esperanza de volver a reunir a los miembros originales y sanar heridas internas. Es el voyeurismo por excelencia que alimenta al espectáculo, siempre hambriento de noticias sensacionalistas. Son, también, la nostalgia de un tiempo que no volverá: los años noventa fueron su época dorada.

    Con la llegada de The Rolling Stones a México, Caifanes fue elegida para abrir sus conciertos en enero de 1995, justo al concluir el año de los demonios sueltos en la política mexicana. Tras su plausible actuación, Saúl se despidió del público de sus Majestades Británicas con un: «Gracias, raza, los dejamos con la banda más grande del planeta… ».

    La creatividad brillaba en Diego Herrera, Sabo Romo, Alfonso André, Saúl Hernández y Alejandro Marcovich. Protagonistas de una historia pop masificada que nació en el underground del rock mexicano, con Rockotitlán como punto de partida. Desde allí despegaron hacia la cumbre con varios discos bien elaborados. Hispanoamérica ya los esperaba con los brazos abiertos, justo cuando irrumpía la maquinaria enajenante de «Rock en tu Idioma”. En el ámbito hispanohablante, diversas bandas alzaron la voz: Argentina con Soda Stereo, España con Héroes del Silencio y México con Caifanes a la vanguardia.

    Una nueva generación de jóvenes mexicanos —distantes de los hippies de Avándaro— estaba ávida de propuestas musicales y literarias distintas. Lejos también del rock urbano que giraba en círculos imaginarios, envuelto en tópicos de resentimiento social y anarquismo ya anacrónicos. Muchos de sus fans originales, veteranos de Avándaro, habían sido convertidos por el establishment en héroes y víctimas, sin oponer resistencia a esa narrativa impuesta desde las sombras del poder. La entonces PGR formó gruesos expedientes.

    Los poderes fácticos habían ganado la batalla contra el rock. Después de Avándaro, la herencia de Three Souls in My Mind fue condenada al ostracismo de los hoyos funky que ya había profetizado Parménides García Saldaña. Con El Tri de Alex y Chela Lora, las cosas comenzaron a cambiar.

    Caifanes vino a ser, en parte, iconoclasta del rock hecho en México que revistas como La Mosca en la Pared denostaron en varias ediciones, a diferencia de Conecte, de José Luis Pluma, y Banda Rockera, de Vladimir Hernández, que siempre apoyaron el movimiento sin condiciones. Hugo García Michel y su línea editorial representaban la postura crítica, a veces con apelativos que no reproduciremos aquí. El tema sigue abierto.

    «Demasiado bueno para ser real», dice un dicho común. Con Caifanes no fue la excepción. Tras el lanzamiento de El nervio del volcán, y su última presentación el 18 de agosto de 1995 en San Luis Potosí, anunciaron su fin. Justo en la cima. Las razones, múltiples y sensacionalistas, se resumieron en emociones, vísceras y sangre. Dos personalidades disímiles pero creativas —Saúl y Alejandro— marcaron el rumbo del pop mexicano y sacaron a relucir sus diferencias en el estudio de grabación. Los rencores afloraron.

    El introvertido Marcovich no iba a permitir que Saúl le dictara cómo hacer las cosas. Sabía lo que hacía, y comenzaban a notarse celos profesionales hacia el poder mediático del vocalista. Cada quien tiene su versión.

    Resulta irónico: cuando lograron lo que tanto soñaron, todo se vino abajo. El nervio del volcán vendía como nunca, y aún no había piratería. El legado de Caifanes quedó intacto en la memoria de sus fans. Algún día serán una banda de culto. Es una pena que los conflictos entre Marcovich y Saúl hayan dejado en el limbo a Sabo, Diego y Alfonso. Los cinco eran Caifanes, y lo serán siempre.

    En entrevista con Javier Poza, Sabo Romo expresó que nunca le agradó la llegada de Marcovich, aunque aceptó por consenso. Según él, Alejandro no aportó gran cosa, algo con lo que —quien esto escribe— no concuerda. El guitarrista argentino fue fundamental: compositor, arreglista, letrista. Su visión antropológica aportó a la banda la importancia de los ritmos del folclor mexicano y el uso de samplers. Aquí no es así lo demuestra: Saúl solo aportó la voz.

    La disolución de Caifanes refleja también aspectos de nuestra idiosincrasia. Los egos dominaron. Aunque hubo una reconciliación, las diferencias resurgieron. El vocalista y el guitarrista exponen sus argumentos, dejando al resto sin voz ni voto, lo cual rompe cualquier equilibrio.

    La primera reconciliación llegó tarde. Muchos fans ya tenían otras prioridades. La voz de Saúl ya no era la misma, tras varias operaciones de garganta. Basta escucharlo en vivo con Afuera para notar que ya no alcanza las notas altas. Aunque dijeron que su regreso no fue por dinero, los precios de los boletos dicen otra cosa. Antes, ir a un toquín era mucho más accesible.

    Querétaro (Querétarock) tampoco fue ajeno al hechizo de Caifanes. En 1988, el auditorio Josefa Ortiz de Domínguez los recibió con entusiasmo juvenil. La tecnología del recinto lucía, y el público se entregó, esperando que cerraran con La Negra Tomasa. No ocurrió, pese a las insistencias. Desde su lanzamiento, esa canción sonó en todas las fiestas ochenteras, aunque Caifanes ya tenía suficiente material como para no ser encasillado por ella.

    En marzo de 1989 se anunció la gira Rockonexión Pepsi con Rod Stewart, y Caifanes sería telonero en el Estadio Corregidora. Pero, para sorpresa general, la empresa Art Beat Music, filial de Televisa, condicionó su participación a que la banda pagara por tocar. Rechazaron dignamente y fueron reemplazados.

    Volvieron en 1994 con El nervio del volcán en la Plaza de Toros Santa María. Como Jaguares, regresaron en 1999 a una tocada cargada de nostalgia. El público pedía canciones de Caifanes. Y cuando por fin “El Vampiro” tocó el rasgueo acústico de La célula que explota, el entusiasmo fue total: «Hay veces que no tengo ganas de verte…».

    El tan esperado regreso fue en octubre de 2011, en el Estadio Municipal. Los precios, inalcanzables para la clase trabajadora, atrajeron a un público snob más preocupado por figurar que por disfrutar. La magia era otra. En marzo de 2022 tocaron de nuevo en el Josefa Ortiz de Domínguez. Los precios, una vez más, excluyeron al pueblo. ¿Para qué insistir? La clase trabajadora sigue sin acceso.

  • Sentimiento culposo

    La música y la imaginación son el poder de la mente para formar imágenes de cosas no presentes en los sentidos. La historia del pop y su música pueden ser un indicador de cómo usar la imaginación para cambiar el mundo, dejarlo como está o volverlo intrascendente. La tendencia global es hacerlo intrascendente y dejarlo como está.

    En los años abruptos del rock, cuando este se asumía por antonomasia como una música iconoclasta y juvenil, sus paladines y héroes (de vinilo) difícilmente podían caer en la incongruencia del ser. La filosofía de Heidegger —toda proporción guardada— bien podría caber en este escrito. Las acepciones están aquí.

    El origen y nacimiento del rock en esas décadas no eran precisamente un tópico que los seguidores de las bandas y solistas de ese género habrían llevado a un simposio. Las universidades públicas no estaban abiertas para eso. En México, el rock era denostado por las clases sociales y políticas, y todos cabían en el mismo saco. Ni cómo ayudarlos. Los enemigos del capitalismo y, por consecuencia, amigos del comunismo, se escuchaban obtusos en cuanto al rock. Lo siguen estando. Sin embargo, en el origen del rock estaban —y siguen estando— las respuestas que no están en el viento.

    La historia es extensa y nace en los Estados Unidos. Cuando los actores del rock estaban en los estudios de grabación, la creatividad brotaba a flor de piel, y cada año surgían nuevas propuestas y, con ellas, novedosas rolas que sus millones de fans alrededor del mundo querían tener en sus respectivas colecciones de elepés, sencillos de 45 rpm y casetes. Las voraces compañías discográficas hacían su chamba, y el rock llegaba a todos los rincones del mundo occidental, donde el fetichismo del consumo era parte de la estructura del rock and roll. Lo sigue estando, pero ahora con otros matices y, ahora sí, en todo el planeta, donde la civilización del espectáculo gira en torno a revivals que se reproducen por todos los rincones del globo terráqueo.

    México no es la excepción. Desde el boom del rock en vivo en los años noventa, los rockstars que llegan a tierra azteca no traen nada nuevo ni algo que realmente valga la pena para pagar un boleto.

    En diciembre de 1997, U2 regresó a tierra azteca con el PopMart Tour y la promoción de su nuevo disco, acompañado de una mercadotecnia sin límites. El compact disc Pop llegó a todos los rincones del planeta, y la gira estuvo en sintonía con el comercializado álbum de la banda irlandesa. Esto viene a cuento por una razón: las nuevas canciones de U2 no complacieron a miles de sus fans alrededor del mundo, y no faltaron los motivos. Pop adolecía de congruencia respecto a sus trabajos anteriores. U2 daba la impresión de haber caído en un bache creativo y, ante el millonario compromiso con su disquera de editar un nuevo disco, Bono tuvo la ocurrencia de mezclar su estilo característico con la onda discothèque. Pasada la efervescencia de la millonaria gira, el cd Pop pareció pasar sin pena ni gloria en las tiendas de discos, entiéndase Mix Up o Tower Records. The Joshua Tree y Achtung Baby habían sido la cúspide de U2, mientras que Pop quedaba como un sentimiento culposo para Bono.

    En el fabuloso concierto David Foster and Friends celebrado en Las Vegas, con Peter Cetera como invitado, el exvocalista de Chicago amagó con cantar ópera —y lo hizo muy bien—, pero sólo por un instante. Valió la pena escucharlo incursionar en ese género, aunque rápidamente retomó su camino y deleitó a la audiencia con un medley de su autoría. Son esos detalles los que se agradecen en estos maestros del pop.

    Cuando la gira 360° de U2 llegó a México en 2011, la banda irlandesa ofreció dos grandiosos conciertos en el Estadio Azteca, con la novedad de un escenario circular ubicado en el centro de la cancha. En el segundo concierto y casi al final, Bono hizo cantar a todo el respetable el Cielito Lindo, que comenzó a escucharse en las potentes bocinas. La canción emblema de una nación resonó gloriosa, y los fans de U2 le agradecieron a Bono la fabulosa ocurrencia. Extrañamente, los medios que cubrieron el evento no le dieron difusión a ese momento, que por minutos hizo sentir patriotas a más de 110 mil seguidores de U2; sin embargo, los asistentes salieron juntos y felices esa noche de primavera. El rock había hecho posible que un irlandés acompañara a miles de mexicanos en una sola voz. No era un hecho aislado: en su primera visita a México con la gira Zoo TV Tour, en el Palacio de los Deportes y tras cuatro noches de espectáculo, en la última Bono se desplayó con La Bamba, lo que provocó el paroxismo total entre los asistentes al Domo de Hierro de Iztacalco. En el siglo XXI, en una gira de Kiss en la Arena Monterrey, Paul Stanley hizo lo mismo con La Bamba para deleite del público regio. Esa noche, el riff del guitarrista y cantante de Kiss sonó elevado y el aplauso fue prolongado.

    En febrero de 1990, Bon Jovi y su banda llegaron a Guadalajara con el New Jersey Tour, un evento accidentado celebrado en el Estadio Olímpico de la U de G. Originalmente, el concierto estaba planeado para realizarse en Querétaro, pero con el antecedente de nota roja en el primer concierto de Rod Stewart, el gobernador temió nuevos brotes de violencia y negó los permisos. Finalmente, tras amenazas de la poderosa FEG, el evento fue posible, y como grupo telonero, se presentó un mariachi. Los fans de Bon Jovi correspondieron con total entrega y disfrutaron la sorpresa de principio a fin. No se sabe si la idea fue del rockstar de la noche o de los organizadores, pero en la ciudad del mariachi, un mariachi abrió el concierto de una banda de rock pop. Esa noche, nadie le pudo dar un mal nombre al amor… Aventuro a pensar que el gran héroe de la guitarra, Carlos Santana, debió sentirse orgulloso al enterarse del suceso. Cabe decir que al ídolo de Autlán, Jalisco, siempre lo ha acompañado la congruencia en lo que hace, dice y toca para sus leales fans.

    En una presentación de El Tri en el programa nocturno En Vivo, conducido por Ricardo Rocha en los años ochenta, la banda incluyó en su repertorio de esa noche la rola de Eric Burdon & The Animals, La Casa del Sol Naciente. La ocurrencia de Lora no desentonó con sus propias canciones; con esa ejecución en vivo en el Canal de las Estrellas de Televisa, Alex Lora dio cátedra de su talento para interpretar buen rock en inglés, con músicos a la altura de las circunstancias.

    Cuando en los noventa se dio el boom de las grabaciones en vivo con orquesta sinfónica, el rock llevó el estandarte de esa novedosa manera de interpretar sus canciones junto a maestros de la música. Con el formato desenchufado ocurrió algo similar. Tesla lo inició con Five Man Acoustical Jam en 1990, y de ahí en adelante, la lista es larga. En México, El Tri lo grabó de ambas maneras. No era algo nuevo, ni con orquesta ni unplugged, pero la industria discográfica vio una veta de oro por explotar, coincidiendo con la llegada del Beta y el VHS. Para las grandes bandas de rock del planeta, tocar con una sinfónica o en versión unplugged era una forma de demostrar su adaptabilidad sin problemas, logrando que la música llegara, sin culpa alguna, tanto a los ortodoxos de la música clásica como a los fans del rock.

    En una de las presentaciones de Coldplay en Buenos Aires, los fans de Soda Stereo debieron sentirse orgullosos cuando el vocalista de la banda rindió homenaje a Gustavo Cerati al interpretar De Música Ligera. Al final, los aplausos no cesaron.

    Metallica, en septiembre de 2024 en México, con tres toquines de alarido, cubrió el otrora Foro Sol de un aura de sentimiento culposo entre sus fans o neofans convertidos en improvisados fotógrafos. ¿Dónde estaban los thrashers, los headbangers, el mosh, el slam que disfrutaron de Metallica en 1993 y 2009? La Chona, La Negra Tomasa, El ADO y Los Luchadores sonaron a una pachanga que dio pie a todo tipo de opiniones. En el ajedrez de la mercadotecnia, nada es casual; la dinámica consumista impone su propia lógica, y el sentimiento culposo no abona entre los fans de Metallica. Esas noches de heavy metal en la Magdalena Mixhuca demostraron que el fetichismo del consumo es un conjunto de elementos interrelacionados, donde la banda angelina también es pieza clave.