El nervio del volcán fue el trabajo discográfico cumbre de Caifanes, la banda de rock liderada por Saúl Hernández en la voz principal, guitarra rítmica y letrista del grupo. Lo acompañaban Alfonso André en las percusiones (Sabo Romo y Diego Herrera habían dejado la banda antes de la creación del disco), Federico Fong en el bajo principal (Stuart Hamm colaboró con el bajo fretless en «Quisiera ser alcohol») y Alejandro Marcovich en la guitarra líder, eléctrica y acústica. De este último disco de Caifanes se desprende «Aquí no es así», la rola que hoy nos ocupa, donde Cecilia Toussaint acompaña con los coros de manera magistral y mística. Sobresalen la guitarra de Marcovich y los tambores de André.
«Aquí no es así» es una canción bien elaborada, con matices que la hacen única en su género por el contexto histórico y prehispánico en el cual fue escrita. Es, a la vez, un viaje con retorno a la llegada de los españoles al Valle de Anáhuac. La canción está cubierta de metáforas y glosas que la convierten, por su propia virtud, en un legado musical que data de 1994: el paradójico año que fue crucial para los mexicanos por razones sociales y políticas, el año en que los naturales del país habían vuelto a ser tema.
El fraseo de la rola provoca que los escuchas —y no necesariamente los fans de Caifanes o Jaguares— vuelvan a oírla una y otra vez. «Aquí no es así» es la visión antropológica de Saúl Hernández justo cuando Caifanes era la banda mexicana que gran parte de Latinoamérica veneraba: el sueño de Simón Bolívar unido por una banda de rock. Eran los años noventa, y desde Tijuana, Baja California —donde comienza la patria— hasta la Patagonia y la Tierra del Fuego, el disco compacto El nervio del volcán era idolatrado como se merece en el mundo hispánico y allende sus fronteras.
«Aquí no es así» nos invita a leer la historia de México en su origen prehispánico, teniendo como referentes tres extraordinarios textos: La conquista de México de Hugh Thomas; Hernán Cortés (Inventor de México) de Juan Miralles; y Hernán Cortés de José Luis Martínez. De los libros citados, es obligado remontarnos a la llegada del conquistador español venido de Extremadura, cuando comienza su largo peregrinar hacia la tierra prometida: el camino a la Gran Tenochtitlan.
Vienes caminando y no sabes tu destino, conquistando sueños sueñas llegar a ser deidad.
Un hidalgo de Medellín en lugares extraños. Sus aliados —los enemigos del tributo azteca-mexica— son sus mejores amigos y enemigos de Moctezuma II.
Sigues caminando sobre viejos territorios, ignorando fuerzas que jamás entenderás.
Pero Hernán Cortés es un guerrero medieval en cabalgadura ecuestre, iconoclasta de tradiciones ancestrales. Mucho antes de llegar a la calzada de Iztapalapa, él lo sabe, lo intuye, cuando en Cozumel destruye un templo sagrado de los mayas:
Ignorando sagrados ritos, pisoteando sabios templos de amor espiritual.
La mítica fecha del 8 de noviembre de 1519 parece ser el referente final de la rola caifanesca:
Vienes caminando y no sabes tu destino, conquistando sueños sueñas llegar a ser deidad.
Para Moctezuma, él es… él es Quetzalcóatl.
En el Templo Mayor y tratado como un distinguido huésped, Hernán Cortés contempla la capital azteca soñando que esa ciudad será suya. Sin embargo, las creencias de sus anfitriones lo tienen desconcertado.
Sigues caminando sobre viejos territorios, ignorando fuerzas que jamás entenderás.
Ha viajado miles de kilómetros deseoso de mandarle misivas al rey Carlos V informándole de sus logros y conquistas en sus Cartas de relación. Lo que menos le interesa es la opinión de los habitantes de una ciudad construida sobre el lago de Texcoco. España está muy lejos y puede tomar la decisión que mejor le plazca. Antes había desafiado el poder del gobernador de Cuba, Diego Velázquez, y quemado sus naves. Malinali, su mejor compañera.
El pacto de bienvenida no puede ser eterno. Hernán Cortés tiene enemigos entre sus soldados, pero cuenta con los tlaxcaltecas de su lado. La guerra es ineludible, el tiempo apremia…
Y vienes desde allá donde no sale el sol, donde no hay calor, donde la sangre nunca se sacrificó por un amor.
Pero aquí no es así.
El Tzompantli no parece causarle temor y sigue conociendo la ciudad azteca.
Por la noche, el Popocatépetl observa silencioso. Los tambores comienzan a sonar en la oscuridad. La guerra es inminente. Dos años después cae la Gran Tenochtitlan.
Larga vida sigue velando el sueño de un volcán; para un alma en pena, cada piedra es un altar.
En 1978 ocurre el fortuito hallazgo de Coyolxauhqui: viene el redescubrimiento.
«Aquí no es así» es un canto —en una voz que hoy parece extinguirse— lleno de paráfrasis de fácil entendimiento, sin relieves que señalen a Saúl como un resentido histórico contra Hernán Cortés. La rola conlleva varias interpretaciones en el mejor de los sentidos. En su rítmica composición no encontramos elogios al conquistador ni nada que se le parezca; hallamos, más bien, palabras que buscan explicar su valor histórico.
Alguna vez Octavio Paz —mi prócer— escribió:
Apenas deje Cortés de ser un mito ahistórico y se convierta en lo que es realmente —un personaje histórico—, los mexicanos podrán verse a sí mismos con una mirada más clara, más generosa, más serena.
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