Durante mis más de quince años como instructora de español en Estados Unidos pasaron por mis aulas infinidad de chicos universitarios, entre los dieciocho y los veintitrés años. Haciendo un cálculo mental rápido, puedo pensar que fueron alrededor de dos mil estudiantes los que tuve durante ese tiempo. Tuve todo tipo de alumnos: buenos, malos y regulares. La gran mayoría era de origen anglosajón, pero también tomaron mis clases varios afroamericanos, asiáticos, hispanos y estudiantes internacionales. Había de todo: desde quienes cursaban español solo para cumplir un requisito académico, hasta quienes encontraban en el aprendizaje del idioma una experiencia transformadora. En general, eran estudiantes más o menos serios, pues se trataba de una universidad costosa.

A pesar de lo que suele decirse en la política o en los medios, según mi experiencia, la mayoría de los universitarios norteamericanos terminaban apreciando profundamente el idioma y la cultura hispana. Muchos continuaban estudiando español después de haber comenzado su aprendizaje en la escuela media o en el “high school”. Empezaban atraídos por la comida, y terminaban enamorados de la cultura. Algunos incluso se planteaban viajar a Latinoamérica o España antes de concluir sus estudios universitarios.

La mayoría de mis cursos se enfocaba en enseñar la lengua y sus reglas básicas y complejas. Sin embargo, en algunos cursos con estudiantes jóvenes un poco más avanzados tuve la oportunidad de ir más allá de la gramática y adentrarme con ellos en la Literatura Hispana, leyendo pasajes, cuentos e historias cortas de algunos de los autores contemporáneos más destacados en lengua castellana. Hay que recordar que para estos chicos el español era su segunda o tercera lengua, y que leer en una lengua no materna —aunque similar— puede ser complejo. Aun así, en el aula, al acercarnos a los “grandes” y a los “consagrados”, surgían momentos memorables.

Federico García Lorca les gustaba inmediatamente por su franqueza y elocuencia cuando leíamos fragmentos de Bodas de sangre o La casa de Bernarda Alba. Carlos Fuentes resonaba de manera especial, sobre todo entre quienes tenían algún origen latinoamericano, los llamados “heritage speakers”, porque sus ensayos sobre identidad los hacían sentirse reflejados. Las historias de Isabel Allende, Ángeles Mastretta y Elena Poniatowska eran favoritas entre las mujeres por su impronta sensible, nostálgica y su lenguaje cautivador. Gabriel García Márquez, aunque grandioso, resultaba difícil para ellos, saturado de coloquialismos y regionalismos. Vargas Llosa, extraordinario a mi parecer, a veces les resultaba un poco “petulante”. Los relatos cortos de Arturo Pérez-Reverte y Edmundo Paz Soldán, en cambio, gustaban porque eran más accesibles y abordaban temas contemporáneos sin profundizar demasiado en contextos culturales.

Aunque más difícil, Jorge Luis Borges fascinaba a la gran mayoría por sus narraciones elaboradas y sus metáforas que invitaban a la reflexión; “Emma Zunz” era uno de los cuentos favoritos. También encontraban maravillosos los microcuentos de Augusto Monterroso. Al final del curso leíamos a Julio Cortázar: para muchos, “les volaba la cabeza”; para otros, Cortázar era demasiado complejo y difícil de estudiar. No los culpo: Rayuela sigue siendo, para mí, uno de los libros más complejos que he leído.

Rayuela puede leerse de varias maneras: siguiendo el orden tradicional, saltando capítulos según el tablero de dirección propuesto por Cortázar —leyendo del capítulo 1 al 56 y prescindiendo del resto, o comenzando en el 73 y siguiendo el orden indicado—, o de forma libre, eligiendo fragmentos en cualquier dirección.

Julio Cortázar (1914-1984), novelista, cuentista, ensayista y traductor argentino nacionalizado francés, uno de los representantes más importantes del “boom latinoamericano”, es posiblemente uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro de la prosa y del cuento breve. Rompió moldes clásicos e inauguró nuevas formas narrativas, desafiando la linealidad temporal de la literatura tradicional. Se volvió notable por sus cuentos, recopilados en volúmenes como Bestiario (1951), Final del juego (1956) y Las armas secretas (1959), consolidándose como uno de los mejores cuentistas del siglo XX. Sus historias suelen incluir elementos fantásticos o míticos, donde protagonistas que comienzan en situaciones ordinarias terminan envueltos en circunstancias extrañas o inquietantes, con frecuentes saltos temporales de un párrafo a otro.

Este verano estuve en Querétaro, mi ciudad natal, para presentar mi primera novela, Memorias de Tierra Adentro. Al final de mi estadía, tuve la oportunidad de conversar con el escritor queretano Juan Antonio Isla. Aunque lo conocía desde pequeña, por su amistad con mis padres y por nuestra común “queretaneidad”, nunca había tenido la oportunidad de hablar con él en persona. Muy gentilmente, me invitó a tomar un café con un delicioso pastel en una linda cafetería cerca del imponente Acueducto. Me regaló dos de sus libros y me los firmó allí mismo: un gran honor. Uno de ellos lo comencé a leer de inmediato; el segundo lo leí al volver a Estados Unidos.

Bajo los almendros: Estampas de amor y muerte (Siglo XXI, 2017) fue el primero. Me gustó muchísimo porque combinaba dos de mis temas favoritos: la novela histórica y la ciudad de Querétaro. Lo leí en dos días, sin poder soltarlo. Es una historia basada en hechos reales sobre dos familias rivales en tiempos de la Revolución Mexicana. Me encantó descubrir la historia detrás del monumento a la Corregidora (por el que he caminado infinidad de veces), los trazos modernos de la ciudad y la llegada del primer automóvil. A mi parecer, en este libro Juan Antonio Isla se consagra como un verdadero “Maestro de la novela queretana”.

Más tarde, en casa, leí su libro más reciente: Distrito Central: Un nuevo modelo para armar (Editorial Helvética, 2024). Me fascinó. La novela, circular en su estructura, narra fragmentos de historias en un orden no lineal, como si se tratara de un documental situado en el pueblo ficticio de Distrito Central —una clara alusión a Querétaro— recreado en los años cincuenta. El libro propone múltiples mini-historias que desafían al lector a armar su propio modelo de lectura. Algunas son simpáticas, otras crudas; muchas tienen una fuerte carga sexual —es un libro para adultos, sorprendente por retratar un pueblo conservador—, pero todas están magníficamente narradas. No es un libro para leer de una sola sentada: requiere ir despacio, releer, volver sobre pistas narrativas.

El estilo de Isla me recuerda mucho al de Carlos Fuentes, pero la complejidad estructural se asemeja más a la de Julio Cortázar, pues el autor suele incluir historias dentro de historias. Ese caos es deliberado: el libro está lleno de personajes y todos tienen un propósito narrativo. Distrito Central me recordó mucho a Rayuela, por la libertad estructural que permite brincar de un lado a otro, comenzar en medio, atrás, adelante, como un “avioncito” literario, o como aquellos libros de los años ochenta, Elige tu propia aventura, pero en una versión más profunda y compleja. Un libro así es difícil de lograr, y habla de un autor que domina la narrativa con gran maestría.

Distrito Central: Un nuevo modelo para armar (Editorial Helvética, 2024) ★★★★★
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