
Por Diana Galindo
Eréndira convirtió la actividad de observar flores en algo especial para ella. Le gustaba pintarlas, olerlas, imaginarlas, contemplarlas. Tener flores había dotado de un nuevo matiz a su vida: significaba que había triunfado y, por eso, contaba con su presencia. Eran costosas, difíciles de obtener, a veces un gasto que no se podía permitir. Cuando esto ocurría, salía a buscar algún jardín y se sentaba en una banca a observarlas.
Para ello tuvo que hacer un mapa con los jardines de la ciudad. Claro que había muchos lugares y casas con flores, pero necesitaba uno donde pudiera sentarse cómodamente a realizar su actividad. Tener flores en casa era mejor, porque podía hablarles. Había leído alguna vez que el escritor francés Gustave Flaubert calificaba de excesivamente melancólicas a las personas que hablaban con las plantas.
Pero era difícil comunicarse con ellas: guardaban un silencio constante, del que ella aprendió. Se dio cuenta de que las flores tenían una paciencia enorme, casi infinita, para escuchar la tristeza de los amantes dolidos, de los estudiantes con las notas más bajas, de la gente que iba lento, atravesada en varias direcciones sin estar del todo en una.
A veces captaba la comunicación de las flores, que veía entre perfumes de niebla y lluvia, de sol con aromas secos de rosas necias que luchaban contra la muerte. Estos aromas eran como un idioma lleno de matices, que la elevaba. Sobre todo el aroma de los grandes árboles, aquellos que, imponentes, llenaban el aire con notas de menta y eucalipto. Guardar silencio en medio de esa tranquilidad se volvió una costumbre, y así aprendió a meditar, a sentir los halos coloridos que emanaban las flores y las personas; luego lo percibió también en el agua, en cada rincón de la ciudad, en los puertos.
Buscaba la forma de apaciguar su corazón, hambriento de aventuras fáciles; aprendió a controlarlo como si fuera un dromedario rebelde, un ser acostumbrado a patear a los habitantes del desierto.
Con el tiempo, su corazón se convirtió en un animal más prudente, que observaba largas horas a las plantas y escuchaba su sabiduría: sutil, casi silenciosa y, a veces, demasiado contundente. Así fue como aprendió a estar tranquila, a transformar su alma en un animal divino que antes tuvo el corazón roto, pero se volvió inteligente y sabio.
Aquello le tomó tiempo, pero ahora estaba en una nueva realidad. Podía caminar largas distancias, emprender labores extensas sin fatiga. Vivía una vida nueva, en silencio y contemplación de las flores y la naturaleza.
Aquella angustia que antes sintió era un recuerdo lejano. La soledad de sus viajes, la tristeza de sus fracasos académicos y afectivos: todo eso estaba atrás.
Se quedaba largas horas contemplando la esencia de los seres, veía su enorme esfuerzo por vivir, por completar sus ciclos, sus finalidades. Veía a las plantas florecer y amar como si cada día antes de la llegada de la luna fuera verdaderamente el último, y observaba cómo se apagaban, satisfechas en la gloria de su realización.
Ella viajaba buscando flores; las dibujaba, contaba historias sobre su fuerza, su vida e incluso sobre sus conversaciones y sueños. Las flores conversaban sobre su experiencia de la noche y el amanecer, sobre el sueño y el despertar.
A pesar de que el anochecer y el momento previo al sueño a veces les provocaran angustia, despertar cada día seguía siendo una experiencia maravillosa.
Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

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