Por Rafael Volta

La vanguardia nace de la tradición

Llama la atención que un poeta joven como Daniel Vázquez, nacido en 1997, apueste en su primer libro por revisar el mito de Caín y Abel cuando la mayoría de los poetas de su generación abordan otros temas relacionados con la cultura digital, lo pop y la inteligencia artificial. Podría sonar a una escritura anquilosada, donde no hay nada nuevo que decir sobre el capítulo 4 del Génesis, más allá de las clases de catecismo. No habría nada que decir cuando un escritor no ha interiorizado profundamente un tema. Pero más allá de las creencias o vida personal del autor, destaca justamente la profunda interiorización del mito, que le ha permitido a Daniel Vázquez construir cinco yoes líricos verosímiles y poderosos: Abel, Adán-Eva, Dios y Caín.

El poeta ruso Vladímir Mayakovski decía en Cómo hacer versos que «el poeta debe colocarse a la vanguardia de su clase, en todos los frentes, y que solo la elaboración técnica hace a los poetas diferentes; sólo el perfeccionamiento, la acumulación y la variedad de procedimientos crean al escritor profesional».

El guardián de mi hermano contiene una variedad de epígrafes para introducir cada una de las cuatro secciones del libro. Incluso la cantante Beyoncé se cuela juguetonamente para introducir a Dios. La vanguardia no es negar la tradición, sino aprenderla, intervenirla, aportarle algo, ampliarla y pasarla a la siguiente generación. Al abrir el libro, lo primero que llama la atención, desde su índice, es el uso elegante de los espacios en la página en blanco. Visualmente, es el mejor libro de poesía editado por Letra Capital –la editorial del Municipio de Querétaro fundada por Carlos Campos y ahora gestionada por Margarita Ladrón de Guevara–, cuyo único defecto sigue siendo el minúsculo tamaño de su fuente, discriminatorio de las capacidades visuales del lector.

El buen gusto del poeta, junto con la edición a cargo de César Báez, vuelve significativos los silencios y espacios de la página en blanco al justificar por la izquierda la voz de Abel, justificar al centro las voces de los padres (Adán, Eva y Dios) y justificar a la derecha la voz de Caín.

Asimismo, los versos dísticos en las secciones de Caín y Abel muestran esa dualidad de la que habla José Saramago en uno de los epígrafes: “Nadie es una sola persona, tú, Caín, eres también Abel”. El libro nos hace viajar en el tiempo y en el espacio para asistir como testigos a la escena bíblica, escuchando la voz interior de los hermanos, de los padres y del propio Dios.

El yo lírico de Dios

Lo que distingue a los buenos poetas de los malos es conocer la diferencia entre el yo del autor y el yo lírico en el poema: ignorancia que aparece con frecuencia en escritores publicados con poca formación, incapaces de distinguir el plano literario del plano real. Esta torpeza incluso provoca, en algunos «poetas», delirios de persecución. Daniel Vázquez, con una madurez literaria notable, logra algo dificilísimo, incluso para bardos aguascalenteños laureados: crear y diferenciar las voces entre los hermanos, los padres y, sobre todo, la voz de Dios.

A continuación, algunos fragmentos de la voz de Abel, retratado como un pastor místico y observador, que ama profundamente a su hermano y nos muestra que el verdadero celo de Caín es que Abel dialoga con el Creador:

ABEL

Nadie ha escrito aún que la muerte
es la boca de las piedras

Caín podría florecer el desierto

¿A qué suena su voz?
Preguntó un día en la cocina
después de las ofrendas

A muerte aplacada
trueno sobre la montaña
colisión entre estrellas

Por su parte, las voces de Adán y Eva muestran, por un lado, el cuidado maternal y, por el otro, la preocupación terrenal y patriarcal de un Adán desterrado y condenado a ganarse el pan con el sudor de su frente:

LIMEN: ADÁN Y EVA

Eva:

Pero llegó Caín
y lo hizo todo sencillo: el sol salía
y se volvía a esconder
Las flores crecían entre sus pies

Adán:

Creí que sería más sencillo
tener solamente hijos varones

Creí que sería más sencillo
solo tendría que enseñarles
a arar el campo
a degollar los corderos

Criar una mujer es más difícil
tienes que enseñarles a apuntar
tienes que enseñarles a disparar.


Qué clase de padre
abandona a su hijo en manos de Dios.

Un lector despistado podría acusar estos versos de misoginia o ingratitud religiosa, pero aquí no habla Daniel Vázquez sino el yo lírico de Adán. La línea es delgada, como delgada es la línea entre cordura y locura, entre sueño y vigilia, entre verdad y posverdad.

El mayor hallazgo del libro es renovar la voz de Yahvé: una voz bíblica presente en Génesis, Éxodo y los profetas. El guardián de mi hermano muestra a un Dios juguetón y caótico, que se interpela a sí mismo, repitiéndose como quien sabe que lo sabe todo. Un Dios adaptado a la época aceleracionista y algorítmica del siglo XXI. Dios hecho a nuestra semejanza. ¿O al revés?

[…]

El guardián de mi hermano expande el capítulo 4 del Génesis, casi en su totalidad diegético, hacia una mímesis que nos hace sentir el interior de los personajes. Incluso podría representarse en un no-lugar, como un invernadero abandonado o debajo de un puente en ruinas, como pieza posdramática. A pesar de ser un libro de debut, logra unidad en su composición, resignifica y actualiza un mito, entiende la pausa versal en la poesía contemporánea, y sobre todo, construye una diversidad de yoes líricos dentro de un pequeño universo suspendido en el tiempo.

Daniel Vázquez (2025). El guardián de mi hermano. Editorial Letra Capital. 67 páginas.

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