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  • «Distrito Central» de Juan Antonio Isla

    «Distrito Central» de Juan Antonio Isla

    Durante mis más de quince años como instructora de español en Estados Unidos pasaron por mis aulas infinidad de chicos universitarios, entre los dieciocho y los veintitrés años. Haciendo un cálculo mental rápido, puedo pensar que fueron alrededor de dos mil estudiantes los que tuve durante ese tiempo. Tuve todo tipo de alumnos: buenos, malos y regulares. La gran mayoría era de origen anglosajón, pero también tomaron mis clases varios afroamericanos, asiáticos, hispanos y estudiantes internacionales. Había de todo: desde quienes cursaban español solo para cumplir un requisito académico, hasta quienes encontraban en el aprendizaje del idioma una experiencia transformadora. En general, eran estudiantes más o menos serios, pues se trataba de una universidad costosa.

    A pesar de lo que suele decirse en la política o en los medios, según mi experiencia, la mayoría de los universitarios norteamericanos terminaban apreciando profundamente el idioma y la cultura hispana. Muchos continuaban estudiando español después de haber comenzado su aprendizaje en la escuela media o en el “high school”. Empezaban atraídos por la comida, y terminaban enamorados de la cultura. Algunos incluso se planteaban viajar a Latinoamérica o España antes de concluir sus estudios universitarios.

    La mayoría de mis cursos se enfocaba en enseñar la lengua y sus reglas básicas y complejas. Sin embargo, en algunos cursos con estudiantes jóvenes un poco más avanzados tuve la oportunidad de ir más allá de la gramática y adentrarme con ellos en la Literatura Hispana, leyendo pasajes, cuentos e historias cortas de algunos de los autores contemporáneos más destacados en lengua castellana. Hay que recordar que para estos chicos el español era su segunda o tercera lengua, y que leer en una lengua no materna —aunque similar— puede ser complejo. Aun así, en el aula, al acercarnos a los “grandes” y a los “consagrados”, surgían momentos memorables.

    Federico García Lorca les gustaba inmediatamente por su franqueza y elocuencia cuando leíamos fragmentos de Bodas de sangre o La casa de Bernarda Alba. Carlos Fuentes resonaba de manera especial, sobre todo entre quienes tenían algún origen latinoamericano, los llamados “heritage speakers”, porque sus ensayos sobre identidad los hacían sentirse reflejados. Las historias de Isabel Allende, Ángeles Mastretta y Elena Poniatowska eran favoritas entre las mujeres por su impronta sensible, nostálgica y su lenguaje cautivador. Gabriel García Márquez, aunque grandioso, resultaba difícil para ellos, saturado de coloquialismos y regionalismos. Vargas Llosa, extraordinario a mi parecer, a veces les resultaba un poco “petulante”. Los relatos cortos de Arturo Pérez-Reverte y Edmundo Paz Soldán, en cambio, gustaban porque eran más accesibles y abordaban temas contemporáneos sin profundizar demasiado en contextos culturales.

    Aunque más difícil, Jorge Luis Borges fascinaba a la gran mayoría por sus narraciones elaboradas y sus metáforas que invitaban a la reflexión; “Emma Zunz” era uno de los cuentos favoritos. También encontraban maravillosos los microcuentos de Augusto Monterroso. Al final del curso leíamos a Julio Cortázar: para muchos, “les volaba la cabeza”; para otros, Cortázar era demasiado complejo y difícil de estudiar. No los culpo: Rayuela sigue siendo, para mí, uno de los libros más complejos que he leído.

    Rayuela puede leerse de varias maneras: siguiendo el orden tradicional, saltando capítulos según el tablero de dirección propuesto por Cortázar —leyendo del capítulo 1 al 56 y prescindiendo del resto, o comenzando en el 73 y siguiendo el orden indicado—, o de forma libre, eligiendo fragmentos en cualquier dirección.

    Julio Cortázar (1914-1984), novelista, cuentista, ensayista y traductor argentino nacionalizado francés, uno de los representantes más importantes del “boom latinoamericano”, es posiblemente uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro de la prosa y del cuento breve. Rompió moldes clásicos e inauguró nuevas formas narrativas, desafiando la linealidad temporal de la literatura tradicional. Se volvió notable por sus cuentos, recopilados en volúmenes como Bestiario (1951), Final del juego (1956) y Las armas secretas (1959), consolidándose como uno de los mejores cuentistas del siglo XX. Sus historias suelen incluir elementos fantásticos o míticos, donde protagonistas que comienzan en situaciones ordinarias terminan envueltos en circunstancias extrañas o inquietantes, con frecuentes saltos temporales de un párrafo a otro.

    Este verano estuve en Querétaro, mi ciudad natal, para presentar mi primera novela, Memorias de Tierra Adentro. Al final de mi estadía, tuve la oportunidad de conversar con el escritor queretano Juan Antonio Isla. Aunque lo conocía desde pequeña, por su amistad con mis padres y por nuestra común “queretaneidad”, nunca había tenido la oportunidad de hablar con él en persona. Muy gentilmente, me invitó a tomar un café con un delicioso pastel en una linda cafetería cerca del imponente Acueducto. Me regaló dos de sus libros y me los firmó allí mismo: un gran honor. Uno de ellos lo comencé a leer de inmediato; el segundo lo leí al volver a Estados Unidos.

    Bajo los almendros: Estampas de amor y muerte (Siglo XXI, 2017) fue el primero. Me gustó muchísimo porque combinaba dos de mis temas favoritos: la novela histórica y la ciudad de Querétaro. Lo leí en dos días, sin poder soltarlo. Es una historia basada en hechos reales sobre dos familias rivales en tiempos de la Revolución Mexicana. Me encantó descubrir la historia detrás del monumento a la Corregidora (por el que he caminado infinidad de veces), los trazos modernos de la ciudad y la llegada del primer automóvil. A mi parecer, en este libro Juan Antonio Isla se consagra como un verdadero “Maestro de la novela queretana”.

    Más tarde, en casa, leí su libro más reciente: Distrito Central: Un nuevo modelo para armar (Editorial Helvética, 2024). Me fascinó. La novela, circular en su estructura, narra fragmentos de historias en un orden no lineal, como si se tratara de un documental situado en el pueblo ficticio de Distrito Central —una clara alusión a Querétaro— recreado en los años cincuenta. El libro propone múltiples mini-historias que desafían al lector a armar su propio modelo de lectura. Algunas son simpáticas, otras crudas; muchas tienen una fuerte carga sexual —es un libro para adultos, sorprendente por retratar un pueblo conservador—, pero todas están magníficamente narradas. No es un libro para leer de una sola sentada: requiere ir despacio, releer, volver sobre pistas narrativas.

    El estilo de Isla me recuerda mucho al de Carlos Fuentes, pero la complejidad estructural se asemeja más a la de Julio Cortázar, pues el autor suele incluir historias dentro de historias. Ese caos es deliberado: el libro está lleno de personajes y todos tienen un propósito narrativo. Distrito Central me recordó mucho a Rayuela, por la libertad estructural que permite brincar de un lado a otro, comenzar en medio, atrás, adelante, como un “avioncito” literario, o como aquellos libros de los años ochenta, Elige tu propia aventura, pero en una versión más profunda y compleja. Un libro así es difícil de lograr, y habla de un autor que domina la narrativa con gran maestría.

    Distrito Central: Un nuevo modelo para armar (Editorial Helvética, 2024) ★★★★★
    El libro está disponible en Amazon.

  • Un mundo raro en las cantinas queretanas

    Un mundo raro en las cantinas queretanas

    Por Raúl Álvarez Huerta / Rock & Raul

    Las novias pasadas son copas vacías; en ella pusimos un poco de amor; el néctar tomamos… huyeron los días.
    —Manuel Gutiérrez Nájera

    Querétaro de campanas y cantinas que iban de barrio en barrio, de colonia en colonia y otras en Santa Rosa Jáuregui, El Pueblito, La Cañada, Huimilpan y… otros mundos raros; algunas —por suerte— con su respectiva e imprescindible sinfonola. En los años ochenta la lista da para muchos espacios, pero sólo para un lugar común en la bohemia, esa que se vivió de manera exponencial y sin cortapisas por aquella época, ahora llena de nostalgia por un mundo pretérito y… un mundo raro. Un mundo acompañado del sentido existencialista y sentimental que involucraba a varios actores sociales de carne y hueso: queretanos de a pie, entes mortales que deambulaban de cantina en cantina, de pulquería en pulquería, de arrabal en arrabal, de abismos y horribles resacas en un… mundo raro que se vivía al caer la tarde y avanzaba con la noche. Donde siempre estaba, en medio de todo ello, una mujer, una dama, una Eva que se volvía —en su propia virtud— el centro de un universo de sensaciones difíciles de describir.

    Amantes de la bohemia y de las mujeres a las que habría que hablarles… de amor y de ilusiones… y ofrecerles el sol de las tardes de otoño, en un cielo terrenal donde era deber presumir su amor… y su desamor. Un mundo de eventuales utopías que daba sentido de pertenencia a los parroquianos de la cantina, lugar que, en sus momentos de mayor ebullición, se convertía en escenario de dramaturgias reales y quiméricas dentro de un universo surrealista.

    Un mundo raro donde los heridos por Cupido deseaban ser recordados como los mejores amantes, sin que ellas —las que se habían ido— los mencionaran por su nombre. Sabiendo que para ellas nunca podían faltar quienes les ofrecieran… un sol y un cielo entero. Sentimiento que, para el que ya no era parte de su vida, se sabía por terceras personas en la barra de la cantina, dando por hecho que ella… sentiría amor del bueno… donde ambos recordarían, en la sana distancia, un pacto de silencio.

    Para ello están las mentiras con edulcorantes palabras, para ocultar los mejores momentos y, de paso, vivir la cantina convertida en un teatro de actores involuntarios. En esos casos lagrimosos, ella debía parecer un ser venido de… un mundo raro, donde no hay espacio para llorar ni para amar. Él, por su parte, habría de presumir que vivió un sueño dorado y, olvidando el rencor, no diría que su amor… lo volvió desgraciado. Ante la necia insistencia y con varios tequilas encima, se vería pretencioso, brindando que llegó… de un mundo raro; que no sabe del dolor, que triunfó en el amor y que nunca ha llorado…

    Era 1984 y, en la sinfonola de la cantina El Panal de la calle 25, en Lomas de Casa Blanca, de manera casual —en ese ambiente de drama, amor, desamor y sufrimiento— un espontáneo programa comenzaba con una herida que sangraba por dentro: Un mundo raro del maestro José Alfredo Jiménez. El ambiente olía a tequila y a camaradería en el desfase del amor no correspondido.

    Un mundo raro que daba lugar a la soledad y al silencio, a las pausas obligadas en medio de una nube densa de humo de cigarro. Por aquella época, el presidente de la República, Miguel de la Madrid Hurtado, y el regente del entonces Distrito Federal, Carlos Hank González, aún no decretaban que las mujeres podían entrar a las cantinas mexicanas. De haber estado alguna de ellas en El Panal, habría sido la otra parte que le faltaba al drama y a la alegría de vivir el ambiente cantinero de una colonia popular. Sus manos en la mesa habrían sido atesoradas por más de algún macho necesitado de cariño; habrían visto emociones compartidas y sensaciones sólo en ellas halladas, y amores imposibles… donde la canción condenatoria Diferentes, en la voz de Rocío Dúrcal, lo definía todo: «pero sólo como amigos entiéndelo muy bien». En un rincón de la cantina, alguien lloraba… viviendo su mundo raro.

  • «Hitlaro» by Mariana Perusquía: The New Mexican Gothic

    «Hitlaro» by Mariana Perusquía: The New Mexican Gothic

    By Samanta Echevarría

    As for terror and horror literature, I have always felt identified with Joey Tribbiani in that famous thirteenth episode of season three of the television series Friends, in which Joey (Matt LeBlanc) and Rachel (Jennifer Aniston) exchange their favorite books. In the episode, Joey must read Little Women by Louisa May Alcott, and Rachel, in turn, must read The Shining by Stephen King. What is funny, and what makes the episode memorable, is Joey’s reaction to King’s book: although it is his favorite, the terrifying nature of the story is such that he keeps it stored in the most remote place of his small New York apartment—inside the kitchen freezer—so that the plot can literally “cool down.”

    I read Rachel Green’s favorite book, Little Women, when I was eleven or twelve. I enjoyed it, laughed, and experienced that classic firsthand, and of course I also cried, memorably, like “Mary Magdalene,” just as Joey does in the Friends episode when he discovers that (spoiler) one of the March sisters dies. In contrast, I did not watch the 1980 film The Shining, based on Stephen King’s novel and starring Jack Nicholson, until adulthood, and only because my husband insisted that I should watch this psychological suspense classic. I must confess that I closed my eyes in several scenes, and others, I still cannot get out of my mind.

    So, I have personally never read Stephen King, simply because I know I would react just as Joey Tribbiani does—my copy would probably end up in the freezer. I admit I am too “cowardly” to read King, and that I do not have the stomach for it, even though I recognize his status as the absolute “King” (as his last name suggests) of horror literature and the importance of his many works, now classics of American fiction.

    Despite being a scaredy-cat, I do enjoy police suspense, murder mystery, and Gothic literature. As I did with Alcott’s novel in my adolescence, I devoured the stories of the world’s most famous detectives: in English class, the short stories of Sir Arthur Conan Doyle and his detective Sherlock Holmes, which I read without being able to stop; later, the most famous volumes of Agatha Christie and her detective Hercule Poirot, such as Murder on the Orient Express and Death on the Nile, which continue to captivate me to this day and which I have reread many times; as well as my favorite detective of all, the beloved Tintin, protagonist of the graphic stories by Belgian author Hergé—my daughters’ favorite too.

    Gothic literature, for its part, is a genre that combines elements of horror, mystery, and the supernatural, with intense emotions such as fear and anguish. It emerged in England at the end of the eighteenth century as a response to sentimental Romanticism and is characterized by gloomy settings, plots centered on revenge, death, and family secrets, and the intrusion of the past into the present. Some of the most famous examples include The Castle of Otranto by Horace Walpole, Dracula by Bram Stoker, Frankenstein by Mary Shelley, Wuthering Heights by Emily Brontë, The Picture of Dorian Gray by Oscar Wilde, as well as several stories by Edgar Allan Poe.

    In Mexican literature, the fascination with death and its mysteries—one of the defining features of Mexican identity—has been portrayed with black humor, blurred boundaries between reality and fiction, and touches of magical realism. This makes it difficult for the reader to distinguish between the real and the imagined. Such is the case of Pedro Páramo by Juan Rulfo, or one of my favorite books, Aura by Carlos Fuentes. And I want to emphasize that both books are, in my opinion, absolutely for adult readers, given the controversies the latter has faced in Mexico and its episodes of school censorship. Aura is narrated unusually in the second person and describes the haunting experience of a young student who becomes a French translator in an old house on Donceles Street in Mexico City in the 1960s, where he undergoes a supernatural encounter. This psychological horror novella—mixing fantasy, reality, and the Gothic—is a jewel of Mexican literature.

    Other Mexican authors who have excelled in suspense and horror include Amparo Dávila, known as a master of the genre; Francisco Tario, a classic of the fantastic tale; Bernardo Esquinca, considered one of the leading contemporary authors of horror and crime fiction; and Antonio Malpica, who mixes horror and adventure in works such as Isla de Apocalipsis. Other notable figures include Adela Fernanda, Emiliano González, and Atenea Cruz.

    Latin American horror, more broadly, has often focused on fears rooted in social and political violence—disappearances, coups, inequality. Authors such as Horacio Quiroga, Mariana Enríquez, Samanta Schweblin (my namesake), and Leopoldo Lugones explore terrors that reflect historical and contemporary traumas.

    As for Mexican Gothic literature written by women, the genre continues to generate interest with new voices. Recently, I watched an interview on social media by host Pepe Cantellano in his program Noches de Lectura, where he spoke with Mexican horror author Sandra Becerril about her new novel El Carnaval del Diablo. Her explanations about her narrative process intrigued me.

    Some years ago, our book club read Mexican Gothic (Penguin, 2020) by Mexican-Canadian author Silvia Moreno-García. I read the English version and found it spectacular—controversies aside—because it combines Gothic tradition with Mexican literature in a powerful way. I loved the cultural references. Set in 1950s Hidalgo, the novel follows a socialite who must rescue her cousin from a remote country mansion inhabited by a peculiar British family. The Spanish translation, however, disappointed me—not because of the story itself, but because it was translated into Peninsular Spanish and not Mexican Spanish. Since the story is set in Pachuca, the “Castilian” expressions felt out of place. A great book with an unfortunate translation choice. Another book in this genre that has been discussed in the United States is The Hacienda by Isabel Cañas, though I have not yet had the chance to read it.

    However, without a doubt, one of the promising new voices in this Mexican Gothic revival is Mariana Perusquía from Querétaro, with her literary debut Hitlaro (Helvética, 2025).

    I had the opportunity to meet Mariana this summer, and it was a pleasant experience. Mariana is not only an excellent journalist, but an even better human being. We connected on social media and exchanged messages about her work as a communicator. We later met in person in Querétaro when she interviewed me for her radio program for the release of my own novel, and she was about to present hers. A novel she had written during her university years and kept for twenty years was finally coming to light. A few days after my interview aired on La Hora Nacional, I attended one of her readings. I finished her novel in just two days.

    Hitlaro is an excellent short novel, with a narrative that moves between the supernatural and the phantasmagorical. It is a blend of Aura, Pedro Páramo, and Mexican Gothic. In her literary debut, Perusquía sets the novel in the fictional town of Hitlaro, weaving a story that fuses Gothic elements with magical realism, immersing the reader in a journey between life, death, and memory. The book explores themes such as guilt, redemption, and the legacy of women who dare to defy fate. It is impeccably crafted, with a strong plot and rhythm. It hooked me from beginning to end. I was left wanting more.

    Mariana Perusquía holds a degree in Communication and Journalism and a master’s degree in Contemporary Literature. A well-regarded journalist in Querétaro, she is a producer and host at Radio y Televisión Querétaro (RTQ), where she leads the morning newscast. Recognized for her work, she received the 2023 State Journalism Award. Her experience and professionalism position her as an influential voice in Querétaro’s media landscape.

    Her novel Hitlaro is available on Amazon.

    Hitlaro *****.

  • «Hitlaro» de Mariana Perusquía: el nuevo gótico mexicano

    «Hitlaro» de Mariana Perusquía: el nuevo gótico mexicano

    Por Samanta Echevarría

    En lo que respecta a la literatura de terror y horror, siempre me he sentido identificada con el personaje de Joey Tribbiani, en aquel famoso episodio trece de la temporada tres de la popular serie de televisión Friends de mi juventud; en el cual Joey (Matt LeBlanc) y Rachel (Jennifer Aniston) intercambian sus libros favoritos. Él debía leer Mujercitas, de Louisa May Alcott, y ella, a su vez, El resplandor, de Stephen King. Lo gracioso, y lo que hace memorable el episodio, es la reacción de Joey al libro de King: aunque sea su favorito, debido a lo espeluznante de la historia, lo guarda en el lugar más recóndito de su pequeño apartamento neoyorquino, dentro del congelador de la cocina, para que, literalmente, se «enfríe» la trama del terrorífico libro.

    Leí Mujercitas, el libro favorito de Rachel Green, cuando tenía once o doce años; gocé, reí y viví en carne propia esta historia clásica, y, por supuesto, también lloré como una «Magdalena», así como Joey lo hizo en el episodio al enterarse de que (spoiler) una de las hermanas March muere. Por el contrario, vi la película de El resplandor (1980), basada en el libro de King y protagonizada por Jack Nicholson, ya en mi edad adulta, debido a la insistencia de mi esposo al enterarse de que nunca la había visto. Debo confesar que cerré los ojos en algunas escenas, y otras aún siguen marcadas en mi memoria. Así que, personalmente, nunca he leído a Stephen King. Estoy segura de que tendría exactamente la misma reacción que Joey, y mi ejemplar terminaría dentro del congelador. Admito que soy demasiado «cobarde» para leer a King, y que no tengo las agallas ni el estómago para digerirlo, aunque soy consciente de su estatus como el «Rey» absoluto de la literatura de terror, y de sus numerosos libros, hoy convertidos en clásicos, que lo han elevado a un lugar privilegiado en la ficción estadounidense.

    Dicho lo anterior, el suspenso policiaco y el murder mystery, por el contrario, siempre me han atraído, al igual que la literatura gótica. Al igual que Alcott, me devoré en mi adolescencia las historias de los detectives más famosos del mundo: en la clase de inglés, los relatos cortos de Sir Arthur Conan Doyle y su detective Sherlock Holmes, que leí de principio a fin sin poder detenerme; más adelante, los volúmenes más célebres de Agatha Christie y su detective Hercule Poirot, como Muerte en el Orient Express y Muerte en el Nilo, historias que me siguen fascinando aún hoy y que he releído varias veces; así como mi detective favorito de todos, el popular Tintín, protagonista de las historietas del autor belga Hergé. Favorito también de mis hijas.

    La literatura gótica, por su parte, es un género que combina elementos de terror, misterio y lo sobrenatural, con emociones intensas como el miedo y la angustia. Surgió en Inglaterra a finales del siglo XVIII como respuesta al sentimentalismo del Romanticismo. Se caracteriza por ambientaciones lúgubres, tramas que exploran temas como la venganza, la muerte y los secretos familiares, y la intrusión del pasado en el presente. Algunos de los ejemplos más famosos son: El castillo de Otranto de Horace Walpole —obra fundacional del género—, Drácula de Bram Stoker, Frankenstein de Mary Shelley, Cumbres borrascosas de Emily Brontë, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, así como varios relatos de Edgar Allan Poe.

    En México, la fascinación por la muerte como rasgo identitario se ha expresado en la literatura a través del humor negro, el realismo mágico y la mezcla constante entre realidad y fantasía. Tal es el caso de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, o Aura, de Carlos Fuentes —libro que considero una joya del terror psicológico y lo gótico, aunque reitero que, a mi parecer, ambos textos son para lectores adultos—.

    Otros escritores mexicanos destacados en el género del suspenso y el terror son Amparo Dávila, Francisco Tario, Bernardo Esquinca y Antonio Malpica; mientras que, en América Latina, la literatura de terror contemporánea se ha nutrido de los miedos sociales y políticos de la región: desapariciones, violencia y desigualdad. Autores como Horacio Quiroga, Mariana Enríquez, Samanta Schweblin y Leopoldo Lugones han explorado estos temas desde distintas perspectivas.

    En cuanto al gótico mexicano escrito por mujeres, este género sigue renovándose. Hace poco vi con interés la entrevista que Pepe Cantellano hizo a la escritora Sandra Becerril en su programa Noches de Lectura, con motivo de su nueva novela El carnaval diabólico, y me dejó un grato sabor de boca al escucharla hablar de su proceso creativo.

    De igual manera, hace un par de años leímos en el club de lectura Mexican Gothic (Penguin, 2020), de Silvia Moreno-García. Leí la versión en inglés y me pareció un libro espectacular, pues logra una mezcla notable entre lo gótico y la cultura mexicana. Sin embargo, la traducción al castellano peninsular me decepcionó, pues al estar ubicada la historia en Hidalgo, las expresiones españolas resultan poco convincentes para ese contexto. Otro título reciente dentro de este mismo espectro es The Hacienda, de Isabel Cañas, aunque aún no he tenido oportunidad de leerlo.

    Pero, sin duda, una de las nuevas exponentes del gótico mexicano es la queretana Mariana Perusquía con su novela Hitlaro (Helvética, 2025).

    Tuve la oportunidad de conocer a Mariana este verano. No sólo es una excelente periodista, sino una gran persona. Después de conversar por redes sociales y mensajes, finalmente nos conocimos en Querétaro, pues tuvo la gentileza de entrevistarme para su programa de radio con motivo de la presentación de mi novela, mientras ella también estaba por presentar la suya. Hitlaro fue escrita en sus años universitarios y guardada durante veinte años, hasta que finalmente salió a la luz.

    Unos días después asistí a una de sus presentaciones. Leí la novela en dos días, de un solo tirón.

    Hitlaro es una excelente novela corta. Con una narrativa entre lo sobrenatural y lo fantasmagórico, combina Aura, Pedro Páramo y Mexican Gothic. Ambientada en un pueblo ficticio, entrelaza una historia que fusiona lo gótico con el realismo mágico, atrapando al lector en un viaje entre la vida, la muerte y la memoria. Explora la culpa, la redención y el legado de las mujeres que desafían el destino. Con buena trama, ritmo y una atmósfera poderosa, me enganchó de principio a fin. Me quedé con ganas de más.

    Mariana Perusquía es licenciada en Comunicación y Periodismo, y maestra en Literatura Contemporánea. Destacada periodista queretana, es productora y locutora en Radio y Televisión Querétaro (RTQ), donde lidera el noticiero matutino. Ganadora del Premio Estatal de Periodismo 2023, es una voz influyente en los medios locales.

    Su novela Hitlaro está disponible en Amazon.

    Hitlaro ★★★★★

  • «El guardián de mi hermano» de Daniel Vázquez

    «El guardián de mi hermano» de Daniel Vázquez

    Por Rafael Volta

    La vanguardia nace de la tradición

    Llama la atención que un poeta joven como Daniel Vázquez, nacido en 1997, apueste en su primer libro por revisar el mito de Caín y Abel cuando la mayoría de los poetas de su generación abordan otros temas relacionados con la cultura digital, lo pop y la inteligencia artificial. Podría sonar a una escritura anquilosada, donde no hay nada nuevo que decir sobre el capítulo 4 del Génesis, más allá de las clases de catecismo. No habría nada que decir cuando un escritor no ha interiorizado profundamente un tema. Pero más allá de las creencias o vida personal del autor, destaca justamente la profunda interiorización del mito, que le ha permitido a Daniel Vázquez construir cinco yoes líricos verosímiles y poderosos: Abel, Adán-Eva, Dios y Caín.

    El poeta ruso Vladímir Mayakovski decía en Cómo hacer versos que «el poeta debe colocarse a la vanguardia de su clase, en todos los frentes, y que solo la elaboración técnica hace a los poetas diferentes; sólo el perfeccionamiento, la acumulación y la variedad de procedimientos crean al escritor profesional».

    El guardián de mi hermano contiene una variedad de epígrafes para introducir cada una de las cuatro secciones del libro. Incluso la cantante Beyoncé se cuela juguetonamente para introducir a Dios. La vanguardia no es negar la tradición, sino aprenderla, intervenirla, aportarle algo, ampliarla y pasarla a la siguiente generación. Al abrir el libro, lo primero que llama la atención, desde su índice, es el uso elegante de los espacios en la página en blanco. Visualmente, es el mejor libro de poesía editado por Letra Capital –la editorial del Municipio de Querétaro fundada por Carlos Campos y ahora gestionada por Margarita Ladrón de Guevara–, cuyo único defecto sigue siendo el minúsculo tamaño de su fuente, discriminatorio de las capacidades visuales del lector.

    El buen gusto del poeta, junto con la edición a cargo de César Báez, vuelve significativos los silencios y espacios de la página en blanco al justificar por la izquierda la voz de Abel, justificar al centro las voces de los padres (Adán, Eva y Dios) y justificar a la derecha la voz de Caín.

    Asimismo, los versos dísticos en las secciones de Caín y Abel muestran esa dualidad de la que habla José Saramago en uno de los epígrafes: “Nadie es una sola persona, tú, Caín, eres también Abel”. El libro nos hace viajar en el tiempo y en el espacio para asistir como testigos a la escena bíblica, escuchando la voz interior de los hermanos, de los padres y del propio Dios.

    El yo lírico de Dios

    Lo que distingue a los buenos poetas de los malos es conocer la diferencia entre el yo del autor y el yo lírico en el poema: ignorancia que aparece con frecuencia en escritores publicados con poca formación, incapaces de distinguir el plano literario del plano real. Esta torpeza incluso provoca, en algunos «poetas», delirios de persecución. Daniel Vázquez, con una madurez literaria notable, logra algo dificilísimo, incluso para bardos aguascalenteños laureados: crear y diferenciar las voces entre los hermanos, los padres y, sobre todo, la voz de Dios.

    A continuación, algunos fragmentos de la voz de Abel, retratado como un pastor místico y observador, que ama profundamente a su hermano y nos muestra que el verdadero celo de Caín es que Abel dialoga con el Creador:

    ABEL

    Nadie ha escrito aún que la muerte
    es la boca de las piedras

    Caín podría florecer el desierto

    ¿A qué suena su voz?
    Preguntó un día en la cocina
    después de las ofrendas

    A muerte aplacada
    trueno sobre la montaña
    colisión entre estrellas

    Por su parte, las voces de Adán y Eva muestran, por un lado, el cuidado maternal y, por el otro, la preocupación terrenal y patriarcal de un Adán desterrado y condenado a ganarse el pan con el sudor de su frente:

    LIMEN: ADÁN Y EVA

    Eva:

    Pero llegó Caín
    y lo hizo todo sencillo: el sol salía
    y se volvía a esconder
    Las flores crecían entre sus pies

    Adán:

    Creí que sería más sencillo
    tener solamente hijos varones

    Creí que sería más sencillo
    solo tendría que enseñarles
    a arar el campo
    a degollar los corderos

    Criar una mujer es más difícil
    tienes que enseñarles a apuntar
    tienes que enseñarles a disparar.


    Qué clase de padre
    abandona a su hijo en manos de Dios.

    Un lector despistado podría acusar estos versos de misoginia o ingratitud religiosa, pero aquí no habla Daniel Vázquez sino el yo lírico de Adán. La línea es delgada, como delgada es la línea entre cordura y locura, entre sueño y vigilia, entre verdad y posverdad.

    El mayor hallazgo del libro es renovar la voz de Yahvé: una voz bíblica presente en Génesis, Éxodo y los profetas. El guardián de mi hermano muestra a un Dios juguetón y caótico, que se interpela a sí mismo, repitiéndose como quien sabe que lo sabe todo. Un Dios adaptado a la época aceleracionista y algorítmica del siglo XXI. Dios hecho a nuestra semejanza. ¿O al revés?

    […]

    El guardián de mi hermano expande el capítulo 4 del Génesis, casi en su totalidad diegético, hacia una mímesis que nos hace sentir el interior de los personajes. Incluso podría representarse en un no-lugar, como un invernadero abandonado o debajo de un puente en ruinas, como pieza posdramática. A pesar de ser un libro de debut, logra unidad en su composición, resignifica y actualiza un mito, entiende la pausa versal en la poesía contemporánea, y sobre todo, construye una diversidad de yoes líricos dentro de un pequeño universo suspendido en el tiempo.

    Daniel Vázquez (2025). El guardián de mi hermano. Editorial Letra Capital. 67 páginas.

  • Presentación de «Josefa, muy señora mía» de Araceli Ardón

    Presentación de «Josefa, muy señora mía» de Araceli Ardón

    El legado de una mujer imprescindible vuelve a cobrar vida.

    El Museo de Arte de Querétaro te invita a la presentación del libro Josefa, muy señora mía de Araceli Ardón, una obra que rinde homenaje a la inteligencia, fuerza y sensibilidad de Josefa Ortiz de Domínguez, figura clave en nuestra historia nacional.

    📅 Jueves 20 de noviembre
    🕖 19:00 h
    📍 Museo de Arte de Querétaro, Allende 14 sur, Centro Histórico.

    🎟️ Entrada libre
    Una cita imperdible con la literatura, la historia y el arte.

    #JosefaMuySeñoraMía #AraceliArdón #MuseoDeArteDeQuerétaro #CulturaQuerétaro #LecturasQueInspiran #HelvéticaEditorial

  • Historia de un minuto

    Historia de un minuto

    Por Raúl Álvarez Huerta / Rock & Raul

    La mañana del 15 de febrero del año 2000, la vida sentimental de Camilo se había derrumbado en un minuto. Sesenta segundos definieron el fin de su historia personal al lado de Fátima. Un día después del mediático y depresivo San Valentín, Camilo caminaba por la calle Fraternidad del barrio de El Tepetate convertido en un desequilibrado emocional, regresando a vivir en el sin-sentido que había habitado antes de conocer a Fátima, el amor de su vida durante dos años de intensa pasión. Con ella había conocido el paraíso.

    Esta vez, la filosofía de Viktor Frankl ya no le interesaba en lo más mínimo; el ser de Martin Heidegger tampoco. En esas circunstancias, Nietzsche sería, ulteriormente, su tablita de salvación existencialista. Las enseñanzas del autor de Así habló Zaratustra le proporcionarían su mejor aprendizaje. Cuando Camilo aterrizó en la vida real, ya sin estar bajo los efectos de algún destilado, entendió que no debía aborrecer su suerte ni maldecir su destino. Ahora deseaba rehuir todo lo que fuera dolor y alejarse de todo lo que tuviera que ver con Fátima: el amor de su vida por muchas razones, el mismo amor que lo había conducido al sufrimiento. Con Nietzsche aprendió, de manera empírica, a darle sentido a su vida. Su destino con ella, nada ni nadie lo podía cambiar; su historia debía volver a empezar, y ahora él desearía llevar el timón a su propio mando, aun cuando eso implicara pagar un costo no cuantificable.

    Ese fatídico día, todo lo que lo rodeaba lo veía negativo y negro. De haber sido un Viernes Santo, habría dado su vida por caminar al lado de los encapuchados que, en su niñez, le recordaban al Ku Klux Klan cuando a las cinco de la tarde salían del Convento de la Cruz a recorrer las calles de la ciudad. Esa mañana salió a la calle y sólo fue cuestión de caminar unos metros para crudársela en la cantina ADO, atendida por los hermanos Corbella. Su resaca moral era un infierno. Al llegar, se dirigió sin titubear a la Rock-Ola para programar una rola que le gustara. El chiflido melódico que marca el inicio de la multicitada Historia de un minuto de David Garnica Palomares (no de Interpuesto ni de su vocalista Gonzalo Olvera) fue la coincidencia del destino. La melodía daba justo en el clavo, donde más dolía.

    Ella convirtió la noche en un poema de amor,
    Ella prometió mil noches de alegría solo a él,
    Pero el tiempo habló, no todo fue tan bello, no, no, no…

    La carta encontrada en el buró decía que estaba harta de todo, de tanto rodar. Que no era su culpa, que sólo era su forma de ser. Y esa noche, él no pensaría en buscarla. No. Esa noche no quería ni mirarla otra vez.

    En el juego de la vida y el amor, su suerte estaba echada. Las cartas habían estado marcadas sin que él lo hubiera percibido: el amor lo cegaba, lo cegó durante dos años. Para él, el día comenzaba con Fátima y terminaba con ella. Salir del otrora nido de amor, borrar todo y largarse sin voltear a ver atrás —en sentido metafórico— era lo mejor para su sentir. Se sintió fuerte y decidido para iniciar una nueva vida. Por eso tomó aquella fría determinación. El tiempo le demostraría que estaba equivocado: antes tendría que tocar fondo y pagar algunas sentimentales facturas.

    La cruda física comenzaba a hacer mella en sus dañados intestinos, y la cantina ADO fue un oasis en su desierto, en busca de una buena dosis de Bloody Marys y MicheClams, que lo ayudaron a recuperarse de la solitaria noche en la que bebió hasta quedar hecho pedazos en el sillón de la sala. Todo después de que Fátima lo cortara y lo mandara por el tubo del drenaje. Camilo se había ahogado en alcohol. Los estragos del exceso saltaban a la vista: sus ojos estaban rojos. Esa noche, Fátima prefirió dormir deseando que al día siguiente él desapareciera de su vida para siempre.
    Jamás volvieron a verse.

    Foto: Isabel Argüero Rodríguez.

  • El torturador

    El torturador

    Por Diana Galindo

    Diego le cortaba las patas a las palomas que fallaban en sus labores: el transporte de sustancias ilegales. Para ganarse el alimento, para calmar el hambre que lastimaba sus estómagos, ellas debían ser eficaces. A veces parecía que una paloma tenía más hambre que un león, capaz de comer varias bolsas de pan al día; al final de su vida, podía haber comido cientos de kilos.

    El trabajo también era duro para la paloma obnubilada por el hambre. Debía transportar la carga en su pata pintada de negro, amarrada con un hilo y una bolsita del mismo color. Pero a veces le daba hambre en el camino, entonces se equivocaba de destinatario y todo se volvía un caos, porque trabajaban juntas. Si una se equivocaba, debido a su tendencia a copiarse, las demás la seguían, y a veces perdían la mercancía.

    El trabajo de Diego consistía en torturar a las palomas que se equivocaban. Les cortaba una pata y, si volvían a fallar, les sacaba los intestinos y luego les cortaba la cabeza. Lo hacía frente a las demás, pero ellas solo sentían hambre, no miedo; su verdadero temor era quedarse sin comida. Sin embargo, Diego no se daba cuenta de esto. Le gustaba cortarles las patas. En su casa había ciento veinte palomas, cada una con su número. El lugar estaba lleno de excremento por fuera, y nadie sospechaba lo que allí ocurría porque la gente no ponía atención. El suelo de su casa estaba salpicado de sangre y de patitas de ave que quedaban tiradas, y que a veces las mismas palomas se tragaban junto con las migas de pan.

    Aunque no mucha gente se fijaba, un joven sí se dio cuenta de la situación. Su nombre era Isaac. Amaba contemplar a las aves, sobre todo a las gaviotas. Gentilmente se acercaba a platicar con ellas. Éstas volaban tan alto, tan lejos, que parecía que sus palabras no llegarían. Pero él se percató de que algo pasaba con las palomas: se dio cuenta de que eran traficantes y que las castigaban mutilándolas o aplastándolas hasta dejarlas sin vida en las calles.

    —¿Qué pasa con las palomas? —preguntó.
    —Te llevaremos ahí —le respondió la voz grave de una gaviota desde el cielo.

    Isaac sintió miedo mientras caminaba por las calles llenas de niebla, guiado por las aves hacia un cerro. Llegó a la casa del criminal, distinguible porque estaba repleta de palomas y de excremento. No quiso pensar en el sufrimiento que se vivía allí y se fue.

    Desde ese día comenzó a ir seguido al mar. Su forma de hacer la guerra era conversando con las gaviotas. Hablaba sobre moral, sobre la felicidad y los deberes de los hombres. Las gaviotas se sentían atraídas por sus palabras, por aquello que les contaba mientras él se sentaba junto al mar.

    Convenció a las gaviotas, y fueron a pelear contra las palomas. Las exterminaron durante una noche y un día. Esa mañana, la gente de la ciudad, distraída como siempre, no se dio cuenta de lo ocurrido. Sin embargo, después de aquella batalla, las palomas que habían invadido la ciudad redujeron su número hasta casi desaparecer.

    Ya no atacaban a la gente que comía pan en la calle, ya no golpeaban con sus alas el rostro de los transeúntes. Las pocas que quedaron eran calladas, discretas, casi imitando el elevado comportamiento de las gaviotas. Éstas, en cambio, se alejaron de la ciudad para evitar represalias de los traficantes.

    Sin embargo, el cuerpo de Isaac fue encontrado flotando en el mar. Lo habían torturado y le habían sacado los intestinos. Las gaviotas lo guiaron en su último vuelo, cuando su espíritu se elevaba hacia el sol de la tarde; lo ayudaron para que no volteara a ver su cuerpo muerto, que yacía sin vísceras sobre el agua.

    Aunque al principio morir le costó trabajo, ángeles y pájaros de la ciudad descendieron en su ayuda y volaron triunfales en el cielo. Las gaviotas que se habían ido regresaron graznando y permanecieron tranquilas todo el día, pescando y velando durante la madrugada. Conversaban sobre la partida de Isaac y sobre las cosas que él les contaba cuando se sentaba a la orilla del mar: su amor por la filosofía aristotélica, su gusto por la pintura y la música.

    Ahora él escuchaba una melodía suave, en la espera más allá del tiempo.

    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

  • Calaveritas Literarias

    Calaveritas Literarias

    Por Lady Guadaña*

    Llegó el Día de Muertos
    Y la flaca ya despertó,
    Tenía varios conciertos
    Municipio la contrató.

    Se levantó animada
    Y preparó su maleta,
    Con su figura delgada
    Y su traje de etiqueta.

    Tomó sus llaves del coche
    Y recogió su guadaña,
    Le esperaba gran noche,
    Ya cobraría mañana

    Llegó a la Alameda
    Y preparó su vestuario
    «¡Cuando la gente acceda,
    Me los llevo pa’l osario!”

    E hizo un gran trabajo,
    Llamó mucho la atención,
    Rascando su contrabajo
    Tocó más de una canción

    «Muy buenas noches señores
    Aquí mi chamba termina,
    Miren esas bellas flores,
    ¿Estas no serán de China?

    «Veré a la Secretaria
    A ver si ya puedo irme,
    No vaya a ser la de malas
    Y quiera de Minion vestirme.

    «Menos mal, sí hubo gente,
    Bien que vine elegante,
    Pues vacío feo se siente,
    Como el Fest itinerante».

    La parca ya pasaría
    En la mañana a cobrar
    Y en la Secretaría
    Ya no le quisieron pagar

    Resulta que presupuesto
    En las arcas ya no había,
    Un globo con forma de luna
    Todo se lo llevaría.

    Y en esta tumba mansa
    La necedad se encerró;
    Ya la cultura descansa,
    El Plan Orden la enterró.

    * La persona autora de este texto lo envió con pseudónimo.

  • Aula Abierta: Pedagogías del Arte / Descolonizar la mirada

    Aula Abierta: Pedagogías del Arte / Descolonizar la mirada

    Por Miriam Uribe

    En el aula de arte, la mirada no es neutra. Llega cargada de historia, de jerarquías invisibles, de modelos aprendidos que dictan qué es bello, qué es valioso y qué merece ser visto. Descolonizar la mirada no es un gesto político superficial; es un ejercicio profundo de reaprendizaje, de volver a mirar el mundo sin los filtros que lo domesticaron. Es, ante todo, una práctica ética.

    Cuando enseño dibujo de figura humana, suelo iniciar con un recordatorio: «No dibujen lo que creen ver, dibujen lo que realmente ven». Y esa frase, que parece técnica, es en realidad filosófica. Implica suspender el juicio, renunciar a las convenciones que moldean la visión. Implica, también, reconocer que toda imagen ha sido construida dentro de una cultura que privilegió ciertos cuerpos, ciertos rostros, ciertas narrativas.

    bell hooks escribió que «la mirada opresora intenta reducirnos a objetos, mientras que mirar críticamente es un acto de resistencia». Descolonizar la mirada, en ese sentido, es recuperar el derecho a mirar desde la propia experiencia, desde el cuerpo que observa y se sabe observado. En mis clases, esto se traduce en ejercicios donde los estudiantes deben dibujar sin levantar el lápiz, sin mirar la hoja o incluso sin modelo, recordando. Lo que aparece en esos papeles no es sólo una forma: es una memoria visual desobediente, una mirada que deja de complacer.

    La enseñanza del arte, históricamente, se ha sostenido sobre cánones que imponen qué mirar y cómo representarlo. La historia del arte occidental nos enseñó que el cuerpo ideal tenía proporciones griegas, que la belleza residía en la armonía, que la piel blanca era sinónimo de universalidad. Pero el aula contemporánea no puede seguir repitiendo esas ficciones. Hoy el desafío es enseñar a mirar desde múltiples centros, a reconocer lo periférico como fuente de conocimiento.

    En un ejercicio reciente, pedí al grupo que representara un «rostro invisible»: aquel que rara vez aparece en las portadas de revistas o en los museos. Algunos eligieron retratar a sus abuelos, otros a vendedores ambulantes, a migrantes o a sí mismos. Las imágenes que surgieron fueron conmovedoras; cada una era una declaración política y afectiva. Como decía Frantz Fanon, «el colonialismo no sólo se apodera de la tierra, sino también de la manera de ver» Dibujar desde otro lugar es, entonces, una forma de devolver el mundo a sus miradas diversas.

    La descolonización también alcanza los materiales. En lugar de insistir en los soportes «nobles», invito a mis alumnos a trabajar con cartón, papeles reciclados o pigmentos naturales. Cuando exploramos la cianotipia o la antotipia, hablamos de cómo la luz y el tiempo colaboran en la imagen; cuando bordamos sobre tela, recordamos que el hilo también narra. En cada técnica hay una oportunidad para romper jerarquías: la acuarela deja de ser un ejercicio decorativo y se convierte en un espacio de pensamiento.

    Pero descolonizar no se trata sólo de cambiar materiales o temas. Es un proceso interior, una revisión de nuestras propias formas de mirar. A veces, incluso, duele. Porque obliga a reconocer los prejuicios aprendidos, las jerarquías que habitamos sin darnos cuenta. María Lugones escribió que «la colonialidad del poder también es una colonialidad del ser». Y eso, en el aula, se manifiesta en pequeños gestos: quién se siente autorizado a hablar, quién teme equivocarse, quién cree que no tiene «el talento» suficiente.

    Enseñar arte es, en este contexto, crear un espacio donde todas las miradas puedan coexistir sin anularse. Donde lo local, lo íntimo y lo fragmentario tengan tanto valor como lo monumental. Donde la diferencia no se tolere, sino que se celebre. Descolonizar la mirada no es excluir lo aprendido, sino ponerlo en diálogo con otras formas de ver y sentir.

    En el aula abierta, mirar es un acto de libertad. Descolonizar la mirada significa aprender a ver con otros ojos, pero también con otro corazón: uno que reconozca la pluralidad de lo humano y la dignidad de toda imagen. Porque sólo cuando miramos sin jerarquías comenzamos, de verdad, a ver.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de Ian en Unsplash