
Por Diana Galindo
La rutina de Cristóbal para escribir un libro formaba parte de una vida ascética que, a simple vista, nadie hubiera podido adivinar. Incluía levantarse a las cinco de la mañana, tomar baños de agua fría y sumergirse en el mar durante el punto más crudo del invierno, cuando las aguas recibían las corrientes intensas del Polo Sur.
Su dieta era frugal: arroz y pescado, y eventualmente alguna pasta. Cristóbal pasaba largas horas caminando por la ciudad en busca de inspiración para sus cuentos. Practicaba ejercicios de respiración, oración, meditación y contemplación. Cuando se sentaba con una taza de té, las horas transcurrían hasta que concluía su obra, normalmente en un día o dos.
El resto del mes lo dedicaba a su búsqueda literaria: leer hasta sentir que la cabeza le daba vueltas, como si se elevara en un mareo constante y luminoso. Él mismo encuadernaba sus libros y los llevaba al muelle, donde los ofrecía a precios elevados. Sin embargo, cada uno contenía soluciones para las personas con las que se cruzaba en su camino. Con solo mirarlas, las analizaba hasta sentir las dolencias de sus almas; entonces regresaba a casa y se entregaba a las hojas en blanco, donde ideaba remedios para los males de sus sujetos de contemplación.
Incluso a las aves les encontró un remedio. Una vez, al escucharlas, comprendió que se sentían asediadas por algunos habitantes de la ciudad. En un cuento les explicaba las transformaciones que a veces sufrían esos mismos habitantes: algunos se convertían en aves, otros en puercos o en lobos; luego se enredaban en la materia onírica de la noche y se devoraban unos a otros, dejando por algunas calles un aroma persistente a sangre.
Por eso les pedía que fueran condescendientes, que dejaran a los hombres aprender el arte de la transformación en ave, pues vivían tiempos de casas abandonadas y violencia extrema, donde las migraciones crecían y la humanidad necesitaba aprender ese arte. Algunas aves se mostraban reticentes, pero las más risueñas aceptaron y estallaron en carcajadas al sentir, entre sus filas, a hombres que huían de la ciudad: escritores, poetas, pintores, cocineros, choferes; toda clase de personas que alcanzaban cierta purificación de su alma.
Así, los libros contribuyeron a la transformación de la ciudad. Más allá de las calles donde se cometían crímenes, los ejemplares se hallaban en cafés donde intelectuales y curiosos se reunían a hablar de este conocimiento práctico. Algunos discutían sobre liberación, otros sobre fe.
Con el tiempo, el conocimiento se transmitió de boca en boca y los libros de sabiduría quedaron como reliquias olvidadas en las repisas de los cafés, donde las reuniones intelectuales se volvieron costumbre. Mientras tanto, el sabio escritor envejecía, pero seguía dando consejos desde su lejana casa móvil, que eran también sus propios libros.
Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.
Foto de Marjhon Obsioma en Unsplash

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