
Antes de que podamos explicar algo, ya lo hemos sentido. Antes de que formulemos una teoría, el cuerpo ya ha habitado el mundo. En el aula de arte, esto es evidente: un estudiante que toca por primera vez una arcilla húmeda no necesita que le hablen de formas ni proporciones. Su cuerpo explora, tantea, presiente. La creación ocurre antes que la explicación.
Maurice Merleau-Ponty, filósofo que alguna vez me incomodó por su densidad, me acompaña ahora como una voz que susurra entre materiales, gestos y silencios. En su Fenomenología de la percepción, propone algo radical: que no percibimos con la mente, sino con el cuerpo; que no estamos separados del mundo como observadores externos, sino que somos parte de él, tejidos en su trama, siendo y sintiendo a la vez.
En mis clases lo compruebo sin necesidad de citarlo: cuando una alumna descubre que su trazo tembloroso no es un error, sino el registro de una emoción; cuando un alumno deja de buscar «el resultado correcto» y se deja afectar por la experiencia. La percepción no es un dato, es una forma de presencia. Es el cuerpo —ese cuerpo sensible, vivido, múltiple— el que sostiene la posibilidad de crear.
«Mi cuerpo es el instrumento con el que tengo un mundo», escribió Merleau-Ponty. No como una metáfora, sino como una afirmación filosófica y vital. En el arte, esta idea cobra carne: no se pinta solo con la mano, se pinta con la espalda, con la respiración, con la memoria inscrita en los músculos. Cada elección —un color, un ritmo, un soporte— es una manera de estar en el mundo, de orientarse en él.
He visto a estudiantes corregir una línea no porque esté mal, sino porque no se siente bien. Esa frase, que muchos desdeñarían por subjetiva, contiene una potencia que escapa al tecnicismo: el cuerpo como brújula estética y ética. No se trata de oponer lo técnico a lo intuitivo, sino de comprender que todo hacer técnico verdadero nace de una sensibilidad encarnada.
En las clases hablamos del espacio, del tiempo, del otro. Merleau-Ponty también lo hace. Pero no desde conceptos abstractos, sino desde el cuerpo que se mueve, que recuerda, que anticipa. El tiempo, por ejemplo, no es una sucesión de relojes, sino el ritmo interno de una acción que se despliega: la espera antes de marcar un contraste, la pausa antes de cortar el papel, la duración de una mirada sobre la obra en proceso.
En el aula abierta, el cuerpo no es solo presencia física: es conocimiento vivo. Por eso me interesa tanto detenerme ahí, entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se piensa y lo que se percibe. Porque quizá enseñar arte no sea otra cosa que acompañar la vuelta al cuerpo, al saber que habita en él sin necesidad de teoría, pero que encuentra en la teoría un modo de ampliarse.
Esta columna, entonces, no busca explicar, sino dejarse atravesar. Porque el aula también es un campo perceptivo: un lugar donde lo invisible comienza a tomar forma, y donde el cuerpo —si se le escucha— nos recuerda que ya sabíamos, desde antes, cómo mirar.
Miriam Uribe Zavala es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.
Foto de The Cleveland Museum of Art en Unsplash

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