Autor: Carlos Campos

  • Aula Abierta; ¿Quién hace el arte? Lo colectivo detrás de la obra

    Aula Abierta; ¿Quién hace el arte? Lo colectivo detrás de la obra

    Hay una escena que a veces recuerdo, entre tierna y brutal: un estudiante me dijo, mirando su máscara de cartón con cierto desencanto: «Profe, esto ya no es mío…». Le pregunté por qué. «Porque ya lo tocaron todos». Su obra había pasado por muchas manos: la del compañero que le ayudó a pegar una oreja, la mía, que lo empujó a cortar por otro lado, la técnica del taller que sugirió con qué barniz terminarlo. No supe si sonreír o quedarme callada. Tal vez ambas cosas.

    Pensamos el arte, con frecuencia, como una especie de emanación individual, un brote de genialidad. Incluso en la escuela reforzamos esa idea sin darnos cuenta: «tu obra», «tu inspiración», «tu firma». Pero el arte —al menos el que se hace en este mundo y no en el limbo de las ideas— siempre es una construcción compartida. Se cuela el tiempo, la conversación, el tallerista que ayuda a preparar los materiales, la familia que espera a que uno termine para cenar, los compañeros que elogian o cuestionan. Y esa red, esa malla que sostiene el proceso creativo, es tan parte de la obra como la línea o el color.

    Howard Becker, sociólogo y músico, escribió que toda producción artística es una actividad colectiva. Que una obra de arte no es el gesto puro de un autor solitario, sino el resultado de un sistema de cooperación más o menos visible. Me gusta esa mirada porque baja al artista del pedestal, sin quitarle valor. Porque no hay necesidad de heroísmo para crear, sino de vínculos, de apoyo, de interacción. En ese sentido, una clase de arte —con todo su caos, sus imprevistos y sus rituales— es el ejemplo perfecto de cómo se teje una obra entre muchas personas.

    Las obras que nacen en la escuela son profundamente colectivas, incluso cuando no lo parecen. A veces, los estudiantes hacen esfuerzos por ocultar ese origen compartido: no quieren que se note que pidieron ayuda, que les prestaron materiales, que vieron un video de YouTube o que tomaron una idea que surgió en grupo. Como si el valor de la obra dependiera de su pureza individual. Pero con el tiempo, si el espacio lo permite, algo cambia. Empiezan a nombrar a quienes los influenciaron, a agradecer al otro que les «salvó el trabajo», a ver en el proceso una historia común. A veces, incluso, se enorgullecen de que «ya no sea solo suyo».

    Yo también he necesitado otras manos para que mi obra exista. Amigos que me ayudan a armar estructuras o soportes de trabajo. Charlas espontáneas —a veces nostálgicas, a veces entusiastas— que terminan abriendo caminos que antes no veía. Ideas que nacen por el solo hecho de compartir el quehacer, de habitar juntas el aula o el taller. Hasta mis perros y gatos, en su silenciosa compañía, han tejido parte del ritmo con el que creo.

    Quizá sea momento de cambiar la pregunta. En vez de «¿quién hizo esta obra?», podríamos empezar a decir: «¿quiénes hicieron posible que esto existiera?».

    En el aula abierta, el arte se revela como un entramado de manos, voces y decisiones compartidas. Aquí nadie crea solo: se crea en presencia, en vínculo, en resonancia. Porque toda obra, aun la más íntima, nace del roce con el mundo y con los otros. Y tal vez lo más revolucionario que podemos enseñar sea esto: que hacer arte es aprender a colaborar, sin miedo a perder el nombre propio.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de Minh Ngọc en Unsplash

  • Aula Abierta: El territorio como aula

    Aula Abierta: El territorio como aula

    Hay clases que no suceden entre cuatro paredes. A veces, la pedagogía aparece entre la tierra y el polvo, al borde de un camino, en una piedra marcada por el sol, en la conversación con alguien que nunca ha leído teoría, pero carga siglos de saber en sus manos.

    El territorio enseña. Y enseña sin programa. Su didáctica es otra: fragmentaria, envolvente, inesperada. No siempre avisa. Basta salir con los ojos abiertos —a un mercado, a una barranca, a una fiesta popular— para que algo nos descoloque. Un color que no sigue reglas de armonía, un símbolo pintado a mano en un muro, una técnica que no aparece en los libros, pero resiste el tiempo.

    Cuando trabajo con estudiantes fuera del aula, ocurre una transformación. Las preguntas cambian. Ya no se trata de «cómo se hace» sino de «por qué se hace aquí, así, con esto». Entonces el arte se vuelve excusa para mirar de otro modo: a la gente, a los objetos, a los silencios de la calle. El territorio —esa palabra a veces tan académica— se revela como cuerpo vivo: piel, memoria, historia.

    En un taller reciente, salimos a caminar por el barrio. Un estudiante se detuvo frente a una casa antigua, con una reja oxidada y un árbol que empujaba los muros hacia afuera. «Esto es hermoso», dijo. Alguien más replicó: «Pero está descuidado». Y ahí empezó la clase. ¿Desde qué mirada decimos lo que vale? ¿Qué formas de belleza hemos aprendido a descartar?

    Volver al territorio como aula implica descentrar al docente y al método. Implica asumir que el conocimiento no siempre se transmite: a veces se comparte, se intercambia, se recoge como quien recoge semillas caídas. En estos espacios, los estudiantes no únicamente aprenden a hacer, sino a escuchar el lugar. A leerlo sin prisa. A respetar sus tiempos, sus modos, sus gestos.

    El arte escolarizado suele vivir lejos del polvo. Pero el arte verdadero —el que nace de la necesidad de decir algo— siempre tiene tierra bajo las uñas. No hay pedagogía artística completa si no considera el contexto que la atraviesa. Porque no enseñamos arte en abstracto: enseñamos en un estado, en un barrio, en un país que tiene historia, heridas, riqueza, contradicción.

    Y esa dimensión territorial no se impone, se descubre. A veces está en la flor que alguien pega sobre un altar doméstico, en el bordado que guarda un apellido, en la música que se repite cada fiesta patronal. Esas expresiones, que muchos llaman populares como si fueran menores, son también formas de pensar, de narrarse, de imaginar el mundo. ¿Por qué no aprender de ellas?

    En aula abierta, el territorio no es sólo contenido: es método. Es ese espacio desde donde se enuncia una práctica y una ética. Es lo que obliga a salir, a observar, a dejar de hablar para mirar con humildad. A veces, basta con eso para que la pedagogía ocurra.

    Porque enseñar arte también es enseñar a habitar: con el cuerpo, con la memoria, con la mirada atenta. Y ningún territorio está vacío cuando alguien aprende a mirarlo.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de Simi Iluyomade en Unsplash

  • Descubre los mitos que habitan tu día a día: curso presencial en Querétaro

    Descubre los mitos que habitan tu día a día: curso presencial en Querétaro

    El Museo de los Conspiradores y el Centro de las Artes de Querétaro abren sus puertas al fascinante universo de la mitología con Mitos Eternos: Mitología para tiempos modernos, un curso lúdico y teórico-analítico que se impartirá de septiembre de 2025 a febrero de 2026.

    En un mundo acelerado, reconectar con los relatos fundacionales de la humanidad puede ser una forma poderosa de reflexionar, imaginar y encontrar nuevas formas de sentido.

    Este curso te invita a explorar cómo los mitos griegos, y su simbología, continúan vivos en nuestra cultura contemporánea. No necesitas conocimientos previos, sólo curiosidad y ganas de compartir.

    Hay dos modalidades: los jueves de 17:00 a 19:30 h en el Museo de los Conspiradores ($1,000 al mes, incluye catering), o los sábados de 10:30 a 12:00 h en el Centro de las Artes ($800 al mes).

    Informes e inscripciones vía WhatsApp al 442 822 2182 o al correo anaquelliterario@gmail.com

    También puedes registrarte directamente en el formulario: https://forms.gle/CB7Wk8QYjZYcBQAe7

    Conoce los mitos. Reescribe tu visión del mundo. ¡Te esperamos!

  • Coordenada Artística: ἐγέρσις*

    Coordenada Artística: ἐγέρσις*

    Para M. D.

    —¿Puedo preguntarte algo?

    —Adelante.

    —¿Cómo llegaste aquí?

    —Esa no es la pregunta adecuada.

    —¿De dónde sacaste tus alas?

    —Esa no es la pregunta adecuada.

    —Es que te veo tan libre, extendiéndote, volando por todo el jardín, yendo y viniendo, sonriente y feliz. ¿Cómo puedo ser como tú?

    —Esa no es la pregunta adecuada.

    —¿Por qué no me quieres ayudar?

    —Te estoy ayudando; esa no es la pregunta adecuada.

    —Entonces, ¿cuál es la pregunta adecuada?

    —La pregunta adecuada es «¿Para qué?».

    —¿Para qué?

    —Sí, ¿para qué llegaste aquí? Esa es la pregunta: cuando emprendas el viaje hacia la respuesta, te reencontrarás contigo, recordarás y reconocerás quién eres; en consecuencia, comprenderás que no quieres ser como nadie más. Si persistes en el camino, te darás cuenta de la crisálida en que estás envuelta y que te impide extender tus propias alas; y entonces, podrás romperla y extender tu ser. Sabrás que la felicidad es un estilo de vida y no una utopía: superarás tus límites y emergerás siéndote leal a ti misma.

    —Tus palabras iluminan mi alma, mi corazón te agradece infinitamente.

    * ἐγέρσις. Griego. Resurrección, despertar.

    Yadira Cruz M. es escritora y artista visual radicada en Querétaro. Licenciada en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, ha complementado su formación en comunicación, artes plásticas, derechos humanos y social business. Es autora de SentimientosToc, toc, ¡Imaginación despierta! y Neftis: Reflejos de luna (Ed. Ariadna), obra con la que representó a Querétaro en la FIL Guadalajara 2022. Ha participado en encuentros internacionales de poesía y expuesto sus obras plásticas en muestras como Desfragmentaciones y WomenPOPwer. Colabora en Cultura 360 de RTQ desde 2020, y se desempeña también como promotora cultural, tallerista y compositora afiliada a la SACM.

    Foto de Olivia Houck en Unsplash

  • Narrar desde la experiencia: Fernando Tamariz impartirá taller de narrativa por Zoom

    Narrar desde la experiencia: Fernando Tamariz impartirá taller de narrativa por Zoom

    A partir del próximo 7 de agosto, el escritor y tallerista Fernando Tamariz impartirá un Taller de Narrativa en modalidad virtual. El curso consta de 12 sesiones semanales, que se llevarán a cabo los jueves de 7 a 9 pm, vía Zoom.

    Con una trayectoria sólida en la promoción de la lectura y la escritura creativa, Tamariz ofrecerá un espacio donde los participantes podrán desarrollar sus proyectos narrativos, compartir avances y recibir retroalimentación profesional. El taller está dirigido tanto a quienes inician en la escritura como a autoras y autores con obra en proceso que deseen afinar su estilo.

    La propuesta del taller se basa en una metodología participativa, donde el análisis de textos, los ejercicios de escritura y la conversación crítica forman parte esencial del proceso formativo.

    Para informes e inscripciones, se puede contactar vía WhatsApp al 442 322 9298.

  • Aula abierta: ¿Cómo se evalúa lo invisible?

    Aula abierta: ¿Cómo se evalúa lo invisible?

    Hay una pregunta que me persigue desde hace años: ¿cómo se evalúa un proceso artístico sin traicionarlo? ¿Cómo traducir la complejidad de una búsqueda, el temblor de una decisión, la honestidad de una forma, en una rúbrica numérica? En el aula, donde conviven lo institucional y lo íntimo, esta pregunta se vuelve urgente.

    Una obra puede estar inacabada y, sin embargo, contener más riesgo que una pieza perfecta. Puede haber un trazo torpe que diga más que una técnica impecable. ¿Cómo explicarlo en un reporte? ¿Cómo justificarlo en una boleta? A veces siento que el lenguaje de la evaluación llega tarde, como si intentara encerrar algo que ya se ha fugado.

    El arte no es un problema a resolver, sino una experiencia que se atraviesa. Evaluarlo implica reconocer esto: que no siempre hay resultados visibles, que el sentido se gesta en capas, que hay aprendizajes que no se anuncian en voz alta. Y, sin embargo, como docentes, debemos nombrar, escribir, registrar. Entonces aparece el dilema: ¿cómo no reducir el gesto a un número?, ¿cómo no aplanar la singularidad?

    No tengo una respuesta única, pero he encontrado algunas pistas. Una de ellas es escuchar. No solo lo que dicen los estudiantes, sino cómo lo dicen: dónde dudan, dónde insisten, dónde brillan. Otra: mirar el proceso como si fuera una obra en sí misma, con sus decisiones, pausas y pliegues. Acompañar no es señalar errores, sino afinar la mirada junto al otro.

    Recuerdo a una estudiante que presentó una pieza mínima: un dibujo apenas insinuado, casi ausente. Al principio pensé que no había terminado. Luego me contó que no había podido trabajar durante semanas por la muerte de su abuela, pero que un día, al mirar una sombra sobre la pared, sintió que algo se había movido dentro. Dibujó esa sombra. Eso fue todo. Y eso fue suficiente. ¿Cómo se evalúa eso?

    Evaluar en arte exige desaprender ciertos hábitos: la obsesión por el producto, la urgencia del control, la ilusión de la objetividad. No se trata de renunciar al criterio, sino de afinarlo: saber cuándo hablar y cuándo callar, cuándo proponer y cuándo sostener el vacío. A veces, la mejor retroalimentación es una pregunta abierta o un silencio que deja espacio para que el otro se escuche a sí mismo.

    En el aula abierta, la evaluación puede ser otra cosa: una conversación, una lectura colectiva, una deriva de preguntas. Puede ser una bitácora, una exposición íntima, un relato del propio proceso. Lo importante es que el estudiante se reconozca ahí, no como quien cumple, sino como quien habita el hacer.

    Evaluar en arte no es medir, es comprender. Es cuidar el lenguaje con el que hablamos de lo que aún está naciendo. Porque si algo enseña el arte, es que lo valioso no siempre se ve de inmediato. A veces florece en el margen, en lo que no se entrega a tiempo, en lo que apenas comienza.

    Y quizá, al final, lo que evaluamos no es la obra, sino el modo en que alguien se atrevió a decir algo con ella.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

  • Coordenada Artística: Toda mi vida me han juzgado

    Coordenada Artística: Toda mi vida me han juzgado

    Me han juzgado por ser alta, tener sobrepeso, usar lentes y odiar el futbol.

    De niña me juzgaron por preferir una bicicleta, ser hija de madre divorciada, gustar del ajedrez; elegir cereal de vainilla, subirme a un árbol, no saber usar vestido, y escoger leer en vez de TV.

    Me han juzgado por atreverme a crear sin miedo al qué dirán, escuchar la música que escucho, hacerme tatuajes, pensar libre, amar incondicionalmente, elegir a mis amigos, y preferir una tarde de café que una noche de alcohol.

    Me han juzgado por no cumplir estereotipos, no ajustarme al molde de lo que dicen que se debe ser o hacer, no aspirar a ser un ama de casa, decidir no ser madre; aún hay quien me juzga por no depender de un varón para hacer y tomar decisiones en mi vida. 

    Me han juzgado por soñar, creer y alcanzar…

    Toda mi vida me han juzgado…

    Y esos jueces me causaron mucho daño, pero también, me ayudaron a conocer, aceptar y amar a la persona que soy hoy. Entendí que son personas que tienen tanto miedo, que prefieren poner su atención en terceros que en sí mismos. Lo sé porque en algún momento yo también me juzgue sin darme la oportunidad de conocerme.

    Yadira Cruz M. es escritora y artista visual radicada en Querétaro. Licenciada en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, ha complementado su formación en comunicación, artes plásticas, derechos humanos y social business. Es autora de SentimientosToc, toc, ¡Imaginación despierta! y Neftis: Reflejos de luna (Ed. Ariadna), obra con la que representó a Querétaro en la FIL Guadalajara 2022. Ha participado en encuentros internacionales de poesía y expuesto sus obras plásticas en muestras como Desfragmentaciones y WomenPOPwer. Colabora en Cultura 360 de RTQ desde 2020, y se desempeña también como promotora cultural, tallerista y compositora afiliada a la SACM.

  • Hitlaro: el eco de lo no dicho

    En el horizonte literario de Querétaro, pocas primeras novelas se atreven a explorar con tanta osadía los territorios del tiempo, la muerte y lo femenino como lo hace Hitlaro (Helvética, 2025), ópera prima de Mariana Perusquía. Concebida durante su etapa universitaria y escrita con la espontaneidad y la intensidad de quien aún no sabe del todo que está escribiendo una novela, este libro aparece finalmente publicado dos décadas después bajo el sello de Helvética, con una portada realizada por la artista Andrea Perusquía Mendoza, hermana de la autora. Más que un debut tardío, Hitlaro es una aparición madurada por el tiempo y por la conciencia de que toda historia importante encuentra su propio momento para ser contada.

    La novela abre con un gesto íntimo y sencillo: Sara, una mujer joven, regresa con su esposo Adrián y su hijo Julián al pueblo de donde él es originario. La motivación parece inocente: acompañar a su suegra tras la muerte del patriarca. Pero pronto el lector intuye que hay algo más denso, algo no resuelto en ese regreso a lo rural. Hitlaro, el pueblo que da nombre al libro, es un lugar imaginario, pero se siente profundamente real: una comunidad marcada por el abandono, las supersticiones y la persistencia de lo no dicho. En sus calles polvorientas y casas detenidas en el tiempo se agitan fuerzas invisibles, memorias enterradas y ecos que susurran a través de las generaciones.

    Lo más fascinante de Hitlaro es cómo combina el drama familiar con una atmósfera sobrenatural que nunca se recarga del todo en lo fantástico, sino que se desliza como una presencia latente. A lo largo de la historia, Mariana Perusquía construye un universo donde la maldición, la reencarnación y el enfrentamiento intergeneracional se entretejen sin perder la dimensión humana de sus personajes. Sara, la protagonista, es una figura compleja: madre, esposa, forastera, y poco a poco, médium involuntaria de una memoria ancestral. Su travesía no es sólo geográfica ni doméstica; es una incursión en los pliegues del tiempo y en los traumas heredados, particularmente aquellos vinculados a la violencia, el linaje y el poder masculino.

    En el centro de la trama resuenan elementos del gótico rural: la mansión familiar detenida en un esplendor polvoriento, las visiones en el espejo, los susurros que cruzan la barrera entre vivos y muertos. No obstante, Perusquía evita los clichés del género para ofrecer algo más cercano a una alegoría íntima. La aparición de personajes como Rebeca —figura espectral que acompaña y confronta a Sara— sugiere la existencia de una genealogía femenina de resistencia que se perpetúa a través de los siglos. Hitlaro no es simplemente una historia de fantasmas: es un relato sobre la transmisión del dolor y la necesidad de redención.

    Uno de los momentos más potentes del libro ocurre cuando Sara, atrapada en un fragmento de espejo —una imagen que resuena con el mito de Narciso pero también con el trauma de lo inasible—, debe enfrentar a su propio hijo, Julián, que ha dejado de ser el niño tímido que conocía para transformarse en una figura ambigua y amenazante. La tensión entre el amor maternal y la sospecha del mal se convierte aquí en una alegoría poderosa: ¿cómo distinguir al heredero de la herencia? ¿Qué parte de lo que se transmite es inevitable, y cuál puede ser interrumpida por el acto consciente de una mujer?

    Perusquía escribe con un estilo directo, lírico por momentos, pero sin afectación. Hay una sensibilidad clara por el ritmo narrativo, por la cadencia del habla popular y por el suspenso emocional. La novela avanza entre escenas oníricas, recuerdos brumosos y confrontaciones físicas que, lejos de saturar la prosa, la llenan de matices. El lector no siempre tiene la certeza de lo que ocurre —ni falta que hace— porque lo importante en Hitlaro no es tanto el qué sino el cómo se revela lo invisible, cómo se filtra lo soterrado.

    Desde un punto de vista temático, Hitlaro podría leerse como una meditación sobre la reencarnación, pero también como una crítica al peso de las estructuras patriarcales y al silenciamiento de las mujeres dentro de las genealogías familiares. El pueblo como escenario es también una metáfora del cuerpo femenino: un espacio ocupado, abandonado, lleno de secretos. Sara, al final, no es sólo una protagonista sino una especie de conducto entre generaciones, una intérprete que escucha lo que las otras no pudieron decir.

    No es casual que Mariana Perusquía haya elegido publicarse como autora independiente. La historia de Hitlaro no sólo narra una lucha contra el destino sino que también representa, en su publicación misma, una forma de tomar las riendas de su voz como narradora. Escribir desde Querétaro, desde lo íntimo, desde la marginalidad de una autora debutante, es también un gesto político. Esta es una novela que nació a contracorriente del tiempo editorial, escrita por alguien que, como ella misma ha dicho, soñaba con ser Isabel Allende y encontró, en la escritura, una forma de actuar: Mariana encontró a Mariana.

    Al final del libro, cuando Sara despierta sin saber si todo lo vivido ha sido un sueño, una visión o una reencarnación, el lector también queda suspendido en ese limbo entre lo real y lo simbólico. Esa es, quizás, la mayor virtud de Hitlaro: su capacidad de perturbarnos suavemente, como lo hacen los sueños que parecen tener un mensaje cifrado.

    Mariana Perusquía se suma, con esta primera novela, a una generación de escritoras mexicanas que están renovando el imaginario literario desde lo local, lo simbólico y lo femenino. Hitlaro es un debut honesto, inquietante y lleno de posibilidades. Un libro que no grita, pero resuena como un eco persistente que seguirá acompañando a quienes se atrevan a cruzar ese espejo donde el tiempo, la historia y los afectos se reflejan una y otra vez.

  • Aula Abierta: El cuerpo sabe

    Aula Abierta: El cuerpo sabe

    Antes de que podamos explicar algo, ya lo hemos sentido. Antes de que formulemos una teoría, el cuerpo ya ha habitado el mundo. En el aula de arte, esto es evidente: un estudiante que toca por primera vez una arcilla húmeda no necesita que le hablen de formas ni proporciones. Su cuerpo explora, tantea, presiente. La creación ocurre antes que la explicación.

    Maurice Merleau-Ponty, filósofo que alguna vez me incomodó por su densidad, me acompaña ahora como una voz que susurra entre materiales, gestos y silencios. En su Fenomenología de la percepción, propone algo radical: que no percibimos con la mente, sino con el cuerpo; que no estamos separados del mundo como observadores externos, sino que somos parte de él, tejidos en su trama, siendo y sintiendo a la vez.

    En mis clases lo compruebo sin necesidad de citarlo: cuando una alumna descubre que su trazo tembloroso no es un error, sino el registro de una emoción; cuando un alumno deja de buscar «el resultado correcto» y se deja afectar por la experiencia. La percepción no es un dato, es una forma de presencia. Es el cuerpo —ese cuerpo sensible, vivido, múltiple— el que sostiene la posibilidad de crear.

    «Mi cuerpo es el instrumento con el que tengo un mundo», escribió Merleau-Ponty. No como una metáfora, sino como una afirmación filosófica y vital. En el arte, esta idea cobra carne: no se pinta solo con la mano, se pinta con la espalda, con la respiración, con la memoria inscrita en los músculos. Cada elección —un color, un ritmo, un soporte— es una manera de estar en el mundo, de orientarse en él.

    He visto a estudiantes corregir una línea no porque esté mal, sino porque no se siente bien. Esa frase, que muchos desdeñarían por subjetiva, contiene una potencia que escapa al tecnicismo: el cuerpo como brújula estética y ética. No se trata de oponer lo técnico a lo intuitivo, sino de comprender que todo hacer técnico verdadero nace de una sensibilidad encarnada.

    En las clases hablamos del espacio, del tiempo, del otro. Merleau-Ponty también lo hace. Pero no desde conceptos abstractos, sino desde el cuerpo que se mueve, que recuerda, que anticipa. El tiempo, por ejemplo, no es una sucesión de relojes, sino el ritmo interno de una acción que se despliega: la espera antes de marcar un contraste, la pausa antes de cortar el papel, la duración de una mirada sobre la obra en proceso.

    En el aula abierta, el cuerpo no es solo presencia física: es conocimiento vivo. Por eso me interesa tanto detenerme ahí, entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se piensa y lo que se percibe. Porque quizá enseñar arte no sea otra cosa que acompañar la vuelta al cuerpo, al saber que habita en él sin necesidad de teoría, pero que encuentra en la teoría un modo de ampliarse.

    Esta columna, entonces, no busca explicar, sino dejarse atravesar. Porque el aula también es un campo perceptivo: un lugar donde lo invisible comienza a tomar forma, y donde el cuerpo —si se le escucha— nos recuerda que ya sabíamos, desde antes, cómo mirar.

    Miriam Uribe Zavala es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de The Cleveland Museum of Art en Unsplash

  • La memoria es un campo magnético

    La memoria es un campo magnético

    Hace poco escuché que la Tierra funciona gracias a un campo magnético que nos protege de la radiación solar. Este fenómeno se debe a que su núcleo líquido genera una especie de capa protectora que se extiende desde el interior hasta los límites del planeta. Esa protección, presente en toda la superficie terrestre, me parece una metáfora poderosa: una memoria latente que sólo necesita un estímulo, una imagen o una cierta cantidad de energía para activarse.

    Me gusta pensar que, al igual que la Tierra, nuestra memoria es algo que nos fue asignado desde el origen: un acervo de revelaciones ocultas que, mediante algún estímulo, se desdobla y nos ofrece epifanías cotidianas. Atlas magnético (Ígneo Chile, 2025) es una invocación a esa memoria onírica que fluye, que gotea entre cornisas, fisuras y ramificaciones de una existencia que se manifiesta en la carne de los días.

    Diana Galindo construye un rito escritural a partir de imágenes sagradas y surrealistas, evocando una memoria suspendida que espera ser revelada mediante un proceso de presentificación. En Atlas magnético, la escritora recupera los pasos perdidos a partir de un destello de realidad que, como una pizca de verdad, se vuelve poema. Galindo desdobla, a través del proceso poético, una visión perenne del instante para regalarnos una epifanía que otorga memoria e identidad a los días y a las horas.

    A continuación, les presentamos un fragmento de libro:

    Manto 

    No sé en qué viento, entre qué tierra, descansará mi cuerpo un día.

    Pero mientras vivo, aprendo.

    La experiencia se conoce 

    a la orilla de los ojos y del agua.

    Sí, el mar desaparecerá, 

    lo sabe quien ha sido apuntado con un arma

    o con un símbolo sobre la cabeza.

    El cuerpo se contrae, jadeante, 

    busca el amor y la calma.

    Agustín Vizcayno Sánchez (Querétaro, 1986) es licenciado en Lenguas Modernas en Español y maestro en Estudios Literarios. Ha publicado Cuando Dios usa mallones (Ediciones El Humo, 2018), El canto del Kaiju (Fondo Editorial de Querétaro, 2019), Once señores gordos en uniforme unitalla (Fondo Editorial de Querétaro, 2021), y en 2024, Yo también fui James Bond y Soy huapanguero (Letra Capital). Ha colaborado en revistas como El Grito Literario, El Humo, Fantastique, Enchiridion y Teresa Magazine.

    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Querétaro. Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.