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  • Más allá de las aulas

    Más allá de las aulas

    Por María Consuelo González del Castillo

    El camino hacia Santa María del Palmar se iluminaba con las primeras luces del amanecer. El doctor Manuel Cárdenas, con su sombrero ladeado y el maletín de médico en el asiento trasero, conducía en silencio mientras su hija Irma —a quien todos llamaban cariñosamente Mima— contemplaba los campos verdes y húmedos a través de la ventanilla. El olor a tierra mojada y a hierba fresca la reconfortaba, envolviéndola en una calma serena, aunque también le recordaba con dolor la ausencia de su madre, fallecida dos años atrás.

    Desde entonces, padre e hija se habían convertido en un apoyo mutuo. Manuel, respetado por todos como médico y consejero, y Mima, decidida a dejar huella en su trabajo como maestra, compartían la certeza de que la educación y tener claro el valor de la persona, así como respetarlo, eran la mejor medicina contra los males de la sociedad.

    Al llegar a la secundaria del pueblo, el bullicio aún no había iniciado. El patio permanecía en silencio, interrumpido, de vez en cuando, por el canto de un gallo o el aleteo de unas palomas. Con pasos suaves, Mima entró a su salón. Le gustaba respirar profundo; no sabía a ciencia cierta si el aire guardado en el aula olía a polvo, a gis, a lápices, a cuadernos o a sudor de adolescentes después de andar o corretear por el patio. Acomodó sus libros, colocó una jarra con flores frescas, haciendo homenaje a la herencia de su madre, y suspiró para decir en tono bajito:

    —Pues, a iniciar otro día…

    Miró a su alrededor. No era un aula cualquiera, era su aula; la consideraba un espacio de refugio y esperanza. Sin temor a equivocarse, pensaba que su misión no consistía solo en enseñar gramática, matemáticas o geografía, sino en sembrar confianza, en acompañar y proteger a sus alumnos. Sabía que tenía que generar seguridad y optimismo en un entorno donde la violencia y el silencio se habían vuelto costumbre.

    Entre sus alumnos, Mima había puesto especial atención en Eduviges, una jovencita de catorce años, callada y de mirada triste, que siempre cubría sus brazos con suéteres, incluso en los días de calor. La maestra había notado que, a veces, al escribir en el pizarrón, cuando las mangas se le deslizaban, dejaban ver algunas marcas en la piel.

    Ese día, al terminar una clase, se animó a preguntarle con suavidad:

    —Edu, ¿estás bien?

    La chica bajó la mirada y, murmurando, apenas le dijo:

    —Sí, maestra, estoy bien… bueno… sólo que a veces me desespero mucho y pareciera que no estoy bien, pero… de verdad estoy bien.

    Mima comprendió de inmediato que lo que estaba percibiendo tenía que ver con lo que le había escuchado comentar a la psicóloga Blanquita, quien venía de la capital, cuando les habló sobre la autolesión no suicida, conocida como cutting, una manera en que algunos adolescentes expresan su dolor. Aquello encendió todas sus alertas.

    La maestra continuó observando y notó que su alumna evitaba mirarla, además de percibir en sus ojos una tristeza tan grande que no estaba de acuerdo con su edad.

    —Edu, ¿de verdad, todo está bien? —preguntó Mima con dulzura.

    La muchacha volvió a bajar la cabeza y murmuró, apenas audible:

    —Sí, maestra… sólo estoy cansada.

    Pero Mima sabía leer más allá de las palabras. Volvió a ver las muñecas de la chica, pues un nuevo descuido dejó al descubierto las marcas de una inconfundible autoagresión. Su corazón se estremeció.

    Esa tarde, cuando todos se fueron, la esperó en la puerta.

    —Edu, ¿quieres quedarte un momento?

    La chica dudó, pero asintió. Entre sollozos, terminó confesando que, cuando la tristeza, los golpes o los gritos en su casa eran insoportables, se hacía cortes con la navajita que usaba para sacar punta a sus lápices.

    —Es que así siento que se me sale todo lo que me duele… aunque después me arde muchísimo, pero prefiero eso que lo otro —susurró.

    —¿Qué es «lo otro»? —preguntó Irma de inmediato.

    —¡Nada, nada… olvídelo!

    Mima la abrazó con ternura, conteniendo el llanto. Sí había escuchado casos de cutting, pero tenerlo frente a ella, en una de sus alumnas, le atravesaba el alma. Sabía que debía actuar con cautela: protegerla, pero también enfrentar la raíz del problema.

    Y esa raíz tenía nombre: Anselmo, el padre de Eduviges. Hombre de carácter duro y necio, acostumbrado a beber cada tarde con los amigos, se había vuelto temido en su casa. Los vecinos lo saludaban con respeto, pero las mujeres del pueblo lo describían como un hombre violento, sobre todo con su esposa y sus hijas.

    En el hogar, la diferencia entre hijos varones y mujeres era evidente. A los muchachos les celebraba cualquier travesura; a las niñas, en cambio, apenas les permitía hablar. Los castigos eran frecuentes, los gritos de la madre se mezclaban con los portazos del padre, y Eduviges había aprendido a callar, a esconder sus emociones y, finalmente, a herirse en silencio.

    Tras aquella conversación, Mima no pudo dormir. Recordó que sus compañeras maestras le habían platicado de otra alumna, Lupe, que años atrás había terminado con su vida después de un largo periodo de tristeza y soledad. «No podemos permitir que vuelva a pasar», pensaba.

    A la mañana siguiente, propuso en la reunión de maestros iniciar una Escuela para Padres. Le pidió apoyo a la directora, la profesora Porfiria, y más tarde a su padre, el doctor Cárdenas. El objetivo era sencillo, pero ambicioso: abrir un espacio donde las familias reflexionaran sobre la dignidad de la persona, el respeto a los hijos y la crianza sin violencia.

    —No será fácil, Mima —dijo su padre, mientras hojeaba el temario que habían armado—, pero si logramos tocar aunque sea un corazón, valdrá la pena.

    —Así es, papá, yo también así lo creo.

    —Oye, cambiando de tema, fíjate que hoy en la mañana fue a consulta una mujer indígena. Tú sabes que son personas muy apacibles… no puedo evitar que me despierten un sentimiento de protección, además de hablarles con cariño y en un lenguaje sencillo.

    —Siempre me has dicho que no merecen menos.

    —Exactamente. Llevaba a su pequeño, de apenas siete meses, muy enfermito. Tenía una bronquitis severa. Al revisarlo, noté que estaba muy congestionado, así que la miré con ternura y le pregunté: «¿Le hierve el pechito?». Y ella, con toda su candidez, me respondió: «No, se lo doy crudo».

    No pudieron evitar la risa. Al mismo tiempo, se enternecieron por la belleza que se esconde en las respuestas más inocentes.

    —¡Ay, papá, me hacía mucha falta reírme! Gracias por este momento.

    —Debemos agradecer que también podemos vivir instantes como este… Siempre hay a nuestro alrededor gente sencilla y noble —dijo con seriedad el galeno.

    Antes de iniciar la Escuela para Padres, repartió recordatorios a sus alumnos:

    —Es sólo para que no se les olvide. Ya hablamos con sus papás en forma personal.

    Una voz interrumpió tímidamente:

    —¿Y si no saben leer? —preguntó Yola.

    —Entonces, tú léeles la invitación —respondió Mima con dulzura—. Lo importante es que la entreguen.

    Eduviges, inquieta, levantó la mano:

    —¿Usted habló con mi papá o con mi mamá?

    —Solo con tu mamá, Edu, pero me aseguró que vendrían.

    —Bueno —contestó cabizbaja.

    Camino a casa, la chica leyó la invitación y, en silencio, oró:

    Virgencita, te pido que ayudes a mis padres… que ya no nos pegue mi papá y que mi mamá deje de gritarnos. Como dice mi amiga Carmen: ilumínalos, pero no los encandiles.

    Días más tarde, después de clases, Anselmo apareció en la escuela con aliento alcohólico, alterado y con la voz encendida.

    —¡Usted anda metiendo ideas raras en mi hija! —gritó, señalando a Mima.

    —No, don Anselmo. Yo sólo quiero lo mejor para ella —respondió la maestra, sin alzar la voz.

    —Le digo que no se meta. Usted ni siquiera sabe lo que es ser madre; está muy escuincla para querer andar enseñando cómo criar a los hijos.

    Eduviges estaba presente. Con lágrimas en los ojos, se levantó la manga y mostró los cortes.

    —¡Mira lo que me he hecho, papá! ¿Eso es lo que quieres?

    —¡Otra loca! —gritó, sin ninguna consideración por lo que estaba viendo.

    Mima intervino con firmeza:

    —Su hija no necesita miedo, necesita amor. Usted puede ser parte del cambio, don Anselmo, o puede seguir destruyéndola.

    El hombre volteó a verla con desdén y partió a su casa.

    El primer sábado, don Anselmo apareció en la sesión con gesto serio, sentado en la última fila, con los brazos cruzados. Escuchó al doctor Cárdenas hablar sobre la dignidad de la persona, pero no aplaudió ni comentó nada.

    Al salir, interceptó a Mima.

    —No se meta tanto en lo que pasa en mi casa, maestra. Los hijos se crían con mano firme; si no, se suben a las barbas.

    —No se llama mano firme, don Anselmo, se llama violencia —respondió Mima con calma.

    Él resopló y se alejó sin despedirse.

    Una semana después, tras una discusión en la que Eduviges volvió a recibir golpes porque había olvidado traerle tortillas a su padre, los gritos se escucharon hasta la calle. Esa noche, la niña se encerró en el baño con su navajita.

    Se hizo varios cortes, ahora más profundos que otras veces, incluso alcanzando las venas. El dolor físico le resultaba más soportable que el de sentirse tan agredida sin que nadie pudiera hacer algo por ella. Su hermano menor vio sangre en el piso y llamó a su madre.

    Se asustaron mucho. Parecía desangrarse y, en minutos, la llevaron casi inconsciente al consultorio del doctor Cárdenas. Mima llegó poco después, con el corazón en la garganta.

    —Está fuera de peligro —dijo el médico—, pero necesita atención psicológica urgente… y un ambiente seguro en su casa.

    Don Anselmo, con la mirada baja, escuchaba sin replicar.

    Esa misma noche, el doctor lo llevó aparte.

    —Si sigue así, puede perderla. No le estoy hablando como médico, sino como padre. Todavía puede enmendar, pero necesita escucharla… y, sobre todo, respetarla.

    Fue la primera vez que don Anselmo no tuvo una respuesta defensiva. No tenía nada que contestar. En su mente prometió no dejar de ir a las sesiones y hacer un esfuerzo por cambiar. Sintió miedo y, al mismo tiempo, pesar en su corazón. Arrepentido, se armó de valor y le dijo, sollozando, al doctor:

    —Es este maldito vicio con el que no he podido.

    —¿No ha podido? No se engañe, Anselmo, tal vez ni siquiera lo ha intentado.

    —Bueno, lo que quiero decir es que me siento muy mal cuando hago estas cosas.

    —No lo dudo ni tantito. Seguramente eso le pasa después de la borrachera.

    —Así es, doctorcito. Aunque usted no lo crea, sí me doy cuenta del daño que les hago a todos en la casa.

    —Pues comprométase con ellos, con Dios o con quien usted quiera, pero es urgente que cambie su forma de ser y deje el alcohol de una vez por todas.

    Las semanas siguientes, su actitud fue mejorando, al principio tímidamente. Menos gritos, menos órdenes humillantes. La psicóloga Blanquita trabajó con Eduviges en terapia, enseñándole otras formas de manejar su dolor. Poco a poco, las mangas largas dejaron de ser sus aliadas para esconder sus lesiones.

    El salón de usos múltiples se llenaba cada sábado. Padres y madres llegaban con gusto, con deseos de aprender a ser mejores padres, pero también algunos solo iban por curiosidad. El doctor Cárdenas les volvió a hablar de la dignidad de la persona y les insistió:

    —Ninguna mano sobre la mejilla ni una palabra humillante pueden cambiar el valor que cada uno tenemos como seres humanos, porque con él nacemos… nada ni nadie nos lo puede quitar. Lo que hacemos con la violencia es pisotearlo; tal vez lo podemos hacer pedazos, pero siempre permanece en nosotros, porque somos valiosos hasta la muerte.

    Mima después tocó el tema de la violencia intrafamiliar. Puso ejemplos concretos:

    —El golpe, el insulto, la indiferencia… todo deja huellas. Nadie se vuelve mejor con miedo; al contrario, los corazones se llenan de odio y rencor y, a su vez, se vuelven también agresivos y violentos.

    A Eduviges le gustaba colarse en las pláticas. Observaba a su padre desde el fondo del salón. Al inicio, Anselmo empezaba escuchando con los brazos cruzados y los labios apretados, como si quisiera refutar. Pero el duro acontecimiento que había pasado con su hija hacía algunos días y la voz firme y serena de la maestra lo iban desarmando poco a poco. Asentía con un ligero movimiento de cabeza, convencido de que el cambio dependía de él.

    Una tarde, Anselmo llegó a casa con olor a alcohol. Encontró a Eduviges ayudando a su hermana con la tarea. Enseguida se molestó porque no fue atendido de inmediato, levantó la mano para golpear a su hija, pero en ese instante recordó las palabras del doctor Cárdenas: “La violencia siempre regresa con más fuerza”. Dudó, bajó el brazo lentamente y salió a buscar a su esposa sin decir nada.

    Por primera vez en mucho tiempo, la muchacha respiró sin miedo. Esa noche, en lugar de hacerse cortes, escribió en su libreta:

    Hoy no me pegó. Hoy me sentí fuerte y amada.

    El trabajo en equipo dio frutos. El proyecto se convirtió en un programa de apoyo comprometido con salvaguardar la integridad de los adolescentes, con un objetivo claro: mejorar la calidad de vida de las mujeres, promover la ausencia de violencia de género en todas sus formas y fomentar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres desde la raíz misma: la familia.

    Un día, Eduviges llegó a clases con una gran sonrisa en los labios. Su voz era diferente, en tono alegre y, sin dejar de ver directo a los ojos de Mima, le dijo entusiasmada:

    —¡Maestra, déjeme le cuento que mi papá y otros señores de aquí fueron a la iglesia a jurar!

    —¿Jurar? ¿Qué juraron?

    —¿No sabe qué es eso? Van a la iglesia y juran ante Dios y la Virgen que no van a tomar vino ni cerveza durante todo un año.

    —¿Ah, sí? Pues esa es muy buena noticia, Edu.

    —Buenísima, porque lo cumplen muy bien. Mis tíos ya lo han hecho y no toman nada.

    —¿Y estos días cómo te ha tratado tu papá?

    —En la casa, poco a poco somos diferentes. Desde que la señorita Blanquita nos está tratando y con las pláticas, todo está mejor… Bueno, también después del susto que les di —contestó con una mueca graciosa.

    La transformación no fue inmediata. Hubo retrocesos, discusiones, momentos de tensión. Sin embargo, en una de las sesiones más intensas, Mima habló directamente sobre las autolesiones.

    —Cuando un hijo se hiere a sí mismo, no busca morir, busca ser visto. Es un grito que no sale por la boca, sino por la piel. ¿Qué estamos haciendo para que nuestros niños prefieran lastimarse antes que pedirnos ayuda?

    Blanquita estaba presente e intervino con contundencia:

    —Bueno, es verdad que no buscan morir, pero sí pueden morir.

    El silencio fue absoluto. Anselmo sintió que esas palabras estaban dirigidas a él. Miró a su hija: sus ojos brillaban de lágrimas contenidas. Fue como un golpe en el corazón.

    Al terminar, se acercó a Mima y murmuró:

    —Me arrepiento, maestra Mima, le juro que me arrepiento. Me asusté mucho con lo que le pasó a mi hija.

    Porfiria, la directora, se aproximó también:

    —Nunca es tarde, don Anselmo. El cambio empieza hoy.

    Las sesiones concluyeron con una comida comunitaria. Cada familia llevó un guisado, aguas frescas y pasteles. Se entregaron diplomas simbólicos, pero el verdadero reconocimiento se manifestó en el ambiente de confianza que había nacido entre padres y maestros.

    El doctor Cárdenas tomó la palabra:

    —Hoy no sólo celebramos el fin de estas reuniones, sino el inicio de una nueva etapa. Ustedes, padres de familia, han invertido en lo más valioso: sus hijos. Que este compromiso no termine aquí, que se multiplique en cada casa.

    Mima miró a Eduviges, que sonreía tímidamente. Ya no llevaba las mangas cerradas hasta la muñeca. La niña había dejado de cortarse y, aunque el camino sería largo, ahora sabía que no estaba sola.

    En el corazón de Santa María del Palmar, la esperanza había encontrado un lugar más allá de las aulas.

  • A la espera

    A la espera

    Por Diana Galindo

    Ahora que Patricia está en Tierra del Fuego, una ciudad que, al contrario de su nombre, es sumamente fría, se acuerda de sus días de estudiante. Todo fue muy rápido. Sin saber por qué, aprendió cinco idiomas. Hablando con la gente, llegó hasta el sur y cada día tenía que decir un discurso en un nuevo idioma para ganarse el pan. Cuando pasaba frente a la escuela de idiomas, subiendo una colina muy larga, con casas adornadas de flores y enredaderas, pensaba que luego de los estudios encontraría un lugar para ella.

    Esta semana, por ejemplo, se juntó con unos italianos y les mostró la ciudad. Ellos le dieron una moneda plateada que ella pudo intercambiar por un sándwich y una noche más de hospedaje. El martes tuvo que subir por los cerros, mostrando las galerías de arte a unos franceses que estaban fascinados y que escondían muy bien el miedo; ellos tampoco tenían ya muchas monedas plateadas, pero no podían dejar que esto se notara. Y así sobrevivían los habitantes de la ciudad, mientras unos pulpos enormes coleccionaban monedas dentro de la ciudad. Porque en estos intercambios de palabras y sonrisas nerviosas, donde se movían las monedas plateadas sin detenerse, había excesos de dinero que iban a las manos de unos ancianos marinos, que también estaban asustados. Medio ciegos, vivían en cuevas rodeadas de arañas venenosas.

    Mientras las noches de Patricia se iban en seguir estudiando idiomas, buscando la palabra correcta para que se abrieran las puertas —porque estaba a la deriva, tanteando el terreno, pasando el tiempo entre cervezas y lágrimas—, a veces no alcanzaba propina y entonces se quedaba en casa, durmiendo. Durante la noche, de alguna manera, las cosas se arreglaban y se le regalaba la perspectiva de otro día; pero se daba cuenta de que se le estaba agotando la fuerza, de que no podía darles a los ciudadanos de aquella ciudad los conocimientos que buscaban: unas matemáticas avanzadas para seguir construyendo casas de madera y blindar toda la ciudad, porque estaban preocupados. Aunque sonreían y estudiaban historia y matemáticas, tenían a veces, en la noche, sueños con animales parlanchines que los perseguían en medio de la oscuridad, con dardos en las manos.


    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

  • Flores ligeras

    Flores ligeras

    Por Diana Galindo

    Eréndira convirtió la actividad de observar flores en algo especial para ella. Le gustaba pintarlas, olerlas, imaginarlas, contemplarlas. Tener flores había dotado de un nuevo matiz a su vida: significaba que había triunfado y, por eso, contaba con su presencia. Eran costosas, difíciles de obtener, a veces un gasto que no se podía permitir. Cuando esto ocurría, salía a buscar algún jardín y se sentaba en una banca a observarlas.

    Para ello tuvo que hacer un mapa con los jardines de la ciudad. Claro que había muchos lugares y casas con flores, pero necesitaba uno donde pudiera sentarse cómodamente a realizar su actividad. Tener flores en casa era mejor, porque podía hablarles. Había leído alguna vez que el escritor francés Gustave Flaubert calificaba de excesivamente melancólicas a las personas que hablaban con las plantas.

    Pero era difícil comunicarse con ellas: guardaban un silencio constante, del que ella aprendió. Se dio cuenta de que las flores tenían una paciencia enorme, casi infinita, para escuchar la tristeza de los amantes dolidos, de los estudiantes con las notas más bajas, de la gente que iba lento, atravesada en varias direcciones sin estar del todo en una.

    A veces captaba la comunicación de las flores, que veía entre perfumes de niebla y lluvia, de sol con aromas secos de rosas necias que luchaban contra la muerte. Estos aromas eran como un idioma lleno de matices, que la elevaba. Sobre todo el aroma de los grandes árboles, aquellos que, imponentes, llenaban el aire con notas de menta y eucalipto. Guardar silencio en medio de esa tranquilidad se volvió una costumbre, y así aprendió a meditar, a sentir los halos coloridos que emanaban las flores y las personas; luego lo percibió también en el agua, en cada rincón de la ciudad, en los puertos.

    Buscaba la forma de apaciguar su corazón, hambriento de aventuras fáciles; aprendió a controlarlo como si fuera un dromedario rebelde, un ser acostumbrado a patear a los habitantes del desierto.

    Con el tiempo, su corazón se convirtió en un animal más prudente, que observaba largas horas a las plantas y escuchaba su sabiduría: sutil, casi silenciosa y, a veces, demasiado contundente. Así fue como aprendió a estar tranquila, a transformar su alma en un animal divino que antes tuvo el corazón roto, pero se volvió inteligente y sabio.

    Aquello le tomó tiempo, pero ahora estaba en una nueva realidad. Podía caminar largas distancias, emprender labores extensas sin fatiga. Vivía una vida nueva, en silencio y contemplación de las flores y la naturaleza.

    Aquella angustia que antes sintió era un recuerdo lejano. La soledad de sus viajes, la tristeza de sus fracasos académicos y afectivos: todo eso estaba atrás.

    Se quedaba largas horas contemplando la esencia de los seres, veía su enorme esfuerzo por vivir, por completar sus ciclos, sus finalidades. Veía a las plantas florecer y amar como si cada día antes de la llegada de la luna fuera verdaderamente el último, y observaba cómo se apagaban, satisfechas en la gloria de su realización.

    Ella viajaba buscando flores; las dibujaba, contaba historias sobre su fuerza, su vida e incluso sobre sus conversaciones y sueños. Las flores conversaban sobre su experiencia de la noche y el amanecer, sobre el sueño y el despertar.

    A pesar de que el anochecer y el momento previo al sueño a veces les provocaran angustia, despertar cada día seguía siendo una experiencia maravillosa.

    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

  • El torturador

    El torturador

    Por Diana Galindo

    Diego le cortaba las patas a las palomas que fallaban en sus labores: el transporte de sustancias ilegales. Para ganarse el alimento, para calmar el hambre que lastimaba sus estómagos, ellas debían ser eficaces. A veces parecía que una paloma tenía más hambre que un león, capaz de comer varias bolsas de pan al día; al final de su vida, podía haber comido cientos de kilos.

    El trabajo también era duro para la paloma obnubilada por el hambre. Debía transportar la carga en su pata pintada de negro, amarrada con un hilo y una bolsita del mismo color. Pero a veces le daba hambre en el camino, entonces se equivocaba de destinatario y todo se volvía un caos, porque trabajaban juntas. Si una se equivocaba, debido a su tendencia a copiarse, las demás la seguían, y a veces perdían la mercancía.

    El trabajo de Diego consistía en torturar a las palomas que se equivocaban. Les cortaba una pata y, si volvían a fallar, les sacaba los intestinos y luego les cortaba la cabeza. Lo hacía frente a las demás, pero ellas solo sentían hambre, no miedo; su verdadero temor era quedarse sin comida. Sin embargo, Diego no se daba cuenta de esto. Le gustaba cortarles las patas. En su casa había ciento veinte palomas, cada una con su número. El lugar estaba lleno de excremento por fuera, y nadie sospechaba lo que allí ocurría porque la gente no ponía atención. El suelo de su casa estaba salpicado de sangre y de patitas de ave que quedaban tiradas, y que a veces las mismas palomas se tragaban junto con las migas de pan.

    Aunque no mucha gente se fijaba, un joven sí se dio cuenta de la situación. Su nombre era Isaac. Amaba contemplar a las aves, sobre todo a las gaviotas. Gentilmente se acercaba a platicar con ellas. Éstas volaban tan alto, tan lejos, que parecía que sus palabras no llegarían. Pero él se percató de que algo pasaba con las palomas: se dio cuenta de que eran traficantes y que las castigaban mutilándolas o aplastándolas hasta dejarlas sin vida en las calles.

    —¿Qué pasa con las palomas? —preguntó.
    —Te llevaremos ahí —le respondió la voz grave de una gaviota desde el cielo.

    Isaac sintió miedo mientras caminaba por las calles llenas de niebla, guiado por las aves hacia un cerro. Llegó a la casa del criminal, distinguible porque estaba repleta de palomas y de excremento. No quiso pensar en el sufrimiento que se vivía allí y se fue.

    Desde ese día comenzó a ir seguido al mar. Su forma de hacer la guerra era conversando con las gaviotas. Hablaba sobre moral, sobre la felicidad y los deberes de los hombres. Las gaviotas se sentían atraídas por sus palabras, por aquello que les contaba mientras él se sentaba junto al mar.

    Convenció a las gaviotas, y fueron a pelear contra las palomas. Las exterminaron durante una noche y un día. Esa mañana, la gente de la ciudad, distraída como siempre, no se dio cuenta de lo ocurrido. Sin embargo, después de aquella batalla, las palomas que habían invadido la ciudad redujeron su número hasta casi desaparecer.

    Ya no atacaban a la gente que comía pan en la calle, ya no golpeaban con sus alas el rostro de los transeúntes. Las pocas que quedaron eran calladas, discretas, casi imitando el elevado comportamiento de las gaviotas. Éstas, en cambio, se alejaron de la ciudad para evitar represalias de los traficantes.

    Sin embargo, el cuerpo de Isaac fue encontrado flotando en el mar. Lo habían torturado y le habían sacado los intestinos. Las gaviotas lo guiaron en su último vuelo, cuando su espíritu se elevaba hacia el sol de la tarde; lo ayudaron para que no volteara a ver su cuerpo muerto, que yacía sin vísceras sobre el agua.

    Aunque al principio morir le costó trabajo, ángeles y pájaros de la ciudad descendieron en su ayuda y volaron triunfales en el cielo. Las gaviotas que se habían ido regresaron graznando y permanecieron tranquilas todo el día, pescando y velando durante la madrugada. Conversaban sobre la partida de Isaac y sobre las cosas que él les contaba cuando se sentaba a la orilla del mar: su amor por la filosofía aristotélica, su gusto por la pintura y la música.

    Ahora él escuchaba una melodía suave, en la espera más allá del tiempo.

    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

  • Los libros místicos de la ciudad

    Los libros místicos de la ciudad

    Por Diana Galindo

    La rutina de Cristóbal para escribir un libro formaba parte de una vida ascética que, a simple vista, nadie hubiera podido adivinar. Incluía levantarse a las cinco de la mañana, tomar baños de agua fría y sumergirse en el mar durante el punto más crudo del invierno, cuando las aguas recibían las corrientes intensas del Polo Sur.

    Su dieta era frugal: arroz y pescado, y eventualmente alguna pasta. Cristóbal pasaba largas horas caminando por la ciudad en busca de inspiración para sus cuentos. Practicaba ejercicios de respiración, oración, meditación y contemplación. Cuando se sentaba con una taza de té, las horas transcurrían hasta que concluía su obra, normalmente en un día o dos.

    El resto del mes lo dedicaba a su búsqueda literaria: leer hasta sentir que la cabeza le daba vueltas, como si se elevara en un mareo constante y luminoso. Él mismo encuadernaba sus libros y los llevaba al muelle, donde los ofrecía a precios elevados. Sin embargo, cada uno contenía soluciones para las personas con las que se cruzaba en su camino. Con solo mirarlas, las analizaba hasta sentir las dolencias de sus almas; entonces regresaba a casa y se entregaba a las hojas en blanco, donde ideaba remedios para los males de sus sujetos de contemplación.

    Incluso a las aves les encontró un remedio. Una vez, al escucharlas, comprendió que se sentían asediadas por algunos habitantes de la ciudad. En un cuento les explicaba las transformaciones que a veces sufrían esos mismos habitantes: algunos se convertían en aves, otros en puercos o en lobos; luego se enredaban en la materia onírica de la noche y se devoraban unos a otros, dejando por algunas calles un aroma persistente a sangre.

    Por eso les pedía que fueran condescendientes, que dejaran a los hombres aprender el arte de la transformación en ave, pues vivían tiempos de casas abandonadas y violencia extrema, donde las migraciones crecían y la humanidad necesitaba aprender ese arte. Algunas aves se mostraban reticentes, pero las más risueñas aceptaron y estallaron en carcajadas al sentir, entre sus filas, a hombres que huían de la ciudad: escritores, poetas, pintores, cocineros, choferes; toda clase de personas que alcanzaban cierta purificación de su alma.

    Así, los libros contribuyeron a la transformación de la ciudad. Más allá de las calles donde se cometían crímenes, los ejemplares se hallaban en cafés donde intelectuales y curiosos se reunían a hablar de este conocimiento práctico. Algunos discutían sobre liberación, otros sobre fe.

    Con el tiempo, el conocimiento se transmitió de boca en boca y los libros de sabiduría quedaron como reliquias olvidadas en las repisas de los cafés, donde las reuniones intelectuales se volvieron costumbre. Mientras tanto, el sabio escritor envejecía, pero seguía dando consejos desde su lejana casa móvil, que eran también sus propios libros.

    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

    Foto de Marjhon Obsioma en Unsplash

  • Pez rojo

    Pez rojo

    Leonardo viajó a las gélidas aguas del sur de América, sólo porque un pez se lo pidió en un sueño. Hizo sus maletas, sacó sus ahorros y tomó un avión. Llegó a la capital y de ahí abordó un autobús que lo llevó, a través de un largo bosque, hasta una ciudad marina. Esa noche se hospedó en un hostal y, en sus sueños, volvió a escuchar la agradable voz del pez, más cercana que nunca. Esta vez también pudo verlo. Supo que era una mujer: lo entendió por su energía, por su tono de voz.

    Este pez femenino lo arrullaba por las noches. Mientras hablaba, parecía contarle historias del mar, del cielo; le narraba poemas. Su voz fluía como un susurro entre el agua, un murmullo de fondo que lo calmaba en sus noches de insomnio. A sus cincuenta y tres años, sabía que llevaba décadas sin dormir bien. Por eso amó al pez desde que llegó a su vida.

    Durante las tardes iba al café y dibujaba a los paseantes de la ciudad. Buscó trabajo como profesor de arte en una academia francesa, pues no hablaba bien español.
    —Cántame —le pidió una noche al pez, y ella accedió.
    La melodía era inspiradora; le evocaba colores y paisajes. Entonces vio al pez transformarse en mujer, pero no lograba recordar bien su rostro. Esto le entristecía, aunque procuraba concentrarse en su trabajo artístico para no romper el frágil equilibrio de sueño al que había llegado tras toda una vida de desvelos.

    Una tarde, mientras pintaba en el café, vio pasar a una mujer por la playa. Era ella: la mujer que en sus sueños era un pez rojo. Hizo un boceto rápidamente para no olvidar sus facciones y salió tras ella. La siguió en silencio hasta su casa. Desde ese día, merodear por ahí se volvió parte de su rutina. Ella tendría unos treinta años y, al parecer, se dedicaba a estudiar.

    Las noches de insomnio regresaron, sumiéndolo en la desesperación. Su instinto le decía que fuera al mar, y así lo hizo. Volvió a escuchar el susurro: la voz del pez rojo que emergía de las olas. Pasaba horas contemplando el mar vaporoso, los barcos lejanos, la gente sentada en la orilla tomando el sol.

    Un día, se encontró con la mujer: iba corriendo junto al mar. Sintió un regocijo al verla, y ella también lo miró. De alguna forma, ella también lo soñaba. En su ensoñación, era un pez que se encontraba con un hombre en una barca. Él la convertía en humana, y juntos se quedaban a vivir en esa barca.

    Ella lo miró con insistencia, pero él la encontró demasiado joven. Tal vez, pensó, debería buscar a alguien de su edad. Sin embargo, no tenía ganas: lo único que amaba verdaderamente era el sonido del mar. Ella también adoraba esa música, que la consolaba en sus tardes solitarias de invierno.

    Ambos contemplaban el mar, aunque en horarios distintos. Y aunque deseaban encontrarse, a esas alturas del destino, aquello se volvió algo muy difícil.

    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Querétaro. Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

    Ilustración de ilham saputra en Unsplash

  • Coordenada Artística: ἐγέρσις*

    Coordenada Artística: ἐγέρσις*

    Para M. D.

    —¿Puedo preguntarte algo?

    —Adelante.

    —¿Cómo llegaste aquí?

    —Esa no es la pregunta adecuada.

    —¿De dónde sacaste tus alas?

    —Esa no es la pregunta adecuada.

    —Es que te veo tan libre, extendiéndote, volando por todo el jardín, yendo y viniendo, sonriente y feliz. ¿Cómo puedo ser como tú?

    —Esa no es la pregunta adecuada.

    —¿Por qué no me quieres ayudar?

    —Te estoy ayudando; esa no es la pregunta adecuada.

    —Entonces, ¿cuál es la pregunta adecuada?

    —La pregunta adecuada es «¿Para qué?».

    —¿Para qué?

    —Sí, ¿para qué llegaste aquí? Esa es la pregunta: cuando emprendas el viaje hacia la respuesta, te reencontrarás contigo, recordarás y reconocerás quién eres; en consecuencia, comprenderás que no quieres ser como nadie más. Si persistes en el camino, te darás cuenta de la crisálida en que estás envuelta y que te impide extender tus propias alas; y entonces, podrás romperla y extender tu ser. Sabrás que la felicidad es un estilo de vida y no una utopía: superarás tus límites y emergerás siéndote leal a ti misma.

    —Tus palabras iluminan mi alma, mi corazón te agradece infinitamente.

    * ἐγέρσις. Griego. Resurrección, despertar.

    Yadira Cruz M. es escritora y artista visual radicada en Querétaro. Licenciada en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, ha complementado su formación en comunicación, artes plásticas, derechos humanos y social business. Es autora de SentimientosToc, toc, ¡Imaginación despierta! y Neftis: Reflejos de luna (Ed. Ariadna), obra con la que representó a Querétaro en la FIL Guadalajara 2022. Ha participado en encuentros internacionales de poesía y expuesto sus obras plásticas en muestras como Desfragmentaciones y WomenPOPwer. Colabora en Cultura 360 de RTQ desde 2020, y se desempeña también como promotora cultural, tallerista y compositora afiliada a la SACM.

    Foto de Olivia Houck en Unsplash

  • Coordenada Artística: KOUTSOMPOLÉVOPATÍA*

    Coordenada Artística: KOUTSOMPOLÉVOPATÍA*

    Imagen: Europeana

    —Hola, buenas tardes.

    —Buenas tardes.

    —¿Todo está bien?

    —Sí, bueno, te cuento que el día de hoy Erika llegó tarde, se quedó platicando con Tomás en el café de la esquina. Él la cita ahí para esconderse de Lidia, porque es una tóxica. Le llama como cuarenta veces al día y lo stalkea todo el tiempo en redes; dicen que hasta creó un perfil falso para espiarlo. A mí una vez hasta me empujó sólo porque se me ocurrió hablarle a Tomás para que recogiera su correspondencia. ¿Tú crees?

    Y luego, ¿ya supiste que Beto le mandó una nude a Gina?, no sé cómo, pero la foto ya anda rolando por el whats, y ¿qué te digo?, ahora Beto hasta tiene un club de fans. Y yo creo que discutieron por eso, porque por las cámaras de recepción, vi que Gina llegó entró llorando, igual y ya terminaron. ¿Será?

    —Señora, me refiero, a que ¿si todo está bien con su pedido?

    *Koutsompolévopatia: Del griego κουτσομπόλης. Sustantivo masculino: chismoso (aquel que habla de terceros partidos, a menudo negativamente). Y del griego πάθεια: sufrir, experimentar, padecer. Irrefrenable impulso por contar chismes.

    Yadira Cruz M. es escritora y artista visual radicada en Querétaro. Licenciada en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, ha complementado su formación en comunicación, artes plásticas, derechos humanos y social business. Es autora de Sentimientos, Toc, toc, ¡Imaginación despierta! y Neftis: Reflejos de luna (Ed. Ariadna), obra con la que representó a Querétaro en la FIL Guadalajara 2022. Ha participado en encuentros internacionales de poesía y expuesto sus obras plásticas en muestras como Desfragmentaciones y WomenPOPwer. Colabora en Cultura 360 de RTQ desde 2020, y se desempeña también como promotora cultural, tallerista y compositora afiliada a la SACM.

  • Primeras palabras

    Primeras palabras

    Sentado en un banco, atado con una bufanda que a veces era obra de su madre y otras del hermano de su madre, el niño observaba el mundo sin moverse. No porque no pudiera, sino porque no encontraba razón para hacerlo. Todo lo que le interesaba era lo que podía ver, tocar, oler, probar. Nunca se perdía en fantasías ni se distraía con juegos imaginarios: la realidad era suficiente, y lo demás le resultaba ajeno. Nadie parecía alarmado: comía bien, no mostraba dolor y su salud nunca fue motivo de preocupación. Tonto no era: rechazaba lo que no le gustaba, salvo que lograran convencerlo de que aquello era comestible y que, quizá, podría gustarle. No bastaba con insistir: hacía falta una buena charla, una invitación a descubrir, no una orden ni una explicación vacía.

    El banco era siempre el mismo, uno de los que estaban afuera del puesto de comida, que un día decidieron meter adentro para colocar al niño ahí. A veces, el frío de la mañana se colaba por las rendijas y le hacía temblar, pero nadie parecía notarlo. La bufanda, más que abrigo, era una soga suave que lo mantenía en su sitio, como si el mundo temiera que, de soltarse, pudiera perderse para siempre. Los adultos pasaban de largo: algunos con miradas de lástima, otros con indiferencia. Nadie preguntaba por qué no jugaba, por qué no reía, por qué no hablaba.

    No era que no pudiera hablar, simplemente no tenía nada que decir. Todo lo entendía, y cada detalle, cada gesto, cada palabra quedaba registrado en su mente con una precisión casi dolorosa. El hermano de su madre, paciente y atento, atendía a los clientes del puesto de comida mientras conversaba con ellos. La mayoría de las pláticas le parecían insulsas, carentes de profundidad, pero de vez en cuando llegaba alguien con una algarabía contagiosa o con un conocimiento tan nuevo que lo embelesaba y lo dejaba pensando durante días. Su madre y el hermano de su madre, en cambio, llenaban el aire de conversaciones profundas, de temas complejos que lo mantenían ocupado, saciando su hambre de conocimiento.

    Había días en que la soledad era tan densa que podía sentirla en la lengua, como un sabor amargo que no se iba ni con el mejor de los dulces. No prestaba atención a otros niños ni le interesaba lo que hacían; su mundo giraba en torno a dos necesidades: el hambre de conocimiento y el hambre de comida. Nadie se acercaba. Nadie intentaba entenderlo. Los adultos, cuando se dignaban a hablarle, lo hacían con palabras huecas, con diminutivos que le resultaban insultantes: “¿Quieres agüita? ¿Quieres un dulce?”. Él solo quería que le hablaran de verdad, que le preguntaran qué pensaba, su opinión sobre cualquier cosa.

    Con el tiempo, los libros dejaron de ser solo para los adultos: ahora leían en voz alta para él. La lectura, antes refugio de los mayores en los ratos libres, se convirtió en un ritual compartido. No escuchaba para imaginar, sino para entender: pedía respuestas, datos, explicaciones. Las historias fantásticas le resultaban irrelevantes; prefería los relatos donde todo podía comprobarse, donde nada quedaba a la interpretación. Los días pasaban, y la rutina le resultaba grata. Solo existían tres cosas en su mundo: hambre de alimento, hambre de conocimiento y una sensación rara.

    Pero incluso la rutina puede volverse cruel. Había tardes en que el hambre de conocimiento era tan grande que dolía, un vacío en el pecho que no se llenaba ni con las mejores lecturas de unas horas antes. A veces, el hermano de su madre estaba demasiado ocupado para leerle, y entonces el niño se quedaba mirando un punto fijo, repasando mentalmente lo que había aprendido, reconstruyendo detalles de la realidad, nunca inventando nada. No sabía cómo imaginar: su mente no fabricaba mundos, solo ordenaba lo que ya existía.

    En esos momentos de pausa, notaba que la casa seguía vibrando con la energía de su madre. Ella no se detenía nunca: siempre inventando algo nuevo, preparando la mejor comida, buscando sorprender a todos con algo diferente e innovador. Eso lo confundía. Sus silencios no eran de cansancio, sino de concentración, de estar tramando la siguiente maravilla. Así, mientras el niño se refugiaba en la realidad y el conocimiento, la madre tejía a su alrededor un mundo de posibilidades concretas, de sabores y sorpresas tangibles.

    Así durante un número incalculable de días. No había prisa, no había necesidad de apresurarse. La vida transcurría tranquila, entre lecturas, comidas y silencios compartidos.

    Hasta que un día, algo cambió. Un nuevo sentimiento irrumpió en su vida: la ira. Todo ocurrió mientras escuchaba una lectura sobre edificios, muy técnica… hermosa; por fin comprendía cómo se mantenían en pie las construcciones cercanas. El hermano de su madre, como siempre, le explicaba con detalle cada elemento del entorno. A diferencia de otros niños, a él no le hablaban con diminutivos ni simplificaciones; sabían que distinguía alimentos, bebidas, y sabía perfectamente cuáles prefería y por qué. Parecía entender todo lo que se le leía.

    Ese día, sin embargo, la lectura fue interrumpida por la llegada de un hombre desconocido. Era uno de esos clientes que nunca miran a los ojos, que hablan fuerte para que todos los escuchen, pero que no dicen nada. Se acercó al niño y, sin pensarlo, comenzó a hablarle como si fuera un animal cualquiera, con una voz chillona y palabras torpes. “¿Quién tiene tu nariz? ¿Sabes aplaudir? A ver… di Ma… Ma…”. El niño sintió una punzada en el pecho, una mezcla de vergüenza y rabia. ¿Por qué todos asumían que era menos pensante que una bestia? ¿Por qué nadie veía lo que pasaba por su mente?

    La palabra salió como un disparo, clara y fuerte, cargada de todo el desprecio que sentía. No era una palabra bonita ni amable, pero era suya. Por un instante, el mundo se detuvo. El hombre se quedó boquiabierto, incapaz de responder. El hermano de su madre, al escuchar la voz, dejó caer todo, incluso el dinero sobre la mesa, y gritó: “¡Está hablando! ¡Está hablando!”. La madre llegó corriendo, pero no hubo lágrimas ni abrazos, solo una mirada de satisfacción, como si al fin hubiera hecho lo que se esperaba de él.

    Después de ese día, todos querían escucharlo hablar. Le hacían preguntas tontas, le pedían que repitiera palabras, que dijera su nombre, que contara hasta diez. Nadie parecía interesado en lo que realmente pensaba. Nadie preguntaba por lo que observaba, por lo que entendía del mundo real. El niño, agotado, dejó de hablar tanto como pudo. Descubrió que el cansancio era el único refugio, el único lugar donde nadie podía alcanzarlo, donde podía ser solo él, sin expectativas, sin decepciones, sin la presión de fingir que podía soñar o imaginar.

    Los días siguieron, y con ellos, nuevas explosiones de ira, nuevas palabras que sorprendían y descolocaban a quienes lo rodeaban. No todos estaban preparados para un ser así, tan pequeño y tan ajeno a lo esperado. Apenas tenía unos cuantos años vividos, y ya el mundo parecía no saber dónde ponerlo. La infancia apenas comenzaba a mostrar su verdadero rostro: uno donde la realidad era la única guía, y la incomodidad de los demás, una constante.

    Foto de Xiaohang Zhang en Unsplash

  • Brújula

    Fotografía: Aaron Burden

    Era un hombre que nunca tuvo un lugar fijo. Ningún sitio lo hacía sentir en casa. La tristeza de saberse un paria lo perseguía. Estuvo en muchos lugares, aunque nunca se estableció en ninguno.

    Conoció a mucha gente, pero nunca formó un lazo afectivo. Cruzó ríos, pero nunca mojó sus pies en ellos. Conoció la miseria humana, la mezquindad, pero también la bondad, aunque su corazón no distinguía un sentimiento del otro. Caminó muchas veces por diversos senderos, a veces con lluvia, otras bajo un sol insolente. Pero siempre volvía al mismo lugar: una porción de tierra a las orillas de un pueblo pequeño, de no más de cincuenta casas.

    Cuando llegaba ahí, se liberaba de su equipaje y lo colocaba a su lado. Él se hincaba en el suelo polvoriento. La aridez que reinaba en ese lugar se parecía muchísimo a él: seco, olvidado y terriblemente vacío, sin vida. Una vieja casa en ruinas le recordaba su vida: destruida.

    Aunque nunca se lo dijo a nadie, cuando llegaba a ese lugar su mente retrocedía años atrás, y en sus recuerdos esa tierra árida florecía. El viento le regalaba un aroma a flores, y escuchaba el bullicio que provenía de aquella casa de paredes rosadas, con ventanas rústicas en forma de arco. Las jaulas colgadas al exterior albergaban una media docena de pajarillos que no dejaban de trinar y hacer ruido durante todo el día.

    Y luego, el pasillo. Era largo, con helechos a su alrededor y un aroma campestre, a humedad, a vida. Las vigas que sostenían esa casa eran de madera, y las paredes del interior dejaban ver los ladrillos de barro con que estaba construida. Las voces de la gente que habitaba aquella casa dejaban imaginar la alegría que los inundaba. Siempre había un motivo para estar felices: la llegada de la primavera, una lluvia que refrescara con su olor húmedo la casa y sus alrededores, el nacimiento de alguna cría de los animales que habitaban el lugar: pajaritos, gallinas o algún conejo.

    El hombre se perdía en estos pensamientos y se olvidaba del tiempo y del lugar mientras su cabeza lo trasladaba a los años felices y maravillosos. Podía oler el aroma de la comida que emanaba de aquella cocina que tenía en la esquina una estufa pequeña, pero que siempre estaba caliente de tanto usarse. Si no estaba cocinando algún tipo de mole, estaba hirviendo alguna gallina. A su costado, un trastero de madera casi derramaba los jarros y platos de barro que contenía. Había una mesita que hacía las veces de comedor, y junto a ella, una tinaja de barro que conservaba el agua helada y con un sabor a tierra.

    Después de horas de evocar esos recuerdos, el hombre volvía a su realidad, e inevitablemente las lágrimas asomaban a sus ojos. Sobre todo porque siempre el recuerdo más maravilloso llegaba al final: una joven mujer saliendo de la cocina, portando un delantal de flores que cubría parcialmente su vestido color naranja. Su pequeña figura caminaba lenta pero dulcemente, como si flotara. Sus huaraches, de cuero con dos correas delgadas, apenas tocaban el piso. Y su cabello, suelto al hombro, negro como el azabache y con olor a durazno.

    Detrás de ella asomaban dos caritas sonrientes. Esas pequeñas parecían tener destellos que alumbraban todo a su alrededor. Esa imagen era, para él, un retrato de la felicidad.

    Y luego, el recuerdo cruel: aquel incendio en el pequeño poblado, cuando los hombres estaban fuera, en las actividades comunales, sembrando para cosechar y repartir entre todos el fruto del esfuerzo. Pero esa tarde no pudieron estar donde sus mujeres fueron incapaces de detener la desgracia.

    El recuerdo fue tan vívido que pudo verse el resplandor del fuego en sus pupilas. Solo duró un instante, antes de dar paso a un torrente de lágrimas que bajaban por su rostro. Era incapaz de sentir algo más que el calor de ese líquido que corría por sus mejillas, como si al mojar su rostro pudiera lavar sus heridas. Era inevitable: el dolor lo hacía huir a cualquier parte. Sin embargo, la brújula de su sentir lo hacía regresar inevitablemente al mismo lugar. A su lugar.

    Era incapaz de abandonar sus recuerdos. Le llevó su vida, y la vida de ellas, hacer esa pequeña colección de momentos que inmortalizó en la memoria.

    Toma sus cosas, las carga nuevamente al hombro y vuelve a comenzar el viaje, aunque está seguro de que su brújula lo guiará en algún momento de regreso a este, su lugar. Voltea a ver la vieja casa, y luego el polvoriento piso. Les dirige una triste mirada que carga una promesa: «volveré pronto».

    Alma Rosa Olvera Santos
    Feminista, aficionada a las letras. Ganadora del tercer lugar en Narrativa del IV Concurso Internacional de Poesía y Narrativa Vivencias 2011, organizado por el Instituto Cultural Latinoamericano en Junín, Buenos Aires, Argentina.

    *Foto de Aaron Burden en Unsplash