
Era un hombre que nunca tuvo un lugar fijo. Ningún sitio lo hacía sentir en casa. La tristeza de saberse un paria lo perseguía. Estuvo en muchos lugares, aunque nunca se estableció en ninguno.
Conoció a mucha gente, pero nunca formó un lazo afectivo. Cruzó ríos, pero nunca mojó sus pies en ellos. Conoció la miseria humana, la mezquindad, pero también la bondad, aunque su corazón no distinguía un sentimiento del otro. Caminó muchas veces por diversos senderos, a veces con lluvia, otras bajo un sol insolente. Pero siempre volvía al mismo lugar: una porción de tierra a las orillas de un pueblo pequeño, de no más de cincuenta casas.
Cuando llegaba ahí, se liberaba de su equipaje y lo colocaba a su lado. Él se hincaba en el suelo polvoriento. La aridez que reinaba en ese lugar se parecía muchísimo a él: seco, olvidado y terriblemente vacío, sin vida. Una vieja casa en ruinas le recordaba su vida: destruida.
Aunque nunca se lo dijo a nadie, cuando llegaba a ese lugar su mente retrocedía años atrás, y en sus recuerdos esa tierra árida florecía. El viento le regalaba un aroma a flores, y escuchaba el bullicio que provenía de aquella casa de paredes rosadas, con ventanas rústicas en forma de arco. Las jaulas colgadas al exterior albergaban una media docena de pajarillos que no dejaban de trinar y hacer ruido durante todo el día.
Y luego, el pasillo. Era largo, con helechos a su alrededor y un aroma campestre, a humedad, a vida. Las vigas que sostenían esa casa eran de madera, y las paredes del interior dejaban ver los ladrillos de barro con que estaba construida. Las voces de la gente que habitaba aquella casa dejaban imaginar la alegría que los inundaba. Siempre había un motivo para estar felices: la llegada de la primavera, una lluvia que refrescara con su olor húmedo la casa y sus alrededores, el nacimiento de alguna cría de los animales que habitaban el lugar: pajaritos, gallinas o algún conejo.
El hombre se perdía en estos pensamientos y se olvidaba del tiempo y del lugar mientras su cabeza lo trasladaba a los años felices y maravillosos. Podía oler el aroma de la comida que emanaba de aquella cocina que tenía en la esquina una estufa pequeña, pero que siempre estaba caliente de tanto usarse. Si no estaba cocinando algún tipo de mole, estaba hirviendo alguna gallina. A su costado, un trastero de madera casi derramaba los jarros y platos de barro que contenía. Había una mesita que hacía las veces de comedor, y junto a ella, una tinaja de barro que conservaba el agua helada y con un sabor a tierra.
Después de horas de evocar esos recuerdos, el hombre volvía a su realidad, e inevitablemente las lágrimas asomaban a sus ojos. Sobre todo porque siempre el recuerdo más maravilloso llegaba al final: una joven mujer saliendo de la cocina, portando un delantal de flores que cubría parcialmente su vestido color naranja. Su pequeña figura caminaba lenta pero dulcemente, como si flotara. Sus huaraches, de cuero con dos correas delgadas, apenas tocaban el piso. Y su cabello, suelto al hombro, negro como el azabache y con olor a durazno.
Detrás de ella asomaban dos caritas sonrientes. Esas pequeñas parecían tener destellos que alumbraban todo a su alrededor. Esa imagen era, para él, un retrato de la felicidad.
Y luego, el recuerdo cruel: aquel incendio en el pequeño poblado, cuando los hombres estaban fuera, en las actividades comunales, sembrando para cosechar y repartir entre todos el fruto del esfuerzo. Pero esa tarde no pudieron estar donde sus mujeres fueron incapaces de detener la desgracia.
El recuerdo fue tan vívido que pudo verse el resplandor del fuego en sus pupilas. Solo duró un instante, antes de dar paso a un torrente de lágrimas que bajaban por su rostro. Era incapaz de sentir algo más que el calor de ese líquido que corría por sus mejillas, como si al mojar su rostro pudiera lavar sus heridas. Era inevitable: el dolor lo hacía huir a cualquier parte. Sin embargo, la brújula de su sentir lo hacía regresar inevitablemente al mismo lugar. A su lugar.
Era incapaz de abandonar sus recuerdos. Le llevó su vida, y la vida de ellas, hacer esa pequeña colección de momentos que inmortalizó en la memoria.
Toma sus cosas, las carga nuevamente al hombro y vuelve a comenzar el viaje, aunque está seguro de que su brújula lo guiará en algún momento de regreso a este, su lugar. Voltea a ver la vieja casa, y luego el polvoriento piso. Les dirige una triste mirada que carga una promesa: «volveré pronto».
Alma Rosa Olvera Santos
Feminista, aficionada a las letras. Ganadora del tercer lugar en Narrativa del IV Concurso Internacional de Poesía y Narrativa Vivencias 2011, organizado por el Instituto Cultural Latinoamericano en Junín, Buenos Aires, Argentina.
*Foto de Aaron Burden en Unsplash
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