Leonardo viajó a las gélidas aguas del sur de América, sólo porque un pez se lo pidió en un sueño. Hizo sus maletas, sacó sus ahorros y tomó un avión. Llegó a la capital y de ahí abordó un autobús que lo llevó, a través de un largo bosque, hasta una ciudad marina. Esa noche se hospedó en un hostal y, en sus sueños, volvió a escuchar la agradable voz del pez, más cercana que nunca. Esta vez también pudo verlo. Supo que era una mujer: lo entendió por su energía, por su tono de voz.

Este pez femenino lo arrullaba por las noches. Mientras hablaba, parecía contarle historias del mar, del cielo; le narraba poemas. Su voz fluía como un susurro entre el agua, un murmullo de fondo que lo calmaba en sus noches de insomnio. A sus cincuenta y tres años, sabía que llevaba décadas sin dormir bien. Por eso amó al pez desde que llegó a su vida.

Durante las tardes iba al café y dibujaba a los paseantes de la ciudad. Buscó trabajo como profesor de arte en una academia francesa, pues no hablaba bien español.
—Cántame —le pidió una noche al pez, y ella accedió.
La melodía era inspiradora; le evocaba colores y paisajes. Entonces vio al pez transformarse en mujer, pero no lograba recordar bien su rostro. Esto le entristecía, aunque procuraba concentrarse en su trabajo artístico para no romper el frágil equilibrio de sueño al que había llegado tras toda una vida de desvelos.

Una tarde, mientras pintaba en el café, vio pasar a una mujer por la playa. Era ella: la mujer que en sus sueños era un pez rojo. Hizo un boceto rápidamente para no olvidar sus facciones y salió tras ella. La siguió en silencio hasta su casa. Desde ese día, merodear por ahí se volvió parte de su rutina. Ella tendría unos treinta años y, al parecer, se dedicaba a estudiar.

Las noches de insomnio regresaron, sumiéndolo en la desesperación. Su instinto le decía que fuera al mar, y así lo hizo. Volvió a escuchar el susurro: la voz del pez rojo que emergía de las olas. Pasaba horas contemplando el mar vaporoso, los barcos lejanos, la gente sentada en la orilla tomando el sol.

Un día, se encontró con la mujer: iba corriendo junto al mar. Sintió un regocijo al verla, y ella también lo miró. De alguna forma, ella también lo soñaba. En su ensoñación, era un pez que se encontraba con un hombre en una barca. Él la convertía en humana, y juntos se quedaban a vivir en esa barca.

Ella lo miró con insistencia, pero él la encontró demasiado joven. Tal vez, pensó, debería buscar a alguien de su edad. Sin embargo, no tenía ganas: lo único que amaba verdaderamente era el sonido del mar. Ella también adoraba esa música, que la consolaba en sus tardes solitarias de invierno.

Ambos contemplaban el mar, aunque en horarios distintos. Y aunque deseaban encontrarse, a esas alturas del destino, aquello se volvió algo muy difícil.

Diana Galindo (Estado de México, 1994) es licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Querétaro. Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

Ilustración de ilham saputra en Unsplash

Deja un comentario