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  • Andares Literarios, de Maurick Ilich

    Andares Literarios, de Maurick Ilich

    Por Samanta Echevarría

    Amor Towles se ha convertido en uno de mis escritores favoritos. Lo descubrí por casualidad, en una cápsula televisiva sobre él y su obra, transmitida en el programa norteamericano CBS Sunday Morning, un espacio que aborda temas de noticias, política, cultura, arte y eventos históricos, enfocado a un público más culto.

    Originario de Boston, Towles tenía un contrato para enseñar inglés durante dos años en China, tras graduarse de la Universidad de Yale en 1989. Sin embargo, el proyecto fue cancelado abruptamente por las protestas en la Plaza de Tiananmén. Decepcionado, comenzó a trabajar en una firma financiera en Nueva York, oficio que desempeñó por más de veinte años. Aunque siempre le había gustado la literatura y había escrito algunos relatos, Towles empezó a escribir de manera formal a partir de los cuarenta años, y lo ha hecho de forma extraordinaria.

    Intrigada por este nuevo autor, compré uno de sus libros, A Gentleman in Moscow (Un caballero en Moscú, Salamandra, 2016). En aquel entonces no podía imaginar la joya literaria que acababa de adquirir: una verdadera obra de arte, una historia magnífica, extraordinariamente escrita, con un cúmulo de emociones de principio a fin.

    El libro inicia al final de la Revolución rusa, cuando un conde aristocrático es juzgado por un tribunal bolchevique y condenado al paredón por su condición de noble, considerada enemiga del nuevo régimen. Sin embargo, un poema atribuido a su autoría —que exaltaba la revolución— lo salva de la muerte. El conde es puesto bajo arresto domiciliario en el Hotel Metropol, en el centro de Moscú.
    La novela transcurre a lo largo de los dieciséis años que el conde pasa confinado en el hotel bajo el régimen soviético, sabiendo que, si se asoma siquiera a la puerta, será ejecutado. Este libro se ha convertido en uno de mis favoritos, por lo que tengo muchas ganas de ver la serie de televisión recientemente estrenada, protagonizada por Ewan McGregor.

    En 2023, en el club de lectura, leímos otro de sus libros: The Lincoln Highway (Penguin, 2023). Towles no decepcionó. También se trata de una obra espectacular. Ambientada en 1953, narra el viaje por carretera que emprenden varios jóvenes al escapar de un centro de detención juvenil, intentando llegar a California a través de la histórica carretera que cruza los Estados Unidos de este a oeste.
    Muchas de las integrantes del club coincidieron en que este es uno de los mejores libros que hemos leído en los últimos años. La historia explora la naturaleza de la juventud —su impredecibilidad y espíritu de rebeldía—, pero también los desvíos de la vida, las segundas oportunidades y la redención. El final de este libro es, simplemente, espectacular.

    Al final de este verano leí A Table for Two (Viking, 2024), también de Towles, una colección de seis relatos cortos escritos con ingenio, humor y sofisticación. El primero de ellos, y el que más me gustó, al igual que Un caballero en Moscú, se sitúa en la era soviética. Es evidente la profunda influencia que la literatura rusa, y en particular Fiódor Dostoievski, ejercen en la obra de Towles. En sus textos aparecen citas de Los hermanos Karamázov y guiños a Crimen y castigo, así como discusiones entre sus personajes y los grandes escritores de la llamada “Edad de Oro” de la literatura rusa del siglo XIX: Aleksandr Pushkin y León Tolstói. Novelistas que, al igual que Towles, abordan temas como la moralidad, el sufrimiento y la complejidad del ser humano, a través de personajes que enfrentan conflictos existenciales, luchas de clase y tensiones políticas.

    Este verano tuve la fortuna de conocer y charlar en Querétaro —mi ciudad natal— con Maurick Ilich, seudónimo de Óscar Mauricio Sosa, escritor y presidente del Consejo Literario de Querétaro. Aunque originario de la Ciudad de México, lleva muchos años viviendo aquí. Me llamó la atención su nombre, y me pregunté si sería una referencia a la literatura rusa y a León Tolstói. La muerte de Iván Ilich es, sin duda, una de las obras más profundas y conmovedoras de Tolstói, una reflexión sobre la muerte y el sentido de la vida. La novela narra los últimos meses de Iván Ilich, un juez del sistema zarista ruso, quien, al enfrentarse a una enfermedad terminal, se ve obligado a mirar su existencia con nuevos ojos.

    Ilich (el autor, no el juez zarista) me entrevistó para su programa de radio y pódcast En pos de la palabra, transmitido en redes sociales y en Spotify, acerca de mi libro Memorias de Tierra Adentro. La charla, que duró más de dos horas —y pudo haber durado dos más—, fue increíblemente amena y profunda. Me impresionó no sólo la capacidad de retención de Ilich, sino también su análisis y su agudeza lectora. A mi parecer, Maurick Ilich realiza un trabajo admirable al apoyar y dar visibilidad a escritores independientes a través de entrevistas razonadas, profundas y bien estructuradas.

    Para retribuir el gesto, decidí leer su obra. Compré en Querétaro su más reciente libro, Andares Literarios (El Desvelo, 2024), un pequeño volumen compuesto por nueve relatos cortos.

    En Andares Literarios, Maurick Ilich nos traslada a su niñez en la Ciudad de México de los años ochenta: a las historias de los barrios, la familia y lo cotidiano. Sus relatos evocan la nostalgia del ayer mediante un lenguaje común, cercano, a veces pintoresco y del arrabal, lo que los vuelve profundamente identificables. También aparecen las caminatas por las calles, los mercados, los tianguis, las cascaritas de futbol, la hora de la comida y la vida de barrio que, aunque ocurre en la inmensa urbe capitalina, parece transcurrir en un pequeño pueblo de provincia.

    Los relatos de Maurick Ilich reflexionan sobre la memoria y el paso del tiempo; y, al igual que su homónimo, Iván Ilich, el juez zarista de Tolstói, el autor se pregunta también por su propia existencia.

    Andares Literarios (El Desvelo, 2024) ★★★★★

    Para escuchar las entrevistas de Maurick Ilich, visita En Pos de la Palabra Podcast:
    🔗 https://open.spotify.com/show/15GP6QSjDYD225G31bEecm

  • A Candle for San Simón de Kelly Daniels

    A Candle for San Simón de Kelly Daniels

    Fue un gusto recibir al autor y profesor Kelly Daniels en mi casa, en Davenport, Iowa (Estados Unidos), para la reunión mensual del club de lectura de las señoras del colegio de mis hijas. En este club se lee muchísimo, pero también se discute —tanto en persona, durante las reuniones mensuales, como en una infinidad de mensajes de texto—, se charla sobre la vida (los hijos, el colegio, los maridos), se ríe y hasta se llora. Además, en cada reunión abundan los platillos y postres para degustar.

    Ingresé al club de lectura por invitación de una de sus fundadoras, la querida Julie, mi vecina y amiga desde hace varios años. Julie, además de tener cuatro hijos adolescentes, ser doctora especializada en psiquiatría y caminar varios kilómetros por el vecindario, lee incansablemente en sus ratos libres. El club lleva más de diez años reuniéndose mes con mes, y yo me apunté hace apenas tres. Antes solía leer en solitario: sobre todo investigación y artículos académicos, lo que llegaba a mis manos o lo que se me antojaba. A veces leía a diario, otras pasaban semanas o meses sin abrir un libro. Pero me gustó la idea de hacerlo en compañía.

    Me impuse el reto de leer 24 libros al año: uno con el club y otro por mi cuenta. Dejé de mirar el celular en los ratos muertos y, en su lugar, empecé a leer, cargando siempre un libro en mi bolso. Al año siguiente leí 27, y el año pasado fueron 30. Sin embargo, algunas de las integrantes del club llegan a leer hasta 50 libros al año.

    En general, al norteamericano le gusta sentarse a leer; lo encuentra atractivo después de una larga semana laboral, aparte de Netflix. Desde la infancia, gran parte del vocabulario en inglés se aprende de memoria —con las famosas sight words— y, en las escuelas, la lectura recibe gran impulso. Algunos conservan ese hábito. Según estadísticas recientes (bookbrowse.com), alrededor de 13 millones de personas participan en clubes de lectura en Estados Unidos, aunque las cifras precisas varían de acuerdo con la fuente y la metodología. Se cree que el crecimiento de estos clubes se relaciona con la interacción social posterior a la pandemia y con el auge de comunidades en línea como #BookTok, donde los videos de recomendaciones se multiplican exponencialmente. La participación aumenta con un mayor nivel escolar y, lo más importante, hoy en día una parte significativa de los miembros son mujeres. A diferencia de décadas pasadas, hoy son ellas quienes más leen, sobre todo ficción.

    Me gusta ser parte de este club y obligarme a leer en inglés, porque aquí se lee casi de todo. Desde que lo frecuento, me he acercado a autores que no habría conocido de otra forma, porque no son los nuestros: los hispanos, los que escriben en español o los pocos que todos conocen traducidos por las grandes editoriales. En el grupo, todas proponemos al autor y al libro del mes, y se somete a votación. Las propuestas varían y, aunque no todas asisten a las reuniones por compromisos sociales, la mayoría lee y participa en la discusión. Esta vez mi propuesta fue Daniels, y la aprobación fue unánime.

    La invitación a Kelly Daniels surgió de mi deseo de acercarme a autores locales y leernos entre nosotros, después del increíble éxito del tour de mi libro Memorias de Tierra Adentro (publicado este verano con editorial Helvética). Tras volver de Querétaro con el corazón lleno de tantos extraordinarios encuentros literarios, decidí seguir el mismo impulso en mi ciudad e involucrarme más en el ámbito literario local en Estados Unidos.

    Conocí a Kelly Daniels, doctor en Literatura por la Universidad de Western Michigan, hace muchos años, como colega y amigo en la Universidad Augustana College, en Rock Island, Illinois, donde es profesor de escritura creativa en la Facultad de Lengua y Literatura Inglesa. También conocí a su encantadora esposa, gran amiga mía. Sin embargo, nunca había leído su obra.

    Daniels tiene una vida interesante: oriundo de California, creció en una comuna en Hawái durante los años ochenta, pues sus padres se involucraron en la ideología y el movimiento hippie. Más tarde, en su juventud, viajó de mochilero por Europa, México y Centroamérica, antes de estudiar el doctorado y convertirse en profesor. Hace varios años publicó sus memorias en el estupendo libro Cloudbreak, California (Owl Canyon Press, 2013), donde relata estas experiencias. También ha publicado ensayos y cuentos en diversas revistas literarias, contribuye regularmente a la revista Sun y es uno de los conductores del popular pódcast The Moon Under Water —disponible en YouTube, Spotify y redes sociales—, donde conversa con su co-conductor, Steve Jones, sobre temas literarios y de cultura pop, en un tono irreverente.

    A Candle for San Simón (Owl Canyon Press, 2020) es su primera novela. Inspirada en sus viajes de juventud, la historia tiene como escenario Guatemala. Sin hacer spoilers, narra la vida de un norteamericano con recientes convicciones religiosas y misioneras que viaja de California a Guatemala en busca de su padre: un alcohólico empedernido y fracasado que lo abandonó de niño para irse a “perder al sur”. Ese padre aún bebe en un bar local y, para subsistir, conduce un autobús de pasajeros, que termina convirtiéndose en protagonista de la trama.

    En Guatemala, el padre está endeudado con un gánster por el cobro de piso, extorsionado por el jefe de policía y presionado por las maras, que buscan que “El Gringo” los ayude a traficar armas, drogas y mujeres en su autobús. El caos arrastra a todos en medio de esa vorágine. Daniels refleja con crudeza la realidad de algunas zonas de Centroamérica y plantea reflexiones sobre religión, moralidad, supervivencia, secuestro y violencia, traición, abandono, adicciones, gentrificación y la fragilidad de la vida. Algunas escenas contienen violencia física y sexual, pero también se narra una historia de amor entre los protagonistas, se exploran diferencias culturales y se profundiza en las complejas relaciones entre padres e hijos.

    Aunque algunas partes resultan difíciles de digerir por su crudeza y lenguaje, la novela ofrece lecciones de vida, abre espacio a la reflexión y plantea, al final, una esperanza utópica para Centroamérica. Es una historia con potencial para llevarse al cine o a la televisión.

    El libro me recordó dos lecturas de autores que admiro: la extraordinaria The Power and the Glory (1940), de Graham Greene, y La reina del sur (Alfaguara, 2010), de Arturo Pérez-Reverte.

    A Candle for San Simón ★★★★★
    (Versión en inglés)

    Su libro está disponible en Amazon, Barnes & Noble y Walmart.

  • Los libros místicos de la ciudad

    Los libros místicos de la ciudad

    Por Diana Galindo

    La rutina de Cristóbal para escribir un libro formaba parte de una vida ascética que, a simple vista, nadie hubiera podido adivinar. Incluía levantarse a las cinco de la mañana, tomar baños de agua fría y sumergirse en el mar durante el punto más crudo del invierno, cuando las aguas recibían las corrientes intensas del Polo Sur.

    Su dieta era frugal: arroz y pescado, y eventualmente alguna pasta. Cristóbal pasaba largas horas caminando por la ciudad en busca de inspiración para sus cuentos. Practicaba ejercicios de respiración, oración, meditación y contemplación. Cuando se sentaba con una taza de té, las horas transcurrían hasta que concluía su obra, normalmente en un día o dos.

    El resto del mes lo dedicaba a su búsqueda literaria: leer hasta sentir que la cabeza le daba vueltas, como si se elevara en un mareo constante y luminoso. Él mismo encuadernaba sus libros y los llevaba al muelle, donde los ofrecía a precios elevados. Sin embargo, cada uno contenía soluciones para las personas con las que se cruzaba en su camino. Con solo mirarlas, las analizaba hasta sentir las dolencias de sus almas; entonces regresaba a casa y se entregaba a las hojas en blanco, donde ideaba remedios para los males de sus sujetos de contemplación.

    Incluso a las aves les encontró un remedio. Una vez, al escucharlas, comprendió que se sentían asediadas por algunos habitantes de la ciudad. En un cuento les explicaba las transformaciones que a veces sufrían esos mismos habitantes: algunos se convertían en aves, otros en puercos o en lobos; luego se enredaban en la materia onírica de la noche y se devoraban unos a otros, dejando por algunas calles un aroma persistente a sangre.

    Por eso les pedía que fueran condescendientes, que dejaran a los hombres aprender el arte de la transformación en ave, pues vivían tiempos de casas abandonadas y violencia extrema, donde las migraciones crecían y la humanidad necesitaba aprender ese arte. Algunas aves se mostraban reticentes, pero las más risueñas aceptaron y estallaron en carcajadas al sentir, entre sus filas, a hombres que huían de la ciudad: escritores, poetas, pintores, cocineros, choferes; toda clase de personas que alcanzaban cierta purificación de su alma.

    Así, los libros contribuyeron a la transformación de la ciudad. Más allá de las calles donde se cometían crímenes, los ejemplares se hallaban en cafés donde intelectuales y curiosos se reunían a hablar de este conocimiento práctico. Algunos discutían sobre liberación, otros sobre fe.

    Con el tiempo, el conocimiento se transmitió de boca en boca y los libros de sabiduría quedaron como reliquias olvidadas en las repisas de los cafés, donde las reuniones intelectuales se volvieron costumbre. Mientras tanto, el sabio escritor envejecía, pero seguía dando consejos desde su lejana casa móvil, que eran también sus propios libros.

    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

    Foto de Marjhon Obsioma en Unsplash

  • Aula abierta: Exponer: cuando el arte sale del taller

    Aula abierta: Exponer: cuando el arte sale del taller

    Por Miriam Uribe

    Llega el día de la exposición y el taller se transforma. Todo está lleno de movimiento: piezas que se acomodan, marcos que se alinean, discusiones sobre si esta obra va junto a aquella o si necesita más espacio. Hay ansiedad, emoción, cansancio. Y, sobre todo, un cambio invisible pero profundo: la obra deja de ser sólo del artista para volverse también del espectador.

    Exponer no es sólo colgar trabajos en una pared. Es abrir un umbral. Es decir: «esto soy, esto hice, esto quiero compartir». Para muchos estudiantes, es un momento decisivo: la primera vez que su pieza deja el espacio íntimo del aula y entra al espacio público. Y ahí aparecen preguntas nuevas: ¿cómo se verá junto a otras? ¿Qué leerá la gente en ella? ¿Dirá lo que quería decir?

    Enseñar arte no termina en la producción. También implica enseñar a mostrar. A entender que la exposición no es un trámite, sino una parte esencial del proceso creativo. Que lo que se exhibe no es sólo un objeto, sino un acto de comunicación. Que el montaje es un lenguaje y, como todo lenguaje, necesita coherencia, intención, ritmo.

    Ese día, los pasillos se llenan de escaleras, martillos, cintas métricas. Se escuchan frases como: «¿más arriba?», «¡un poco a la izquierda!», «no, así pierde aire». Cada ajuste importa porque la obra se cuenta también por cómo habita el espacio. Recuerdo a una alumna que, al ver su acuarela iluminada por primera vez en la pared, se quedó en silencio, casi sin reconocerla. «Es la misma, pero parece otra», dijo. Y tenía razón: la obra cambia cuando se mira desde la distancia, cuando entra en diálogo con la luz, con otras piezas, con otras miradas.

    Jacques Rancière, en El espectador emancipado, afirma que «ver no es ser pasivo». Que quien mira no recibe, sino que interpreta, reordena, produce sentido. Y eso cambia todo: la exposición no es un monólogo, sino una conversación. La obra no habla sola; habla con el otro, y en ese diálogo se transforma.

    En el aula lo vemos con nitidez. Estudiantes que se sienten orgullosos cuando alguien se detiene ante su pieza. Otros que se incomodan al escuchar interpretaciones inesperadas. Algunas obras que parecían discretas se vuelven poderosas en conjunto. Y, al revés, piezas que brillaban solas cambian de tono al compartir espacio. Porque exponer es también aprender a renunciar al control. A aceptar que la obra, una vez afuera, ya no nos pertenece del todo.

    Por eso siempre insisto en cuidar el montaje. No sólo por estética, sino por respeto al trabajo y al espectador. Que la luz sea la adecuada. Que las etiquetas no sean sólo nombres, sino pistas para entrar. Que haya espacio para respirar entre piezas. Que la exposición no sea un depósito, sino una experiencia.

    Y, sin embargo, siempre ocurre lo más importante: la conversación que no podemos prever. Alguien se reconoce en una imagen. Alguien pregunta cómo se hizo. Alguien sonríe. Alguien guarda silencio largo. Una vez, escuché a un visitante murmurar frente a una serie de bordados: «me acordé de mi madre». Nadie le respondió, pero esa frase quedó flotando como una confirmación de que la obra había cumplido su viaje.

    Eso es lo que nos sostiene: saber que cada pieza, por modesta que parezca, puede tocar algo. No porque sea perfecta, sino porque alguien la mira. Porque alguien se detiene, aunque sea un instante.

    En el aula abierta, exponer no es el final, sino el inicio de otra etapa: la del diálogo. Aquí, mostrar la obra es también soltarla. Dejar que viaje, que se cruce con otras miradas, que produzca sentidos que no habíamos imaginado. Porque enseñar arte es también enseñar a compartir: no como obligación, sino como acto generoso, como invitación a mirar juntos.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de Pauline Loroy en Unsplash

  • Coordenada Artística: Vuélvete tuyo

    Coordenada Artística: Vuélvete tuyo

    Por Yadira Cruz

    Quise apelar a la madurez que, supuestamente, trae consigo la edad adulta y ofrecerte una amistad sincera para no apartarte de mi vida. Sin embargo, no logré arrancarte ese velo que insistes en llevar.

    Tu insistencia en ese amor platónico que dices tenerme te hace perder el suelo y olvidarte de ti.

    Esa admiración desmedida que sueles profesarme nubla por completo tu entendimiento y tu identidad. Y aunque sé que hay quienes se sentirían halagados con tu pleitesía, yo no puedo permitir que te coloques por debajo de tu propia integridad. Por eso hoy te digo, en seco, que esto es un adiós definitivo.

    Prefiero ser cruel y provocar tu odio, antes que volverme cómplice de tu inseguridad. El amor sincero jamás te convertirá en un objeto.

    Ahórrate esas ansias de «querer ser mío» y vuélvete tuyo, para que no te causen mal; para que no te causes mal.

    Perdona si esta daga de palabras te parece tan directa, pero prefiero ser sincera y provocar tu enojo en este momento, antes que mentirte y dejar que germinen heridas que no mereces.

    El amor sincero jamás te volverá objeto.

    Yadira Cruz M. es escritora y artista visual radicada en Querétaro. Licenciada en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, ha complementado su formación en comunicación, artes plásticas, derechos humanos y social business. Es autora de SentimientosToc, toc, ¡Imaginación despierta! y Neftis: Reflejos de luna (Ed. Ariadna), obra con la que representó a Querétaro en la FIL Guadalajara 2022. Ha participado en encuentros internacionales de poesía y expuesto sus obras plásticas en muestras como Desfragmentaciones y WomenPOPwer. Colabora en Cultura 360 de RTQ desde 2020, y se desempeña también como promotora cultural, tallerista y compositora afiliada a la SACM.

    Foto de Lawrence Krowdeed en Unsplash

  • Aula Abierta: Evaluar sin matar el impulso: el arte y sus tiempos

    Aula Abierta: Evaluar sin matar el impulso: el arte y sus tiempos

    Por Miriam Uribe

    Hay un momento que se repite cada semestre. Sucede cuando entregamos las rúbricas, explicamos los criterios, encendemos el proyector con la lista de «lo que se espera de ustedes». Y alguien —a veces en voz baja, a veces con ironía— pregunta: «¿Y eso cómo se califica?». Es una pregunta legítima, casi inevitable, y, sin embargo, siempre me deja sin aliento.

    ¿Cómo se califica una mirada que aún no encuentra forma? ¿Cómo se mide el intento de nombrar algo que ni la persona que lo produce sabe del todo qué es? ¿Qué tipo de escala puede contener la torpeza, la intuición, la emoción que se filtra entre capas de acrílico o en una puntada apresurada?

    En el arte, evaluar es arriesgado. No porque no deba hacerse, sino porque hacerlo mal puede apagar procesos que apenas empiezan a prender. He visto cómo una nota baja clausura una búsqueda, cómo un comentario mal formulado se convierte en herida. Pero también he presenciado evaluaciones que abren mundos: cuando el estudiante se reconoce en su proceso, cuando descubre que «fracasar» no es más que atravesar otra forma de aprendizaje.

    David Sudnow, sociólogo y pianista autodidacta, escribió sobre cómo aprendió a tocar música sin seguir rutas académicas. Describía cómo su cuerpo absorbía movimientos, cómo sus manos aprendían a ver, cómo la repetición producía sentido sin que mediara una lógica formal. Su experiencia evidencia que no todo aprendizaje artístico es verbalizable, lineal o demostrable en exámenes. Mucho menos en números.

    En el aula de arte, muchas veces usamos ejercicios técnicos como punto de partida: aprender a mezclar acuarelas, observar proporciones, trabajar con modelo en vivo. Son necesarios, claro. Pero lo importante no es si el estudiante ejecuta con precisión perfecta, sino si en ese ejercicio comienza a mirar distinto. Y eso, con suerte, se puede acompañar, señalar, conversar… pero nunca imponer.

    Hay quienes producen desde lo emocional, desde lo biográfico. Otros prefieren el distanciamiento, la estructura, la cita visual. Todos esos caminos son válidos si se los reconoce como tales. Por eso, en mi taller, evaluamos procesos, no resultados. Observamos la relación entre la idea y su resolución, la evolución del trazo, la decisión de mezclar técnicas o desecharlas. Evaluar es leer un proceso como si fuera un relato: buscando pistas, entendiendo ritmos, escuchando lo que aún no termina de decirse.

    No hay obra «correcta» cuando hablamos de creación. Lo que buscamos es honestidad, intención, búsqueda. Y, sobre todo, la capacidad de sostener una pregunta sin cerrarla enseguida con una respuesta fácil.

    En el aula abierta, la evaluación puede ser otra cosa: una conversación, una lectura colectiva, una deriva de preguntas. Puede ser una bitácora, una exposición íntima, un relato del propio proceso. Lo importante es que el estudiante se reconozca ahí, no como quien cumple, sino como quien habita el hacer.

    Evaluar en arte no es medir, es comprender. Es cuidar el lenguaje con el que hablamos de lo que aún está naciendo. Porque, si algo enseña el arte, es que lo valioso no siempre se ve de inmediato. A veces florece en el margen, en lo que no se entrega a tiempo, en lo que apenas comienza.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de Isi Parente en Unsplash

  • Aforismos

    Aforismos

    El aforismo es un género literario que busca incentivar el pensamiento reflexivo. Leibniz propuso que la mayor tarea de la filosofía es plantear preguntas, más que responderlas. Por ello, comparto a continuación quince aforismos cuyo propósito es invitar al lector a la duda, la pregunta o la reflexión.

    Antes del pensamiento, el eco de las palabras enseña al hombre a construir enigmas.

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    Los genios que se alejan de la poesía, ¿qué vida les queda?

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    Las ganas de transformar el silencio en algo más hacen posible pensar la eternidad.

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    Convertir el silencio en poema es el levantamiento con el que comienza la sabiduría.

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    Si el hombre es un ser de definiciones, la letra se vuelve parte de la encrucijada entre pensamiento y palabra, entre el silencio y las voces —a veces desarticuladas— de su vida.

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    La vida del hombre se juega en palabras: de juegos, de reflexiones, de acciones y de algo siempre inasible que, por instantes, alcanza a nombrar.

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    Difícilmente la naturaleza ignora a la belleza o al silencio; la fuerza siempre permanece.

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    Juego y fiesta son, a veces, destellos de la luminosidad de la energía. ¿Quién no se siente renovado, aun cuando obliga a su cuerpo a visitar al amigo, solo para encarar vestigios de la celebración de la vida?

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    Muchas veces decimos “no”, pero un “sí” imposible nos da la vuelta, siempre escondido en cada respirar.

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    La pasión es una forma infantil del amor; la piedad, una forma madura.

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    Medicina y visión, razón y fe: así aparecen análogos fortuitos en la frágil piel de la vida.

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    Hay símbolos que cambian el destino de una ciencia: piénsese en la corona de espinas y en la teología.

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    La disciplina es una ciencia de negaciones; y como toda ciencia, es un arte, cuyo fruto, en la pérdida de sí mismo, es un encuentro.

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    Escribir es vislumbrar; leer es danzar sin pisar el suelo.

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    La memoria es capaz de levantarse contra el peso de la gravedad que todo lo arrastra, porque se guarda en lo recóndito de la palabra.

    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Querétaro. Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

    Foto de Kristaps Ungurs en Unsplash

  • Aula Abierta: El territorio como aula

    Aula Abierta: El territorio como aula

    Hay clases que no suceden entre cuatro paredes. A veces, la pedagogía aparece entre la tierra y el polvo, al borde de un camino, en una piedra marcada por el sol, en la conversación con alguien que nunca ha leído teoría, pero carga siglos de saber en sus manos.

    El territorio enseña. Y enseña sin programa. Su didáctica es otra: fragmentaria, envolvente, inesperada. No siempre avisa. Basta salir con los ojos abiertos —a un mercado, a una barranca, a una fiesta popular— para que algo nos descoloque. Un color que no sigue reglas de armonía, un símbolo pintado a mano en un muro, una técnica que no aparece en los libros, pero resiste el tiempo.

    Cuando trabajo con estudiantes fuera del aula, ocurre una transformación. Las preguntas cambian. Ya no se trata de «cómo se hace» sino de «por qué se hace aquí, así, con esto». Entonces el arte se vuelve excusa para mirar de otro modo: a la gente, a los objetos, a los silencios de la calle. El territorio —esa palabra a veces tan académica— se revela como cuerpo vivo: piel, memoria, historia.

    En un taller reciente, salimos a caminar por el barrio. Un estudiante se detuvo frente a una casa antigua, con una reja oxidada y un árbol que empujaba los muros hacia afuera. «Esto es hermoso», dijo. Alguien más replicó: «Pero está descuidado». Y ahí empezó la clase. ¿Desde qué mirada decimos lo que vale? ¿Qué formas de belleza hemos aprendido a descartar?

    Volver al territorio como aula implica descentrar al docente y al método. Implica asumir que el conocimiento no siempre se transmite: a veces se comparte, se intercambia, se recoge como quien recoge semillas caídas. En estos espacios, los estudiantes no únicamente aprenden a hacer, sino a escuchar el lugar. A leerlo sin prisa. A respetar sus tiempos, sus modos, sus gestos.

    El arte escolarizado suele vivir lejos del polvo. Pero el arte verdadero —el que nace de la necesidad de decir algo— siempre tiene tierra bajo las uñas. No hay pedagogía artística completa si no considera el contexto que la atraviesa. Porque no enseñamos arte en abstracto: enseñamos en un estado, en un barrio, en un país que tiene historia, heridas, riqueza, contradicción.

    Y esa dimensión territorial no se impone, se descubre. A veces está en la flor que alguien pega sobre un altar doméstico, en el bordado que guarda un apellido, en la música que se repite cada fiesta patronal. Esas expresiones, que muchos llaman populares como si fueran menores, son también formas de pensar, de narrarse, de imaginar el mundo. ¿Por qué no aprender de ellas?

    En aula abierta, el territorio no es sólo contenido: es método. Es ese espacio desde donde se enuncia una práctica y una ética. Es lo que obliga a salir, a observar, a dejar de hablar para mirar con humildad. A veces, basta con eso para que la pedagogía ocurra.

    Porque enseñar arte también es enseñar a habitar: con el cuerpo, con la memoria, con la mirada atenta. Y ningún territorio está vacío cuando alguien aprende a mirarlo.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de Simi Iluyomade en Unsplash

  • Coordenada Artística: ἐγέρσις*

    Coordenada Artística: ἐγέρσις*

    Para M. D.

    —¿Puedo preguntarte algo?

    —Adelante.

    —¿Cómo llegaste aquí?

    —Esa no es la pregunta adecuada.

    —¿De dónde sacaste tus alas?

    —Esa no es la pregunta adecuada.

    —Es que te veo tan libre, extendiéndote, volando por todo el jardín, yendo y viniendo, sonriente y feliz. ¿Cómo puedo ser como tú?

    —Esa no es la pregunta adecuada.

    —¿Por qué no me quieres ayudar?

    —Te estoy ayudando; esa no es la pregunta adecuada.

    —Entonces, ¿cuál es la pregunta adecuada?

    —La pregunta adecuada es «¿Para qué?».

    —¿Para qué?

    —Sí, ¿para qué llegaste aquí? Esa es la pregunta: cuando emprendas el viaje hacia la respuesta, te reencontrarás contigo, recordarás y reconocerás quién eres; en consecuencia, comprenderás que no quieres ser como nadie más. Si persistes en el camino, te darás cuenta de la crisálida en que estás envuelta y que te impide extender tus propias alas; y entonces, podrás romperla y extender tu ser. Sabrás que la felicidad es un estilo de vida y no una utopía: superarás tus límites y emergerás siéndote leal a ti misma.

    —Tus palabras iluminan mi alma, mi corazón te agradece infinitamente.

    * ἐγέρσις. Griego. Resurrección, despertar.

    Yadira Cruz M. es escritora y artista visual radicada en Querétaro. Licenciada en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, ha complementado su formación en comunicación, artes plásticas, derechos humanos y social business. Es autora de SentimientosToc, toc, ¡Imaginación despierta! y Neftis: Reflejos de luna (Ed. Ariadna), obra con la que representó a Querétaro en la FIL Guadalajara 2022. Ha participado en encuentros internacionales de poesía y expuesto sus obras plásticas en muestras como Desfragmentaciones y WomenPOPwer. Colabora en Cultura 360 de RTQ desde 2020, y se desempeña también como promotora cultural, tallerista y compositora afiliada a la SACM.

    Foto de Olivia Houck en Unsplash

  • Narrar desde la experiencia: Fernando Tamariz impartirá taller de narrativa por Zoom

    Narrar desde la experiencia: Fernando Tamariz impartirá taller de narrativa por Zoom

    A partir del próximo 7 de agosto, el escritor y tallerista Fernando Tamariz impartirá un Taller de Narrativa en modalidad virtual. El curso consta de 12 sesiones semanales, que se llevarán a cabo los jueves de 7 a 9 pm, vía Zoom.

    Con una trayectoria sólida en la promoción de la lectura y la escritura creativa, Tamariz ofrecerá un espacio donde los participantes podrán desarrollar sus proyectos narrativos, compartir avances y recibir retroalimentación profesional. El taller está dirigido tanto a quienes inician en la escritura como a autoras y autores con obra en proceso que deseen afinar su estilo.

    La propuesta del taller se basa en una metodología participativa, donde el análisis de textos, los ejercicios de escritura y la conversación crítica forman parte esencial del proceso formativo.

    Para informes e inscripciones, se puede contactar vía WhatsApp al 442 322 9298.