Este verano tuve la fortuna de estar en Querétaro, mi tierra natal, presentando mi primer libro, Memorias de Tierra Adentro (Helvética, 2025), una novela histórica sobre México, producto de una extenuante y minuciosa investigación de genealogía, historia y literatura. Un proceso que comenzó en el año 2018, a partir de la búsqueda de documentos en el Archivo Histórico Eclesiástico de Vizcaya, y que poco a poco me fue adentrando en diversas plataformas de investigación histórica y genealógica. A partir de allí comenzó un proceso detectivesco por reconstruir el pasado.

A lo largo de la investigación de esta, mi primera novela, calculo que leí aproximadamente 500 textos de un sinnúmero de autores mexicanos y extranjeros. En esta obra están citados cerca de 450 de ellos, que utilicé para reconstruir el pasado: artículos históricos, investigaciones académicas, periódicos, libros completos, colecciones de varios volúmenes, columnas de opinión e investigación, páginas web, testimonios orales, entrevistas, etcétera. Mi intención era realizar un trabajo serio, una narración lo más precisa posible desde el punto de vista histórico y con rigor académico.

Gracias a la tecnología y a la reciente digitalización de archivos históricos, pude acceder a estos registros a través de diversas plataformas y organismos en línea, algunos gratuitos y otros que requerían suscripciones mensuales, anuales o pagos únicos por la información. Este esfuerzo reciente de digitalización de documentos por parte de diversas instituciones, universidades y organismos públicos y privados, nacionales y extranjeros, fue la pieza clave para que yo pudiera realizar mi obra. Acceder a esta magnitud de datos, incluso hace pocos años, hubiera sido prácticamente imposible sin los registros digitales que, a través de nuevos algoritmos, se conectan unos con otros. Aun así, pese a las mejores tecnologías, pasé a lo largo de estos años infinidad de horas buscando y analizando datos desde mi computadora.

Después de presentar mi novela en Querétaro y con la intención de continuar con mi investigación histórica, tuve la oportunidad de pasar varios días como investigadora en el Archivo Histórico de Querétaro, ubicado en la calle de Madero, en el centro histórico de la ciudad, donde se resguardan documentos que datan del siglo XVI hasta la fecha.

Me presenté con la titular de la Dirección Estatal de Archivos, la licenciada María del Carmen Zúñiga, quien muy amablemente me recibió, y de inmediato me puse a trabajar. Tuve la oportunidad de acceder a los documentos del Fondo Colonial de Querétaro y de ver de primera mano los registros históricos del estado, donde se encuentra la historia de la administración pública de Querétaro y de las zonas aledañas, documentos que deben tratarse con sumo cuidado y con equipo especializado. Pasé varios días analizando, registrando y tomando datos, viendo y capturando infinidad de documentos.

Todo el personal del Archivo Histórico de Querétaro fue muy amable conmigo y sumamente profesional en su trato, especialmente los archivistas Jorge y Montse. Presenciar la historia en vivo y a todo color fue una experiencia invaluable. Fue muy grato sentir en mis manos el papel, percibir el olor de los documentos, observar los distintos colores y matices de las tintas, así como las diversas caligrafías de los pergaminos históricos. Esta experiencia sensorial de investigación me resultó, a mi parecer, más humana y personal que la digital. Sin embargo, debo admitir que el acceso a documentos históricos en formato digital ha transformado profundamente la investigación histórica en los últimos años.

El Archivo Histórico de Querétaro abrió sus puertas el 21 de julio de 1986, por acuerdo del entonces gobernador Mariano Palacios Alcocer, dándose a la tarea de rescatar y catalogar infinidad de documentos que se encontraban en el abandono.

Allí, en la sala de investigación, tuve la oportunidad de conocer, charlar y coincidir con otros investigadores dedicados a dar a conocer la historia de Querétaro a través de sus publicaciones: desde la encantadora investigadora norteña Flora Gámez, quien lleva dos años de residencia en el AHQ realizando una minuciosa investigación, hasta el destacado autor, el doctor Juan Ricardo Jiménez Gómez, una de las figuras más importantes en la investigación histórica de Querétaro y del país, con quienes tuve la oportunidad de conversar de manera muy afectuosa.

Otro de estos inesperados encuentros fue conocer al autor e investigador Jesús Mendoza Muñoz, quien en estos momentos es uno de los investigadores más prolíferos de México. A su llegada al recinto, los archivistas inmediatamente me lo presentaron:
—Se trata de Chucho Mendoza, uno de los investigadores con más experiencia y conocimientos del AHQ; sabe de todo—, fue la introducción.

Durante la conversación, Jesús Mendoza me comentó que no tiene redes sociales y que no acostumbra tomarse fotos, pero que haría una excepción por mí. Me regaló uno de sus libros, que me dedicó allí mismo, e intercambiamos correos electrónicos. Se trataba de un hombre muy joven y sencillo, sin pretensiones, pero empapado de conocimientos, con una cámara fotográfica análoga marca Canon en la mano, cuyos jeans desgastados, tenis y chaqueta tipo hoodie deportiva escondían a un verdadero erudito de la paleografía y de los archivos históricos de México, de Querétaro y de su natal Cadereyta de Montes, municipio de la Sierra Gorda y el más extenso de los 18 que conforman el estado.

Mendoza cuenta con una cantidad impresionante de publicaciones e investigaciones históricas de documentos que hasta hace poco eran inaccesibles. Entre ellas destaca su obra Capitán Alonso de Tovar y Guzmán, fundador de Cadereyta (Fomento Histórico y Cultural de Cadereyta, Serie Divulgación, vol. II, 2013), en la que aborda la fundación, en 1640, de la villa de españoles en memoria del virrey y marqués de Cadereyta, Lope Díez de Armendáriz, quien apoyó decididamente la pacificación de aquella región.

Jesús Mendoza Muñoz tiene estudios en administración de documentos, paleografía, diplomática y archivística eclesiástica por el Archivo General de la Nación y la Universidad Pontificia de México, donde además estudió latín, teología y filosofía. Ha obtenido los premios Banamex “Anastasio G. Saravia” de Historia Regional en los años 2004 y 2012, así como los premios APOYARTE a la creación artística del Instituto Queretano de Cultura. Desde 2004 se ha dedicado a la actividad editorial a través del Fomento Histórico y Cultural de Cadereyta. Cuenta con una treintena de libros de investigación histórica, muchos de los cuales se encuentran a la venta en la Librería Cultural del Centro de Querétaro.

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