Etiqueta: Encuentros literarios

  • Querido soldado desconocido

    Querido soldado desconocido

    Por Samanta Echevarría

    En el colegio, mis clases favoritas siempre fueron las de historia; sin embargo, algunas veces los maestros solamente nos inundaban de fechas que había que memorizar, sin adentrarnos mucho en los porqués de la historia y de los hechos —Claro que la pasión o el rechazo hacia una asignatura tenía mucho que ver con el maestro en turno—. Aunque debo decir que a mí siempre me gustó ir más allá del temario e investigar por mi cuenta, mientras algunos de mis compañeros sólo se dedicaban a saber lo mínimo indispensable para el examen y algunos otros, ni eso: a pasar en blanco. Por eso, lo confieso, siempre he sido una nerd.

    Por el contrario, mi “coco” fueron las matemáticas, «ciencia que inventara Satanás», se lo oí decir a algún profesor mientras sufríamos con el cálculo diferencial. Las mates no me derrotaron, ya que ciertamente me gradué con una maestría en economía, aunque seguí padeciendo las clases de econometría y microeconomía avanzada. La econometría es odiada entre los estudiantes de economía debido a su rigor matemático; frecuentemente es citada como una de las clases más difíciles de la carrera, ya que integra la teoría económica con matemáticas avanzadas y estadística para resolver problemas.

    Veinte años después, el destino me llevó a dar clases de español y literatura en Estados Unidos, pero la vida siguió llamándome hacia la parte histórica. Desde el año 2018 comencé a apasionarme por la memoria histórica, lo que me condujo a escribir mi primer libro: Memorias de Tierra Adentro, una novela histórica sobre México y, en particular, sobre Querétaro, mi ciudad de nacimiento, combinando la historia nacional con la genealogía y la memoria familiar.

    La memoria histórica es un concepto de la historiografía relativamente reciente, atribuido a Pierre Nora, historiador francés y uno de los representantes más destacados de la Nueva Historia Francesa, conocido por sus trabajos sobre identidad y memoria. No obstante, es importante señalar que la recreación de los hechos históricos ha sido un tema recurrente en todas las artes desde el origen de la humanidad.

    En la literatura, la novela histórica como género literario occidental contemporáneo tiene sus bases en las obras de principios del siglo XIX de Sir Walter Scott —considerado el creador del género por novelas como Waverley e Ivanhoe— y de sus contemporáneos: Víctor Hugo (Nuestra Señora de París, Los miserables); Alessandro Manzoni (Los novios); Alexandre Dumas (Los tres mosqueteros); León Tolstói (La guerra y la paz, considerada una obra cumbre del género); Henryk Sienkiewicz (Quo vadis?); James Fenimore Cooper (El último mohicano); Theodor Fontane (Antes de la tormenta); y, más adelante, Umberto Eco con El nombre de la rosa.

    Es necesario hacer una distinción importante: la diferencia fundamental entre la novela histórica de rigor y la ficción histórica —es decir, la historia novelada— radica en el grado de fidelidad a los hechos históricos. La novela histórica busca recrear un periodo del pasado con rigor, incluyendo personajes y eventos reales; mientras que la ficción histórica utiliza la historia como telón de fondo y se permite mayor libertad creativa, con personajes y tramas inventadas. Es decir, la novela histórica se centra en la verosimilitud histórica, mientras que la ficción histórica prioriza la narración inventada sobre el marco histórico. No obstante, para el lector no especializado, muchas veces resulta difícil distinguir una de la otra. Tradicionalmente, se considera que las obras del género deben escribirse al menos cincuenta años después de los hechos narrados —aunque hoy algunos sostienen que veinticinco años son suficientes—.

    En la literatura española, destacan como exponentes de la novela histórica Benito Pérez Galdós con sus Episodios nacionales; Mariano José de Larra y José de Espronceda; y, en épocas más recientes, Javier Negrete (Salamina, Las puertas de fuego); Santiago Posteguillo, con sus extensas novelas ambientadas en la Antigua Roma; Jesús Sánchez Adalid (El mozárabe); Arturo Pérez-Reverte con las series de El capitán Alatriste y Falcó; e Ildefonso Falcones (La catedral del mar), uno de los autores contemporáneos más reconocidos del género, con más de cuarenta millones de libros vendidos. Cabe destacar también la aparición de una nueva ola de escritores de novela épica, como Jorge Molist (El español), entre otros.

    En México, los mayores representantes de la novela histórica incluyen figuras como Mariano Azuela (Los de abajo); Agustín Yáñez (Al filo del agua); Carlos Fuentes (La muerte de Artemio Cruz, Gringo viejo); José Mancisidor (La asonada); y Francisco Hinojosa, quien se ha enfocado en la novela histórica para jóvenes. En años recientes, ha surgido también una nueva generación de escritores contemporáneos, como Paco Ignacio Taibo II o Alejandro J. Fernández, destacados por sus biografías históricas.

    No es de sorprender que las circunstancias sociales hicieran casi imposible que las mujeres formaran parte de las letras durante gran parte de la historia. Antes del siglo XIX son pocos los nombres de autoras conocidos; algunas incluso escribieron bajo seudónimos masculinos. Existen excepciones notables, como Santa Teresa de Jesús o Sor Juana Inés de la Cruz. Tampoco resulta extraño que aquellas autoras que lograron moverse en círculos de élite fueran vistas con recelo, y que las pocas mujeres que se atrevieron a ingresar al ámbito público literario fueran recibidas con desconfianza. Se acepta que las mujeres fueron relegadas de la literatura durante siglos y que el mundo literario y editorial estuvo dominado mayoritariamente por hombres. No es sino hasta el siglo XIX y principios del XX cuando más mujeres comienzan a publicar, como Jane Austen, las hermanas Brontë, Louisa May Alcott, Virginia Woolf o Agatha Christie.

    Algunas mujeres lograron abrirse paso de manera extraordinaria en la novela histórica, como la baronesa Emmuska Orczy (La pimpinela escarlata) o Harriet Beecher Stowe (La cabaña del tío Tom). Otra pionera fue la estadounidense Margaret Mitchell, periodista nacida en Atlanta en 1900, quien publicó en 1936 Lo que el viento se llevó, novela ambientada en la Guerra Civil estadounidense, con la que obtuvo el National Book Award y el Premio Pulitzer, convirtiéndose en uno de los libros más vendidos de todos los tiempos, junto con su adaptación cinematográfica.

    En la literatura en español del siglo XX, la chilena Isabel Allende abrió camino en el género al fusionar la ficción histórica con el realismo mágico. En México, han sido pioneras Rosario Castellanos, Elena Poniatowska y Nellie Campobello —con la temática de la Revolución mexicana—; Elena Garro con Los recuerdos del porvenir; Laura Esquivel y Ángeles Mastretta, quienes han explorado personajes femeninos en contextos históricos, entre muchas otras.

    En el último medio siglo, las mujeres —antes marginadas o relegadas— se han convertido en figuras centrales y muy populares dentro de la narrativa histórica y de ficción histórica. Este auge responde al deseo de contar nuevas historias desde perspectivas distintas, de rescatar narrativas olvidadas y de explorar la experiencia histórica desde ángulos antes marginados. También ha influido la creciente presencia de mujeres en la industria editorial y el aumento de lectoras, lo que ha incrementado la demanda de estas historias que conciben la historia como una colección de experiencias humanas.

    Las autoras contemporáneas están rompiendo moldes tradicionales, mostrando a las mujeres como protagonistas de contextos históricos complejos, no solo como figuras secundarias o intereses románticos, sino como heroínas de sus propias historias, con ambiciones, deseos y autonomía. Hoy los lectores buscan personajes sólidos y bien construidos, que enfrenten conflictos marcados por la lucha, el amor, la pérdida y el triunfo, sin perder el rigor del género ni la fidelidad al contexto histórico.

    En la literatura de habla inglesa, las mujeres dominan actualmente la ficción histórica con autoras como Alice Walker (El color púrpura), Margaret Atwood (El cuento de la criada), Toni Morrison, Diana Gabaldon (Outlander) y, más recientemente, Kristin Hannah (The Women). Uno de los temas más recurrentes ha sido la Segunda Guerra Mundial, con títulos populares como El ruiseñor de Kristin Hannah, La red Alice de Kate Quinn y Code Name Verity de Elizabeth Wein, entre muchos otros.

    En España, algunas de las voces más populares de la novela histórica actual son Julia Navarro, María Dueñas (El tiempo entre costuras), Almudena Grandes, Paloma Sánchez-Garnica (Victoria), Eva García Sáenz de Urturi (Aquitania), Laura Martínez-Belli, Begoña Valero, Matilde Asensi y Luz Gabás, entre muchas otras. El género vive un momento de gran expansión.

    En el ámbito queretano contemporáneo, la novela histórica también ha tenido un desarrollo notable. Destacan autores como Jesús Reyes Bustos (Circunstancias, La quimera imperial, De aquellas sombras frente al puerto) y Juan Antonio Isla (Bajo los almendros). Entre las autoras, en la novela histórica de rigor se encuentra la maestra Araceli Ardón con Josefa, muy señora mía, sobre la vida de Josefa Ortiz de Domínguez; y me incluyo yo con Memorias de Tierra Adentro. En la ficción histórica figuran Alexandra Lobato (Mulata), Marian Ortiz y su trilogía (La mujer de las águilas, El sabor de la tierra, Raíz), así como la alemana residente en Querétaro, Sabine Schütze.

    Conocí a Sabine Schütze este verano en Querétaro. Nos contactamos por redes sociales, intercambiamos mensajes y finalmente nos conocimos en persona. Sabine es originaria de Oschersleben, a unos 130 kilómetros de Hannover, en lo que fuera la República Democrática Alemana. Vivió la caída del Muro de Berlín a los doce años y posteriormente estudió traducción técnica de idiomas (español, inglés y alemán). Realizó prácticas profesionales en España, Londres y Querétaro, en el Centro Nacional de Metrología, traduciendo textos técnicos. Aunque regresó a Alemania y luego a Inglaterra, México la conquistó, y desde 2001 reside en Querétaro.

    Siempre tuvo gusto por la escritura, desde sus años formativos en el consejo estudiantil durante el socialismo alemán. Durante la pandemia encontró el tiempo para escribir formalmente su primer libro, Detrás del muro (Par-Tres, 2021), una novela autobiográfica. Desde entonces no ha dejado de escribir: hoy cuenta con cuatro libros publicados y más de setenta cuentos en antologías, además de trabajar de tiempo completo y ser madre. Es miembro de la AMMP y de la Banda Literaria de Escritores Queretanos, y colabora con diversas columnas culturales.

    Su primera novela histórica, Querido soldado desconocido (Shanti Nilaya, 2024), narra una historia de amor basada en la vida de sus abuelos durante la Segunda Guerra Mundial, contada a través de cartas. Su más reciente publicación es De Berlín a Tlatelolco (Par-Tres, 2025), una ficción histórica escrita a cuatro manos junto con la maestra Alejandra Camposeco.

  • Entre archivos, memoria y papel: una experiencia de investigación histórica en Querétaro

    Entre archivos, memoria y papel: una experiencia de investigación histórica en Querétaro

    Este verano tuve la fortuna de estar en Querétaro, mi tierra natal, presentando mi primer libro, Memorias de Tierra Adentro (Helvética, 2025), una novela histórica sobre México, producto de una extenuante y minuciosa investigación de genealogía, historia y literatura. Un proceso que comenzó en el año 2018, a partir de la búsqueda de documentos en el Archivo Histórico Eclesiástico de Vizcaya, y que poco a poco me fue adentrando en diversas plataformas de investigación histórica y genealógica. A partir de allí comenzó un proceso detectivesco por reconstruir el pasado.

    A lo largo de la investigación de esta, mi primera novela, calculo que leí aproximadamente 500 textos de un sinnúmero de autores mexicanos y extranjeros. En esta obra están citados cerca de 450 de ellos, que utilicé para reconstruir el pasado: artículos históricos, investigaciones académicas, periódicos, libros completos, colecciones de varios volúmenes, columnas de opinión e investigación, páginas web, testimonios orales, entrevistas, etcétera. Mi intención era realizar un trabajo serio, una narración lo más precisa posible desde el punto de vista histórico y con rigor académico.

    Gracias a la tecnología y a la reciente digitalización de archivos históricos, pude acceder a estos registros a través de diversas plataformas y organismos en línea, algunos gratuitos y otros que requerían suscripciones mensuales, anuales o pagos únicos por la información. Este esfuerzo reciente de digitalización de documentos por parte de diversas instituciones, universidades y organismos públicos y privados, nacionales y extranjeros, fue la pieza clave para que yo pudiera realizar mi obra. Acceder a esta magnitud de datos, incluso hace pocos años, hubiera sido prácticamente imposible sin los registros digitales que, a través de nuevos algoritmos, se conectan unos con otros. Aun así, pese a las mejores tecnologías, pasé a lo largo de estos años infinidad de horas buscando y analizando datos desde mi computadora.

    Después de presentar mi novela en Querétaro y con la intención de continuar con mi investigación histórica, tuve la oportunidad de pasar varios días como investigadora en el Archivo Histórico de Querétaro, ubicado en la calle de Madero, en el centro histórico de la ciudad, donde se resguardan documentos que datan del siglo XVI hasta la fecha.

    Me presenté con la titular de la Dirección Estatal de Archivos, la licenciada María del Carmen Zúñiga, quien muy amablemente me recibió, y de inmediato me puse a trabajar. Tuve la oportunidad de acceder a los documentos del Fondo Colonial de Querétaro y de ver de primera mano los registros históricos del estado, donde se encuentra la historia de la administración pública de Querétaro y de las zonas aledañas, documentos que deben tratarse con sumo cuidado y con equipo especializado. Pasé varios días analizando, registrando y tomando datos, viendo y capturando infinidad de documentos.

    Todo el personal del Archivo Histórico de Querétaro fue muy amable conmigo y sumamente profesional en su trato, especialmente los archivistas Jorge y Montse. Presenciar la historia en vivo y a todo color fue una experiencia invaluable. Fue muy grato sentir en mis manos el papel, percibir el olor de los documentos, observar los distintos colores y matices de las tintas, así como las diversas caligrafías de los pergaminos históricos. Esta experiencia sensorial de investigación me resultó, a mi parecer, más humana y personal que la digital. Sin embargo, debo admitir que el acceso a documentos históricos en formato digital ha transformado profundamente la investigación histórica en los últimos años.

    El Archivo Histórico de Querétaro abrió sus puertas el 21 de julio de 1986, por acuerdo del entonces gobernador Mariano Palacios Alcocer, dándose a la tarea de rescatar y catalogar infinidad de documentos que se encontraban en el abandono.

    Allí, en la sala de investigación, tuve la oportunidad de conocer, charlar y coincidir con otros investigadores dedicados a dar a conocer la historia de Querétaro a través de sus publicaciones: desde la encantadora investigadora norteña Flora Gámez, quien lleva dos años de residencia en el AHQ realizando una minuciosa investigación, hasta el destacado autor, el doctor Juan Ricardo Jiménez Gómez, una de las figuras más importantes en la investigación histórica de Querétaro y del país, con quienes tuve la oportunidad de conversar de manera muy afectuosa.

    Otro de estos inesperados encuentros fue conocer al autor e investigador Jesús Mendoza Muñoz, quien en estos momentos es uno de los investigadores más prolíferos de México. A su llegada al recinto, los archivistas inmediatamente me lo presentaron:
    —Se trata de Chucho Mendoza, uno de los investigadores con más experiencia y conocimientos del AHQ; sabe de todo—, fue la introducción.

    Durante la conversación, Jesús Mendoza me comentó que no tiene redes sociales y que no acostumbra tomarse fotos, pero que haría una excepción por mí. Me regaló uno de sus libros, que me dedicó allí mismo, e intercambiamos correos electrónicos. Se trataba de un hombre muy joven y sencillo, sin pretensiones, pero empapado de conocimientos, con una cámara fotográfica análoga marca Canon en la mano, cuyos jeans desgastados, tenis y chaqueta tipo hoodie deportiva escondían a un verdadero erudito de la paleografía y de los archivos históricos de México, de Querétaro y de su natal Cadereyta de Montes, municipio de la Sierra Gorda y el más extenso de los 18 que conforman el estado.

    Mendoza cuenta con una cantidad impresionante de publicaciones e investigaciones históricas de documentos que hasta hace poco eran inaccesibles. Entre ellas destaca su obra Capitán Alonso de Tovar y Guzmán, fundador de Cadereyta (Fomento Histórico y Cultural de Cadereyta, Serie Divulgación, vol. II, 2013), en la que aborda la fundación, en 1640, de la villa de españoles en memoria del virrey y marqués de Cadereyta, Lope Díez de Armendáriz, quien apoyó decididamente la pacificación de aquella región.

    Jesús Mendoza Muñoz tiene estudios en administración de documentos, paleografía, diplomática y archivística eclesiástica por el Archivo General de la Nación y la Universidad Pontificia de México, donde además estudió latín, teología y filosofía. Ha obtenido los premios Banamex “Anastasio G. Saravia” de Historia Regional en los años 2004 y 2012, así como los premios APOYARTE a la creación artística del Instituto Queretano de Cultura. Desde 2004 se ha dedicado a la actividad editorial a través del Fomento Histórico y Cultural de Cadereyta. Cuenta con una treintena de libros de investigación histórica, muchos de los cuales se encuentran a la venta en la Librería Cultural del Centro de Querétaro.

  • «Distrito Central» by Juan Antonio Isla

    «Distrito Central» by Juan Antonio Isla

    Countless American college students between the ages of eighteen and twenty-three passed through my classrooms during my more than fifteen years as a Spanish instructor in the United States. Making a quick mental calculation, I can assume there were probably around two thousand young people whom I taught in that time. I had all kinds of students: good, bad, and so-so; most of them of Anglo-Saxon origin, but I also had African American, Asian, Hispanic, and international students in my classes. There were students of every kind—from those who took Spanish only to fulfill an academic requirement to those whose lives were changed by learning a new language. In general, they were all relatively serious students, as it was an expensive university.

    However, despite what is often said in politics or in the media, my experience showed that most American college students ended their courses with a genuine appreciation for the Spanish language and for Hispanic culture in general. Most students chose to continue studying Spanish in higher education after beginning in high school. They started out attracted by the food and ended up falling in love with the culture. Many wanted to keep learning after the course ended and even considered traveling to Latin America or Spain before finishing their university studies.

    Most of my courses focused on teaching the language—from the basics to more complex rules. But in a few of the more advanced classes, I had the opportunity to go beyond grammar and delve into Spanish literature with passages, essays, and short stories by some of the most outstanding contemporary authors. Considering that, for these students, Spanish was their second or third language, the ability to read in a tongue that was not their “mother” language was, naturally, more challenging.

    In my experience, when reading the “great” and the “consecrated,” Federico García Lorca was immediately liked for his frankness and eloquence when we read excerpts from Blood Wedding or The House of Bernarda Alba. Carlos Fuentes resonated deeply with almost everyone—especially with the “heritage speakers” of Latin American background—because his essays often addressed identity, which made them feel immediately represented. The stories of Isabel Allende, Ángeles Mastretta, and Elena Poniatowska were perennial favorites, especially among women, due to their sensitivity, nostalgia, and captivating language. Gabriel García Márquez, though one of the greatest, was challenging for students because of his many colloquialisms and regionalisms. Meanwhile, Vargas Llosa—although extraordinary, in my opinion—was sometimes perceived as a little “pretentious.” However, the short stories of Arturo Pérez-Reverte and Edmundo Paz Soldán were widely enjoyed because they were easy to understand and addressed contemporary issues without delving too deeply into cultural intricacies.

    Despite being more complex, many students found great fascination in Jorge Luis Borges, especially in his laborious narratives and metaphors that invited reflection. “Emma Zunz” was one of their favorite stories. They also found Augusto Monterroso and his micro-stories captivating. By the end of the course, we read Julio Cortázar, which for many students “blew their minds.” For others, Cortázar was simply too complex—difficult to understand and analyze. I don’t blame them; Cortázar’s most important novel, Hopscotch, is still one of the most complex books I have read so far.

    One can read that novel in several ways: following the traditional order from beginning to end, skipping chapters according to Cortázar’s “table of instructions” (reading sequentially from chapters 1 to 56 and dispensing with the rest, or starting at chapter 73 and continuing in the order suggested), or reading in free form, jumping through fragments in different directions.

    Julio Cortázar (1914–1984), Argentine novelist, short-story writer, essayist, and translator—later naturalized French—is one of the most important representatives of the Latin American Boom. He is possibly one of the most innovative and original authors of his time, a master of prose and of the short story. He broke classical molds and inaugurated a new way of writing literature with multiple narrative perspectives that challenged the temporal linearity of traditional fiction. Cortázar became notable for his numerous short stories, collected in volumes such as Bestiary (1951), End of the Game (1956), and The Secret Weapons (1959), establishing himself as one of the greatest storytellers of the twentieth century. His stories often include fantastical or mythical elements; protagonists who begin in ordinary situations but end in strange or terrifying circumstances; and bold jumps in time from one paragraph to the next.

    This summer I was in Querétaro, Mexico, my hometown, to present my first novel, Memorias de Tierra Adentro. At the end of my stay, I had the opportunity to chat with the writer Juan Antonio Isla, who is also originally from Querétaro. Although I had known of him since childhood—through his friendship with my parents and because we are from the same town—I had never had the chance to chat with him in person. Very kindly, he invited me for a cup of coffee and a delicious slice of cake in a lovely café near the striking Querétaro aqueduct. He gifted me two of his books and signed them on the spot—a great honor. I began reading one of them immediately; I read the second upon arriving home in the United States.

    Under the Almond Trees: Prints of Love and Death (Editorial Siglo XXI, 2017) was the first. I enjoyed it immensely because it combined two of my favorite subjects: historical fiction and the city of Querétaro. I read it in two days without stopping. It is a story based on true events about two rival families during the Mexican Revolution. I loved the histories behind the monument to La Corregidora (which I have walked past countless times), the story of the city’s modernization, and the tale of the first car in town. In this book, in my opinion, Juan Antonio Isla establishes himself as a true “Master of the Querétaro Novel.”

    Later, upon returning home, I read his latest book, Central District: A New Model to Assemble (Editorial helvética, 2024). I was fascinated by it. Set in the 1950s, the novel is a circular narrative composed of story fragments arranged in a documentary style in the fictional town of Distrito Central—an allusion to Querétaro. The novel invites the reader to assemble their own version of the story. Some passages are humorous, others raw; many have a strong sexual charge, making it a book for adults (surprising, given its portrayal of a conservative town). Yet all are magnificently narrated. It is difficult to read in one sitting; it must be read slowly, and sometimes reread, to avoid losing the thread.

    Isla’s narrative style reminds me quite a bit of Carlos Fuentes, but the novel’s complexity is more akin to Cortázar, as Isla often embeds stories within stories. This intentional “chaos” is precisely the effect the author seeks. The book is full of characters, and yet each serves a purpose. Central District reminded me of Cortázar’s Hopscotch, where the reader can jump from one part to another, start in the middle or at the end—much like the children’s game of the same name—or like those “Choose Your Own Adventure” books I read in the eighties, but in a far more sophisticated way. A book of this nature is difficult to achieve, and it speaks to an author who is a master of narrative with great experience.

    Distrito Central: Un Nuevo Modelo para Armar
    (Editorial helvética, 2024) ★★★★★
    (Spanish edition)
    The book is available on Amazon.

  • «Distrito Central» de Juan Antonio Isla

    «Distrito Central» de Juan Antonio Isla

    Durante mis más de quince años como instructora de español en Estados Unidos pasaron por mis aulas infinidad de chicos universitarios, entre los dieciocho y los veintitrés años. Haciendo un cálculo mental rápido, puedo pensar que fueron alrededor de dos mil estudiantes los que tuve durante ese tiempo. Tuve todo tipo de alumnos: buenos, malos y regulares. La gran mayoría era de origen anglosajón, pero también tomaron mis clases varios afroamericanos, asiáticos, hispanos y estudiantes internacionales. Había de todo: desde quienes cursaban español solo para cumplir un requisito académico, hasta quienes encontraban en el aprendizaje del idioma una experiencia transformadora. En general, eran estudiantes más o menos serios, pues se trataba de una universidad costosa.

    A pesar de lo que suele decirse en la política o en los medios, según mi experiencia, la mayoría de los universitarios norteamericanos terminaban apreciando profundamente el idioma y la cultura hispana. Muchos continuaban estudiando español después de haber comenzado su aprendizaje en la escuela media o en el “high school”. Empezaban atraídos por la comida, y terminaban enamorados de la cultura. Algunos incluso se planteaban viajar a Latinoamérica o España antes de concluir sus estudios universitarios.

    La mayoría de mis cursos se enfocaba en enseñar la lengua y sus reglas básicas y complejas. Sin embargo, en algunos cursos con estudiantes jóvenes un poco más avanzados tuve la oportunidad de ir más allá de la gramática y adentrarme con ellos en la Literatura Hispana, leyendo pasajes, cuentos e historias cortas de algunos de los autores contemporáneos más destacados en lengua castellana. Hay que recordar que para estos chicos el español era su segunda o tercera lengua, y que leer en una lengua no materna —aunque similar— puede ser complejo. Aun así, en el aula, al acercarnos a los “grandes” y a los “consagrados”, surgían momentos memorables.

    Federico García Lorca les gustaba inmediatamente por su franqueza y elocuencia cuando leíamos fragmentos de Bodas de sangre o La casa de Bernarda Alba. Carlos Fuentes resonaba de manera especial, sobre todo entre quienes tenían algún origen latinoamericano, los llamados “heritage speakers”, porque sus ensayos sobre identidad los hacían sentirse reflejados. Las historias de Isabel Allende, Ángeles Mastretta y Elena Poniatowska eran favoritas entre las mujeres por su impronta sensible, nostálgica y su lenguaje cautivador. Gabriel García Márquez, aunque grandioso, resultaba difícil para ellos, saturado de coloquialismos y regionalismos. Vargas Llosa, extraordinario a mi parecer, a veces les resultaba un poco “petulante”. Los relatos cortos de Arturo Pérez-Reverte y Edmundo Paz Soldán, en cambio, gustaban porque eran más accesibles y abordaban temas contemporáneos sin profundizar demasiado en contextos culturales.

    Aunque más difícil, Jorge Luis Borges fascinaba a la gran mayoría por sus narraciones elaboradas y sus metáforas que invitaban a la reflexión; “Emma Zunz” era uno de los cuentos favoritos. También encontraban maravillosos los microcuentos de Augusto Monterroso. Al final del curso leíamos a Julio Cortázar: para muchos, “les volaba la cabeza”; para otros, Cortázar era demasiado complejo y difícil de estudiar. No los culpo: Rayuela sigue siendo, para mí, uno de los libros más complejos que he leído.

    Rayuela puede leerse de varias maneras: siguiendo el orden tradicional, saltando capítulos según el tablero de dirección propuesto por Cortázar —leyendo del capítulo 1 al 56 y prescindiendo del resto, o comenzando en el 73 y siguiendo el orden indicado—, o de forma libre, eligiendo fragmentos en cualquier dirección.

    Julio Cortázar (1914-1984), novelista, cuentista, ensayista y traductor argentino nacionalizado francés, uno de los representantes más importantes del “boom latinoamericano”, es posiblemente uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro de la prosa y del cuento breve. Rompió moldes clásicos e inauguró nuevas formas narrativas, desafiando la linealidad temporal de la literatura tradicional. Se volvió notable por sus cuentos, recopilados en volúmenes como Bestiario (1951), Final del juego (1956) y Las armas secretas (1959), consolidándose como uno de los mejores cuentistas del siglo XX. Sus historias suelen incluir elementos fantásticos o míticos, donde protagonistas que comienzan en situaciones ordinarias terminan envueltos en circunstancias extrañas o inquietantes, con frecuentes saltos temporales de un párrafo a otro.

    Este verano estuve en Querétaro, mi ciudad natal, para presentar mi primera novela, Memorias de Tierra Adentro. Al final de mi estadía, tuve la oportunidad de conversar con el escritor queretano Juan Antonio Isla. Aunque lo conocía desde pequeña, por su amistad con mis padres y por nuestra común “queretaneidad”, nunca había tenido la oportunidad de hablar con él en persona. Muy gentilmente, me invitó a tomar un café con un delicioso pastel en una linda cafetería cerca del imponente Acueducto. Me regaló dos de sus libros y me los firmó allí mismo: un gran honor. Uno de ellos lo comencé a leer de inmediato; el segundo lo leí al volver a Estados Unidos.

    Bajo los almendros: Estampas de amor y muerte (Siglo XXI, 2017) fue el primero. Me gustó muchísimo porque combinaba dos de mis temas favoritos: la novela histórica y la ciudad de Querétaro. Lo leí en dos días, sin poder soltarlo. Es una historia basada en hechos reales sobre dos familias rivales en tiempos de la Revolución Mexicana. Me encantó descubrir la historia detrás del monumento a la Corregidora (por el que he caminado infinidad de veces), los trazos modernos de la ciudad y la llegada del primer automóvil. A mi parecer, en este libro Juan Antonio Isla se consagra como un verdadero “Maestro de la novela queretana”.

    Más tarde, en casa, leí su libro más reciente: Distrito Central: Un nuevo modelo para armar (Editorial Helvética, 2024). Me fascinó. La novela, circular en su estructura, narra fragmentos de historias en un orden no lineal, como si se tratara de un documental situado en el pueblo ficticio de Distrito Central —una clara alusión a Querétaro— recreado en los años cincuenta. El libro propone múltiples mini-historias que desafían al lector a armar su propio modelo de lectura. Algunas son simpáticas, otras crudas; muchas tienen una fuerte carga sexual —es un libro para adultos, sorprendente por retratar un pueblo conservador—, pero todas están magníficamente narradas. No es un libro para leer de una sola sentada: requiere ir despacio, releer, volver sobre pistas narrativas.

    El estilo de Isla me recuerda mucho al de Carlos Fuentes, pero la complejidad estructural se asemeja más a la de Julio Cortázar, pues el autor suele incluir historias dentro de historias. Ese caos es deliberado: el libro está lleno de personajes y todos tienen un propósito narrativo. Distrito Central me recordó mucho a Rayuela, por la libertad estructural que permite brincar de un lado a otro, comenzar en medio, atrás, adelante, como un “avioncito” literario, o como aquellos libros de los años ochenta, Elige tu propia aventura, pero en una versión más profunda y compleja. Un libro así es difícil de lograr, y habla de un autor que domina la narrativa con gran maestría.

    Distrito Central: Un nuevo modelo para armar (Editorial Helvética, 2024) ★★★★★
    El libro está disponible en Amazon.

  • A Candle for San Simón de Kelly Daniels

    A Candle for San Simón de Kelly Daniels

    Fue un gusto recibir al autor y profesor Kelly Daniels en mi casa, en Davenport, Iowa (Estados Unidos), para la reunión mensual del club de lectura de las señoras del colegio de mis hijas. En este club se lee muchísimo, pero también se discute —tanto en persona, durante las reuniones mensuales, como en una infinidad de mensajes de texto—, se charla sobre la vida (los hijos, el colegio, los maridos), se ríe y hasta se llora. Además, en cada reunión abundan los platillos y postres para degustar.

    Ingresé al club de lectura por invitación de una de sus fundadoras, la querida Julie, mi vecina y amiga desde hace varios años. Julie, además de tener cuatro hijos adolescentes, ser doctora especializada en psiquiatría y caminar varios kilómetros por el vecindario, lee incansablemente en sus ratos libres. El club lleva más de diez años reuniéndose mes con mes, y yo me apunté hace apenas tres. Antes solía leer en solitario: sobre todo investigación y artículos académicos, lo que llegaba a mis manos o lo que se me antojaba. A veces leía a diario, otras pasaban semanas o meses sin abrir un libro. Pero me gustó la idea de hacerlo en compañía.

    Me impuse el reto de leer 24 libros al año: uno con el club y otro por mi cuenta. Dejé de mirar el celular en los ratos muertos y, en su lugar, empecé a leer, cargando siempre un libro en mi bolso. Al año siguiente leí 27, y el año pasado fueron 30. Sin embargo, algunas de las integrantes del club llegan a leer hasta 50 libros al año.

    En general, al norteamericano le gusta sentarse a leer; lo encuentra atractivo después de una larga semana laboral, aparte de Netflix. Desde la infancia, gran parte del vocabulario en inglés se aprende de memoria —con las famosas sight words— y, en las escuelas, la lectura recibe gran impulso. Algunos conservan ese hábito. Según estadísticas recientes (bookbrowse.com), alrededor de 13 millones de personas participan en clubes de lectura en Estados Unidos, aunque las cifras precisas varían de acuerdo con la fuente y la metodología. Se cree que el crecimiento de estos clubes se relaciona con la interacción social posterior a la pandemia y con el auge de comunidades en línea como #BookTok, donde los videos de recomendaciones se multiplican exponencialmente. La participación aumenta con un mayor nivel escolar y, lo más importante, hoy en día una parte significativa de los miembros son mujeres. A diferencia de décadas pasadas, hoy son ellas quienes más leen, sobre todo ficción.

    Me gusta ser parte de este club y obligarme a leer en inglés, porque aquí se lee casi de todo. Desde que lo frecuento, me he acercado a autores que no habría conocido de otra forma, porque no son los nuestros: los hispanos, los que escriben en español o los pocos que todos conocen traducidos por las grandes editoriales. En el grupo, todas proponemos al autor y al libro del mes, y se somete a votación. Las propuestas varían y, aunque no todas asisten a las reuniones por compromisos sociales, la mayoría lee y participa en la discusión. Esta vez mi propuesta fue Daniels, y la aprobación fue unánime.

    La invitación a Kelly Daniels surgió de mi deseo de acercarme a autores locales y leernos entre nosotros, después del increíble éxito del tour de mi libro Memorias de Tierra Adentro (publicado este verano con editorial Helvética). Tras volver de Querétaro con el corazón lleno de tantos extraordinarios encuentros literarios, decidí seguir el mismo impulso en mi ciudad e involucrarme más en el ámbito literario local en Estados Unidos.

    Conocí a Kelly Daniels, doctor en Literatura por la Universidad de Western Michigan, hace muchos años, como colega y amigo en la Universidad Augustana College, en Rock Island, Illinois, donde es profesor de escritura creativa en la Facultad de Lengua y Literatura Inglesa. También conocí a su encantadora esposa, gran amiga mía. Sin embargo, nunca había leído su obra.

    Daniels tiene una vida interesante: oriundo de California, creció en una comuna en Hawái durante los años ochenta, pues sus padres se involucraron en la ideología y el movimiento hippie. Más tarde, en su juventud, viajó de mochilero por Europa, México y Centroamérica, antes de estudiar el doctorado y convertirse en profesor. Hace varios años publicó sus memorias en el estupendo libro Cloudbreak, California (Owl Canyon Press, 2013), donde relata estas experiencias. También ha publicado ensayos y cuentos en diversas revistas literarias, contribuye regularmente a la revista Sun y es uno de los conductores del popular pódcast The Moon Under Water —disponible en YouTube, Spotify y redes sociales—, donde conversa con su co-conductor, Steve Jones, sobre temas literarios y de cultura pop, en un tono irreverente.

    A Candle for San Simón (Owl Canyon Press, 2020) es su primera novela. Inspirada en sus viajes de juventud, la historia tiene como escenario Guatemala. Sin hacer spoilers, narra la vida de un norteamericano con recientes convicciones religiosas y misioneras que viaja de California a Guatemala en busca de su padre: un alcohólico empedernido y fracasado que lo abandonó de niño para irse a “perder al sur”. Ese padre aún bebe en un bar local y, para subsistir, conduce un autobús de pasajeros, que termina convirtiéndose en protagonista de la trama.

    En Guatemala, el padre está endeudado con un gánster por el cobro de piso, extorsionado por el jefe de policía y presionado por las maras, que buscan que “El Gringo” los ayude a traficar armas, drogas y mujeres en su autobús. El caos arrastra a todos en medio de esa vorágine. Daniels refleja con crudeza la realidad de algunas zonas de Centroamérica y plantea reflexiones sobre religión, moralidad, supervivencia, secuestro y violencia, traición, abandono, adicciones, gentrificación y la fragilidad de la vida. Algunas escenas contienen violencia física y sexual, pero también se narra una historia de amor entre los protagonistas, se exploran diferencias culturales y se profundiza en las complejas relaciones entre padres e hijos.

    Aunque algunas partes resultan difíciles de digerir por su crudeza y lenguaje, la novela ofrece lecciones de vida, abre espacio a la reflexión y plantea, al final, una esperanza utópica para Centroamérica. Es una historia con potencial para llevarse al cine o a la televisión.

    El libro me recordó dos lecturas de autores que admiro: la extraordinaria The Power and the Glory (1940), de Graham Greene, y La reina del sur (Alfaguara, 2010), de Arturo Pérez-Reverte.

    A Candle for San Simón ★★★★★
    (Versión en inglés)

    Su libro está disponible en Amazon, Barnes & Noble y Walmart.