Etiqueta: Reseña

  • More than this

    More than this

    Por Raúl Álvarez Huerta, Rock and Raúl

    Si pudiera dejar de pensar, aunque me quede, aunque me acurruque en silencio en un rincón, no me olvidaré. Estaré allí, pesaré sobre el piso. Soy, soy, existo, pienso luego existo; soy porque pienso. ¿Por qué pienso? No quiero pensar, soy porque pienso que no quiero ser, pienso que… ¿por qué?
    —Jean Paul Sartre, La náusea

    Roxy Music es una banda londinense que, en su mejor momento, estuvo integrada por Bryan Ferry (piano), Brian Eno (sintetizador), Phil Manzanera (guitarra), Andy Mackay (saxofón), Paul Thompson (batería), Paul Carrack (teclado), Graham Simpson (bajo eléctrico), Eddie Jobson (violín), John Wetton (bajo eléctrico), Gary Tibbs (bajo eléctrico), John Gustafson (bajo eléctrico) y Andy Newmark (batería).

    Roxy Music representa ese tipo de rock-pop que sedujo a dos generaciones ansiosas de escuchar sonidos distintos a los de las edulcoradas bandas británicas, que ya habían entregado lo mejor de sus amplios repertorios a millones de seguidores de los vinilos, vinilos que para entonces ya mostraban el desgaste del tiempo. Para quienes fueron jóvenes en los años sesenta, la vida comenzaba a pasar factura: el hipismo había muerto y los Fab Four (léase The Beatles) debían enfrentar su propia mortalidad en solitario. En una entrevista para la revista Playboy en noviembre de 1980, John Lennon prácticamente sentenció: «Los Beatles ya habían dado lo mejor y no había más que agregar». Quizá tenía razón: a mediados de los setenta, Queen era amo y señor de los escenarios del rock, y cada LP suyo dejaba un legado imborrable.

    En 1986, Bryan Ferry, vocalista de Roxy Music, trabajó en el soundtrack de la película Nueve semanas y media, protagonizada por Kim Basinger. Slave to love fue la canción que aportó el toque necesario que un productor de cine como Jack Nitzsche requería para trascender en sus plausibles trabajos.

    En 1982, More than this llegó al cuadrante radiofónico de Stereorey FM 92.5 (lo que después sería MVS Radio) en el entonces Distrito Federal. Anecdótico era escucharla de noche, caminando por la Zona Rosa o Insurgentes Sur, buscando un lugar de esparcimiento en un sabadito, al estilo de Chava Flores, sin miedo a la diversión.

    “Pude sentir en ese momento, no había forma de saber, hojas caídas en la noche… ¿Quién puede decir dónde están soplando? Tan libre como el viento, ojalá aprendiendo… ¿Por qué el mar en la marea? No tiene forma de girar.”

    La canción habla de alguien que, pese a lo que sucede a su alrededor, prefiere mantenerse al margen: un autista social que ya no está dispuesto a arriesgar más de lo necesario. Antes lo había arriesgado todo, con optimismo total; ahora prefiere no volver a cruzar el río por temor a naufragar en aguas turbulentas y desconocidas. Un sujeto atípico en una década de protagonismo social espontáneo entre los habitantes de la Ciudad de México, cuando, pese a las crisis económicas, socializar en 1982 seguía siendo una regla no escrita en todas las clases sociales del DF.

    “Más que esto, sabes que no hay nada. Más que esto, dime una cosa. Más que esto, oh, no hay nada. Fue divertido por un tiempo, no había forma de saber. Como un sueño en la noche, ¿quién puede decir a dónde vamos? Más que esto, sabes que no hay nada, más que esto, dime una cosa, más que esto, no, no hay nada.”

    «Decidirse es renunciar» es una frase de Luis García Postigo que asocio inevitablemente con More than this. La vida nos obliga a tomar decisiones que marcan el rumbo en las encrucijadas del destino, elecciones que determinan nuestro futuro. «Decidirse es renunciar» bien podría ser la paráfrasis de la canción de Roxy Music.

    More than this nos traslada, sin proponérselo, a tiempos pretéritos que resurgen en nuestra memoria como un playback nostálgico de aquel lejano 1982. Para las generaciones del siglo XXI, suena a un tiempo remoto con el que no sienten identificación; reacción natural que se repite de generación en generación. En 2050 pasará lo mismo: quizá More than this y Roxy Music ya no estén en el imaginario de quienes vivan entonces. Pero hoy, la canción sigue siendo una de las más bellas piezas pop de la época.

    La canción ha pasado la prueba del tiempo y se convirtió en referente para músicos que buscan acordes e inspiraciones propias. En su momento, Roxy Music marcó un parteaguas: ¿hacia dónde iba el rock-pop? La pregunta no era nueva, pero seguía siendo pertinente al inicio de los años ochenta, cuando surgían talentos deseosos de alcanzar el nivel de las grandes estrellas.

    More than this es, en muchos sentidos, un nihilismo ochentero en medio de la incertidumbre de la Guerra Fría: un existencialismo atravesado por la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial, esta vez definida por la bomba atómica. En la práctica, la Guerra Fría impidió que estallara una guerra «caliente» en los ochenta, y por fortuna, todos esos años fueron, precisamente, más que eso…

  • Preludio

    Preludio

    Por Raúl Álvarez Huerta

    Querétaro y sus múltiples terrazas bien podrían ser una locación ideal para retratar un preludio de actores espontáneos y residentes de esta ciudad, notados de manera incógnita o, en su defecto, con el ánimo de no ser vistos, cuando el amor es un acto de dos seres terrenales ávidos de protagonizar el anuncio de algo personal. Lugares idóneos para esos encuentros hay varios en esta parte de la República mexicana. Santiago de Querétaro no es la excepción.

    La terraza del bar del hotel boutique Azpeytia; el mirador del barrio de la Cruz a un lado de la Rotonda de Queretanos Ilustres; el bar panorámico del hotel Holiday Inn Diamante; la terraza de la suite del hotel boutique La Casa de la Marquesa; la Plaza Náutica de Juriquilla; la terraza del edificio Corporativo Blanco en prolongación Tecnológico; y el mirador del fraccionamiento Loma Dorada, junto con algunas de sus calles adyacentes, son sólo algunos de esos lugares que el director Eduardo Lucatero podría considerar en un futuro, pensando en su capacidad de elaborar este tipo de guiones en Querétaro.

    Preludio (2010) es una película de manufactura nacional que, sin mayores aspavientos, resultó ser una realización con matices y relieves que se salen de lo convencional y lo comercial. Es el tipo de cortometrajes que suceden —o suelen suceder— en la terraza de un edificio de departamentos en la Ciudad de México, más específicamente en el sur; concretamente en la alcaldía Benito Juárez, no muy lejos del World Trade Center e Insurgentes Sur.

    Ana Serradilla y Luis Arrieta, junto con Tiaré Scanda, bajo la dirección de Eduardo Lucatero —el mismo director que llevó a la pantalla grande Corazón marchito (2007), película en la que también actúa Ana Serradilla con Mauricio Ochmann—. La misma actriz que participó en Todo incluido (2008), con Jesús Ochoa y Martha Higareda. Ana es también la protagonista de Cansada de besar sapos (2005) y de la versión mexicana de La boda de mi mejor amigo (2009), refrito del film donde Julia Roberts es la protagonista (La boda de mi mejor amigo de 1997).

    Preludio es una peli de encuentros y desencuentros que pasan a diario en la pretenciosa clase media de la capital del país. Son los actores que, en la vida real, es muy fácil encontrar comiendo o de compras en la Condesa, la Roma, Polanco o por San Ángel, en la plaza San Jacinto. Ella es chef y no termina de resolver su vida familiar con su hermana Cecilia, que vive necesitada de todo tipo de halagos solo por haber asumido un rol social que nadie le obligó a tomar: la típica integrante de una familia disfuncional mexicana que, por exorcizar sus demonios internos, se siente la patriarca del clan. Cecilia y su amiga Mariana se creen el pluscuamperfecto de todo lo que les acontece. Ella no les compra ese papel.

    Él es un aspirante a rockstar, pero no desdeña vivir el momento, aunque debe clausurar su pasado y darle vuelta a la página. Ella, aun realizada como chef, no deja de arrastrar un pasado marcado por viejos sucesos, mientras su hermana insiste en reclamarle una supuesta actitud no condescendiente desde la adolescencia. Él no deja de soñar con ser famoso algún día.

    Mientras tanto, la terraza es un buen lugar para entablar una charla interesante que no raya en lo irrelevante gracias a los argumentos expuestos. El director logra atrapar a los cinéfilos ávidos de ver cine distinto a lo que TV Azteca y Televisa programan sábado a sábado. Difícil creer que estos medios no tengan algo mejor que ofrecer que sus insípidas películas. Preludio no aspira a un Oscar ni compite con los criterios ortodoxos de Hollywood y sus millones de dólares. Sin embargo, fue a Europa y en los círculos culturales del viejo continente logró algunos reconocimientos —tema que los noticiarios mexicanos omitieron, junto con sus programas matutinos insípidos.

    Insólito que Televisa siga reprogramando sus series lacrimógenas de los ochenta, o que TV Azteca siga haciendo de la chismografía su mayor fuente de ingresos, secundada por Imagen Televisión con sus reality shows igualmente ridículos. Todo un reflejo de su propia pobreza cultural y de un voyerismo barato que, increíblemente, genera millones para los magnates, quienes poco hacen por mejorar este país. La cultura importa a pocos. Preludio muestra que no se necesita mucho presupuesto ni tecnología para lograr una peli que, al menos, ofrezca un entretenimiento más digno que lo que todas las tardes y noches difunde la televisión mexicana.

    Qué más da… seguiremos apagando el televisor para ir a YouTube a buscar una peli mexicana, sin costo y sin comerciales. El nuevo cine nacional entretiene y regala hora y media de esparcimiento. Preludio es un buen pretexto: ella y él en una historia donde la química flota cerca, en diálogos y sobre todo en un lenguaje corporal que dice mucho más que las palabras. Entre ellos hay algo más que química.

    Ana Serradilla se ha consolidado en este tipo de cine, y lo hace bien. Preludio nos muestra que para que surja la magia de la alquimia del amor no hace falta viajar a paraísos prefabricados en playas mexicanas o islas griegas que la mercadotecnia vende como sueños inalcanzables para clases pudientes, disfrazados en paquetes all inclusive o tiempos compartidos que muchas veces son fraude.

    Una terraza en cualquier ciudad es un buen lugar para construir una amistad con alguien que atraiga, distraiga y retroalimente el diálogo. Cuando todo es causal y no casual, la vida en pareja funciona mejor al decidir vivir el momento en el breve espacio compartido. La coyuntura es coincidir como vecinos de este mundo terrenal, donde el amor de independencia y de codependencia con seres seudodependientes suele estar en el aire. Esas resonancias infantiles —heridas que nunca cierran y que, en el mejor de los casos, se encapsulan por un tiempo— alimentan las partes neuróticas que hacen parecer que todo es amor. Pero cuando el amor se va, todo queda igual o peor, y él o ella se vuelven más tóxicos en sus futuras relaciones. Temas que, a fin de cuentas, logran que existan las canciones de amor… o desamor, odio, resentimiento, celos, despecho. Ser o no ser, esa es la cuestión.

  • La magniciencia de Metallica magnetizó a 60 mil pudientes mortales

    La magniciencia de Metallica magnetizó a 60 mil pudientes mortales

    No necesito oír lo que dicen. La vida es para vivirla como yo quiera…
    Metallica

    El sábado 6 de junio de 2009 fue la noche de la presentación del disco Death Magnetic. Cuatro mesías del heavy metal entraron por el poniente a la Gran Tenochtitlán, ciudad creada entre lagos y luego asentada sobre las mismísimas ruinas del orbe que asombró a los conquistadores y dio origen a una nueva raza.

    En el escenario del thrash, cuatro forasteros de Los Ángeles: James Hetfield (voz y guitarra), Lars Ulrich (batería), Kirk Hammett (guitarra líder) y Robert Trujillo (bajo). El thrash metal surgió a principios de los ochenta bajo la influencia del hardcore punk y la new wave of British heavy metal. Género del cual llevan el estandarte cuatro poderosas bandas: Megadeth, Slayer, Anthrax y, por supuesto, Metallica. Junto a ellos, tres pilares alemanes: Destruction, Sodom y Kreator.

    El thrash metal está de nuevo ante nosotros, y viviremos la metalmanía por dos horas. 60 mil luciérnagas encendidas, listas para una noche sin cielo azul ni negro, más bien gris smog pinchón, sin estrellas, pero con luna. La parafernalia de rigor: black. El setlist se espera ansiosamente; cada fan, en su ególatra individualismo, pide —a gritos o en silencio— que Metallica toque su rola preferida.

    Distrito Federal, sábado. Big city de contrastes, que vive su Apocalipsis por la carencia de agua. Ciudad chingona de luces y sombras, de riqueza y pobreza extrema, capital ecléctica, clasista, elitista, y por excelencia blanco del ácido antichilango en los estados del país. Metrópoli de banda colmada de entusiasmo, que se distribuye a lo largo y ancho de sus 16 alcaldías.

    La noche cae tras los grupos teloneros. OCESA, para parecer democrática, pone uno nacional y otro extranjero. Ambos cumplen su cometido: encender a la banda. Miles de celulares y encendedores brillan, apagados los reflectores, como estrellas de una bóveda celeste imaginaria que cubre el enorme Foro Sol en un gesto de bienvenida al grupo estrella de la noche.

    Metallica aparece en escena. Aquí están, one more time, para felicidad de la banda rockera integrada ya a las reglas sociales que ésta exige. Vatos-banda que ya no son joven-banda, sino jurásica banda que vive de recuerdos que sólo a ellos importan. Pero hoy, todos coinciden en un presente colectivo, en rolas llenas de emociones que se disfrutan desde la zona más alta de este foro beisbolero —donde vibra más la banda y donde mejor se corean las canciones.

    La primera: “Creeping Death” del disco Ride the Lightning. Le siguen “For Whom the Bell Tolls” y “Ride the Lightning”. Después, “Disposable Heroes” (Master of Puppets) y la explosión total con los acordes de “One” (…And Justice for All).

    El espectáculo prosigue con “Broken, Beat & Scarred” (Death Magnetic), seguida por “The Memory Remains” (Reload), rolototota que provoca un coro espléndido de miles de gargantas. Luego “Sad But True” y, tras dos temas del nuevo disco, otro clímax: “Master of Puppets”. El concierto avanza sin detenerse, con emisores y receptores acelerados en perfecta sintonía.

    Los cardiólogos dicen que la arritmia es un corazón que late apresurado, como motor en carrera. Con Metallica, esa arritmia es placentera: cada final de rola es oxígeno para la sangre, combustible para vivir en paz y armonía. Los galenos hablan de intervalos QT, de balances de sodio y potasio; los metaleros, de amplificadores, bocinas, guitarras, bajo y bataca.

    El máximo punto de ebullición en esta tierra de volcanes llega —como era de esperarse— con “Nothing Else Matters” y “Enter Sandman”.

    Muchos de los que deliran ven al diablo o se ven en el infierno, pero hay quien asevera, de modo lúcido y convincente, tener conversaciones con Dios… Casos como éste plantean una disyuntiva: ¿delirio o puerta a otras dimensiones que ni imaginamos?
    —Ignacio Solares

    El rock magnífico juega hoy su papel: una masa uniforme unida por gusto y pasión incomparable. Identidad compartida por un instante que se saborea, se vive, se disfruta. Metallica está aquí, en vivo, con letras y música de heavy metal que alguna vez fue underground.

    La física explica que sin oxígeno no habría vida en la Tierra. En paralelo, sin oxígeno no podríamos gritar, brincar, corear y rockear en una super tocada de Metallica. La explosión de mortales que hoy se sienten vivos —los miles que pagaron un boleto nada barato— es gloriosa, gigante, única. El heavy metal está aquí. Yes.

    Una espléndida noche primaveral del no-hastío, la no-monotonía, la no-rutina, la no-depresión. Noche de atmósferas oscuras, letras intensas, sonidos avasalladores, públicos efusivos y tiempos pretéritos vueltos presentes. Los ochenta y noventa que no volverán.

    Nunca esperes ni te apalanques, la juventud es una máscara que pronto se acaba.

    Y se acabó…

    El encore final: tres rolas. Dos de los inicios de la banda angelina: “No Remorse” y “Seek & Destroy”. Nos dicen que ha sido todo. Metallica se va… para volver, no sabemos cuándo.

    La vida es un instante, un instante es la vida.
    —Antonio Porchia

    Fotos de Jeff Yeager.

  • La memoria es un campo magnético

    La memoria es un campo magnético

    Hace poco escuché que la Tierra funciona gracias a un campo magnético que nos protege de la radiación solar. Este fenómeno se debe a que su núcleo líquido genera una especie de capa protectora que se extiende desde el interior hasta los límites del planeta. Esa protección, presente en toda la superficie terrestre, me parece una metáfora poderosa: una memoria latente que sólo necesita un estímulo, una imagen o una cierta cantidad de energía para activarse.

    Me gusta pensar que, al igual que la Tierra, nuestra memoria es algo que nos fue asignado desde el origen: un acervo de revelaciones ocultas que, mediante algún estímulo, se desdobla y nos ofrece epifanías cotidianas. Atlas magnético (Ígneo Chile, 2025) es una invocación a esa memoria onírica que fluye, que gotea entre cornisas, fisuras y ramificaciones de una existencia que se manifiesta en la carne de los días.

    Diana Galindo construye un rito escritural a partir de imágenes sagradas y surrealistas, evocando una memoria suspendida que espera ser revelada mediante un proceso de presentificación. En Atlas magnético, la escritora recupera los pasos perdidos a partir de un destello de realidad que, como una pizca de verdad, se vuelve poema. Galindo desdobla, a través del proceso poético, una visión perenne del instante para regalarnos una epifanía que otorga memoria e identidad a los días y a las horas.

    A continuación, les presentamos un fragmento de libro:

    Manto 

    No sé en qué viento, entre qué tierra, descansará mi cuerpo un día.

    Pero mientras vivo, aprendo.

    La experiencia se conoce 

    a la orilla de los ojos y del agua.

    Sí, el mar desaparecerá, 

    lo sabe quien ha sido apuntado con un arma

    o con un símbolo sobre la cabeza.

    El cuerpo se contrae, jadeante, 

    busca el amor y la calma.

    Agustín Vizcayno Sánchez (Querétaro, 1986) es licenciado en Lenguas Modernas en Español y maestro en Estudios Literarios. Ha publicado Cuando Dios usa mallones (Ediciones El Humo, 2018), El canto del Kaiju (Fondo Editorial de Querétaro, 2019), Once señores gordos en uniforme unitalla (Fondo Editorial de Querétaro, 2021), y en 2024, Yo también fui James Bond y Soy huapanguero (Letra Capital). Ha colaborado en revistas como El Grito Literario, El Humo, Fantastique, Enchiridion y Teresa Magazine.

    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Querétaro. Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

  • Mnemósine: una memoria visual en construcción

    En un ecosistema cada vez más saturado de imágenes, detenerse a pensar la fotografía se vuelve un acto de resistencia. De ahí la importancia de proyectos como Mnemósine, una revista electrónica independiente que desde mayo de 2023 ha apostado por recuperar, reflexionar y dialogar en torno a la imagen y la memoria. Nacida como una iniciativa de Andrés Monroy Pérez, en el seno del Club de Fotografía del Centro Queretano de la Imagen, esta publicación trimestral se ha convertido en un espacio de encuentro para fotógrafos, investigadores, artistas visuales y amantes de la fotografía.

    Más que una revista, Mnemósine es un archivo en movimiento, un ejercicio colectivo que busca honrar la relación entre la imagen y la memoria a través de artículos, ensayos visuales, testimonios y colaboraciones interdisciplinarias. Su nombre —clara alusión a la diosa griega de la memoria— revela ya su vocación: fijar lo efímero, repensar lo visible, preguntarse por el devenir de lo que fue capturado por la lente.

    En su quinto número, Mnemósine se adentra en un territorio poco explorado: los fotógrafos y estudios fotográficos durante la segunda mitad del siglo XX. Un periodo marcado por profundas transformaciones tecnológicas, sociales y culturales, que incidieron directamente en las prácticas fotográficas del país. Este dossier se nutre de las contribuciones de Alejandro Pérez Cervantes, Analí Núñez, Carlos Recio Dávila, León Pablo Bárcenas, Joaquín Garzafox, Mauricio Medina, Rocío B. Ortiz, Ruy Caballero y del propio Andrés Monroy, además de incluir una participación especial del cartonista Fraga.

    Cada texto ofrece una perspectiva particular sobre la labor de aquellos fotógrafos de estudio que, con cámara en mano, registraron bautizos, bodas, entierros, retratos familiares y momentos clave en la vida de sus comunidades. Una labor artesanal que hoy, frente al vértigo digital, merece ser repensada y valorada. Lejos de la nostalgia fácil, los textos proponen una mirada crítica, afectiva y documentada de esa época que aún habita nuestros álbumes y archivos.

    La revista se encuentra disponible para lectura libre y gratuita en línea a través del siguiente enlace: https://acortar.link/zoGgzc. Con motivo de la presentación de este número, se han impreso algunos ejemplares físicos, disponibles a un costo de recuperación de $50 pesos. Una forma de preservar también el tacto, el papel, el objeto como forma de memoria.

    Mnemósine es, además, una invitación abierta: quienes deseen colaborar pueden hacerlo, siempre y cuando sus propuestas giren en torno a la fotografía, la imagen y la memoria. La revista se construye como un espacio horizontal y colectivo, donde cada mirada aporta a la reconstrucción de un pasado visual compartido.

    En un mundo saturado de selfies y algoritmos, Mnemósine propone otra forma de mirar: más lenta, más crítica, más humana. Una mirada que no olvida.

    La presentación del número 5 de Mnemósine será este jueves 29 de junio a las 18.00 h en el Coro Bajo del Centro Estatal de las Artes. La entrada es libre.

  • Lo que nadie te ha dicho de la Poesía Open Mic

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    Un día voy a escribir un libro sobre la impuntualidad de los poetas mexicanos.

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    Llevo 11 años organizando noches de poesía open mic. La primera sesión se llamaba Poesía precoz, porque en ese entonces, junto con unos amigos de la SOGEM, apenas comenzábamos a escribir poemas. Se nos hizo provocador poner como encabezado: Lo más selecto de la cultura queretana invita.

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    A veces me da el ímpetu de organizar noches de open mic cada mes; otras, cada dos o tres. La última vez fue en 2024, bajo el pretexto de invocar a la lluvia. Y al otro día llovió.

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    Luego me entra una hueva inmensa y pasan largas temporadas sin organizar nada. A veces llegan 50 personas; otras, no viene nadie a leer o escuchar poemas. Lo que funciona es mencionar en el cartel a quienes van a leer. Sólo así llega un público promedio de entre 10 y 20 personas.

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    Zeppelin Music Factory es el espacio ideal para leer poemas. Ya tiene sonido instalado, y el escenario decorado con grafitis inspirados en Basquiat le da mucha ondita y se ve desde todas partes. Aun así, me gustaría hacer una noche de poesía al aire libre, con luna llena, para transformarnos en licántropos.

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    Una vez un poeta se aventó 20 minutos leyendo. No hallaba la forma de decirle que le parara a su mame. Desde entonces, se limita la lectura a un máximo de cinco minutos, y el público lo agradece.

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    Cuando hay más de siete poetas en la lista, la noche de poesía open mic se vuelve aburrida, y ya nadie pela a los últimos que pasan a leer. Más vale calidad que cantidad. Entre mayor número de poetas, mayor probabilidad de público asistente. Pero está claro que no podemos tener lecturas de 20 poetas en un cartel: es noche, no festival de poesía.

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    Sueño con el día en que la gente pague 100 pesos por venir a escuchar mis poemas.

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    Una vez pagué 250 pesos por escuchar los poemas de un bato. No recuerdo su nombre, pero tenía miles de seguidores en Instagram. Era mamado, con tatuajes en los brazos, y escribía poemas muy cursis. Llenó el lugar. La gente le compraba su libro y hacía fila para que les leyera su poema favorito. Eso ni a Jaime Sabines ni a Octavio Paz les pasó. Tampoco al tipo de poetas que yo leo les va a pasar. Cabe decir que me la pasé muy bien. El evento era una mezcla de stand-up comedy, consejos amorosos y lectura de poemas a la carta.

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    El miércoles 11 de junio de 2025, a las 8 p.m., se realizó un evento que titulé Poesía de sombra, como preámbulo a la presentación del libro Los boxeadores (Ed. Casa Bonsái, 2025) de Ricardo Escartín. Los poetas que estaban anotados en el cartel fuimos:

    RICARDO ESCARTÍN
    VICTORIA PIEDRA
    VIRGINIA ESCOTO
    OMAR TREJO
    YUNO HDZ
    ALMA MORÁN
    RODRIGO
    EL RODRO RINCÓN
    CHARLY PACHECO
    DANIEL ORTEGA
    JAVIER PACHECO
    ÁNGEL CRISTÓBAL ÁLVAREZ
    TSIÓ DAVI
    MAU MALLET
    RAFAEL VOLTA

    De los anotados, a cinco personas les valió madre y no asistieron. Incluso uno tuvo el descaro de mandar sus textos para que alguien más los leyera. Se me hizo un poco ridículo. Supongo que a quienes no vinieron les dio miedo mojarse o se quedaron atrapados en una inundación. No pasa nada si no vienes: las lluvias en Querétaro son culeras y extremas. Todo se paraliza. Los que fuimos nos la pasamos bien. Las noches de poesía son una reunión de camaradas para ver qué está escribiendo cada quien. Incluso sirven para probar poemas y tallerearlos con la reacción del público.

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    En Zeppelin han leído todo tipo de poetas: premiados, avanzados, becados, principiantes, publicados, no publicados, rechazados, famosos, desconocidos, poetas que dejaron de ser poetas, poetas a los que ya no les hablo o que no me hablan. Algunos nombres: Luis Alberto Arellano, Julián Herbert, Juana Adcock, Ismael Velázquez Juárez, Ángel Ortuño, Horacio Warpola, Anaclara Muro, Romina Cazón, Asiel Adán Sánchez, Alejandro del Castillo, Tzolkin Montiel, Dalia Larisa, Nadia Bernal, Tadeus Argüello, Yudi Martínez, Samuel Martínez, Mauricio Caudillo, Javier Pacheco, Eric Urías, Montserrat Acuña, Amanda Durán, Yolanda Segura, Danucho Kun, Elizabeth Haro, Elsa Treviño, José Velasco, Emmanuel Vizcaya, Rocío Benítez… y un largo etcétera.

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    El recién creado Instituto de Ciencias Semiaplicadas y Otras Actividades Metafóricas es la casa productora encargada de organizar las actividades literarias, incluidas las noches de poesía open mic en el Zeppelin. La prestigiosa casa londinense We Are The Music es la responsable, en el mismo lugar y de manera exclusiva para México, de todos los eventos musicales. Música y poesía son hermanas, pero no son lo mismo.

    *

    No sé cuándo se volverá a organizar otra lectura de poesía open mic. Debe de haber algo especial que motive a hacerlo. Aunque tal vez, solo debería bastar la poesía. ¿No es así?

    *Fotografías: Sara Servín y Rafael Volta

    Rafael Volta, (Querétaro, 1977).

    Becario del PECDA Querétaro 2023 en al área de Literatura-Creadores Con Trayectoria. Actualmente funge como gestor cultural de la sala de lectura Edgar Allan Poe, especializada en poesía, ciencia ficción y terror. Organiza noches de Poesía Open Mic y de Crítica Literaria.

    Sus libros se pueden descargar en rafaelvolta.hotglue.me

  • Anamnesis o la Tempestad de la Memoria

    Mayo de 2025 fue el mes de las tempestades en Querétaro capital. No había llovido con tal intensidad desde hacía siete años, según las estadísticas de Protección Civil. La tarde, bochornosa y amenazada por la lluvia, coincidía con la expectativa futbolera del fallido tetracampeonato del América en la final del fútbol mexicano: no era, en apariencia, el mejor día para ir al teatro un domingo a las siete de la tarde, en el foro principal del Museo de la Ciudad.

    La anamnesis es una reminiscencia. Recuerdos vagos e imprecisos. Traer a la memoria lo que está lejano en el tiempo o casi olvidado. En medicina, es la información aportada por el paciente durante la consulta para construir su historial clínico.

    En la fila, el público no pasa de las diez personas. Es el cierre de temporada. Aun así, la compañía Barón Negro, fundada por Carlos Casas, ha estandarizado y madurado desde hace tiempo la calidad de sus montajes a un nivel que sobresale en el ámbito local, y que fácilmente podría exportarse a otras latitudes latinoamericanas. La recompensa del público a este esfuerzo es ingrata: si la función no es gratuita o no está subsidiada por las instituciones, el espectador promedio queretano difícilmente paga un boleto de 200 pesos para ir al teatro.

    Anamnesis es la reescritura e interpretación de El rey Lear, de William Shakespeare, realizada por Jaime Chabaud. La escenografía propuesta por Daniel Velázquez consiste en una cortina blanca que cubre todo el ancho y alto de la caja escénica, como metáfora de un mar de la memoria que se desvanece en el infinito. Quizá lo único que persista —y lo último que se nos olvide— sea el nombre propio. En la esquina superior izquierda de esta memoria de tela sobresale un letrero luminoso con la palabra LEAR. La cortina es iluminada con cinco arbotantes superiores que proyectan cascadas de luz —o de recuerdos— que pronto se perderán en el dolor del personaje principal. Una silla de ruedas sirve como trono desvencijado. Dos bancos y una lámpara crean una atmósfera lúgubre, como si estuviéramos en el cuarto de hospital de un moribundo. La imagen en conjunto evoca una ausencia minimalista.

    Las actuaciones de las tres hijas de Lear —Goneril, Regan y Cordelia— recaen en la actriz María Fernanda Monroy Gómez. El bufón, quien a su vez cumple el papel de enfermero, es interpretado por Mauricio Figueroa. Las actuaciones de ambos son sobrias. Destaca la interpretación del rey Lear por Franco Vega, quien, ataviado con una bata de hospital, nos contagia el sufrimiento de una enfermedad mental incurable. La dirección de Carlos Casas construye postales escénicas en las cuales cada actor irradia un carácter distintivo, apoyado por la impecable iluminación de Alfredo Pérez. Asistimos a un microuniverso trágico en blanco y negro que ocurre en el necrocapitalismo del siglo XXI. Los reyes, cuando caen en desgracia, lo hacen con elegancia.

    Jaime Chabaud es un dramaturgo de amplio oficio. Toma la parte final de la extensa obra y la inicia cuando el Rey Lear ha perdido casi toda su memoria y es incapaz de limpiarse el culo. Altera la anécdota al insertar un periodo de quince años en los cuales no ha visto a Cordelia, después de haber repartido su reino. Al reencontrarse padre e hija, ocurre una vuelta de tuerca arriesgada que se presta a la ambigüedad: ¿quién está soñando y recordando a quién?

    El texto conserva la complejidad de Lear, de sus hijas y la sabiduría e ironía del bufón-enfermero. Al terminar la obra, me queda la sensación de que todos, en algún momento de nuestras vidas, nos volveremos obsoletos en cuerpo y conocimiento. Seremos reemplazados por nuevas generaciones que hacen las cosas más rápido. Lo más preciado que perdemos no es el dinero. El amor, y el recuerdo del amor, se desvanecerán dentro de la estatua de carne en que nos convertiremos. Es inevitable padecer el olvido propio y ajeno. Anamnesis, o El rey Lear reloaded, estarán ahí para recordárnoslo.

    *Texto y fotografías de Rafael Volta

    Rafael Volta, (Querétaro, 1977).

    Becario del PECDA Querétaro 2023 en al área de Literatura-Creadores Con Trayectoria. Actualmente funge como gestor cultural de la sala de lectura Edgar Allan Poe, especializada en poesía, ciencia ficción y terror. Organiza noches de Poesía Open Mic y de Crítica Literaria.

    Sus libros se pueden descargar en rafaelvolta.hotglue.me

  • Antes de que los olvides

    Los hombres excepcionales enfrentan su vida a fuerzas oscuras incapaces de soportar la luz que irradia su espíritu, y de esas fuerzas oscuras, formadas por sombras de mediocridad, hipocresía social, fanatismo, envidia y rencores, sale la mano del sempiterno descendiente de Caín que los asesina.

    —Alfonso Quiroz Cuarón, Psicoanálisis del magnicidio (1965)

    La contradicción es tan humana como la imperfección. Se puede ser material en extremo sin poder evitarlo, al igual que espiritual sin desearlo ni mediatizarlo… es una inercia social infalible con la cual deben alternar quienes llegan al estrellato. Las personas encasillamos a nuestros semejantes —y a la gente del ambiente artístico— en estereotipos, pero no hay estereotipo que valga cuando se vive constantemente en el efecto pendular de ir de un lado a otro. Nada es estático. En el mundo de la música, las cosas no son distintas: con el regreso mediático (y añorado) de Caifanes, el negocio del entretenimiento estaba de fiesta… también sus fans.

    OCESA, Ticketmaster, Televisa y Coca-Cola no desaprovecharon el momento de ser parte del show business. Los integrantes de Caifanes pueden ser espirituales y tener ideales inmutables, pero eso no significa que le rehúyan al dinero ni a la megalomanía. La banda es, en su esencia, aspaventera y vive para el aplauso; difícilmente se iban a privar de ver el Foro Sol rendido a sus pies.

    Comenzaron siendo una banda para un público que, por antonomasia, iba contra el monopolio televisivo en México. Por eso, cuando los vieron en el Canal de las Estrellas, primero con Raúl Velasco en Siempre en Domingo y luego con Verónica Castro en Aquí está, muchos se desencantaron de su grupo preferido. En los años ochenta, ser anti-Televisa era ser cool. El tradicional esquema de fabricar artistas —impulsado por Emilio Azcárraga Milmo y su comité ejecutivo conformado por Emilio Díaz Barroso, Guillermo Cañedo de la Bárcena y Miguel Alemán Velasco— generaba millones, pero resultaba chocante para la clase pensante e independiente de una nación ávida de nuevas propuestas. Sin embargo, a Caifanes el mainstream les llegó al precio… y la oportunidad de ser completamente famosos estaba a sus pies. Desde entonces, aquella banda de rock que se inició en los bares del entonces Distrito Federal se convirtió en una rockstar nacional. De México para el mundo.

    Las Insólitas Imágenes de Aurora fue el subterráneo antecedente de Caifanes. Caifanes es la historia de un final no feliz que no termina; la historia de una banda que nació fiel a sus principios anticomerciales, pero que, cuando llegó a la cima, se convirtió en iconoclasta de su propio mito. Un surrealismo mexicano que permitió a miles de fans verlos juntos durante años, y en intervalos con Jaguares, con la esperanza de volver a reunir a los miembros originales y sanar heridas internas. Es el voyeurismo por excelencia que alimenta al espectáculo, siempre hambriento de noticias sensacionalistas. Son, también, la nostalgia de un tiempo que no volverá: los años noventa fueron su época dorada.

    Con la llegada de The Rolling Stones a México, Caifanes fue elegida para abrir sus conciertos en enero de 1995, justo al concluir el año de los demonios sueltos en la política mexicana. Tras su plausible actuación, Saúl se despidió del público de sus Majestades Británicas con un: «Gracias, raza, los dejamos con la banda más grande del planeta… ».

    La creatividad brillaba en Diego Herrera, Sabo Romo, Alfonso André, Saúl Hernández y Alejandro Marcovich. Protagonistas de una historia pop masificada que nació en el underground del rock mexicano, con Rockotitlán como punto de partida. Desde allí despegaron hacia la cumbre con varios discos bien elaborados. Hispanoamérica ya los esperaba con los brazos abiertos, justo cuando irrumpía la maquinaria enajenante de «Rock en tu Idioma”. En el ámbito hispanohablante, diversas bandas alzaron la voz: Argentina con Soda Stereo, España con Héroes del Silencio y México con Caifanes a la vanguardia.

    Una nueva generación de jóvenes mexicanos —distantes de los hippies de Avándaro— estaba ávida de propuestas musicales y literarias distintas. Lejos también del rock urbano que giraba en círculos imaginarios, envuelto en tópicos de resentimiento social y anarquismo ya anacrónicos. Muchos de sus fans originales, veteranos de Avándaro, habían sido convertidos por el establishment en héroes y víctimas, sin oponer resistencia a esa narrativa impuesta desde las sombras del poder. La entonces PGR formó gruesos expedientes.

    Los poderes fácticos habían ganado la batalla contra el rock. Después de Avándaro, la herencia de Three Souls in My Mind fue condenada al ostracismo de los hoyos funky que ya había profetizado Parménides García Saldaña. Con El Tri de Alex y Chela Lora, las cosas comenzaron a cambiar.

    Caifanes vino a ser, en parte, iconoclasta del rock hecho en México que revistas como La Mosca en la Pared denostaron en varias ediciones, a diferencia de Conecte, de José Luis Pluma, y Banda Rockera, de Vladimir Hernández, que siempre apoyaron el movimiento sin condiciones. Hugo García Michel y su línea editorial representaban la postura crítica, a veces con apelativos que no reproduciremos aquí. El tema sigue abierto.

    «Demasiado bueno para ser real», dice un dicho común. Con Caifanes no fue la excepción. Tras el lanzamiento de El nervio del volcán, y su última presentación el 18 de agosto de 1995 en San Luis Potosí, anunciaron su fin. Justo en la cima. Las razones, múltiples y sensacionalistas, se resumieron en emociones, vísceras y sangre. Dos personalidades disímiles pero creativas —Saúl y Alejandro— marcaron el rumbo del pop mexicano y sacaron a relucir sus diferencias en el estudio de grabación. Los rencores afloraron.

    El introvertido Marcovich no iba a permitir que Saúl le dictara cómo hacer las cosas. Sabía lo que hacía, y comenzaban a notarse celos profesionales hacia el poder mediático del vocalista. Cada quien tiene su versión.

    Resulta irónico: cuando lograron lo que tanto soñaron, todo se vino abajo. El nervio del volcán vendía como nunca, y aún no había piratería. El legado de Caifanes quedó intacto en la memoria de sus fans. Algún día serán una banda de culto. Es una pena que los conflictos entre Marcovich y Saúl hayan dejado en el limbo a Sabo, Diego y Alfonso. Los cinco eran Caifanes, y lo serán siempre.

    En entrevista con Javier Poza, Sabo Romo expresó que nunca le agradó la llegada de Marcovich, aunque aceptó por consenso. Según él, Alejandro no aportó gran cosa, algo con lo que —quien esto escribe— no concuerda. El guitarrista argentino fue fundamental: compositor, arreglista, letrista. Su visión antropológica aportó a la banda la importancia de los ritmos del folclor mexicano y el uso de samplers. Aquí no es así lo demuestra: Saúl solo aportó la voz.

    La disolución de Caifanes refleja también aspectos de nuestra idiosincrasia. Los egos dominaron. Aunque hubo una reconciliación, las diferencias resurgieron. El vocalista y el guitarrista exponen sus argumentos, dejando al resto sin voz ni voto, lo cual rompe cualquier equilibrio.

    La primera reconciliación llegó tarde. Muchos fans ya tenían otras prioridades. La voz de Saúl ya no era la misma, tras varias operaciones de garganta. Basta escucharlo en vivo con Afuera para notar que ya no alcanza las notas altas. Aunque dijeron que su regreso no fue por dinero, los precios de los boletos dicen otra cosa. Antes, ir a un toquín era mucho más accesible.

    Querétaro (Querétarock) tampoco fue ajeno al hechizo de Caifanes. En 1988, el auditorio Josefa Ortiz de Domínguez los recibió con entusiasmo juvenil. La tecnología del recinto lucía, y el público se entregó, esperando que cerraran con La Negra Tomasa. No ocurrió, pese a las insistencias. Desde su lanzamiento, esa canción sonó en todas las fiestas ochenteras, aunque Caifanes ya tenía suficiente material como para no ser encasillado por ella.

    En marzo de 1989 se anunció la gira Rockonexión Pepsi con Rod Stewart, y Caifanes sería telonero en el Estadio Corregidora. Pero, para sorpresa general, la empresa Art Beat Music, filial de Televisa, condicionó su participación a que la banda pagara por tocar. Rechazaron dignamente y fueron reemplazados.

    Volvieron en 1994 con El nervio del volcán en la Plaza de Toros Santa María. Como Jaguares, regresaron en 1999 a una tocada cargada de nostalgia. El público pedía canciones de Caifanes. Y cuando por fin “El Vampiro” tocó el rasgueo acústico de La célula que explota, el entusiasmo fue total: «Hay veces que no tengo ganas de verte…».

    El tan esperado regreso fue en octubre de 2011, en el Estadio Municipal. Los precios, inalcanzables para la clase trabajadora, atrajeron a un público snob más preocupado por figurar que por disfrutar. La magia era otra. En marzo de 2022 tocaron de nuevo en el Josefa Ortiz de Domínguez. Los precios, una vez más, excluyeron al pueblo. ¿Para qué insistir? La clase trabajadora sigue sin acceso.