Los hombres excepcionales enfrentan su vida a fuerzas oscuras incapaces de soportar la luz que irradia su espíritu, y de esas fuerzas oscuras, formadas por sombras de mediocridad, hipocresía social, fanatismo, envidia y rencores, sale la mano del sempiterno descendiente de Caín que los asesina.

—Alfonso Quiroz Cuarón, Psicoanálisis del magnicidio (1965)

La contradicción es tan humana como la imperfección. Se puede ser material en extremo sin poder evitarlo, al igual que espiritual sin desearlo ni mediatizarlo… es una inercia social infalible con la cual deben alternar quienes llegan al estrellato. Las personas encasillamos a nuestros semejantes —y a la gente del ambiente artístico— en estereotipos, pero no hay estereotipo que valga cuando se vive constantemente en el efecto pendular de ir de un lado a otro. Nada es estático. En el mundo de la música, las cosas no son distintas: con el regreso mediático (y añorado) de Caifanes, el negocio del entretenimiento estaba de fiesta… también sus fans.

OCESA, Ticketmaster, Televisa y Coca-Cola no desaprovecharon el momento de ser parte del show business. Los integrantes de Caifanes pueden ser espirituales y tener ideales inmutables, pero eso no significa que le rehúyan al dinero ni a la megalomanía. La banda es, en su esencia, aspaventera y vive para el aplauso; difícilmente se iban a privar de ver el Foro Sol rendido a sus pies.

Comenzaron siendo una banda para un público que, por antonomasia, iba contra el monopolio televisivo en México. Por eso, cuando los vieron en el Canal de las Estrellas, primero con Raúl Velasco en Siempre en Domingo y luego con Verónica Castro en Aquí está, muchos se desencantaron de su grupo preferido. En los años ochenta, ser anti-Televisa era ser cool. El tradicional esquema de fabricar artistas —impulsado por Emilio Azcárraga Milmo y su comité ejecutivo conformado por Emilio Díaz Barroso, Guillermo Cañedo de la Bárcena y Miguel Alemán Velasco— generaba millones, pero resultaba chocante para la clase pensante e independiente de una nación ávida de nuevas propuestas. Sin embargo, a Caifanes el mainstream les llegó al precio… y la oportunidad de ser completamente famosos estaba a sus pies. Desde entonces, aquella banda de rock que se inició en los bares del entonces Distrito Federal se convirtió en una rockstar nacional. De México para el mundo.

Las Insólitas Imágenes de Aurora fue el subterráneo antecedente de Caifanes. Caifanes es la historia de un final no feliz que no termina; la historia de una banda que nació fiel a sus principios anticomerciales, pero que, cuando llegó a la cima, se convirtió en iconoclasta de su propio mito. Un surrealismo mexicano que permitió a miles de fans verlos juntos durante años, y en intervalos con Jaguares, con la esperanza de volver a reunir a los miembros originales y sanar heridas internas. Es el voyeurismo por excelencia que alimenta al espectáculo, siempre hambriento de noticias sensacionalistas. Son, también, la nostalgia de un tiempo que no volverá: los años noventa fueron su época dorada.

Con la llegada de The Rolling Stones a México, Caifanes fue elegida para abrir sus conciertos en enero de 1995, justo al concluir el año de los demonios sueltos en la política mexicana. Tras su plausible actuación, Saúl se despidió del público de sus Majestades Británicas con un: «Gracias, raza, los dejamos con la banda más grande del planeta… ».

La creatividad brillaba en Diego Herrera, Sabo Romo, Alfonso André, Saúl Hernández y Alejandro Marcovich. Protagonistas de una historia pop masificada que nació en el underground del rock mexicano, con Rockotitlán como punto de partida. Desde allí despegaron hacia la cumbre con varios discos bien elaborados. Hispanoamérica ya los esperaba con los brazos abiertos, justo cuando irrumpía la maquinaria enajenante de «Rock en tu Idioma”. En el ámbito hispanohablante, diversas bandas alzaron la voz: Argentina con Soda Stereo, España con Héroes del Silencio y México con Caifanes a la vanguardia.

Una nueva generación de jóvenes mexicanos —distantes de los hippies de Avándaro— estaba ávida de propuestas musicales y literarias distintas. Lejos también del rock urbano que giraba en círculos imaginarios, envuelto en tópicos de resentimiento social y anarquismo ya anacrónicos. Muchos de sus fans originales, veteranos de Avándaro, habían sido convertidos por el establishment en héroes y víctimas, sin oponer resistencia a esa narrativa impuesta desde las sombras del poder. La entonces PGR formó gruesos expedientes.

Los poderes fácticos habían ganado la batalla contra el rock. Después de Avándaro, la herencia de Three Souls in My Mind fue condenada al ostracismo de los hoyos funky que ya había profetizado Parménides García Saldaña. Con El Tri de Alex y Chela Lora, las cosas comenzaron a cambiar.

Caifanes vino a ser, en parte, iconoclasta del rock hecho en México que revistas como La Mosca en la Pared denostaron en varias ediciones, a diferencia de Conecte, de José Luis Pluma, y Banda Rockera, de Vladimir Hernández, que siempre apoyaron el movimiento sin condiciones. Hugo García Michel y su línea editorial representaban la postura crítica, a veces con apelativos que no reproduciremos aquí. El tema sigue abierto.

«Demasiado bueno para ser real», dice un dicho común. Con Caifanes no fue la excepción. Tras el lanzamiento de El nervio del volcán, y su última presentación el 18 de agosto de 1995 en San Luis Potosí, anunciaron su fin. Justo en la cima. Las razones, múltiples y sensacionalistas, se resumieron en emociones, vísceras y sangre. Dos personalidades disímiles pero creativas —Saúl y Alejandro— marcaron el rumbo del pop mexicano y sacaron a relucir sus diferencias en el estudio de grabación. Los rencores afloraron.

El introvertido Marcovich no iba a permitir que Saúl le dictara cómo hacer las cosas. Sabía lo que hacía, y comenzaban a notarse celos profesionales hacia el poder mediático del vocalista. Cada quien tiene su versión.

Resulta irónico: cuando lograron lo que tanto soñaron, todo se vino abajo. El nervio del volcán vendía como nunca, y aún no había piratería. El legado de Caifanes quedó intacto en la memoria de sus fans. Algún día serán una banda de culto. Es una pena que los conflictos entre Marcovich y Saúl hayan dejado en el limbo a Sabo, Diego y Alfonso. Los cinco eran Caifanes, y lo serán siempre.

En entrevista con Javier Poza, Sabo Romo expresó que nunca le agradó la llegada de Marcovich, aunque aceptó por consenso. Según él, Alejandro no aportó gran cosa, algo con lo que —quien esto escribe— no concuerda. El guitarrista argentino fue fundamental: compositor, arreglista, letrista. Su visión antropológica aportó a la banda la importancia de los ritmos del folclor mexicano y el uso de samplers. Aquí no es así lo demuestra: Saúl solo aportó la voz.

La disolución de Caifanes refleja también aspectos de nuestra idiosincrasia. Los egos dominaron. Aunque hubo una reconciliación, las diferencias resurgieron. El vocalista y el guitarrista exponen sus argumentos, dejando al resto sin voz ni voto, lo cual rompe cualquier equilibrio.

La primera reconciliación llegó tarde. Muchos fans ya tenían otras prioridades. La voz de Saúl ya no era la misma, tras varias operaciones de garganta. Basta escucharlo en vivo con Afuera para notar que ya no alcanza las notas altas. Aunque dijeron que su regreso no fue por dinero, los precios de los boletos dicen otra cosa. Antes, ir a un toquín era mucho más accesible.

Querétaro (Querétarock) tampoco fue ajeno al hechizo de Caifanes. En 1988, el auditorio Josefa Ortiz de Domínguez los recibió con entusiasmo juvenil. La tecnología del recinto lucía, y el público se entregó, esperando que cerraran con La Negra Tomasa. No ocurrió, pese a las insistencias. Desde su lanzamiento, esa canción sonó en todas las fiestas ochenteras, aunque Caifanes ya tenía suficiente material como para no ser encasillado por ella.

En marzo de 1989 se anunció la gira Rockonexión Pepsi con Rod Stewart, y Caifanes sería telonero en el Estadio Corregidora. Pero, para sorpresa general, la empresa Art Beat Music, filial de Televisa, condicionó su participación a que la banda pagara por tocar. Rechazaron dignamente y fueron reemplazados.

Volvieron en 1994 con El nervio del volcán en la Plaza de Toros Santa María. Como Jaguares, regresaron en 1999 a una tocada cargada de nostalgia. El público pedía canciones de Caifanes. Y cuando por fin “El Vampiro” tocó el rasgueo acústico de La célula que explota, el entusiasmo fue total: «Hay veces que no tengo ganas de verte…».

El tan esperado regreso fue en octubre de 2011, en el Estadio Municipal. Los precios, inalcanzables para la clase trabajadora, atrajeron a un público snob más preocupado por figurar que por disfrutar. La magia era otra. En marzo de 2022 tocaron de nuevo en el Josefa Ortiz de Domínguez. Los precios, una vez más, excluyeron al pueblo. ¿Para qué insistir? La clase trabajadora sigue sin acceso.

Deja un comentario