Etiqueta: Cine

  • Good Will Hunting

    Good Will Hunting

    Por Raúl Álvarez Huerta I Rock & Raul

    Good Will Hunting (Mente indomable, 1997) vino a impactar a los persistentes en el cine de argumento: ese cine que deja mensajes sustanciosos en el cinéfilo, los guarda en su interior, los comparte y, quizá, logra hacerlos parte de su vida, de su filosofía personal. Robin Williams, Matt Damon y Ben Affleck conforman el elenco estelar que da vida a Sean Maguire, Will Hunting y Chuckie Sullivan. Tras su estreno y la obtención de dos premios Óscar, la película apareció en el catálogo de Videocentro. La cinta está basada en un hecho real sucedido justamente en la ciudad donde se ambienta, con locaciones en Boston, el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y la Universidad de Harvard, consideradas por especialistas como las mejores universidades de Estados Unidos, ambas de prestigio académico e investigativo a nivel internacional. En esa misma línea competitiva, el autor resalta la importancia nacional de la UAG (Tecos), la UNAM (Pumas) y el ITESM.

    Mente indomable (1997) relata la historia de un joven reprimido, deprimido y violento; en síntesis, un inadaptado social. Hasta ahí, todo normal, nada trascendente. Salvo por un detalle: Will Hunting posee un coeficiente intelectual de grado superior. Según la famosa gráfica de clasificación del CI, el promedio de 90 a 109 lo tiene el 47% de la población; el resto se distribuye en minorías: de 110 a 119 puntos (inteligencia superior), de 120 a 129 (muy superior) y de 130 a 139 (dotados), apenas un 2.3% de la población. El CI de Will es de 160.

    Para llegar a su trabajo de intendente en el MIT, Will debe atravesar la ciudad. Podría encontrar empleo cerca de su modesta vivienda, pero viaja todos los días en metro para limpiar pisos… y, cuidándose de que nadie lo vea, resolver planteamientos matemáticos aptos solo para mentes brillantes, expuestos en un pizarrón de uso común para que los estudiantes del Tecnológico los intenten resolver, reto complicado para la mayoría. Will los soluciona sin mayor esfuerzo.

    El profesor Gerald Lambeau (Stellan Skarsgård), un académico obsesionado con la fama por encima de valores humanos, lo descubre. Prestigiado catedrático, arenga al alumnado a volverse matemáticos célebres. Pronto percibe las conductas antisociales de Will, pero también la satisfacción de haber encontrado una mente excepcional. Se asume como su tutor. Will acepta las condiciones de tutoría con la garantía de obtener su libertad tras verse involucrado en una pelea callejera. Gerald obtiene un triunfo parcial, pero su descubrimiento necesita terapia: Will es rebelde, no tolera la autoridad, es huérfano y vive solo. El profesor lo canaliza con colegas psicólogos, sin éxito. Will no se deja domar. Queda una última opción: Sean Maguire, especialista en casos espinosos. Tras una primera sesión difícil, Sean acepta el desafío; será el encargado de llevar a buen puerto a su complicado paciente. Siente que puede con esa mente indomable.

    Chuckie Sullivan es su mejor amigo. Trabajan como albañiles, viven para beber cerveza, ver béisbol y practicarlo. Chuckie guarda cosas sobre Will y, cuando se las expresa, el joven matemático se incomoda ante las expectativas que su amigo tiene de él. Chuckie sabe que jamás será un gran estudiante, es consciente de sus limitantes, pero no siente envidia: sabe que Will está parado sobre un billete de lotería y no es capaz de cobrarlo. Desea verlo codeándose con alumnos y egresados en las grandes ligas del conocimiento.

    Skylar (Minnie Driver), su novia, estudia en Harvard y es dueña de una considerable herencia, situación material que no altera sus relaciones personales. Tampoco afecta su noviazgo con un chico de extracción humilde pero dotado de una inteligencia que la atrae, aunque también ve en él otros valores. Lo único que le pide es que la ame y se vayan a vivir juntos a California. Skylar es su alma gemela, una pieza necesaria para completar la terapia de su vida: su coeficiente intelectual es lo de menos.

    Sean y Will entablan una relación de amistad que rebasa el esquema psicólogo-paciente. Gerald está ansioso porque su protegido sea dado de alta, pero ni al psicólogo ni al paciente les importa la prisa: en ambos han nacido expectativas de vida en las que no caben los planes que Gerald tiene para Will. Con todo, la terapia de Sean ha logrado avances. Sean es viudo, pero ha decidido volver al juego del amor; su paciente le ha permitido ver cosas que él mismo no podía —el psicólogo no se cura a sí mismo— y, de paso, ha ayudado a Will a descubrir qué quiere.

    Will Hunting es la mente brillante que resuelve fórmulas imposibles, jugando a las escondidas con las autoridades académicas, alimentando su alter ego al sentirse superior a profesores y alumnos. Con todo su dinero, no podrían hacer lo que él hace por simple pasatiempo. Eso no le importa a Skylar: ella ama a Will, no al joven dotado. Gerald lo quiere para ganar fama internacional; Sean solo desea lo mejor para él; Chuckie, también. Al final, Will toma la mejor decisión: ir a California en busca del amor de Skylar.

  • Atrapado sin salida

    Atrapado sin salida

    Por Raúl Álvarez Huerta

    «La indiferencia es una forma de pereza y la pereza es uno de los síntomas del desamor. Nadie es haragán con lo que ama».

    En 1975, Jack Nicholson sorprendió a propios y extraños con su nueva película. Atrapado sin salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest), basada en la novela homónima de Ken Kesey, llenó las butacas de los cines mexicanos; Querétaro no fue la excepción. Los nuevos y modernos Cinemas Gemelos de Zaragoza y los Cinemas Las Américas mantuvieron la cinta en cartelera durante semanas intercaladas, y en los extintos festivales de PECIME nunca faltaba. Con el tiempo, y de forma extraña, esos festivales desaparecieron.

    Por otra parte, los cines Alameda, Reforma, Premier 70 y Teatro Plaza dejaron de ser las únicas opciones para ver cine —con todo y su “permanencia voluntaria”—. En otro orden de ideas, la cereza en el pastel del cine mexicano llegaría en el sexenio de López Portillo con el boom del cine de ficheras; en contraste, en el sexenio anterior se había impulsado el cine de argumento, más reflexivo y plausible.

    Randle Patrick McMurphy es el personaje central que Jack Nicholson se encarga de volver sobresaliente. El director y los productores le otorgaron total libertad en los diálogos y en la actuación. Según sus biógrafos, Jack era realmente él mismo: no estaba actuando. La actriz Louise Fletcher dio vida a la siniestra enfermera Ratched, y con ello ambos protagonistas volvieron histórica la película. No sabemos cuánto se apropió Fletcher de su personaje, pero no hay duda de su magnífica actuación, marcada por un trastorno de identidad cubierto de misterios, algo muy común en la vida real entre gerentes o jefes de área en los centros laborales. He preferido no llamarlos de otra manera.

    Durante dos horas y trece minutos, los amantes del séptimo arte se mantuvieron expectantes en sus butacas. R. P. McMurphy era un tipo antisocial y peligroso, con el cual había que estar atento a cada gesto y cada interacción, sobre todo al enfrentar la autoridad de la enfermera Ratched, con su mirada malévola y analítica, su mente misteriosa e impenetrable.

    Justo después de que la Academia otorgara cinco premios Oscar al filme galardonado, en marzo de 1976 vimos en cartelera Atrapado sin salida. En la ceremonia, cuando Nicholson subió a recibir la codiciada estatuilla y, siguiendo el protocolo, se dirigió a los asistentes, hizo gala de su habitual sarcasmo al decir:

    «Con este premio me convenzo de que los jueces de Hollywood están tan locos como yo».

    Los aplausos y las risas fueron inevitables entre los invitados, actores, productores y prensa. Durante años, la entrega de los Oscars fue una tradición anual que Televisa transmitía el tercer lunes de marzo, por la señal de XHGC Canal 5 a las nueve de la noche, con conductores expertos en inglés y en cine, cuando la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood aún tenía mucho que premiar. Hoy las cosas son distintas: a Televisa hace años que dejó de interesarle tener los derechos de transmisión de una ceremonia cada vez más comercial y devaluada. La alfombra roja, más frívola que nunca.

    R. P. McMurphy es un inadaptado social que rompe con los esquemas que el mercado capitalista impone en sus códigos no escritos. En los regímenes comunistas, las cosas no eran muy diferentes: la «dictadura del proletariado» no era más que una quimera que el sistema vendía. En ambos casos, la clase trabajadora debía sujetarse a su condición esclava. Pero McMurphy no estaba dispuesto a seguirles el juego: prefería estar en un manicomio que en un centro de trabajo cumpliendo el rol de «persona útil» para la sociedad.

    En la novela clásica de Gustave Flaubert, Madame Bovary, el señor Homais es el personaje que triunfa sin que nadie le refute sus ideas. El origen de esa falta de respuestas radica en la ausencia de palabras adecuadas para rebatirlo. En Atrapado sin salida vemos un caso similar: ante la falta de argumentos convincentes para contradecir a McMurphy, el doctor John Spivey (Dean Brooks), director del hospital psiquiátrico, no tiene otra opción que integrarlo al resto de los pacientes. Las evidencias de los delitos de su nuevo interno son incuestionables, y el doctor no está dispuesto a ocupar su tiempo en conocer los problemas internos de McMurphy.

    El diario de un loco es un texto del novelista ucraniano Nikolái Gógol, escrito en 1835. En los años ochenta, el actor mexicano Carlos Ancira lo llevó al teatro en formato de monólogo, con gran éxito y una gira por todo el país. La trama gira en torno a Leonardo Ivanovich, un burócrata que vive una monotonía autodestructiva y escribe en su diario lo que percibe de sí mismo, de sus compañeros, amigos y familia. Poco a poco, Ivanovich desciende a la locura.

    ¿Pero cuáles eran sus argumentos para estar al borde del abismo existencial? Nada fuera de lo común: simplemente quería ser feliz. Para su mala fortuna, y pese a sus intentos por ser aceptado, solo encontró rechazo y segregación. Igual que McMurphy, Ivanovich es un rebelde que defiende su derecho a ser libre; pero cuando el destino los alcanza, su final no es feliz. Nunca lo es.

    Mientras Atrapado sin salida se filmaba, el establishment estadounidense sufrió una sacudida no vista desde la muerte de JFK. Esta vez, la noticia que atrajo la atención mundial fue la renuncia de Richard Nixon a la presidencia. Por horas, Estados Unidos se quedó sin autoridad, y el caso Watergate tomó nuevas direcciones. A esto se sumó la inminente derrota en Vietnam: la sociedad norteamericana se hundía en el bache del sinsentido. McMurphy era, precisamente, el arquetipo del ciudadano estadounidense viviendo en ese socavón social.

  • Ese ruido: un cortometraje de Sebastián Isla

    Ese ruido: un cortometraje de Sebastián Isla

    Por Luna Negra

    Hay ruidos que no vienen del exterior, sino de las grietas internas: los ecos de una culpa, un recuerdo o una palabra no dicha. Ese ruido, cortometraje de Sebastián Isla basado en un relato de Juan Antonio Isla, es justamente eso: una inmersión en la conciencia atormentada, en ese instante donde lo cotidiano se distorsiona y la mente se convierte en un laberinto de sonidos y sombras.

    Protagonizado por Diego Calva, el filme propone una experiencia sensorial donde el espacio —una casa, un pasillo, una escalera— se vuelve metáfora del encierro interior. Isla traslada al lenguaje cinematográfico la tensión latente del cuento original, en una pieza que oscila entre la realidad y la percepción distorsionada.

    La cinta, producida por Búho 44, con fotografía de Gabriel Selassie y diseño sonoro de Jerónimo González, se sostiene en una atmósfera de extrañeza sostenida por silencios precisos y miradas que inquietan.

    La proyección de Ese ruido será el 9 de octubre de 2025 a las 17:00 horas en la Cineteca Rosalío Solano, una oportunidad para descubrir cómo la narrativa literaria de Juan Antonio Isla encuentra, en la cámara de Sebastián, una nueva resonancia: la del cine que escucha lo que nadie quiere oír.

  • Preludio

    Preludio

    Por Raúl Álvarez Huerta

    Querétaro y sus múltiples terrazas bien podrían ser una locación ideal para retratar un preludio de actores espontáneos y residentes de esta ciudad, notados de manera incógnita o, en su defecto, con el ánimo de no ser vistos, cuando el amor es un acto de dos seres terrenales ávidos de protagonizar el anuncio de algo personal. Lugares idóneos para esos encuentros hay varios en esta parte de la República mexicana. Santiago de Querétaro no es la excepción.

    La terraza del bar del hotel boutique Azpeytia; el mirador del barrio de la Cruz a un lado de la Rotonda de Queretanos Ilustres; el bar panorámico del hotel Holiday Inn Diamante; la terraza de la suite del hotel boutique La Casa de la Marquesa; la Plaza Náutica de Juriquilla; la terraza del edificio Corporativo Blanco en prolongación Tecnológico; y el mirador del fraccionamiento Loma Dorada, junto con algunas de sus calles adyacentes, son sólo algunos de esos lugares que el director Eduardo Lucatero podría considerar en un futuro, pensando en su capacidad de elaborar este tipo de guiones en Querétaro.

    Preludio (2010) es una película de manufactura nacional que, sin mayores aspavientos, resultó ser una realización con matices y relieves que se salen de lo convencional y lo comercial. Es el tipo de cortometrajes que suceden —o suelen suceder— en la terraza de un edificio de departamentos en la Ciudad de México, más específicamente en el sur; concretamente en la alcaldía Benito Juárez, no muy lejos del World Trade Center e Insurgentes Sur.

    Ana Serradilla y Luis Arrieta, junto con Tiaré Scanda, bajo la dirección de Eduardo Lucatero —el mismo director que llevó a la pantalla grande Corazón marchito (2007), película en la que también actúa Ana Serradilla con Mauricio Ochmann—. La misma actriz que participó en Todo incluido (2008), con Jesús Ochoa y Martha Higareda. Ana es también la protagonista de Cansada de besar sapos (2005) y de la versión mexicana de La boda de mi mejor amigo (2009), refrito del film donde Julia Roberts es la protagonista (La boda de mi mejor amigo de 1997).

    Preludio es una peli de encuentros y desencuentros que pasan a diario en la pretenciosa clase media de la capital del país. Son los actores que, en la vida real, es muy fácil encontrar comiendo o de compras en la Condesa, la Roma, Polanco o por San Ángel, en la plaza San Jacinto. Ella es chef y no termina de resolver su vida familiar con su hermana Cecilia, que vive necesitada de todo tipo de halagos solo por haber asumido un rol social que nadie le obligó a tomar: la típica integrante de una familia disfuncional mexicana que, por exorcizar sus demonios internos, se siente la patriarca del clan. Cecilia y su amiga Mariana se creen el pluscuamperfecto de todo lo que les acontece. Ella no les compra ese papel.

    Él es un aspirante a rockstar, pero no desdeña vivir el momento, aunque debe clausurar su pasado y darle vuelta a la página. Ella, aun realizada como chef, no deja de arrastrar un pasado marcado por viejos sucesos, mientras su hermana insiste en reclamarle una supuesta actitud no condescendiente desde la adolescencia. Él no deja de soñar con ser famoso algún día.

    Mientras tanto, la terraza es un buen lugar para entablar una charla interesante que no raya en lo irrelevante gracias a los argumentos expuestos. El director logra atrapar a los cinéfilos ávidos de ver cine distinto a lo que TV Azteca y Televisa programan sábado a sábado. Difícil creer que estos medios no tengan algo mejor que ofrecer que sus insípidas películas. Preludio no aspira a un Oscar ni compite con los criterios ortodoxos de Hollywood y sus millones de dólares. Sin embargo, fue a Europa y en los círculos culturales del viejo continente logró algunos reconocimientos —tema que los noticiarios mexicanos omitieron, junto con sus programas matutinos insípidos.

    Insólito que Televisa siga reprogramando sus series lacrimógenas de los ochenta, o que TV Azteca siga haciendo de la chismografía su mayor fuente de ingresos, secundada por Imagen Televisión con sus reality shows igualmente ridículos. Todo un reflejo de su propia pobreza cultural y de un voyerismo barato que, increíblemente, genera millones para los magnates, quienes poco hacen por mejorar este país. La cultura importa a pocos. Preludio muestra que no se necesita mucho presupuesto ni tecnología para lograr una peli que, al menos, ofrezca un entretenimiento más digno que lo que todas las tardes y noches difunde la televisión mexicana.

    Qué más da… seguiremos apagando el televisor para ir a YouTube a buscar una peli mexicana, sin costo y sin comerciales. El nuevo cine nacional entretiene y regala hora y media de esparcimiento. Preludio es un buen pretexto: ella y él en una historia donde la química flota cerca, en diálogos y sobre todo en un lenguaje corporal que dice mucho más que las palabras. Entre ellos hay algo más que química.

    Ana Serradilla se ha consolidado en este tipo de cine, y lo hace bien. Preludio nos muestra que para que surja la magia de la alquimia del amor no hace falta viajar a paraísos prefabricados en playas mexicanas o islas griegas que la mercadotecnia vende como sueños inalcanzables para clases pudientes, disfrazados en paquetes all inclusive o tiempos compartidos que muchas veces son fraude.

    Una terraza en cualquier ciudad es un buen lugar para construir una amistad con alguien que atraiga, distraiga y retroalimente el diálogo. Cuando todo es causal y no casual, la vida en pareja funciona mejor al decidir vivir el momento en el breve espacio compartido. La coyuntura es coincidir como vecinos de este mundo terrenal, donde el amor de independencia y de codependencia con seres seudodependientes suele estar en el aire. Esas resonancias infantiles —heridas que nunca cierran y que, en el mejor de los casos, se encapsulan por un tiempo— alimentan las partes neuróticas que hacen parecer que todo es amor. Pero cuando el amor se va, todo queda igual o peor, y él o ella se vuelven más tóxicos en sus futuras relaciones. Temas que, a fin de cuentas, logran que existan las canciones de amor… o desamor, odio, resentimiento, celos, despecho. Ser o no ser, esa es la cuestión.

  • «La mecánica nacional» de «Qué nos pasa»

    «La mecánica nacional» de «Qué nos pasa»

    Dedicado a Héctor Suarez, el camarada Tirantes.

    Mecánica nacional fue la película que se estrenó en 1972 y que, en la praxis popular de nuestra idiosincrasia, mantiene vigente su temática. La formulación de hipótesis sobre ello le corresponde a los especialistas en antropología y ciencias políticas. Gregorio es el personaje que Héctor Suárez interpreta de manera inmejorable. El actor, a lo largo de su exitosa carrera, tuvo el talento innato para adentrarse en la psique de sus personajes; él no «actuaba» lo que representaba, sino que le daba vida, le daba alma. Antes que nada, el señor Suárez era un mexicano convencido de su labor y compromiso consigo mismo y con los habitantes de este país. La comicidad fue su vínculo con la sociedad, la risa…

    Lagunilla mi barrio, llevada a la pantalla grande en 1980, representó la aproximación de una realidad plasmada en el celuloide que conmovió a miles de cinéfilos, y más aún, a una incontable cantidad de mexicanos que vivían en el otrora Distrito Federal. El estreno de la película en los barrios y colonias de la ciudad de México fue una prolongación de la vida real de las personas que se identificaron con su reparto.

    El mil usos vino a consolidar la carrera artística de Héctor Suárez. Su estreno fue espectacular; la clase trabajadora de México no concebía dejar de verla. La película mostraba una provincia mexicana tan preconcebida como lo estaba la vida de los habitantes de la capital y su zona conurbada. En ese año, el Distrito Federal ya no quería más migración; sin embargo, a diario llegaban a la megápolis miles de personas dispuestas a iniciar una nueva vida, al costo que fuera. El smog ya era un problema grave, tanto como la inmovilidad social, pese a contar con el Sistema de Transporte Colectivo Metro. Los chilangos se multiplicaban como peces en el agua y no había forma de controlar —o siquiera moderar— la migración al centro político del país.

    ¿Qué nos pasa? sorprendió a propios y extraños en 1986, alcanzando pronto los niveles de audiencia esperados. “El Tigre” Emilio Azcárraga Milmo y el productor Emilio Larrosa estaban de plácemes. Los personajes que Héctor Suárez interpretaba cada martes por la noche, con un estilo humorístico envuelto en sarcasmo “a la mexicana”, lograron altos ratings. Los anunciantes deseaban colocar sus productos en la barra de comerciales de Chapultepec 18. “El no hay” y sus ademanes se repetían en hogares y centros de trabajo; Ciriaco era objeto de burlas y motivo de comentarios en reuniones, lo mismo que Tránsito López y Tomás.

    La Cosa fue la continuación de ¿Qué nos pasa? a principios de los años noventa, coincidiendo con el cambio de Imevisión a TV Azteca. El talento de Héctor Suárez seguía intacto; su creatividad no menguó tras su salida de Televisa, pese a los rumores. La Cosa continuó divirtiendo a un sector importante del público los martes a las nueve de la noche. El actor de primer orden seguía dando vida a personajes con los que cualquiera encontraba semejanzas en su entorno social, y, siguiendo la línea de sus películas y programas, se mantenía asertivo con actuaciones plausibles y loables.

    En entrevistas posteriores —ya en el nuevo milenio y sin compromisos con las empresas para las que trabajó—, Héctor Suárez no tuvo reparo en exponer sus ideas sobre toda su trayectoria. Era natural que los entrevistadores tuvieran decenas de preguntas sobre su labor en las últimas tres décadas del siglo XX, y él no se andaba por las ramas ni evadía respuestas. El Tirantes explicó lo que siempre quiso transmitir con sus personajes: proyectar a miles de mexicanos que se reían con sus actuaciones. Su amor por México jamás estuvo en duda. Usó a la industria cinematográfica, a Televisa y a Imevisión para sus fines sociales. Muy en el fondo, habría querido ver una reacción distinta de quienes se carcajeaban con sus creaciones, pero nunca fue así; y eso, quizá, le generó cierta amargura. Héctor Suárez estaba lleno de conciencia social y habría deseado ver un México mejor antes de partir, pero tampoco fue así. La opinión que tenía de su pueblo nunca la expresó como algunos críticos habrían esperado; sin embargo, dijo «verdades» que incomodaron a muchos ciudadanos de este país… su país… nuestro país.

  • La alienación como arte: Cristian Martín Padilla Vega presenta su nuevo libro en Galería Libertad

    Querétaro, Qro. — La tarde del jueves 19 de junio se volvió escenario de un diálogo vibrante entre el pensamiento, el arte y la subjetividad creadora. A las 19:00 horas, en la sala principal de la Galería Libertad, se llevó a cabo la presentación de La alienación del yo y la creatividad en la semiótica, el más reciente libro del poeta y doctor en artes Cristian Martín Padilla Vega, publicado por la editorial Helvética.

    La mesa estuvo integrada por Carlos Campos, editor del sello, el académico y crítico cinematográfico Juan José Lara Ovando, y el propio autor. Cada uno de ellos aportó una lectura distinta pero complementaria de la obra, que fue recibida con entusiasmo por un recinto lleno de asistentes del ámbito cultural, académico y artístico de Querétaro.

    En su intervención, Carlos Campos subrayó el planteamiento central del ensayo: “Padilla Vega articula un planteamiento audaz: la alienación del yo —ese desdoblamiento doloroso que toda subjetividad creadora enfrenta en el acto artístico— no es una falla, sino un motor de la expresión simbólica. Y el arte, en lugar de curar esa fractura, la vuelve visible y la transmuta en belleza.”

    Por su parte, Lara Ovando aportó una lectura lúcida desde la dramaturgia y el cine. Destacó la capacidad del autor para integrar la figura de Tennessee Williams al análisis estético y sociológico, colocándolo junto a otros grandes como Eugene O’Neill, Arthur Miller y Neil Simon: “Williams representa, tal vez como nadie, la condición del yo enfrentado a la sensibilidad del artista”, apuntó el especialista.

    El autor, visiblemente conmovido, compartió con el público el origen de esta obra, que nace de su tesis doctoral en artes, así como su gratitud por contar con un prólogo del filósofo Mauricio Beuchot. También reflexionó sobre el cuerpo del actor como un signo viviente, sobre la hermenéutica como herramienta propicia para la comprensión de la vida y obra del artista, y sobre la creación artística como una forma de habitar la fractura sin necesidad de negarla, lejos de equivocismos y univocismos.

    La presentación se convirtió en mucho más que un acto editorial: fue una conversación interdisciplinaria entre la filosofía, el arte escénico, la poesía y la teoría crítica. El público participó con preguntas y comentarios que evidenciaron el interés por una obra que, como pocas, apuesta por la profundidad conceptual sin renunciar a la sensibilidad estética.

    La alienación del yo y la creatividad en la semiótica forma parte del catálogo de Helvética, una editorial queretana que continúa abriendo espacio a voces críticas e innovadoras dentro del panorama literario contemporáneo. El libro ya está disponible en Amazon, en Helvética y próximamente en librerías independientes.

    La noche cerró con una cálida firma de ejemplares y un ambiente de celebración por la palabra pensada y sentida. En tiempos de discursos simplificados, Padilla Vega nos recuerda que la complejidad también puede ser un acto de libertad y belleza.

    *Fotografías: Mónica Zárate