Las olas apenas los balancean, pero el silencio pesa más que el salitre. A bordo de la balsa, el tiempo es una línea tensa entre el vacío del cielo y el abismo. No hay brújula; sólo el roce rítmico del agua contra la madera porosa que empieza a beberse el océano. Al horizonte, una luz parpadea. No es un faro, ni una isla. Es el reflejo de la luna sobre los restos de una embarcación que repite su naufragio.
A pie de lago. Fotografía por Héctor Alejo Rodríguez al borde del Lago de Cuitzeo.
Ahora que Patricia está en Tierra del Fuego, una ciudad que, al contrario de su nombre, es sumamente fría, se acuerda de sus días de estudiante. Todo fue muy rápido. Sin saber por qué, aprendió cinco idiomas. Hablando con la gente, llegó hasta el sur y cada día tenía que decir un discurso en un nuevo idioma para ganarse el pan. Cuando pasaba frente a la escuela de idiomas, subiendo una colina muy larga, con casas adornadas de flores y enredaderas, pensaba que luego de los estudios encontraría un lugar para ella.
Esta semana, por ejemplo, se juntó con unos italianos y les mostró la ciudad. Ellos le dieron una moneda plateada que ella pudo intercambiar por un sándwich y una noche más de hospedaje. El martes tuvo que subir por los cerros, mostrando las galerías de arte a unos franceses que estaban fascinados y que escondían muy bien el miedo; ellos tampoco tenían ya muchas monedas plateadas, pero no podían dejar que esto se notara. Y así sobrevivían los habitantes de la ciudad, mientras unos pulpos enormes coleccionaban monedas dentro de la ciudad. Porque en estos intercambios de palabras y sonrisas nerviosas, donde se movían las monedas plateadas sin detenerse, había excesos de dinero que iban a las manos de unos ancianos marinos, que también estaban asustados. Medio ciegos, vivían en cuevas rodeadas de arañas venenosas.
Mientras las noches de Patricia se iban en seguir estudiando idiomas, buscando la palabra correcta para que se abrieran las puertas —porque estaba a la deriva, tanteando el terreno, pasando el tiempo entre cervezas y lágrimas—, a veces no alcanzaba propina y entonces se quedaba en casa, durmiendo. Durante la noche, de alguna manera, las cosas se arreglaban y se le regalaba la perspectiva de otro día; pero se daba cuenta de que se le estaba agotando la fuerza, de que no podía darles a los ciudadanos de aquella ciudad los conocimientos que buscaban: unas matemáticas avanzadas para seguir construyendo casas de madera y blindar toda la ciudad, porque estaban preocupados. Aunque sonreían y estudiaban historia y matemáticas, tenían a veces, en la noche, sueños con animales parlanchines que los perseguían en medio de la oscuridad, con dardos en las manos.
Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.
sólo una frase de la historia más bonita jamás contada,
de mi ser, de mi espíritu, de mi palabra…
un poco de mis rarezas, de mi pensamiento… de mi alma.
Entregué al viento un beso de amor,
confié en él para que te lo llevara…
era parte de mi corazón… era un beso de amor…
era tan bonito que nos lo robó.
No estás sola
Mira, el atardecer se fue…
y nos ha dejado solos
en la caverna del miedo;
ya sabes que ha de volver,
pero nosotros ya nunca volveremos…
si crees que nada es como ayer,
no estás sola,
más allá de mis ser,
siempre permaneces en mi pensamiento.
Mira, no llegaron las rosas de San Valentín,
y te crees olvidada
en el horizonte de tu carne…
si ya no hay flores para ti,
recuerda que aún te quedan amantes…
uno para regar tu jardín,
el resto llegará en cada
invierno; no estás sola,
si aún crees en mí, vendrán para abrigarte.
Mira, cenizas en las manos,
y escarcha en los besos
que aún nos quedan en nuestra cama…
es la madera quemada de los años,
es la soledad tejiendo sus telarañas;
cuando creas que alguien se ha marchado,
mira dentro de ti por si has olvidado
que no estás sola,
que quien te ha amado te seguirá
despertando cada mañana.
Alexander Salow es un autor contemporáneo conocido por escribir obras de ficción, incluyendo títulos como La muerte de Lili, centrados en temas dramáticos y narrativas personales. Su canal en YouTube está disponible aquí: https://www.youtube.com/@AlexanderSalow-bf6sq
En la historia siempre ha habido una serie de oscilaciones del péndulo, pero el individuo no tiene que quedar atrapado en eso. Robert Johnson, músico.
La Conquista de México es, para muchos historiadores, uno de los episodios de mayor magnificencia en la historia universal. Así lo afirman no pocos especialistas del planeta en la inconmensurable cantidad de libros dedicados a este proceso, textos que reposan en las principales bibliotecas del mundo y que, penosamente, en algunos casos resultan difíciles de encontrar en las librerías de la República mexicana…
Por un minuto yo tenía la llave; al siguiente, las paredes se cerraron ante mí. Y descubrí que mis castillos estaban construidos sobre pilares de sal y pilares de arena.
“Viva la vida” es la rola de Chris Martin que bien cabe en estos tejidos nacionales. Con la llegada de Hernán Cortés a la capital azteca, sus tropas pudieron constatar que, al igual que en Castilla y Aragón, aquí también gobernaba un emperador, un tlatoani… un rey. Cristóbal Colón inició la aventura de la conquista de nuevos territorios la madrugada del 12 de octubre de 1492, cuando desembarcó en la isla de Guanahaní. Hernán Cortés la consolidó simbólicamente con la caída de la gran Tenochtitlan, el 13 de agosto de 1521.
Ambos, con sueños de grandeza y ansias de dominio sobre un continente aún no llamado América; sin embargo, en el norte, los ingleses no se los permitirían. Moctezuma, como máximo jerarca; luego Cuitláhuac y, finalmente, Cuauhtémoc, no pudieron evitar que los soldados españoles, en alianza con los pueblos enemigos de los mexicas, consumaran la Conquista de México. A partir de ese momento y durante tres siglos, tendríamos un nuevo monarca.
Con los chichimecas, las cosas serían distintas. En el camino de Tierra Adentro, Querétaro y sus misioneros, con sede en el Convento de la Cruz, serían parte imponderable de un escenario de guerra que se prolongaría hasta bien entrado el siglo XVII. En teoría, los aztecas habían sido sometidos; a los chichimecas no. Tampoco a los apaches del norte de México.
Yo solía tirar los dados, sentía el miedo en los ojos de mi enemigo. Escuchaba cómo la gente cantaba: «ahora que el viejo rey ha muerto, ¡larga vida al rey!».
“Viva la vida” de Coldplay tiene, además, una connotación mexicana por el cuadro que Frida Kahlo pintó en 1954, hoy resguardado en el museo que lleva su nombre, en la alcaldía de Coyoacán (CDMX). Según biógrafos del mundo del rock pop internacional, la razón de esta referencia radica en la profunda admiración del vocalista Chris Martin por la pintora mexicana y esposa de Diego Rivera. En el mismo tenor histórico, la letra de la rola aborda también el tema de la Revolución francesa, durante el reinado de Luis XVI.
Yo gobernaba el mundo, los mares se levantarían cuando di la palabra; ahora, por la mañana, duermo solo, barro las calles que solía poseer…
El ritmo de la canción es pegajoso y luminoso para quienes gustan del rock en sus diversas variantes. Los violines suenan excelsos. Y en vivo, “Viva la vida” invita no sólo a disfrutar la rola, sino también la vida misma, el rock alive. Para muchos optimistas, es una invitación a no perder la fe cuando esta se vuelve una búsqueda constante; a creer en lo que no se ve.
Un minuto sostuve la llave; luego, las paredes se cerraron sobre mí, y descubrí que mis castillos permanecen sobre pilares de sal y pilares de arena. Escucho que las campanas de Jerusalén están sonando; los coros de caballería romana están cantando.
“Viva la vida”, por su propia virtud, es el tipo de composiciones que obligan a conocer la traducción desde múltiples perspectivas y contextos históricos. Es una referencia histórica y universal que no pierde vigencia entre quienes siguen encontrando claridad en los personajes que habitan los libros y en quienes los leen. La rola encierra diversas paráfrasis y su fraseo produce un ritmo que la vuelve trascendente: la trascendencia de un rey que pierde su trono y sus paralelos cotidianos en los mortales de a pie, personas de carne y hueso, donde los rockstars no son la excepción. Ellos también son susceptibles de perder su trono.
Son entes sociales que, de la nada, logran alcanzar la cumbre de sus ambiciones y que, del mismo modo, un día lo pierden todo. En el mundo del boxeo mexicano, este fenómeno es un denominador común entre algunos de sus ídolos. La mayor virtud del boxeo es evadir los golpes; sin embargo, en la vida real, muchos boxeadores no aplican esa técnica para esquivar los derechazos de la existencia cotidiana. Evadir los golpes de la vida es una metáfora que, tristemente, pocos logran entender y terminan perdiéndose en el ostracismo.
Sé mi espejo, mi espada y escudo, mis misioneros en un campo extranjero; por alguna razón que no puedo explicar, una vez que vas, nunca hubo una palabra honesta…
Algunos lo hacen por voluntad propia, por la llamada “puerta falsa”, y de manera irónica alcanzan así la inmortalidad: en vida fueron poco conocidos o reconocidos, pero con su fallecimiento aseguran la perpetuidad social. En casos aislados, algunos ya eran referentes en vida, aunque no es la constante. Los ejemplos abundan y, en el terreno que aquí nos ocupa —rock and roll music—, basta mencionar a Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain o Amy Winehouse.
Derribó las puertas para dejarme entrar; ventanas rotas y sonido de tambores. La gente no podía creer en lo que me convertí. Los revolucionarios esperan mi cabeza en un plato de plata…
En otro orden de ideas, y siguiendo paralelos y similitudes, lo observamos en el andar cotidiano de un mundo competitivo generado por la aldea global y el capitalismo salvaje. Todo se acomoda en el cajón de los escalones sociales y económicos, en la pirámide de las diferencias. Lo que pone en evidencia la metáfora de la canción son los medios utilizados por quienes se trepan al ladrillo de lo superfluo, lo mundano y lo material: grotescos y vulgares maquiavelos que recurren a toda clase de artimañas para llegar a donde se proponen. Es la megalomanía de quienes se sienten más importantes de lo que realmente son; delirios de grandeza que los llevan a creerse poseedores de cualidades extraordinarias. En síntesis, la letra de la rola es, por demás, claridosa.
Sé mi espejo, mi espada y escudo… escucho que las campanas de Jerusalén están sonando, los coros del Calvario romano están cantando.
Continúa cuando estés desalentado, porque donde no hay fe en el futuro, no hay poder en el presente.
En el colegio, mis clases favoritas siempre fueron las de historia; sin embargo, algunas veces los maestros solamente nos inundaban de fechas que había que memorizar, sin adentrarnos mucho en los porqués de la historia y de los hechos —Claro que la pasión o el rechazo hacia una asignatura tenía mucho que ver con el maestro en turno—. Aunque debo decir que a mí siempre me gustó ir más allá del temario e investigar por mi cuenta, mientras algunos de mis compañeros sólo se dedicaban a saber lo mínimo indispensable para el examen y algunos otros, ni eso: a pasar en blanco. Por eso, lo confieso, siempre he sido una nerd.
Por el contrario, mi “coco” fueron las matemáticas, «ciencia que inventara Satanás», se lo oí decir a algún profesor mientras sufríamos con el cálculo diferencial. Las mates no me derrotaron, ya que ciertamente me gradué con una maestría en economía, aunque seguí padeciendo las clases de econometría y microeconomía avanzada. La econometría es odiada entre los estudiantes de economía debido a su rigor matemático; frecuentemente es citada como una de las clases más difíciles de la carrera, ya que integra la teoría económica con matemáticas avanzadas y estadística para resolver problemas.
Veinte años después, el destino me llevó a dar clases de español y literatura en Estados Unidos, pero la vida siguió llamándome hacia la parte histórica. Desde el año 2018 comencé a apasionarme por la memoria histórica, lo que me condujo a escribir mi primer libro: Memorias de Tierra Adentro, una novela histórica sobre México y, en particular, sobre Querétaro, mi ciudad de nacimiento, combinando la historia nacional con la genealogía y la memoria familiar.
La memoria histórica es un concepto de la historiografía relativamente reciente, atribuido a Pierre Nora, historiador francés y uno de los representantes más destacados de la Nueva Historia Francesa, conocido por sus trabajos sobre identidad y memoria. No obstante, es importante señalar que la recreación de los hechos históricos ha sido un tema recurrente en todas las artes desde el origen de la humanidad.
En la literatura, la novela histórica como género literario occidental contemporáneo tiene sus bases en las obras de principios del siglo XIX de Sir Walter Scott —considerado el creador del género por novelas como Waverley e Ivanhoe— y de sus contemporáneos: Víctor Hugo (Nuestra Señora de París, Los miserables); Alessandro Manzoni (Los novios); Alexandre Dumas (Los tres mosqueteros); León Tolstói (La guerra y la paz, considerada una obra cumbre del género); Henryk Sienkiewicz (Quo vadis?); James Fenimore Cooper (El último mohicano); Theodor Fontane (Antes de la tormenta); y, más adelante, Umberto Eco con El nombre de la rosa.
Es necesario hacer una distinción importante: la diferencia fundamental entre la novela histórica de rigor y la ficción histórica —es decir, la historia novelada— radica en el grado de fidelidad a los hechos históricos. La novela histórica busca recrear un periodo del pasado con rigor, incluyendo personajes y eventos reales; mientras que la ficción histórica utiliza la historia como telón de fondo y se permite mayor libertad creativa, con personajes y tramas inventadas. Es decir, la novela histórica se centra en la verosimilitud histórica, mientras que la ficción histórica prioriza la narración inventada sobre el marco histórico. No obstante, para el lector no especializado, muchas veces resulta difícil distinguir una de la otra. Tradicionalmente, se considera que las obras del género deben escribirse al menos cincuenta años después de los hechos narrados —aunque hoy algunos sostienen que veinticinco años son suficientes—.
En la literatura española, destacan como exponentes de la novela histórica Benito Pérez Galdós con sus Episodios nacionales; Mariano José de Larra y José de Espronceda; y, en épocas más recientes, Javier Negrete (Salamina, Las puertas de fuego); Santiago Posteguillo, con sus extensas novelas ambientadas en la Antigua Roma; Jesús Sánchez Adalid (El mozárabe); Arturo Pérez-Reverte con las series de El capitán Alatriste y Falcó; e Ildefonso Falcones (La catedral del mar), uno de los autores contemporáneos más reconocidos del género, con más de cuarenta millones de libros vendidos. Cabe destacar también la aparición de una nueva ola de escritores de novela épica, como Jorge Molist (El español), entre otros.
En México, los mayores representantes de la novela histórica incluyen figuras como Mariano Azuela (Los de abajo); Agustín Yáñez (Al filo del agua); Carlos Fuentes (La muerte de Artemio Cruz, Gringo viejo); José Mancisidor (La asonada); y Francisco Hinojosa, quien se ha enfocado en la novela histórica para jóvenes. En años recientes, ha surgido también una nueva generación de escritores contemporáneos, como Paco Ignacio Taibo II o Alejandro J. Fernández, destacados por sus biografías históricas.
No es de sorprender que las circunstancias sociales hicieran casi imposible que las mujeres formaran parte de las letras durante gran parte de la historia. Antes del siglo XIX son pocos los nombres de autoras conocidos; algunas incluso escribieron bajo seudónimos masculinos. Existen excepciones notables, como Santa Teresa de Jesús o Sor Juana Inés de la Cruz. Tampoco resulta extraño que aquellas autoras que lograron moverse en círculos de élite fueran vistas con recelo, y que las pocas mujeres que se atrevieron a ingresar al ámbito público literario fueran recibidas con desconfianza. Se acepta que las mujeres fueron relegadas de la literatura durante siglos y que el mundo literario y editorial estuvo dominado mayoritariamente por hombres. No es sino hasta el siglo XIX y principios del XX cuando más mujeres comienzan a publicar, como Jane Austen, las hermanas Brontë, Louisa May Alcott, Virginia Woolf o Agatha Christie.
Algunas mujeres lograron abrirse paso de manera extraordinaria en la novela histórica, como la baronesa Emmuska Orczy (La pimpinela escarlata) o Harriet Beecher Stowe (La cabaña del tío Tom). Otra pionera fue la estadounidense Margaret Mitchell, periodista nacida en Atlanta en 1900, quien publicó en 1936 Lo que el viento se llevó, novela ambientada en la Guerra Civil estadounidense, con la que obtuvo el National Book Award y el Premio Pulitzer, convirtiéndose en uno de los libros más vendidos de todos los tiempos, junto con su adaptación cinematográfica.
En la literatura en español del siglo XX, la chilena Isabel Allende abrió camino en el género al fusionar la ficción histórica con el realismo mágico. En México, han sido pioneras Rosario Castellanos, Elena Poniatowska y Nellie Campobello —con la temática de la Revolución mexicana—; Elena Garro con Los recuerdos del porvenir; Laura Esquivel y Ángeles Mastretta, quienes han explorado personajes femeninos en contextos históricos, entre muchas otras.
En el último medio siglo, las mujeres —antes marginadas o relegadas— se han convertido en figuras centrales y muy populares dentro de la narrativa histórica y de ficción histórica. Este auge responde al deseo de contar nuevas historias desde perspectivas distintas, de rescatar narrativas olvidadas y de explorar la experiencia histórica desde ángulos antes marginados. También ha influido la creciente presencia de mujeres en la industria editorial y el aumento de lectoras, lo que ha incrementado la demanda de estas historias que conciben la historia como una colección de experiencias humanas.
Las autoras contemporáneas están rompiendo moldes tradicionales, mostrando a las mujeres como protagonistas de contextos históricos complejos, no solo como figuras secundarias o intereses románticos, sino como heroínas de sus propias historias, con ambiciones, deseos y autonomía. Hoy los lectores buscan personajes sólidos y bien construidos, que enfrenten conflictos marcados por la lucha, el amor, la pérdida y el triunfo, sin perder el rigor del género ni la fidelidad al contexto histórico.
En la literatura de habla inglesa, las mujeres dominan actualmente la ficción histórica con autoras como Alice Walker (El color púrpura), Margaret Atwood (El cuento de la criada), Toni Morrison, Diana Gabaldon (Outlander) y, más recientemente, Kristin Hannah (The Women). Uno de los temas más recurrentes ha sido la Segunda Guerra Mundial, con títulos populares como El ruiseñor de Kristin Hannah, La red Alice de Kate Quinn y Code Name Verity de Elizabeth Wein, entre muchos otros.
En España, algunas de las voces más populares de la novela histórica actual son Julia Navarro, María Dueñas (El tiempo entre costuras), Almudena Grandes, Paloma Sánchez-Garnica (Victoria), Eva García Sáenz de Urturi (Aquitania), Laura Martínez-Belli, Begoña Valero, Matilde Asensi y Luz Gabás, entre muchas otras. El género vive un momento de gran expansión.
En el ámbito queretano contemporáneo, la novela histórica también ha tenido un desarrollo notable. Destacan autores como Jesús Reyes Bustos (Circunstancias, La quimera imperial, De aquellas sombras frente al puerto) y Juan Antonio Isla (Bajo los almendros). Entre las autoras, en la novela histórica de rigor se encuentra la maestra Araceli Ardón con Josefa, muy señora mía, sobre la vida de Josefa Ortiz de Domínguez; y me incluyo yo con Memorias de Tierra Adentro. En la ficción histórica figuran Alexandra Lobato (Mulata), Marian Ortiz y su trilogía (La mujer de las águilas, El sabor de la tierra, Raíz), así como la alemana residente en Querétaro, Sabine Schütze.
Conocí a Sabine Schütze este verano en Querétaro. Nos contactamos por redes sociales, intercambiamos mensajes y finalmente nos conocimos en persona. Sabine es originaria de Oschersleben, a unos 130 kilómetros de Hannover, en lo que fuera la República Democrática Alemana. Vivió la caída del Muro de Berlín a los doce años y posteriormente estudió traducción técnica de idiomas (español, inglés y alemán). Realizó prácticas profesionales en España, Londres y Querétaro, en el Centro Nacional de Metrología, traduciendo textos técnicos. Aunque regresó a Alemania y luego a Inglaterra, México la conquistó, y desde 2001 reside en Querétaro.
Siempre tuvo gusto por la escritura, desde sus años formativos en el consejo estudiantil durante el socialismo alemán. Durante la pandemia encontró el tiempo para escribir formalmente su primer libro, Detrás del muro (Par-Tres, 2021), una novela autobiográfica. Desde entonces no ha dejado de escribir: hoy cuenta con cuatro libros publicados y más de setenta cuentos en antologías, además de trabajar de tiempo completo y ser madre. Es miembro de la AMMP y de la Banda Literaria de Escritores Queretanos, y colabora con diversas columnas culturales.
Su primera novela histórica, Querido soldado desconocido (Shanti Nilaya, 2024), narra una historia de amor basada en la vida de sus abuelos durante la Segunda Guerra Mundial, contada a través de cartas. Su más reciente publicación es De Berlín a Tlatelolco (Par-Tres, 2025), una ficción histórica escrita a cuatro manos junto con la maestra Alejandra Camposeco.
Este verano tuve la fortuna de estar en Querétaro, mi tierra natal, presentando mi primer libro, Memorias de Tierra Adentro (Helvética, 2025), una novela histórica sobre México, producto de una extenuante y minuciosa investigación de genealogía, historia y literatura. Un proceso que comenzó en el año 2018, a partir de la búsqueda de documentos en el Archivo Histórico Eclesiástico de Vizcaya, y que poco a poco me fue adentrando en diversas plataformas de investigación histórica y genealógica. A partir de allí comenzó un proceso detectivesco por reconstruir el pasado.
A lo largo de la investigación de esta, mi primera novela, calculo que leí aproximadamente 500 textos de un sinnúmero de autores mexicanos y extranjeros. En esta obra están citados cerca de 450 de ellos, que utilicé para reconstruir el pasado: artículos históricos, investigaciones académicas, periódicos, libros completos, colecciones de varios volúmenes, columnas de opinión e investigación, páginas web, testimonios orales, entrevistas, etcétera. Mi intención era realizar un trabajo serio, una narración lo más precisa posible desde el punto de vista histórico y con rigor académico.
Gracias a la tecnología y a la reciente digitalización de archivos históricos, pude acceder a estos registros a través de diversas plataformas y organismos en línea, algunos gratuitos y otros que requerían suscripciones mensuales, anuales o pagos únicos por la información. Este esfuerzo reciente de digitalización de documentos por parte de diversas instituciones, universidades y organismos públicos y privados, nacionales y extranjeros, fue la pieza clave para que yo pudiera realizar mi obra. Acceder a esta magnitud de datos, incluso hace pocos años, hubiera sido prácticamente imposible sin los registros digitales que, a través de nuevos algoritmos, se conectan unos con otros. Aun así, pese a las mejores tecnologías, pasé a lo largo de estos años infinidad de horas buscando y analizando datos desde mi computadora.
Después de presentar mi novela en Querétaro y con la intención de continuar con mi investigación histórica, tuve la oportunidad de pasar varios días como investigadora en el Archivo Histórico de Querétaro, ubicado en la calle de Madero, en el centro histórico de la ciudad, donde se resguardan documentos que datan del siglo XVI hasta la fecha.
Me presenté con la titular de la Dirección Estatal de Archivos, la licenciada María del Carmen Zúñiga, quien muy amablemente me recibió, y de inmediato me puse a trabajar. Tuve la oportunidad de acceder a los documentos del Fondo Colonial de Querétaro y de ver de primera mano los registros históricos del estado, donde se encuentra la historia de la administración pública de Querétaro y de las zonas aledañas, documentos que deben tratarse con sumo cuidado y con equipo especializado. Pasé varios días analizando, registrando y tomando datos, viendo y capturando infinidad de documentos.
Todo el personal del Archivo Histórico de Querétaro fue muy amable conmigo y sumamente profesional en su trato, especialmente los archivistas Jorge y Montse. Presenciar la historia en vivo y a todo color fue una experiencia invaluable. Fue muy grato sentir en mis manos el papel, percibir el olor de los documentos, observar los distintos colores y matices de las tintas, así como las diversas caligrafías de los pergaminos históricos. Esta experiencia sensorial de investigación me resultó, a mi parecer, más humana y personal que la digital. Sin embargo, debo admitir que el acceso a documentos históricos en formato digital ha transformado profundamente la investigación histórica en los últimos años.
El Archivo Histórico de Querétaro abrió sus puertas el 21 de julio de 1986, por acuerdo del entonces gobernador Mariano Palacios Alcocer, dándose a la tarea de rescatar y catalogar infinidad de documentos que se encontraban en el abandono.
Allí, en la sala de investigación, tuve la oportunidad de conocer, charlar y coincidir con otros investigadores dedicados a dar a conocer la historia de Querétaro a través de sus publicaciones: desde la encantadora investigadora norteña Flora Gámez, quien lleva dos años de residencia en el AHQ realizando una minuciosa investigación, hasta el destacado autor, el doctor Juan Ricardo Jiménez Gómez, una de las figuras más importantes en la investigación histórica de Querétaro y del país, con quienes tuve la oportunidad de conversar de manera muy afectuosa.
Otro de estos inesperados encuentros fue conocer al autor e investigador Jesús Mendoza Muñoz, quien en estos momentos es uno de los investigadores más prolíferos de México. A su llegada al recinto, los archivistas inmediatamente me lo presentaron: —Se trata de Chucho Mendoza, uno de los investigadores con más experiencia y conocimientos del AHQ; sabe de todo—, fue la introducción.
Durante la conversación, Jesús Mendoza me comentó que no tiene redes sociales y que no acostumbra tomarse fotos, pero que haría una excepción por mí. Me regaló uno de sus libros, que me dedicó allí mismo, e intercambiamos correos electrónicos. Se trataba de un hombre muy joven y sencillo, sin pretensiones, pero empapado de conocimientos, con una cámara fotográfica análoga marca Canon en la mano, cuyos jeans desgastados, tenis y chaqueta tipo hoodie deportiva escondían a un verdadero erudito de la paleografía y de los archivos históricos de México, de Querétaro y de su natal Cadereyta de Montes, municipio de la Sierra Gorda y el más extenso de los 18 que conforman el estado.
Mendoza cuenta con una cantidad impresionante de publicaciones e investigaciones históricas de documentos que hasta hace poco eran inaccesibles. Entre ellas destaca su obra Capitán Alonso de Tovar y Guzmán, fundador de Cadereyta (Fomento Histórico y Cultural de Cadereyta, Serie Divulgación, vol. II, 2013), en la que aborda la fundación, en 1640, de la villa de españoles en memoria del virrey y marqués de Cadereyta, Lope Díez de Armendáriz, quien apoyó decididamente la pacificación de aquella región.
Jesús Mendoza Muñoz tiene estudios en administración de documentos, paleografía, diplomática y archivística eclesiástica por el Archivo General de la Nación y la Universidad Pontificia de México, donde además estudió latín, teología y filosofía. Ha obtenido los premios Banamex “Anastasio G. Saravia” de Historia Regional en los años 2004 y 2012, así como los premios APOYARTE a la creación artística del Instituto Queretano de Cultura. Desde 2004 se ha dedicado a la actividad editorial a través del Fomento Histórico y Cultural de Cadereyta. Cuenta con una treintena de libros de investigación histórica, muchos de los cuales se encuentran a la venta en la Librería Cultural del Centro de Querétaro.