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  • Aula Abierta: ¿Dónde termina la docencia y empieza el arte? (O viceversa)

    Hace años, durante una clase de dibujo con modelo al natural, uno de mis alumnos me preguntó —con total seriedad, carboncillo en mano— si debía mirar «con ojos de artista» o «con ojos de estudiante». No supe qué responderle en ese momento. Me limité a decir: «mira con todo el cuerpo». Hoy pienso que aquella frase, tan improvisada como intuitiva, quizá dijo más de lo que yo misma creí.

    En el taller se respira una tensión constante entre enseñar y hacer, entre dirigir y dejar ser, entre corregir y permitir la aparición de lo inesperado. Lo que ocurre ahí no es simplemente la transmisión de un conocimiento técnico. Tampoco es sólo una clase. Es, muchas veces, una forma de volver a mirar el mundo, de habitar el cuerpo, de escuchar lo que las manos tienen que decir cuando el pensamiento se aparta un poco.

    He visto a mis estudiantes ensayar figuras humanas con inseguridad, mezclar acrílicos con pastel seco o superponer cianotipias con bordado mecánico. He escuchado el silencio incómodo que se forma cuando alguien dibuja por primera vez a una persona desnuda. He leído las preguntas que aparecen en las composiciones personales, cuando la técnica ya no basta y se asoma una herida, una memoria, un deseo. Y ahí, en ese cruce, no siempre sé si estoy enseñando arte o simplemente acompañando un proceso de descubrimiento.

    El arte no es una materia que se enseña, es una práctica que se comparte. Enseñar arte implica hacer espacio: para el error, para el caos, para la emoción que desborda. Implica saber cuándo hablar y cuándo callar, cuándo detener una mano temblorosa y cuándo permitir que siga. En ese sentido, la docencia no está al margen de la creación: es una forma de creación en sí misma. Una pedagogía que no impone forma, sino que invita a encontrarla.

    Everett Hughes, sociólogo del trabajo y de la vida profesional, solía decir que «toda ocupación navega entre el ideal que proclama y las realidades que debe enfrentar». Enseñar arte se parece a eso: estamos entre la promesa de formar creadores libres y la tarea concreta de acompañar procesos diversos, con técnicas, tiempos, materiales, emociones y contextos desiguales.

    Anselm Strauss, por su parte, hablaba del trabajo como una «actividad situada», donde el saber no se aplica desde afuera, sino que se construye en el hacer. Así ocurre también en el aula de arte: no enseñamos desde una torre, sino desde la mesa compartida, la crítica en voz baja, el intento que se vuelve aprendizaje.

    Tampoco hay una sola manera de aprender. Algunos estudiantes necesitan la estructura del ejercicio académico: replicar una sombra, practicar una proporción, seguir una pauta. Otros solo pueden comenzar desde lo personal: dibujan a su madre, inventan cuerpos híbridos, cosen palabras en tela para nombrar lo que no saben decir. En ambos casos, el aula se convierte en un laboratorio, en un taller, en un lugar donde el saber no está únicamente en el docente, sino en el diálogo, en la práctica compartida, en el tiempo compartido.

    En realidad, nunca he logrado delimitar con claridad dónde termina la docencia y empieza el arte. Y ya no me interesa hacerlo. Porque el aula me permite producir de otra forma: no desde la autoría individual, sino desde una especie de escucha ampliada, que también transforma mis propios procesos. En cada clase algo se mueve, también en mí. Lo pedagógico se vuelve artístico, y lo artístico, profundamente humano.

    En el aula abierta, la creación y la enseñanza se confunden a propósito. Aquí no buscamos separar el hacer del aprender, ni al artista del estudiante. Porque ambas figuras se tocan, se espejean, se desafían. El aula es, entonces, un espacio donde el arte se piensa haciendo, y donde enseñar es también una forma de buscar.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de Daniele Fasoli en Unsplash

  • Aula Abierta: El cuerpo sabe

    Aula Abierta: El cuerpo sabe

    Antes de que podamos explicar algo, ya lo hemos sentido. Antes de que formulemos una teoría, el cuerpo ya ha habitado el mundo. En el aula de arte, esto es evidente: un estudiante que toca por primera vez una arcilla húmeda no necesita que le hablen de formas ni proporciones. Su cuerpo explora, tantea, presiente. La creación ocurre antes que la explicación.

    Maurice Merleau-Ponty, filósofo que alguna vez me incomodó por su densidad, me acompaña ahora como una voz que susurra entre materiales, gestos y silencios. En su Fenomenología de la percepción, propone algo radical: que no percibimos con la mente, sino con el cuerpo; que no estamos separados del mundo como observadores externos, sino que somos parte de él, tejidos en su trama, siendo y sintiendo a la vez.

    En mis clases lo compruebo sin necesidad de citarlo: cuando una alumna descubre que su trazo tembloroso no es un error, sino el registro de una emoción; cuando un alumno deja de buscar «el resultado correcto» y se deja afectar por la experiencia. La percepción no es un dato, es una forma de presencia. Es el cuerpo —ese cuerpo sensible, vivido, múltiple— el que sostiene la posibilidad de crear.

    «Mi cuerpo es el instrumento con el que tengo un mundo», escribió Merleau-Ponty. No como una metáfora, sino como una afirmación filosófica y vital. En el arte, esta idea cobra carne: no se pinta solo con la mano, se pinta con la espalda, con la respiración, con la memoria inscrita en los músculos. Cada elección —un color, un ritmo, un soporte— es una manera de estar en el mundo, de orientarse en él.

    He visto a estudiantes corregir una línea no porque esté mal, sino porque no se siente bien. Esa frase, que muchos desdeñarían por subjetiva, contiene una potencia que escapa al tecnicismo: el cuerpo como brújula estética y ética. No se trata de oponer lo técnico a lo intuitivo, sino de comprender que todo hacer técnico verdadero nace de una sensibilidad encarnada.

    En las clases hablamos del espacio, del tiempo, del otro. Merleau-Ponty también lo hace. Pero no desde conceptos abstractos, sino desde el cuerpo que se mueve, que recuerda, que anticipa. El tiempo, por ejemplo, no es una sucesión de relojes, sino el ritmo interno de una acción que se despliega: la espera antes de marcar un contraste, la pausa antes de cortar el papel, la duración de una mirada sobre la obra en proceso.

    En el aula abierta, el cuerpo no es solo presencia física: es conocimiento vivo. Por eso me interesa tanto detenerme ahí, entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se piensa y lo que se percibe. Porque quizá enseñar arte no sea otra cosa que acompañar la vuelta al cuerpo, al saber que habita en él sin necesidad de teoría, pero que encuentra en la teoría un modo de ampliarse.

    Esta columna, entonces, no busca explicar, sino dejarse atravesar. Porque el aula también es un campo perceptivo: un lugar donde lo invisible comienza a tomar forma, y donde el cuerpo —si se le escucha— nos recuerda que ya sabíamos, desde antes, cómo mirar.

    Miriam Uribe Zavala es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de The Cleveland Museum of Art en Unsplash