Enseñar arte no es enseñar a copiar una técnica. Es abrir un espacio donde el error es fértil, donde la voz se afina no solo con palabras, sino con formas, gestos, colores, materiales

Cada aula de artes visuales, por precaria o improvisada que parezca, es un territorio de posibilidad. ¿Qué se enseña ahí, realmente? ¿A dibujar? ¿A pintar? ¿A reproducir estilos? No. Se enseña —o al menos se intenta— a mirar distinto, a sentir con más capas, a sostener una intención.

En estos tiempos, donde lo inmediato domina y lo estético se confunde con lo superficial, formar a un creador es casi un acto de resistencia. No se trata de moldear genios ni de fabricar artistas con nombre comercial, sino de acompañar procesos auténticos, incluso contradictorios, muchas veces frágiles. Desde el primer trazo en un diario de trabajo hasta la última pincelada de una pieza en exposición, hay todo un recorrido que merece ser valorado, visibilizado, reflexionado.

Trabajo con jóvenes de preparatoria y universidad. Cada semestre me sorprenden con las preguntas que traen consigo:
—¿Esto está bien?
—¿Puedo hacer esto así?
—¿Cómo sé si ya terminé?

Detrás de esas dudas, lo que emerge es la necesidad de afirmar su autonomía creativa. Y ahí, como docente, más que corregir, mi tarea es abrir caminos. No existe una fórmula única ni un trayecto recto. Hay obras que nacen de la duda, del ensayo torpe, de la conversación inesperada.

Recuerdo, por ejemplo, una sesión en la que trabajábamos máscaras de cartonería en primer grado de bachillerato. Una alumna decidió romper el molde y construir una máscara a partir de su historia familiar, fusionando elementos naturales —ramas secas, flores prensadas— con papel maché. Lo que surgió no fue solo un objeto estéticamente potente, sino un relato íntimo, una afirmación visual de su identidad. En lugar de evaluarla con criterios técnicos aislados, el grupo se reunió en un ejercicio colectivo de lectura e interpretación:
—¿Qué transmite esta pieza?
—¿Cómo dialoga con la tradición?
—¿Qué recursos usó para narrarse a sí misma?

Ese tipo de experiencias son fundamentales para entender la pedagogía artística. No se trata solo de enseñar a producir objetos, sino de formar una sensibilidad, una forma de estar en el mundo con preguntas, con cuerpo, con imágenes.

Hablar de pedagogía artística es hablar de tiempo: el tiempo que toma encontrar una voz propia, el tiempo que no siempre encaja en los calendarios escolares. Pero también es hablar de libertad, de vínculos, de ese espacio íntimo y colectivo donde alguien se atreve, por fin, a decir algo con una imagen.

Esta columna se asoma al “aula abierta” como un territorio de gestos, preguntas y silencios, donde el arte y la enseñanza se entrelazan en su forma más viva. Porque formar artistas es también formar ciudadanas, testigos, hacedores de mundo. Y porque detrás de cada obra estudiantil —incluso la más sencilla— hay una decisión ética: la de expresarse cuando nadie lo pidió, la de resistir al olvido, la de dejar una huella.

Miriam Uribe Zavala es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

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