Etiqueta: Pedagogías del arte

  • Aula Abierta: La obra no se hace sola: entre el taller, el vínculo y la comunidad

    Aula Abierta: La obra no se hace sola: entre el taller, el vínculo y la comunidad

    Por Miriam Uribe

    Una y otra vez se repite la misma escena: alguien llega al final de un semestre, cuelga su obra en la exposición final y dice, con cierto pudor: «bueno, no es gran cosa, pero es mía». Lo que no siempre se dice —aunque se intuye— es todo lo que hubo detrás: las charlas con los compañeros, los comentarios en el taller, las veces que alguien compartió un pincel, una idea, una crítica honesta. La obra es suya, sí. Pero no fue hecha sola.

    En arte se insiste mucho en la figura del autor. En la firma. En el «yo» que produce. Sin embargo, quienes hemos habitado talleres sabemos que la creación es, muchas veces, una práctica coral. Que detrás de una pieza hay una constelación de influencias, apoyos, miradas. Que cada obra es también una conversación con otros.

    En el aula esto se vuelve evidente. Cuando una estudiante se traba en una ilustración y otra le sugiere un giro. Cuando alguien comparte una técnica de cianotipia descubierta por accidente. Cuando se arman grupos de afinidad espontáneos, no por obligación escolar, sino porque el trabajo se vuelve más llevadero en compañía.

    bell hooks (Gloria Jean Watkins, más conocida por su seudónimo bell hooks), en sus reflexiones sobre enseñanza, hablaba del aula como un «espacio de comunidad radical», donde el aprendizaje no se da de arriba hacia abajo, sino en red. Donde enseñar no es imponer, sino vincularse. «La educación como práctica de la libertad —escribió— reconoce que enseñar es un acto performativo que se da en comunidad».

    Lo mismo podría decirse de la creación artística.

    Recuerdo muchas veces en las que no hubiera terminado una pieza sin ayuda. No para que me resolvieran nada, sino para pensar en voz alta, para rebotar dudas, para destrabar la emoción. He necesitado a quienes me arman soportes, a quienes me prestan una pared, a quienes me invitan una taza de café en medio del cansancio. Y no es romanticismo: es una forma real de trabajo colectivo, aunque la obra lleve una sola firma.

    En clase, también promovemos esa ética del acompañamiento. No hay una sola manera de hacer comunidad: a veces es técnica, a veces emocional, a veces silenciosa. Pero se siente. Se ve cuando alguien espera a otro para colgar juntas sus piezas. Cuando un alumno ayuda a otro a estampar con mejor presión. Cuando los chistes entre sesiones se vuelven una forma de resistencia compartida.

    Formar artistas, entonces, no es sólo enseñar a mirar. Es enseñar a mirar con otros. A reconocer que toda producción nace en un contexto, en un entramado. Que no somos genios aislados, sino parte de algo más amplio. Y que reconocer esa red no nos debilita, sino que nos sostiene.

    También hay que decirlo: a veces esa red no está. A veces hay competencia, inseguridad, soledad. Y entonces la labor docente se vuelve más urgente: abrir espacios donde el vínculo no sea una excepción, sino una posibilidad constante. Donde la generosidad no sea ingenuidad, sino estrategia de supervivencia.

    En el aula abierta, la obra no se concibe como un acto solitario, sino como el resultado de muchas presencias. Aquí, crear es también escuchar, acompañar, sostener. Porque el arte se nutre de vínculos, de gestos mínimos, de complicidades. Y enseñar arte es también enseñar a habitar la comunidad: no como adorno, sino como fuerza.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de Dan Farrell en Unsplash

  • Aula Abierta: El territorio como aula

    Aula Abierta: El territorio como aula

    Hay clases que no suceden entre cuatro paredes. A veces, la pedagogía aparece entre la tierra y el polvo, al borde de un camino, en una piedra marcada por el sol, en la conversación con alguien que nunca ha leído teoría, pero carga siglos de saber en sus manos.

    El territorio enseña. Y enseña sin programa. Su didáctica es otra: fragmentaria, envolvente, inesperada. No siempre avisa. Basta salir con los ojos abiertos —a un mercado, a una barranca, a una fiesta popular— para que algo nos descoloque. Un color que no sigue reglas de armonía, un símbolo pintado a mano en un muro, una técnica que no aparece en los libros, pero resiste el tiempo.

    Cuando trabajo con estudiantes fuera del aula, ocurre una transformación. Las preguntas cambian. Ya no se trata de «cómo se hace» sino de «por qué se hace aquí, así, con esto». Entonces el arte se vuelve excusa para mirar de otro modo: a la gente, a los objetos, a los silencios de la calle. El territorio —esa palabra a veces tan académica— se revela como cuerpo vivo: piel, memoria, historia.

    En un taller reciente, salimos a caminar por el barrio. Un estudiante se detuvo frente a una casa antigua, con una reja oxidada y un árbol que empujaba los muros hacia afuera. «Esto es hermoso», dijo. Alguien más replicó: «Pero está descuidado». Y ahí empezó la clase. ¿Desde qué mirada decimos lo que vale? ¿Qué formas de belleza hemos aprendido a descartar?

    Volver al territorio como aula implica descentrar al docente y al método. Implica asumir que el conocimiento no siempre se transmite: a veces se comparte, se intercambia, se recoge como quien recoge semillas caídas. En estos espacios, los estudiantes no únicamente aprenden a hacer, sino a escuchar el lugar. A leerlo sin prisa. A respetar sus tiempos, sus modos, sus gestos.

    El arte escolarizado suele vivir lejos del polvo. Pero el arte verdadero —el que nace de la necesidad de decir algo— siempre tiene tierra bajo las uñas. No hay pedagogía artística completa si no considera el contexto que la atraviesa. Porque no enseñamos arte en abstracto: enseñamos en un estado, en un barrio, en un país que tiene historia, heridas, riqueza, contradicción.

    Y esa dimensión territorial no se impone, se descubre. A veces está en la flor que alguien pega sobre un altar doméstico, en el bordado que guarda un apellido, en la música que se repite cada fiesta patronal. Esas expresiones, que muchos llaman populares como si fueran menores, son también formas de pensar, de narrarse, de imaginar el mundo. ¿Por qué no aprender de ellas?

    En aula abierta, el territorio no es sólo contenido: es método. Es ese espacio desde donde se enuncia una práctica y una ética. Es lo que obliga a salir, a observar, a dejar de hablar para mirar con humildad. A veces, basta con eso para que la pedagogía ocurra.

    Porque enseñar arte también es enseñar a habitar: con el cuerpo, con la memoria, con la mirada atenta. Y ningún territorio está vacío cuando alguien aprende a mirarlo.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de Simi Iluyomade en Unsplash

  • Aula Abierta: Pedagogías del arte

    Aula Abierta: Pedagogías del arte

    Enseñar arte no es enseñar a copiar una técnica. Es abrir un espacio donde el error es fértil, donde la voz se afina no solo con palabras, sino con formas, gestos, colores, materiales

    Cada aula de artes visuales, por precaria o improvisada que parezca, es un territorio de posibilidad. ¿Qué se enseña ahí, realmente? ¿A dibujar? ¿A pintar? ¿A reproducir estilos? No. Se enseña —o al menos se intenta— a mirar distinto, a sentir con más capas, a sostener una intención.

    En estos tiempos, donde lo inmediato domina y lo estético se confunde con lo superficial, formar a un creador es casi un acto de resistencia. No se trata de moldear genios ni de fabricar artistas con nombre comercial, sino de acompañar procesos auténticos, incluso contradictorios, muchas veces frágiles. Desde el primer trazo en un diario de trabajo hasta la última pincelada de una pieza en exposición, hay todo un recorrido que merece ser valorado, visibilizado, reflexionado.

    Trabajo con jóvenes de preparatoria y universidad. Cada semestre me sorprenden con las preguntas que traen consigo:
    —¿Esto está bien?
    —¿Puedo hacer esto así?
    —¿Cómo sé si ya terminé?

    Detrás de esas dudas, lo que emerge es la necesidad de afirmar su autonomía creativa. Y ahí, como docente, más que corregir, mi tarea es abrir caminos. No existe una fórmula única ni un trayecto recto. Hay obras que nacen de la duda, del ensayo torpe, de la conversación inesperada.

    Recuerdo, por ejemplo, una sesión en la que trabajábamos máscaras de cartonería en primer grado de bachillerato. Una alumna decidió romper el molde y construir una máscara a partir de su historia familiar, fusionando elementos naturales —ramas secas, flores prensadas— con papel maché. Lo que surgió no fue solo un objeto estéticamente potente, sino un relato íntimo, una afirmación visual de su identidad. En lugar de evaluarla con criterios técnicos aislados, el grupo se reunió en un ejercicio colectivo de lectura e interpretación:
    —¿Qué transmite esta pieza?
    —¿Cómo dialoga con la tradición?
    —¿Qué recursos usó para narrarse a sí misma?

    Ese tipo de experiencias son fundamentales para entender la pedagogía artística. No se trata solo de enseñar a producir objetos, sino de formar una sensibilidad, una forma de estar en el mundo con preguntas, con cuerpo, con imágenes.

    Hablar de pedagogía artística es hablar de tiempo: el tiempo que toma encontrar una voz propia, el tiempo que no siempre encaja en los calendarios escolares. Pero también es hablar de libertad, de vínculos, de ese espacio íntimo y colectivo donde alguien se atreve, por fin, a decir algo con una imagen.

    Esta columna se asoma al “aula abierta” como un territorio de gestos, preguntas y silencios, donde el arte y la enseñanza se entrelazan en su forma más viva. Porque formar artistas es también formar ciudadanas, testigos, hacedores de mundo. Y porque detrás de cada obra estudiantil —incluso la más sencilla— hay una decisión ética: la de expresarse cuando nadie lo pidió, la de resistir al olvido, la de dejar una huella.

    Miriam Uribe Zavala es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.