Etiqueta: México

  • Viva la Vida de Coldplay en el contexto nacional

    Viva la Vida de Coldplay en el contexto nacional

    Por Raúl Álvarez Huerta / Rock & Raul

    En la historia siempre ha habido una serie de oscilaciones del péndulo, pero el individuo no tiene que quedar atrapado en eso.
    Robert Johnson, músico.

    La Conquista de México es, para muchos historiadores, uno de los episodios de mayor magnificencia en la historia universal. Así lo afirman no pocos especialistas del planeta en la inconmensurable cantidad de libros dedicados a este proceso, textos que reposan en las principales bibliotecas del mundo y que, penosamente, en algunos casos resultan difíciles de encontrar en las librerías de la República mexicana…

    Por un minuto yo tenía la llave; al siguiente, las paredes se cerraron ante mí. Y descubrí que mis castillos estaban construidos sobre pilares de sal y pilares de arena.

    “Viva la vida” es la rola de Chris Martin que bien cabe en estos tejidos nacionales. Con la llegada de Hernán Cortés a la capital azteca, sus tropas pudieron constatar que, al igual que en Castilla y Aragón, aquí también gobernaba un emperador, un tlatoani… un rey. Cristóbal Colón inició la aventura de la conquista de nuevos territorios la madrugada del 12 de octubre de 1492, cuando desembarcó en la isla de Guanahaní. Hernán Cortés la consolidó simbólicamente con la caída de la gran Tenochtitlan, el 13 de agosto de 1521.

    Ambos, con sueños de grandeza y ansias de dominio sobre un continente aún no llamado América; sin embargo, en el norte, los ingleses no se los permitirían. Moctezuma, como máximo jerarca; luego Cuitláhuac y, finalmente, Cuauhtémoc, no pudieron evitar que los soldados españoles, en alianza con los pueblos enemigos de los mexicas, consumaran la Conquista de México. A partir de ese momento y durante tres siglos, tendríamos un nuevo monarca.

    Con los chichimecas, las cosas serían distintas. En el camino de Tierra Adentro, Querétaro y sus misioneros, con sede en el Convento de la Cruz, serían parte imponderable de un escenario de guerra que se prolongaría hasta bien entrado el siglo XVII. En teoría, los aztecas habían sido sometidos; a los chichimecas no. Tampoco a los apaches del norte de México.

    Yo solía tirar los dados, sentía el miedo en los ojos de mi enemigo. Escuchaba cómo la gente cantaba: «ahora que el viejo rey ha muerto, ¡larga vida al rey!».

    “Viva la vida” de Coldplay tiene, además, una connotación mexicana por el cuadro que Frida Kahlo pintó en 1954, hoy resguardado en el museo que lleva su nombre, en la alcaldía de Coyoacán (CDMX). Según biógrafos del mundo del rock pop internacional, la razón de esta referencia radica en la profunda admiración del vocalista Chris Martin por la pintora mexicana y esposa de Diego Rivera. En el mismo tenor histórico, la letra de la rola aborda también el tema de la Revolución francesa, durante el reinado de Luis XVI.

    Yo gobernaba el mundo, los mares se levantarían cuando di la palabra; ahora, por la mañana, duermo solo, barro las calles que solía poseer…

    El ritmo de la canción es pegajoso y luminoso para quienes gustan del rock en sus diversas variantes. Los violines suenan excelsos. Y en vivo, “Viva la vida” invita no sólo a disfrutar la rola, sino también la vida misma, el rock alive. Para muchos optimistas, es una invitación a no perder la fe cuando esta se vuelve una búsqueda constante; a creer en lo que no se ve.

    Un minuto sostuve la llave; luego, las paredes se cerraron sobre mí, y descubrí que mis castillos permanecen sobre pilares de sal y pilares de arena. Escucho que las campanas de Jerusalén están sonando; los coros de caballería romana están cantando.

    “Viva la vida”, por su propia virtud, es el tipo de composiciones que obligan a conocer la traducción desde múltiples perspectivas y contextos históricos. Es una referencia histórica y universal que no pierde vigencia entre quienes siguen encontrando claridad en los personajes que habitan los libros y en quienes los leen. La rola encierra diversas paráfrasis y su fraseo produce un ritmo que la vuelve trascendente: la trascendencia de un rey que pierde su trono y sus paralelos cotidianos en los mortales de a pie, personas de carne y hueso, donde los rockstars no son la excepción. Ellos también son susceptibles de perder su trono.

    Son entes sociales que, de la nada, logran alcanzar la cumbre de sus ambiciones y que, del mismo modo, un día lo pierden todo. En el mundo del boxeo mexicano, este fenómeno es un denominador común entre algunos de sus ídolos. La mayor virtud del boxeo es evadir los golpes; sin embargo, en la vida real, muchos boxeadores no aplican esa técnica para esquivar los derechazos de la existencia cotidiana. Evadir los golpes de la vida es una metáfora que, tristemente, pocos logran entender y terminan perdiéndose en el ostracismo.

    Sé mi espejo, mi espada y escudo, mis misioneros en un campo extranjero; por alguna razón que no puedo explicar, una vez que vas, nunca hubo una palabra honesta…

    Algunos lo hacen por voluntad propia, por la llamada “puerta falsa”, y de manera irónica alcanzan así la inmortalidad: en vida fueron poco conocidos o reconocidos, pero con su fallecimiento aseguran la perpetuidad social. En casos aislados, algunos ya eran referentes en vida, aunque no es la constante. Los ejemplos abundan y, en el terreno que aquí nos ocupa —rock and roll music—, basta mencionar a Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain o Amy Winehouse.

    Derribó las puertas para dejarme entrar; ventanas rotas y sonido de tambores. La gente no podía creer en lo que me convertí. Los revolucionarios esperan mi cabeza en un plato de plata…

    En otro orden de ideas, y siguiendo paralelos y similitudes, lo observamos en el andar cotidiano de un mundo competitivo generado por la aldea global y el capitalismo salvaje. Todo se acomoda en el cajón de los escalones sociales y económicos, en la pirámide de las diferencias. Lo que pone en evidencia la metáfora de la canción son los medios utilizados por quienes se trepan al ladrillo de lo superfluo, lo mundano y lo material: grotescos y vulgares maquiavelos que recurren a toda clase de artimañas para llegar a donde se proponen. Es la megalomanía de quienes se sienten más importantes de lo que realmente son; delirios de grandeza que los llevan a creerse poseedores de cualidades extraordinarias. En síntesis, la letra de la rola es, por demás, claridosa.

    Sé mi espejo, mi espada y escudo… escucho que las campanas de Jerusalén están sonando, los coros del Calvario romano están cantando.

    Continúa cuando estés desalentado, porque donde no hay fe en el futuro, no hay poder en el presente.

    Howard Hughes

  • Epigmenio González. Circunstancias, por Jesús Reyes Bustos

    Epigmenio González. Circunstancias, por Jesús Reyes Bustos

    Por Samanta Echevarría

    El encanto de Querétaro como joya del barroco mexicano es innegable: sus calles, fuentes y edificios de cantera rosa, así como sus templos y retablos adornados al estilo churrigueresco, hacen de esta ciudad colonial una de las más bellas de México. Allí crecí. Sin embargo, su importancia no ha radicado en su belleza, sino en su ubicación. Históricamente ha sido un punto estratégico dentro del territorio de lo que hoy es México. Precisamente por estar situada en el corazón del país, Querétaro ha sido un cruce de caminos y de encuentros. Desde el virreinato funcionó como un punto crucial en la comercialización y el abastecimiento de la Nueva España, y ya para el siglo XVIII era considerada la tercera ciudad más importante de América Latina, después de Lima, Perú, y de la Ciudad de México.

    Esta ubicación estratégica llevó a Querétaro a ser escenario de importantes gestas históricas: fue cuna de la Independencia de México, centro de su conspiración y lugar clave para el inicio de la lucha armada. Más tarde, sería escenario del fin del Segundo Imperio, con el juicio y fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo. En el siglo XX se convirtió en la sede del Congreso Constituyente que promulgó la Constitución de 1917.

    Señala Rodrigo Romero, investigador y doctor en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, que desde sus inicios las hazañas históricas del Estado mexicano han sido motivo de estudio y de numerosas interpretaciones. La historiografía nacional evolucionó desde las crónicas y panfletos postindependentistas hasta los acercamientos monográficos de la gesta épica y heroica que sirvieron de base para consolidar la identidad nacional.

    Han sentado las bases de la historia de México numerosos investigadores, desde La historia de la Revolución de la Nueva España de Servando Teresa de Mier, publicada en Londres en 1813, hasta México a través de los siglos de Julio Zárate, pasando por Cuadro histórico de la Revolución Mexicana de Carlos María de Bustamante, el Ensayo histórico de las revoluciones de México de Lorenzo de Zavala, México y sus revoluciones de José María Luis Mora, la Historia de Méjico de Lucas Alamán, o los textos de Justo Sierra y José Vasconcelos, por mencionar sólo algunos nombres.

    Sin embargo, a medida que ha avanzado el tiempo, la historiografía mexicana ha evolucionado desde una visión centrada en el pueblo y la lucha contra el poder extranjero hacia una comprensión más amplia de los movimientos armados, que incluye factores sociales, económicos, regionales e internacionales más complejos, así como la participación de un cúmulo de personajes que aún desconocemos.

    Romero indica que, si bien aparecieron esfuerzos previos, es probable que la publicación de 1953 con motivo del bicentenario del nacimiento de Miguel Hidalgo —La Revolución de Independencia de Luis Villoro— marque el inicio de esta nueva historiografía. No obstante, no fue sino hasta los años noventa, y sobre todo a partir de 2010 con motivo del bicentenario de la Independencia, cuando los investigadores comenzaron a replantearse la Historia Nacional.

    Una de esas nuevas voces es, sin duda, la de Jesús Reyes Bustos (1972), antropólogo por la Universidad Autónoma de Querétaro, quien, aunque originario de la Ciudad de México, tiene profundas raíces queretanas. Reyes Bustos ha ido más allá de la investigación histórica; explica que se ha dedicado a escribir novela histórica para «sacar la ciencia de los archivos, de la academia y de los términos técnicos, con la intención de divulgarla y hacerla más accesible al lector y a la sociedad».

    En 2011 publicó de forma independiente su primera novela, Epigmenio González. Circunstancias (El Asado Servicios Editoriales), que le valió el Premio Nacional de Novela Histórica 2010. La obra explora la extraordinaria vida de Epigmenio González, quien, al integrarse a la conspiración de Querétaro en los inicios de la Independencia, se convierte en el primer insurgente aprehendido por las autoridades realistas, pero también en uno de los últimos personajes revolucionarios liberados por el Imperio español. Aun después de la consumación de la Independencia, pasó más de 25 años en prisión —en Filipinas y posteriormente en el fuerte de San Juan de Ulúa, Veracruz—. Logró regresar a México y murió en su cama en 1858.

    Me encontré con la magnífica obra de Jesús Reyes Bustos durante la investigación de mi propia novela Memorias de Tierra Adentro, y quedé encantada con Circunstancias: inmediatamente me cautivó. Más adelante, con la publicación de mi libro, nuestras historias se cruzaron y hemos mantenido comunicación a través de redes sociales y mensajes de texto.

    El autor me explicó, en una conversación telefónica entrecortada desde Mazunte, Oaxaca —su actual residencia—: «Estoy en el paraíso, pero con poca señal de internet». Me contó que su novela Circunstancias surgió a partir de la enorme cantidad de información obtenida durante su tesis doctoral:

    «Yo no deseaba que la vida de Epigmenio González —este personaje que sufrió mucho por México— se quedara reducida a mi tesis y vuelta a archivar. Pensaba que este extraordinario queretano debía tener el reconocimiento que merece de la sociedad. Decidí novelar el libro académico para dar a conocer su historia, ya que, por no tratarse de un Allende o un Hidalgo, su extraordinaria historia de supervivencia quedó de lado y olvidada por la Historia Nacional. Durante el movimiento cultural de Juárez y los liberales, a finales del siglo XIX, al construir el Estado nacional, Epigmenio González seguía aún milagrosamente vivo en Guadalajara, y su historia no cupo en el ‘santoral cívico’ de los héroes patrios. No se le dio el reconocimiento que debía», explica.

    Reyes Bustos tiene dos novelas más. En 2013 presentó, en el Centro de las Artes de Querétaro (exconvento de Santa Rosa de Viterbo), su segunda novela: La quimera imperial, cuya premisa gira en torno a La operación Pavorreal, un plan para traer a México el Penacho de Moctezuma, que se encuentra en Austria, a cambio de la carroza de Maximiliano, localizada en el Castillo de Chapultepec. En esta segunda entrega, de ficción histórica y corte policiaco, Reyes Bustos deja de lado el lenguaje académico para integrar elementos de suspenso en su trama.

    En su tercera obra, De aquellas sombras frente al puerto (2018), Reyes Bustos retoma nuevamente a Querétaro como escenario. Utiliza el raccourci —un atajo o aceleración en la narrativa, a menudo para saltar el tiempo o el desarrollo de ciertos eventos. Puede manifestarse como un salto temporal para mostrar la madurez de un personaje o como una elipsis para omitir detalles innecesarios y concentrarse en lo esencial. En algunos casos, puede referirse a la aceleración del conflicto de un personaje— para desarrollar su trama en el marco del Congreso Constituyente de Querétaro de 1917 y los días previos al asesinato de Venustiano Carranza. El Teatro Iturbide (hoy Teatro de la República) y la cantina El Puerto de Mazatlán sirven de escenario a las intrigas de los diputados constituyentes al proponer la nueva Constitución de México.

    Las tres novelas son extraordinarias. Recomiendo ampliamente leer su obra. Jesús Reyes Bustos se encuentra trabajando en una nueva novela y mantiene la intención de seguir dándole relevancia a Epigmenio González dentro de la Historia Nacional.

    Reyes Bustos obtuvo el Premio Nacional de Novela Histórica (2010) por Circunstancias, y ha sido galardonado con otros reconocimientos: Primer Lugar en el Cuento Universitario (UAQ, 2003); Primer Lugar en Cuento (CONACULTA, Gómez Morin, 2005); Mención Honorífica en Cuento Breve en Español “Letras Nómadas” (Tulsa, Oklahoma, 2007). Además, ha sido columnista en el periódico El Universal Querétaro y en el suplemento dominical Barroco del Diario de Querétaro. Actualmente reside junto al mar, en Oaxaca.

    ★★★★★ Epigmenio González. Circunstancias —Jesús Reyes Bustos

  • Antes de que los olvides

    Los hombres excepcionales enfrentan su vida a fuerzas oscuras incapaces de soportar la luz que irradia su espíritu, y de esas fuerzas oscuras, formadas por sombras de mediocridad, hipocresía social, fanatismo, envidia y rencores, sale la mano del sempiterno descendiente de Caín que los asesina.

    —Alfonso Quiroz Cuarón, Psicoanálisis del magnicidio (1965)

    La contradicción es tan humana como la imperfección. Se puede ser material en extremo sin poder evitarlo, al igual que espiritual sin desearlo ni mediatizarlo… es una inercia social infalible con la cual deben alternar quienes llegan al estrellato. Las personas encasillamos a nuestros semejantes —y a la gente del ambiente artístico— en estereotipos, pero no hay estereotipo que valga cuando se vive constantemente en el efecto pendular de ir de un lado a otro. Nada es estático. En el mundo de la música, las cosas no son distintas: con el regreso mediático (y añorado) de Caifanes, el negocio del entretenimiento estaba de fiesta… también sus fans.

    OCESA, Ticketmaster, Televisa y Coca-Cola no desaprovecharon el momento de ser parte del show business. Los integrantes de Caifanes pueden ser espirituales y tener ideales inmutables, pero eso no significa que le rehúyan al dinero ni a la megalomanía. La banda es, en su esencia, aspaventera y vive para el aplauso; difícilmente se iban a privar de ver el Foro Sol rendido a sus pies.

    Comenzaron siendo una banda para un público que, por antonomasia, iba contra el monopolio televisivo en México. Por eso, cuando los vieron en el Canal de las Estrellas, primero con Raúl Velasco en Siempre en Domingo y luego con Verónica Castro en Aquí está, muchos se desencantaron de su grupo preferido. En los años ochenta, ser anti-Televisa era ser cool. El tradicional esquema de fabricar artistas —impulsado por Emilio Azcárraga Milmo y su comité ejecutivo conformado por Emilio Díaz Barroso, Guillermo Cañedo de la Bárcena y Miguel Alemán Velasco— generaba millones, pero resultaba chocante para la clase pensante e independiente de una nación ávida de nuevas propuestas. Sin embargo, a Caifanes el mainstream les llegó al precio… y la oportunidad de ser completamente famosos estaba a sus pies. Desde entonces, aquella banda de rock que se inició en los bares del entonces Distrito Federal se convirtió en una rockstar nacional. De México para el mundo.

    Las Insólitas Imágenes de Aurora fue el subterráneo antecedente de Caifanes. Caifanes es la historia de un final no feliz que no termina; la historia de una banda que nació fiel a sus principios anticomerciales, pero que, cuando llegó a la cima, se convirtió en iconoclasta de su propio mito. Un surrealismo mexicano que permitió a miles de fans verlos juntos durante años, y en intervalos con Jaguares, con la esperanza de volver a reunir a los miembros originales y sanar heridas internas. Es el voyeurismo por excelencia que alimenta al espectáculo, siempre hambriento de noticias sensacionalistas. Son, también, la nostalgia de un tiempo que no volverá: los años noventa fueron su época dorada.

    Con la llegada de The Rolling Stones a México, Caifanes fue elegida para abrir sus conciertos en enero de 1995, justo al concluir el año de los demonios sueltos en la política mexicana. Tras su plausible actuación, Saúl se despidió del público de sus Majestades Británicas con un: «Gracias, raza, los dejamos con la banda más grande del planeta… ».

    La creatividad brillaba en Diego Herrera, Sabo Romo, Alfonso André, Saúl Hernández y Alejandro Marcovich. Protagonistas de una historia pop masificada que nació en el underground del rock mexicano, con Rockotitlán como punto de partida. Desde allí despegaron hacia la cumbre con varios discos bien elaborados. Hispanoamérica ya los esperaba con los brazos abiertos, justo cuando irrumpía la maquinaria enajenante de «Rock en tu Idioma”. En el ámbito hispanohablante, diversas bandas alzaron la voz: Argentina con Soda Stereo, España con Héroes del Silencio y México con Caifanes a la vanguardia.

    Una nueva generación de jóvenes mexicanos —distantes de los hippies de Avándaro— estaba ávida de propuestas musicales y literarias distintas. Lejos también del rock urbano que giraba en círculos imaginarios, envuelto en tópicos de resentimiento social y anarquismo ya anacrónicos. Muchos de sus fans originales, veteranos de Avándaro, habían sido convertidos por el establishment en héroes y víctimas, sin oponer resistencia a esa narrativa impuesta desde las sombras del poder. La entonces PGR formó gruesos expedientes.

    Los poderes fácticos habían ganado la batalla contra el rock. Después de Avándaro, la herencia de Three Souls in My Mind fue condenada al ostracismo de los hoyos funky que ya había profetizado Parménides García Saldaña. Con El Tri de Alex y Chela Lora, las cosas comenzaron a cambiar.

    Caifanes vino a ser, en parte, iconoclasta del rock hecho en México que revistas como La Mosca en la Pared denostaron en varias ediciones, a diferencia de Conecte, de José Luis Pluma, y Banda Rockera, de Vladimir Hernández, que siempre apoyaron el movimiento sin condiciones. Hugo García Michel y su línea editorial representaban la postura crítica, a veces con apelativos que no reproduciremos aquí. El tema sigue abierto.

    «Demasiado bueno para ser real», dice un dicho común. Con Caifanes no fue la excepción. Tras el lanzamiento de El nervio del volcán, y su última presentación el 18 de agosto de 1995 en San Luis Potosí, anunciaron su fin. Justo en la cima. Las razones, múltiples y sensacionalistas, se resumieron en emociones, vísceras y sangre. Dos personalidades disímiles pero creativas —Saúl y Alejandro— marcaron el rumbo del pop mexicano y sacaron a relucir sus diferencias en el estudio de grabación. Los rencores afloraron.

    El introvertido Marcovich no iba a permitir que Saúl le dictara cómo hacer las cosas. Sabía lo que hacía, y comenzaban a notarse celos profesionales hacia el poder mediático del vocalista. Cada quien tiene su versión.

    Resulta irónico: cuando lograron lo que tanto soñaron, todo se vino abajo. El nervio del volcán vendía como nunca, y aún no había piratería. El legado de Caifanes quedó intacto en la memoria de sus fans. Algún día serán una banda de culto. Es una pena que los conflictos entre Marcovich y Saúl hayan dejado en el limbo a Sabo, Diego y Alfonso. Los cinco eran Caifanes, y lo serán siempre.

    En entrevista con Javier Poza, Sabo Romo expresó que nunca le agradó la llegada de Marcovich, aunque aceptó por consenso. Según él, Alejandro no aportó gran cosa, algo con lo que —quien esto escribe— no concuerda. El guitarrista argentino fue fundamental: compositor, arreglista, letrista. Su visión antropológica aportó a la banda la importancia de los ritmos del folclor mexicano y el uso de samplers. Aquí no es así lo demuestra: Saúl solo aportó la voz.

    La disolución de Caifanes refleja también aspectos de nuestra idiosincrasia. Los egos dominaron. Aunque hubo una reconciliación, las diferencias resurgieron. El vocalista y el guitarrista exponen sus argumentos, dejando al resto sin voz ni voto, lo cual rompe cualquier equilibrio.

    La primera reconciliación llegó tarde. Muchos fans ya tenían otras prioridades. La voz de Saúl ya no era la misma, tras varias operaciones de garganta. Basta escucharlo en vivo con Afuera para notar que ya no alcanza las notas altas. Aunque dijeron que su regreso no fue por dinero, los precios de los boletos dicen otra cosa. Antes, ir a un toquín era mucho más accesible.

    Querétaro (Querétarock) tampoco fue ajeno al hechizo de Caifanes. En 1988, el auditorio Josefa Ortiz de Domínguez los recibió con entusiasmo juvenil. La tecnología del recinto lucía, y el público se entregó, esperando que cerraran con La Negra Tomasa. No ocurrió, pese a las insistencias. Desde su lanzamiento, esa canción sonó en todas las fiestas ochenteras, aunque Caifanes ya tenía suficiente material como para no ser encasillado por ella.

    En marzo de 1989 se anunció la gira Rockonexión Pepsi con Rod Stewart, y Caifanes sería telonero en el Estadio Corregidora. Pero, para sorpresa general, la empresa Art Beat Music, filial de Televisa, condicionó su participación a que la banda pagara por tocar. Rechazaron dignamente y fueron reemplazados.

    Volvieron en 1994 con El nervio del volcán en la Plaza de Toros Santa María. Como Jaguares, regresaron en 1999 a una tocada cargada de nostalgia. El público pedía canciones de Caifanes. Y cuando por fin “El Vampiro” tocó el rasgueo acústico de La célula que explota, el entusiasmo fue total: «Hay veces que no tengo ganas de verte…».

    El tan esperado regreso fue en octubre de 2011, en el Estadio Municipal. Los precios, inalcanzables para la clase trabajadora, atrajeron a un público snob más preocupado por figurar que por disfrutar. La magia era otra. En marzo de 2022 tocaron de nuevo en el Josefa Ortiz de Domínguez. Los precios, una vez más, excluyeron al pueblo. ¿Para qué insistir? La clase trabajadora sigue sin acceso.