Categoría: Miriam Uribe

  • Aula Abierta: El territorio como aula

    Aula Abierta: El territorio como aula

    Hay clases que no suceden entre cuatro paredes. A veces, la pedagogía aparece entre la tierra y el polvo, al borde de un camino, en una piedra marcada por el sol, en la conversación con alguien que nunca ha leído teoría, pero carga siglos de saber en sus manos.

    El territorio enseña. Y enseña sin programa. Su didáctica es otra: fragmentaria, envolvente, inesperada. No siempre avisa. Basta salir con los ojos abiertos —a un mercado, a una barranca, a una fiesta popular— para que algo nos descoloque. Un color que no sigue reglas de armonía, un símbolo pintado a mano en un muro, una técnica que no aparece en los libros, pero resiste el tiempo.

    Cuando trabajo con estudiantes fuera del aula, ocurre una transformación. Las preguntas cambian. Ya no se trata de «cómo se hace» sino de «por qué se hace aquí, así, con esto». Entonces el arte se vuelve excusa para mirar de otro modo: a la gente, a los objetos, a los silencios de la calle. El territorio —esa palabra a veces tan académica— se revela como cuerpo vivo: piel, memoria, historia.

    En un taller reciente, salimos a caminar por el barrio. Un estudiante se detuvo frente a una casa antigua, con una reja oxidada y un árbol que empujaba los muros hacia afuera. «Esto es hermoso», dijo. Alguien más replicó: «Pero está descuidado». Y ahí empezó la clase. ¿Desde qué mirada decimos lo que vale? ¿Qué formas de belleza hemos aprendido a descartar?

    Volver al territorio como aula implica descentrar al docente y al método. Implica asumir que el conocimiento no siempre se transmite: a veces se comparte, se intercambia, se recoge como quien recoge semillas caídas. En estos espacios, los estudiantes no únicamente aprenden a hacer, sino a escuchar el lugar. A leerlo sin prisa. A respetar sus tiempos, sus modos, sus gestos.

    El arte escolarizado suele vivir lejos del polvo. Pero el arte verdadero —el que nace de la necesidad de decir algo— siempre tiene tierra bajo las uñas. No hay pedagogía artística completa si no considera el contexto que la atraviesa. Porque no enseñamos arte en abstracto: enseñamos en un estado, en un barrio, en un país que tiene historia, heridas, riqueza, contradicción.

    Y esa dimensión territorial no se impone, se descubre. A veces está en la flor que alguien pega sobre un altar doméstico, en el bordado que guarda un apellido, en la música que se repite cada fiesta patronal. Esas expresiones, que muchos llaman populares como si fueran menores, son también formas de pensar, de narrarse, de imaginar el mundo. ¿Por qué no aprender de ellas?

    En aula abierta, el territorio no es sólo contenido: es método. Es ese espacio desde donde se enuncia una práctica y una ética. Es lo que obliga a salir, a observar, a dejar de hablar para mirar con humildad. A veces, basta con eso para que la pedagogía ocurra.

    Porque enseñar arte también es enseñar a habitar: con el cuerpo, con la memoria, con la mirada atenta. Y ningún territorio está vacío cuando alguien aprende a mirarlo.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de Simi Iluyomade en Unsplash

  • Aula abierta: ¿Cómo se evalúa lo invisible?

    Aula abierta: ¿Cómo se evalúa lo invisible?

    Hay una pregunta que me persigue desde hace años: ¿cómo se evalúa un proceso artístico sin traicionarlo? ¿Cómo traducir la complejidad de una búsqueda, el temblor de una decisión, la honestidad de una forma, en una rúbrica numérica? En el aula, donde conviven lo institucional y lo íntimo, esta pregunta se vuelve urgente.

    Una obra puede estar inacabada y, sin embargo, contener más riesgo que una pieza perfecta. Puede haber un trazo torpe que diga más que una técnica impecable. ¿Cómo explicarlo en un reporte? ¿Cómo justificarlo en una boleta? A veces siento que el lenguaje de la evaluación llega tarde, como si intentara encerrar algo que ya se ha fugado.

    El arte no es un problema a resolver, sino una experiencia que se atraviesa. Evaluarlo implica reconocer esto: que no siempre hay resultados visibles, que el sentido se gesta en capas, que hay aprendizajes que no se anuncian en voz alta. Y, sin embargo, como docentes, debemos nombrar, escribir, registrar. Entonces aparece el dilema: ¿cómo no reducir el gesto a un número?, ¿cómo no aplanar la singularidad?

    No tengo una respuesta única, pero he encontrado algunas pistas. Una de ellas es escuchar. No solo lo que dicen los estudiantes, sino cómo lo dicen: dónde dudan, dónde insisten, dónde brillan. Otra: mirar el proceso como si fuera una obra en sí misma, con sus decisiones, pausas y pliegues. Acompañar no es señalar errores, sino afinar la mirada junto al otro.

    Recuerdo a una estudiante que presentó una pieza mínima: un dibujo apenas insinuado, casi ausente. Al principio pensé que no había terminado. Luego me contó que no había podido trabajar durante semanas por la muerte de su abuela, pero que un día, al mirar una sombra sobre la pared, sintió que algo se había movido dentro. Dibujó esa sombra. Eso fue todo. Y eso fue suficiente. ¿Cómo se evalúa eso?

    Evaluar en arte exige desaprender ciertos hábitos: la obsesión por el producto, la urgencia del control, la ilusión de la objetividad. No se trata de renunciar al criterio, sino de afinarlo: saber cuándo hablar y cuándo callar, cuándo proponer y cuándo sostener el vacío. A veces, la mejor retroalimentación es una pregunta abierta o un silencio que deja espacio para que el otro se escuche a sí mismo.

    En el aula abierta, la evaluación puede ser otra cosa: una conversación, una lectura colectiva, una deriva de preguntas. Puede ser una bitácora, una exposición íntima, un relato del propio proceso. Lo importante es que el estudiante se reconozca ahí, no como quien cumple, sino como quien habita el hacer.

    Evaluar en arte no es medir, es comprender. Es cuidar el lenguaje con el que hablamos de lo que aún está naciendo. Porque si algo enseña el arte, es que lo valioso no siempre se ve de inmediato. A veces florece en el margen, en lo que no se entrega a tiempo, en lo que apenas comienza.

    Y quizá, al final, lo que evaluamos no es la obra, sino el modo en que alguien se atrevió a decir algo con ella.

    Miriam Uribe es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

  • Aula Abierta: El cuerpo sabe

    Aula Abierta: El cuerpo sabe

    Antes de que podamos explicar algo, ya lo hemos sentido. Antes de que formulemos una teoría, el cuerpo ya ha habitado el mundo. En el aula de arte, esto es evidente: un estudiante que toca por primera vez una arcilla húmeda no necesita que le hablen de formas ni proporciones. Su cuerpo explora, tantea, presiente. La creación ocurre antes que la explicación.

    Maurice Merleau-Ponty, filósofo que alguna vez me incomodó por su densidad, me acompaña ahora como una voz que susurra entre materiales, gestos y silencios. En su Fenomenología de la percepción, propone algo radical: que no percibimos con la mente, sino con el cuerpo; que no estamos separados del mundo como observadores externos, sino que somos parte de él, tejidos en su trama, siendo y sintiendo a la vez.

    En mis clases lo compruebo sin necesidad de citarlo: cuando una alumna descubre que su trazo tembloroso no es un error, sino el registro de una emoción; cuando un alumno deja de buscar «el resultado correcto» y se deja afectar por la experiencia. La percepción no es un dato, es una forma de presencia. Es el cuerpo —ese cuerpo sensible, vivido, múltiple— el que sostiene la posibilidad de crear.

    «Mi cuerpo es el instrumento con el que tengo un mundo», escribió Merleau-Ponty. No como una metáfora, sino como una afirmación filosófica y vital. En el arte, esta idea cobra carne: no se pinta solo con la mano, se pinta con la espalda, con la respiración, con la memoria inscrita en los músculos. Cada elección —un color, un ritmo, un soporte— es una manera de estar en el mundo, de orientarse en él.

    He visto a estudiantes corregir una línea no porque esté mal, sino porque no se siente bien. Esa frase, que muchos desdeñarían por subjetiva, contiene una potencia que escapa al tecnicismo: el cuerpo como brújula estética y ética. No se trata de oponer lo técnico a lo intuitivo, sino de comprender que todo hacer técnico verdadero nace de una sensibilidad encarnada.

    En las clases hablamos del espacio, del tiempo, del otro. Merleau-Ponty también lo hace. Pero no desde conceptos abstractos, sino desde el cuerpo que se mueve, que recuerda, que anticipa. El tiempo, por ejemplo, no es una sucesión de relojes, sino el ritmo interno de una acción que se despliega: la espera antes de marcar un contraste, la pausa antes de cortar el papel, la duración de una mirada sobre la obra en proceso.

    En el aula abierta, el cuerpo no es solo presencia física: es conocimiento vivo. Por eso me interesa tanto detenerme ahí, entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se piensa y lo que se percibe. Porque quizá enseñar arte no sea otra cosa que acompañar la vuelta al cuerpo, al saber que habita en él sin necesidad de teoría, pero que encuentra en la teoría un modo de ampliarse.

    Esta columna, entonces, no busca explicar, sino dejarse atravesar. Porque el aula también es un campo perceptivo: un lugar donde lo invisible comienza a tomar forma, y donde el cuerpo —si se le escucha— nos recuerda que ya sabíamos, desde antes, cómo mirar.

    Miriam Uribe Zavala es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.

    Foto de The Cleveland Museum of Art en Unsplash

  • Aula Abierta: Pedagogías del arte

    Aula Abierta: Pedagogías del arte

    Enseñar arte no es enseñar a copiar una técnica. Es abrir un espacio donde el error es fértil, donde la voz se afina no solo con palabras, sino con formas, gestos, colores, materiales

    Cada aula de artes visuales, por precaria o improvisada que parezca, es un territorio de posibilidad. ¿Qué se enseña ahí, realmente? ¿A dibujar? ¿A pintar? ¿A reproducir estilos? No. Se enseña —o al menos se intenta— a mirar distinto, a sentir con más capas, a sostener una intención.

    En estos tiempos, donde lo inmediato domina y lo estético se confunde con lo superficial, formar a un creador es casi un acto de resistencia. No se trata de moldear genios ni de fabricar artistas con nombre comercial, sino de acompañar procesos auténticos, incluso contradictorios, muchas veces frágiles. Desde el primer trazo en un diario de trabajo hasta la última pincelada de una pieza en exposición, hay todo un recorrido que merece ser valorado, visibilizado, reflexionado.

    Trabajo con jóvenes de preparatoria y universidad. Cada semestre me sorprenden con las preguntas que traen consigo:
    —¿Esto está bien?
    —¿Puedo hacer esto así?
    —¿Cómo sé si ya terminé?

    Detrás de esas dudas, lo que emerge es la necesidad de afirmar su autonomía creativa. Y ahí, como docente, más que corregir, mi tarea es abrir caminos. No existe una fórmula única ni un trayecto recto. Hay obras que nacen de la duda, del ensayo torpe, de la conversación inesperada.

    Recuerdo, por ejemplo, una sesión en la que trabajábamos máscaras de cartonería en primer grado de bachillerato. Una alumna decidió romper el molde y construir una máscara a partir de su historia familiar, fusionando elementos naturales —ramas secas, flores prensadas— con papel maché. Lo que surgió no fue solo un objeto estéticamente potente, sino un relato íntimo, una afirmación visual de su identidad. En lugar de evaluarla con criterios técnicos aislados, el grupo se reunió en un ejercicio colectivo de lectura e interpretación:
    —¿Qué transmite esta pieza?
    —¿Cómo dialoga con la tradición?
    —¿Qué recursos usó para narrarse a sí misma?

    Ese tipo de experiencias son fundamentales para entender la pedagogía artística. No se trata solo de enseñar a producir objetos, sino de formar una sensibilidad, una forma de estar en el mundo con preguntas, con cuerpo, con imágenes.

    Hablar de pedagogía artística es hablar de tiempo: el tiempo que toma encontrar una voz propia, el tiempo que no siempre encaja en los calendarios escolares. Pero también es hablar de libertad, de vínculos, de ese espacio íntimo y colectivo donde alguien se atreve, por fin, a decir algo con una imagen.

    Esta columna se asoma al “aula abierta” como un territorio de gestos, preguntas y silencios, donde el arte y la enseñanza se entrelazan en su forma más viva. Porque formar artistas es también formar ciudadanas, testigos, hacedores de mundo. Y porque detrás de cada obra estudiantil —incluso la más sencilla— hay una decisión ética: la de expresarse cuando nadie lo pidió, la de resistir al olvido, la de dejar una huella.

    Miriam Uribe Zavala es artista visual, docente en artes plásticas y cultura visual, y colaboradora en procesos pedagógicos y creativos. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la enseñanza, la expresión artística y la reflexión crítica sobre las formas de ver y hacer en el aula.