Etiqueta: Crónica

  • Un mundo raro en las cantinas queretanas

    Un mundo raro en las cantinas queretanas

    Por Raúl Álvarez Huerta / Rock & Raul

    Las novias pasadas son copas vacías; en ella pusimos un poco de amor; el néctar tomamos… huyeron los días.
    —Manuel Gutiérrez Nájera

    Querétaro de campanas y cantinas que iban de barrio en barrio, de colonia en colonia y otras en Santa Rosa Jáuregui, El Pueblito, La Cañada, Huimilpan y… otros mundos raros; algunas —por suerte— con su respectiva e imprescindible sinfonola. En los años ochenta la lista da para muchos espacios, pero sólo para un lugar común en la bohemia, esa que se vivió de manera exponencial y sin cortapisas por aquella época, ahora llena de nostalgia por un mundo pretérito y… un mundo raro. Un mundo acompañado del sentido existencialista y sentimental que involucraba a varios actores sociales de carne y hueso: queretanos de a pie, entes mortales que deambulaban de cantina en cantina, de pulquería en pulquería, de arrabal en arrabal, de abismos y horribles resacas en un… mundo raro que se vivía al caer la tarde y avanzaba con la noche. Donde siempre estaba, en medio de todo ello, una mujer, una dama, una Eva que se volvía —en su propia virtud— el centro de un universo de sensaciones difíciles de describir.

    Amantes de la bohemia y de las mujeres a las que habría que hablarles… de amor y de ilusiones… y ofrecerles el sol de las tardes de otoño, en un cielo terrenal donde era deber presumir su amor… y su desamor. Un mundo de eventuales utopías que daba sentido de pertenencia a los parroquianos de la cantina, lugar que, en sus momentos de mayor ebullición, se convertía en escenario de dramaturgias reales y quiméricas dentro de un universo surrealista.

    Un mundo raro donde los heridos por Cupido deseaban ser recordados como los mejores amantes, sin que ellas —las que se habían ido— los mencionaran por su nombre. Sabiendo que para ellas nunca podían faltar quienes les ofrecieran… un sol y un cielo entero. Sentimiento que, para el que ya no era parte de su vida, se sabía por terceras personas en la barra de la cantina, dando por hecho que ella… sentiría amor del bueno… donde ambos recordarían, en la sana distancia, un pacto de silencio.

    Para ello están las mentiras con edulcorantes palabras, para ocultar los mejores momentos y, de paso, vivir la cantina convertida en un teatro de actores involuntarios. En esos casos lagrimosos, ella debía parecer un ser venido de… un mundo raro, donde no hay espacio para llorar ni para amar. Él, por su parte, habría de presumir que vivió un sueño dorado y, olvidando el rencor, no diría que su amor… lo volvió desgraciado. Ante la necia insistencia y con varios tequilas encima, se vería pretencioso, brindando que llegó… de un mundo raro; que no sabe del dolor, que triunfó en el amor y que nunca ha llorado…

    Era 1984 y, en la sinfonola de la cantina El Panal de la calle 25, en Lomas de Casa Blanca, de manera casual —en ese ambiente de drama, amor, desamor y sufrimiento— un espontáneo programa comenzaba con una herida que sangraba por dentro: Un mundo raro del maestro José Alfredo Jiménez. El ambiente olía a tequila y a camaradería en el desfase del amor no correspondido.

    Un mundo raro que daba lugar a la soledad y al silencio, a las pausas obligadas en medio de una nube densa de humo de cigarro. Por aquella época, el presidente de la República, Miguel de la Madrid Hurtado, y el regente del entonces Distrito Federal, Carlos Hank González, aún no decretaban que las mujeres podían entrar a las cantinas mexicanas. De haber estado alguna de ellas en El Panal, habría sido la otra parte que le faltaba al drama y a la alegría de vivir el ambiente cantinero de una colonia popular. Sus manos en la mesa habrían sido atesoradas por más de algún macho necesitado de cariño; habrían visto emociones compartidas y sensaciones sólo en ellas halladas, y amores imposibles… donde la canción condenatoria Diferentes, en la voz de Rocío Dúrcal, lo definía todo: «pero sólo como amigos entiéndelo muy bien». En un rincón de la cantina, alguien lloraba… viviendo su mundo raro.

  • Historia de un minuto

    Historia de un minuto

    Por Raúl Álvarez Huerta / Rock & Raul

    La mañana del 15 de febrero del año 2000, la vida sentimental de Camilo se había derrumbado en un minuto. Sesenta segundos definieron el fin de su historia personal al lado de Fátima. Un día después del mediático y depresivo San Valentín, Camilo caminaba por la calle Fraternidad del barrio de El Tepetate convertido en un desequilibrado emocional, regresando a vivir en el sin-sentido que había habitado antes de conocer a Fátima, el amor de su vida durante dos años de intensa pasión. Con ella había conocido el paraíso.

    Esta vez, la filosofía de Viktor Frankl ya no le interesaba en lo más mínimo; el ser de Martin Heidegger tampoco. En esas circunstancias, Nietzsche sería, ulteriormente, su tablita de salvación existencialista. Las enseñanzas del autor de Así habló Zaratustra le proporcionarían su mejor aprendizaje. Cuando Camilo aterrizó en la vida real, ya sin estar bajo los efectos de algún destilado, entendió que no debía aborrecer su suerte ni maldecir su destino. Ahora deseaba rehuir todo lo que fuera dolor y alejarse de todo lo que tuviera que ver con Fátima: el amor de su vida por muchas razones, el mismo amor que lo había conducido al sufrimiento. Con Nietzsche aprendió, de manera empírica, a darle sentido a su vida. Su destino con ella, nada ni nadie lo podía cambiar; su historia debía volver a empezar, y ahora él desearía llevar el timón a su propio mando, aun cuando eso implicara pagar un costo no cuantificable.

    Ese fatídico día, todo lo que lo rodeaba lo veía negativo y negro. De haber sido un Viernes Santo, habría dado su vida por caminar al lado de los encapuchados que, en su niñez, le recordaban al Ku Klux Klan cuando a las cinco de la tarde salían del Convento de la Cruz a recorrer las calles de la ciudad. Esa mañana salió a la calle y sólo fue cuestión de caminar unos metros para crudársela en la cantina ADO, atendida por los hermanos Corbella. Su resaca moral era un infierno. Al llegar, se dirigió sin titubear a la Rock-Ola para programar una rola que le gustara. El chiflido melódico que marca el inicio de la multicitada Historia de un minuto de David Garnica Palomares (no de Interpuesto ni de su vocalista Gonzalo Olvera) fue la coincidencia del destino. La melodía daba justo en el clavo, donde más dolía.

    Ella convirtió la noche en un poema de amor,
    Ella prometió mil noches de alegría solo a él,
    Pero el tiempo habló, no todo fue tan bello, no, no, no…

    La carta encontrada en el buró decía que estaba harta de todo, de tanto rodar. Que no era su culpa, que sólo era su forma de ser. Y esa noche, él no pensaría en buscarla. No. Esa noche no quería ni mirarla otra vez.

    En el juego de la vida y el amor, su suerte estaba echada. Las cartas habían estado marcadas sin que él lo hubiera percibido: el amor lo cegaba, lo cegó durante dos años. Para él, el día comenzaba con Fátima y terminaba con ella. Salir del otrora nido de amor, borrar todo y largarse sin voltear a ver atrás —en sentido metafórico— era lo mejor para su sentir. Se sintió fuerte y decidido para iniciar una nueva vida. Por eso tomó aquella fría determinación. El tiempo le demostraría que estaba equivocado: antes tendría que tocar fondo y pagar algunas sentimentales facturas.

    La cruda física comenzaba a hacer mella en sus dañados intestinos, y la cantina ADO fue un oasis en su desierto, en busca de una buena dosis de Bloody Marys y MicheClams, que lo ayudaron a recuperarse de la solitaria noche en la que bebió hasta quedar hecho pedazos en el sillón de la sala. Todo después de que Fátima lo cortara y lo mandara por el tubo del drenaje. Camilo se había ahogado en alcohol. Los estragos del exceso saltaban a la vista: sus ojos estaban rojos. Esa noche, Fátima prefirió dormir deseando que al día siguiente él desapareciera de su vida para siempre.
    Jamás volvieron a verse.

    Foto: Isabel Argüero Rodríguez.

  • La magniciencia de Metallica magnetizó a 60 mil pudientes mortales

    La magniciencia de Metallica magnetizó a 60 mil pudientes mortales

    No necesito oír lo que dicen. La vida es para vivirla como yo quiera…
    Metallica

    El sábado 6 de junio de 2009 fue la noche de la presentación del disco Death Magnetic. Cuatro mesías del heavy metal entraron por el poniente a la Gran Tenochtitlán, ciudad creada entre lagos y luego asentada sobre las mismísimas ruinas del orbe que asombró a los conquistadores y dio origen a una nueva raza.

    En el escenario del thrash, cuatro forasteros de Los Ángeles: James Hetfield (voz y guitarra), Lars Ulrich (batería), Kirk Hammett (guitarra líder) y Robert Trujillo (bajo). El thrash metal surgió a principios de los ochenta bajo la influencia del hardcore punk y la new wave of British heavy metal. Género del cual llevan el estandarte cuatro poderosas bandas: Megadeth, Slayer, Anthrax y, por supuesto, Metallica. Junto a ellos, tres pilares alemanes: Destruction, Sodom y Kreator.

    El thrash metal está de nuevo ante nosotros, y viviremos la metalmanía por dos horas. 60 mil luciérnagas encendidas, listas para una noche sin cielo azul ni negro, más bien gris smog pinchón, sin estrellas, pero con luna. La parafernalia de rigor: black. El setlist se espera ansiosamente; cada fan, en su ególatra individualismo, pide —a gritos o en silencio— que Metallica toque su rola preferida.

    Distrito Federal, sábado. Big city de contrastes, que vive su Apocalipsis por la carencia de agua. Ciudad chingona de luces y sombras, de riqueza y pobreza extrema, capital ecléctica, clasista, elitista, y por excelencia blanco del ácido antichilango en los estados del país. Metrópoli de banda colmada de entusiasmo, que se distribuye a lo largo y ancho de sus 16 alcaldías.

    La noche cae tras los grupos teloneros. OCESA, para parecer democrática, pone uno nacional y otro extranjero. Ambos cumplen su cometido: encender a la banda. Miles de celulares y encendedores brillan, apagados los reflectores, como estrellas de una bóveda celeste imaginaria que cubre el enorme Foro Sol en un gesto de bienvenida al grupo estrella de la noche.

    Metallica aparece en escena. Aquí están, one more time, para felicidad de la banda rockera integrada ya a las reglas sociales que ésta exige. Vatos-banda que ya no son joven-banda, sino jurásica banda que vive de recuerdos que sólo a ellos importan. Pero hoy, todos coinciden en un presente colectivo, en rolas llenas de emociones que se disfrutan desde la zona más alta de este foro beisbolero —donde vibra más la banda y donde mejor se corean las canciones.

    La primera: “Creeping Death” del disco Ride the Lightning. Le siguen “For Whom the Bell Tolls” y “Ride the Lightning”. Después, “Disposable Heroes” (Master of Puppets) y la explosión total con los acordes de “One” (…And Justice for All).

    El espectáculo prosigue con “Broken, Beat & Scarred” (Death Magnetic), seguida por “The Memory Remains” (Reload), rolototota que provoca un coro espléndido de miles de gargantas. Luego “Sad But True” y, tras dos temas del nuevo disco, otro clímax: “Master of Puppets”. El concierto avanza sin detenerse, con emisores y receptores acelerados en perfecta sintonía.

    Los cardiólogos dicen que la arritmia es un corazón que late apresurado, como motor en carrera. Con Metallica, esa arritmia es placentera: cada final de rola es oxígeno para la sangre, combustible para vivir en paz y armonía. Los galenos hablan de intervalos QT, de balances de sodio y potasio; los metaleros, de amplificadores, bocinas, guitarras, bajo y bataca.

    El máximo punto de ebullición en esta tierra de volcanes llega —como era de esperarse— con “Nothing Else Matters” y “Enter Sandman”.

    Muchos de los que deliran ven al diablo o se ven en el infierno, pero hay quien asevera, de modo lúcido y convincente, tener conversaciones con Dios… Casos como éste plantean una disyuntiva: ¿delirio o puerta a otras dimensiones que ni imaginamos?
    —Ignacio Solares

    El rock magnífico juega hoy su papel: una masa uniforme unida por gusto y pasión incomparable. Identidad compartida por un instante que se saborea, se vive, se disfruta. Metallica está aquí, en vivo, con letras y música de heavy metal que alguna vez fue underground.

    La física explica que sin oxígeno no habría vida en la Tierra. En paralelo, sin oxígeno no podríamos gritar, brincar, corear y rockear en una super tocada de Metallica. La explosión de mortales que hoy se sienten vivos —los miles que pagaron un boleto nada barato— es gloriosa, gigante, única. El heavy metal está aquí. Yes.

    Una espléndida noche primaveral del no-hastío, la no-monotonía, la no-rutina, la no-depresión. Noche de atmósferas oscuras, letras intensas, sonidos avasalladores, públicos efusivos y tiempos pretéritos vueltos presentes. Los ochenta y noventa que no volverán.

    Nunca esperes ni te apalanques, la juventud es una máscara que pronto se acaba.

    Y se acabó…

    El encore final: tres rolas. Dos de los inicios de la banda angelina: “No Remorse” y “Seek & Destroy”. Nos dicen que ha sido todo. Metallica se va… para volver, no sabemos cuándo.

    La vida es un instante, un instante es la vida.
    —Antonio Porchia

    Fotos de Jeff Yeager.

  • Una vuelta por el Tianguis de Juguetes

    Una vuelta por el Tianguis de Juguetes

    Ayer me di una vuelta por el primer Tianguis de Juguetes y Coleccionables en Satélite. Entre figuras, viniles, muñecos vintage y reliquias pop, me llevé más que recuerdos: capturé momentos.

    No soy fotógrafo, pero le eché ganas.

    David Álvarez (Querétaro, 1990) es sociólogo, periodista, director de la revista Saltapatrás y gestor cultural en la Universidad Autónoma de Querétaro. Ha publicado los libros Porca Miseria y Vulgatría.