Por Diana Galindo
Diego le cortaba las patas a las palomas que fallaban en sus labores: el transporte de sustancias ilegales. Para ganarse el alimento, para calmar el hambre que lastimaba sus estómagos, ellas debían ser eficaces. A veces parecía que una paloma tenía más hambre que un león, capaz de comer varias bolsas de pan al día; al final de su vida, podía haber comido cientos de kilos.
El trabajo también era duro para la paloma obnubilada por el hambre. Debía transportar la carga en su pata pintada de negro, amarrada con un hilo y una bolsita del mismo color. Pero a veces le daba hambre en el camino, entonces se equivocaba de destinatario y todo se volvía un caos, porque trabajaban juntas. Si una se equivocaba, debido a su tendencia a copiarse, las demás la seguían, y a veces perdían la mercancía.
El trabajo de Diego consistía en torturar a las palomas que se equivocaban. Les cortaba una pata y, si volvían a fallar, les sacaba los intestinos y luego les cortaba la cabeza. Lo hacía frente a las demás, pero ellas solo sentían hambre, no miedo; su verdadero temor era quedarse sin comida. Sin embargo, Diego no se daba cuenta de esto. Le gustaba cortarles las patas. En su casa había ciento veinte palomas, cada una con su número. El lugar estaba lleno de excremento por fuera, y nadie sospechaba lo que allí ocurría porque la gente no ponía atención. El suelo de su casa estaba salpicado de sangre y de patitas de ave que quedaban tiradas, y que a veces las mismas palomas se tragaban junto con las migas de pan.
Aunque no mucha gente se fijaba, un joven sí se dio cuenta de la situación. Su nombre era Isaac. Amaba contemplar a las aves, sobre todo a las gaviotas. Gentilmente se acercaba a platicar con ellas. Éstas volaban tan alto, tan lejos, que parecía que sus palabras no llegarían. Pero él se percató de que algo pasaba con las palomas: se dio cuenta de que eran traficantes y que las castigaban mutilándolas o aplastándolas hasta dejarlas sin vida en las calles.
—¿Qué pasa con las palomas? —preguntó.
—Te llevaremos ahí —le respondió la voz grave de una gaviota desde el cielo.
Isaac sintió miedo mientras caminaba por las calles llenas de niebla, guiado por las aves hacia un cerro. Llegó a la casa del criminal, distinguible porque estaba repleta de palomas y de excremento. No quiso pensar en el sufrimiento que se vivía allí y se fue.
Desde ese día comenzó a ir seguido al mar. Su forma de hacer la guerra era conversando con las gaviotas. Hablaba sobre moral, sobre la felicidad y los deberes de los hombres. Las gaviotas se sentían atraídas por sus palabras, por aquello que les contaba mientras él se sentaba junto al mar.
Convenció a las gaviotas, y fueron a pelear contra las palomas. Las exterminaron durante una noche y un día. Esa mañana, la gente de la ciudad, distraída como siempre, no se dio cuenta de lo ocurrido. Sin embargo, después de aquella batalla, las palomas que habían invadido la ciudad redujeron su número hasta casi desaparecer.
Ya no atacaban a la gente que comía pan en la calle, ya no golpeaban con sus alas el rostro de los transeúntes. Las pocas que quedaron eran calladas, discretas, casi imitando el elevado comportamiento de las gaviotas. Éstas, en cambio, se alejaron de la ciudad para evitar represalias de los traficantes.
Sin embargo, el cuerpo de Isaac fue encontrado flotando en el mar. Lo habían torturado y le habían sacado los intestinos. Las gaviotas lo guiaron en su último vuelo, cuando su espíritu se elevaba hacia el sol de la tarde; lo ayudaron para que no volteara a ver su cuerpo muerto, que yacía sin vísceras sobre el agua.
Aunque al principio morir le costó trabajo, ángeles y pájaros de la ciudad descendieron en su ayuda y volaron triunfales en el cielo. Las gaviotas que se habían ido regresaron graznando y permanecieron tranquilas todo el día, pescando y velando durante la madrugada. Conversaban sobre la partida de Isaac y sobre las cosas que él les contaba cuando se sentaba a la orilla del mar: su amor por la filosofía aristotélica, su gusto por la pintura y la música.
Ahora él escuchaba una melodía suave, en la espera más allá del tiempo.
Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

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