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  • Narrar desde la experiencia: Fernando Tamariz impartirá taller de narrativa por Zoom

    Narrar desde la experiencia: Fernando Tamariz impartirá taller de narrativa por Zoom

    A partir del próximo 7 de agosto, el escritor y tallerista Fernando Tamariz impartirá un Taller de Narrativa en modalidad virtual. El curso consta de 12 sesiones semanales, que se llevarán a cabo los jueves de 7 a 9 pm, vía Zoom.

    Con una trayectoria sólida en la promoción de la lectura y la escritura creativa, Tamariz ofrecerá un espacio donde los participantes podrán desarrollar sus proyectos narrativos, compartir avances y recibir retroalimentación profesional. El taller está dirigido tanto a quienes inician en la escritura como a autoras y autores con obra en proceso que deseen afinar su estilo.

    La propuesta del taller se basa en una metodología participativa, donde el análisis de textos, los ejercicios de escritura y la conversación crítica forman parte esencial del proceso formativo.

    Para informes e inscripciones, se puede contactar vía WhatsApp al 442 322 9298.

  • Brújula

    Fotografía: Aaron Burden

    Era un hombre que nunca tuvo un lugar fijo. Ningún sitio lo hacía sentir en casa. La tristeza de saberse un paria lo perseguía. Estuvo en muchos lugares, aunque nunca se estableció en ninguno.

    Conoció a mucha gente, pero nunca formó un lazo afectivo. Cruzó ríos, pero nunca mojó sus pies en ellos. Conoció la miseria humana, la mezquindad, pero también la bondad, aunque su corazón no distinguía un sentimiento del otro. Caminó muchas veces por diversos senderos, a veces con lluvia, otras bajo un sol insolente. Pero siempre volvía al mismo lugar: una porción de tierra a las orillas de un pueblo pequeño, de no más de cincuenta casas.

    Cuando llegaba ahí, se liberaba de su equipaje y lo colocaba a su lado. Él se hincaba en el suelo polvoriento. La aridez que reinaba en ese lugar se parecía muchísimo a él: seco, olvidado y terriblemente vacío, sin vida. Una vieja casa en ruinas le recordaba su vida: destruida.

    Aunque nunca se lo dijo a nadie, cuando llegaba a ese lugar su mente retrocedía años atrás, y en sus recuerdos esa tierra árida florecía. El viento le regalaba un aroma a flores, y escuchaba el bullicio que provenía de aquella casa de paredes rosadas, con ventanas rústicas en forma de arco. Las jaulas colgadas al exterior albergaban una media docena de pajarillos que no dejaban de trinar y hacer ruido durante todo el día.

    Y luego, el pasillo. Era largo, con helechos a su alrededor y un aroma campestre, a humedad, a vida. Las vigas que sostenían esa casa eran de madera, y las paredes del interior dejaban ver los ladrillos de barro con que estaba construida. Las voces de la gente que habitaba aquella casa dejaban imaginar la alegría que los inundaba. Siempre había un motivo para estar felices: la llegada de la primavera, una lluvia que refrescara con su olor húmedo la casa y sus alrededores, el nacimiento de alguna cría de los animales que habitaban el lugar: pajaritos, gallinas o algún conejo.

    El hombre se perdía en estos pensamientos y se olvidaba del tiempo y del lugar mientras su cabeza lo trasladaba a los años felices y maravillosos. Podía oler el aroma de la comida que emanaba de aquella cocina que tenía en la esquina una estufa pequeña, pero que siempre estaba caliente de tanto usarse. Si no estaba cocinando algún tipo de mole, estaba hirviendo alguna gallina. A su costado, un trastero de madera casi derramaba los jarros y platos de barro que contenía. Había una mesita que hacía las veces de comedor, y junto a ella, una tinaja de barro que conservaba el agua helada y con un sabor a tierra.

    Después de horas de evocar esos recuerdos, el hombre volvía a su realidad, e inevitablemente las lágrimas asomaban a sus ojos. Sobre todo porque siempre el recuerdo más maravilloso llegaba al final: una joven mujer saliendo de la cocina, portando un delantal de flores que cubría parcialmente su vestido color naranja. Su pequeña figura caminaba lenta pero dulcemente, como si flotara. Sus huaraches, de cuero con dos correas delgadas, apenas tocaban el piso. Y su cabello, suelto al hombro, negro como el azabache y con olor a durazno.

    Detrás de ella asomaban dos caritas sonrientes. Esas pequeñas parecían tener destellos que alumbraban todo a su alrededor. Esa imagen era, para él, un retrato de la felicidad.

    Y luego, el recuerdo cruel: aquel incendio en el pequeño poblado, cuando los hombres estaban fuera, en las actividades comunales, sembrando para cosechar y repartir entre todos el fruto del esfuerzo. Pero esa tarde no pudieron estar donde sus mujeres fueron incapaces de detener la desgracia.

    El recuerdo fue tan vívido que pudo verse el resplandor del fuego en sus pupilas. Solo duró un instante, antes de dar paso a un torrente de lágrimas que bajaban por su rostro. Era incapaz de sentir algo más que el calor de ese líquido que corría por sus mejillas, como si al mojar su rostro pudiera lavar sus heridas. Era inevitable: el dolor lo hacía huir a cualquier parte. Sin embargo, la brújula de su sentir lo hacía regresar inevitablemente al mismo lugar. A su lugar.

    Era incapaz de abandonar sus recuerdos. Le llevó su vida, y la vida de ellas, hacer esa pequeña colección de momentos que inmortalizó en la memoria.

    Toma sus cosas, las carga nuevamente al hombro y vuelve a comenzar el viaje, aunque está seguro de que su brújula lo guiará en algún momento de regreso a este, su lugar. Voltea a ver la vieja casa, y luego el polvoriento piso. Les dirige una triste mirada que carga una promesa: «volveré pronto».

    Alma Rosa Olvera Santos
    Feminista, aficionada a las letras. Ganadora del tercer lugar en Narrativa del IV Concurso Internacional de Poesía y Narrativa Vivencias 2011, organizado por el Instituto Cultural Latinoamericano en Junín, Buenos Aires, Argentina.

    *Foto de Aaron Burden en Unsplash

  • La ventana

    Cada mañana despertaba deseando que el suave viento tocara su rostro y refrescara su vida, pero se resistía a dejar abierta la ventana… Recorría las cortinas y tapaba la ventana, tratando de ocultar ese espacio cuadrado que prometía sensaciones que ella insistía en negar. Su rostro estaba cada día más pálido; resentía la ausencia del calor del sol y la falta de aire fresco, pero se resistía a dejar abierta la ventana… Se refugiaba en aquel rincón de la habitación donde el olor a moho le recordaba los años de humedad oculta.

    Su salud física y emocional comenzaban a resentir aquel encierro, la falta de luz, de aire, de vida. Pero ella se resistía a dejar abierta la ventana… Se santiguaba sentada en la cama para alejar los pensamientos que la asaltaban de vez en cuando al ver las sábanas, impecablemente blancas, horrorosamente pulcras.

    Un día se hartó. Ya no pudo respirar. Sintió asco del olor a moho y de aquel espacio reducido y oscuro, tan oscuro y lúgubre que lo blanco de las sábanas lastimó sus ojos.

    ¡¡Y decidió abrir la ventana!!

    Pero no fue un viento suave lo que entró… Fue un huracán que mezcló sus cabellos, sus ideas y sus sentidos. Tiró y desordenó lo que encontró a su paso, revolvió y ensució las sábanas de tal manera que le encantó y nunca más las quiere ver pulcras.

    Desvaneció el olor a moho de aquel rincón humedecido. Cambió todo de lugar y de sentido de manera tan radical que nunca volverá a ser como antes… Su cabeza, sus sentidos y el mundo entero giraban en una vorágine sin sentido, pero tortuosamente gozosa y placentera.

    ¡¡Y luego se fue!!
    ¡¡Revolvió su mundo y luego se fue!!

    Quisiera culparlo por todo lo que cambió, por lo que destruyó, pero no puede… porque fue ella quien abrió la ventana.

    Alma Rosa Olvera Santos
    Feminista, aficionada a las letras. Ganadora del tercer lugar en Narrativa del IV Concurso Internacional de Poesía y Narrativa Vivencias 2011, organizado por el Instituto Cultural Latinoamericano en Junín, Buenos Aires, Argentina.