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  • De Berlín a Tlatelolco: una historia a tres voces y tres países

    Un oficial nazi fugitivo, una joven chiapaneca marcada por la historia cafetalera del sur de México y un guionista de Hollywood exiliado por la persecución anticomunista: tres destinos que no deberían cruzarse, y sin embargo, lo hacen. Así es De Berlín a Tlatelolco (Par Tres, 2025), la novela escrita a cuatro manos por Sabine Schütze y Alejandra Camposeco, que inaugura una trilogía ambiciosa donde la historia se entrelaza con la ficción para iluminar un periodo clave del siglo XX.

    La novela, recientemente publicada, abarca un periodo que va de 1945 hasta el terremoto de 1957 en la Ciudad de México. Pero sus ecos alcanzan el movimiento estudiantil del 68, al cual las autoras planean llegar en los próximos volúmenes. «La idea original era escribir una novela histórica entre Alemania y México. La Segunda Guerra Mundial, y en especial los campos de concentración, han sido temas que siempre me han fascinado», explica Schütze. La autora de origen alemán ya había abordado ese contexto en su novela Querido soldado desconocido, por lo que quedarse en esa época resultó natural. «Había leído libros como The Ratline o The Odessa File, y me impactó descubrir cuántos oficiales nazis lograron escapar sin enfrentar consecuencias».

    Esa fascinación se volvió motor creativo cuando Schütze descubrió que muchos alemanes emigraron a México antes incluso de la guerra, especialmente a fincas cafetaleras del sur. Algunos de sus descendientes terminaron combatiendo en la Segunda Guerra Mundial, pese a haberse criado en territorio mexicano. De allí nació el personaje de Ana, hija del ama de llaves de una familia alemana en Chiapas.

    Alejandra Camposeco recuerda que al inicio ni siquiera sabían qué periodo exacto abarcaría la novela: «Yo propuse algunas fechas al azar, y al final Sabine y yo decidimos ir del fin de la guerra hasta la matanza de Tlatelolco». Esa decisión no fue menor. No sólo establecía el marco histórico de la trilogía, sino que permitía incorporar otras tensiones de la posguerra, como la persecución anticomunista en Estados Unidos, especialmente en Hollywood, encabezada por el senador Joseph McCarthy.

    Fue así como surgieron los tres protagonistas centrales: Otto, un oficial de la SS que huye de Europa; Ana, una joven chiapaneca atrapada entre dos mundos; y Bill Brown (BB), un guionista estadounidense que escapa de la “lista negra” de Hollywood y llega a México buscando una nueva vida. «Lo genial de esta colaboración es que Sabine aporta toda esa riqueza cultural alemana que yo nunca habría imaginado, y yo sumo la perspectiva mexicana. Lo difícil fue la reescritura para que no se notaran los cambios de pluma», confiesa Camposeco.

    El rigor de la investigación histórica es una de las fortalezas del libro. Las autoras encontraron que San Carlos de Perote, una antigua fortaleza en Veracruz, fue usada como campo de detención para ciudadanos del Eje durante la guerra. La información era escasa, pero lograron rastrear publicaciones como Perote y los nazis de Carlos Inclán Fuentes y testimonios de investigadores que documentaron esos episodios poco conocidos.

    Otra dificultad fue comprender la devastación cafetalera ocurrida en 1957. Gracias a Ma. Amalia Toriello, quien escribía un libro sobre la finca Hamburgo en Chiapas, supieron que un viento violento defolió las plantas, dejándolas improductivas por años. Ese tipo de detalles, que podrían parecer anecdóticos, enriquecen el trasfondo narrativo.

    Camposeco admite que nunca había incursionado en el género histórico. «Imaginaba que requería investigación, pero la realidad fue abrumadora. Aunque debo decir que fue también la parte más divertida. Me encantó aprender tanta historia, y lograr que los hechos se convirtieran en un escenario sin que pareciera que intentamos dar una lección».

    El libro aborda temas complejos como la culpa, la obsesión, el amor y la redención, pero lo hace desde la contención emocional. «Nunca nos ha gustado el melodrama», dice Camposeco. «ambas somos secas y pragmáticas, aunque creo que tenemos un alma romántica escondida por ahí». Schütze coincide: «Otto encarna la crueldad nacida del vacío y del miedo a perder el control; Ana y Jürgen viven un amor imposible desde el inicio. La culpa está presente en todos, no como castigo, sino como compañía».

    Un contexto que destaca en la novela es la persecución macartista en Hollywood. Camposeco recuerda que el detonante fue la película Trumbo: la lista negra de Hollywood, con Bryan Cranston. Le interesó la idea de que el comunismo, tan presente en la posguerra, también impactó en México, donde el Partido Comunista Mexicano y el Partido Popular Socialista comenzaron a influir en la juventud: «El personaje de Bill Brown escapa de Hollywood porque no quiere involucrarse, pero termina enfrentándose a esa ideología como profesor en la UNAM. En el segundo tomo hablaremos de la revolución cubana, que también forma parte de este telón de fondo».

    La trilogía está cuidadosamente planificada. El segundo volumen continuará después del sismo de 1957, y llegará hasta 1963. El escenario regresará a la finca cafetalera, ahora golpeada por un entorno hostil. Los Wächter, la familia alemana, intentarán recuperar el control mientras la tensión entre Otto, Ana y Jürgen se intensifica. También aparecerá Acapulco en su época dorada, como otro de los espacios donde se despliega la narrativa.

    La tercera parte, como anticipa el título, llegará a la tragedia de Tlatelolco en 1968. «Nos interesa mostrar cómo ciertos procesos históricos, aparentemente desconectados, terminan por confluir en un mismo país, en una misma historia. Porque la historia, como la memoria, no es lineal. Es una red de ecos y resonancias».

    De Berlín a Tlatelolco no es solo una novela histórica; es una exploración de lo humano desde la ficción documentada. Una historia escrita por dos autoras que se complementan no solo en estilo, sino en visión del mundo. En un momento donde la literatura mexicana y latinoamericana busca nuevas formas de narrar el pasado, Schütze y Camposeco han encontrado una voz compartida que, sin caer en simplificaciones, ilumina los claroscuros de una época crucial.

    Y esto apenas comienza.

  • Brújula

    Fotografía: Aaron Burden

    Era un hombre que nunca tuvo un lugar fijo. Ningún sitio lo hacía sentir en casa. La tristeza de saberse un paria lo perseguía. Estuvo en muchos lugares, aunque nunca se estableció en ninguno.

    Conoció a mucha gente, pero nunca formó un lazo afectivo. Cruzó ríos, pero nunca mojó sus pies en ellos. Conoció la miseria humana, la mezquindad, pero también la bondad, aunque su corazón no distinguía un sentimiento del otro. Caminó muchas veces por diversos senderos, a veces con lluvia, otras bajo un sol insolente. Pero siempre volvía al mismo lugar: una porción de tierra a las orillas de un pueblo pequeño, de no más de cincuenta casas.

    Cuando llegaba ahí, se liberaba de su equipaje y lo colocaba a su lado. Él se hincaba en el suelo polvoriento. La aridez que reinaba en ese lugar se parecía muchísimo a él: seco, olvidado y terriblemente vacío, sin vida. Una vieja casa en ruinas le recordaba su vida: destruida.

    Aunque nunca se lo dijo a nadie, cuando llegaba a ese lugar su mente retrocedía años atrás, y en sus recuerdos esa tierra árida florecía. El viento le regalaba un aroma a flores, y escuchaba el bullicio que provenía de aquella casa de paredes rosadas, con ventanas rústicas en forma de arco. Las jaulas colgadas al exterior albergaban una media docena de pajarillos que no dejaban de trinar y hacer ruido durante todo el día.

    Y luego, el pasillo. Era largo, con helechos a su alrededor y un aroma campestre, a humedad, a vida. Las vigas que sostenían esa casa eran de madera, y las paredes del interior dejaban ver los ladrillos de barro con que estaba construida. Las voces de la gente que habitaba aquella casa dejaban imaginar la alegría que los inundaba. Siempre había un motivo para estar felices: la llegada de la primavera, una lluvia que refrescara con su olor húmedo la casa y sus alrededores, el nacimiento de alguna cría de los animales que habitaban el lugar: pajaritos, gallinas o algún conejo.

    El hombre se perdía en estos pensamientos y se olvidaba del tiempo y del lugar mientras su cabeza lo trasladaba a los años felices y maravillosos. Podía oler el aroma de la comida que emanaba de aquella cocina que tenía en la esquina una estufa pequeña, pero que siempre estaba caliente de tanto usarse. Si no estaba cocinando algún tipo de mole, estaba hirviendo alguna gallina. A su costado, un trastero de madera casi derramaba los jarros y platos de barro que contenía. Había una mesita que hacía las veces de comedor, y junto a ella, una tinaja de barro que conservaba el agua helada y con un sabor a tierra.

    Después de horas de evocar esos recuerdos, el hombre volvía a su realidad, e inevitablemente las lágrimas asomaban a sus ojos. Sobre todo porque siempre el recuerdo más maravilloso llegaba al final: una joven mujer saliendo de la cocina, portando un delantal de flores que cubría parcialmente su vestido color naranja. Su pequeña figura caminaba lenta pero dulcemente, como si flotara. Sus huaraches, de cuero con dos correas delgadas, apenas tocaban el piso. Y su cabello, suelto al hombro, negro como el azabache y con olor a durazno.

    Detrás de ella asomaban dos caritas sonrientes. Esas pequeñas parecían tener destellos que alumbraban todo a su alrededor. Esa imagen era, para él, un retrato de la felicidad.

    Y luego, el recuerdo cruel: aquel incendio en el pequeño poblado, cuando los hombres estaban fuera, en las actividades comunales, sembrando para cosechar y repartir entre todos el fruto del esfuerzo. Pero esa tarde no pudieron estar donde sus mujeres fueron incapaces de detener la desgracia.

    El recuerdo fue tan vívido que pudo verse el resplandor del fuego en sus pupilas. Solo duró un instante, antes de dar paso a un torrente de lágrimas que bajaban por su rostro. Era incapaz de sentir algo más que el calor de ese líquido que corría por sus mejillas, como si al mojar su rostro pudiera lavar sus heridas. Era inevitable: el dolor lo hacía huir a cualquier parte. Sin embargo, la brújula de su sentir lo hacía regresar inevitablemente al mismo lugar. A su lugar.

    Era incapaz de abandonar sus recuerdos. Le llevó su vida, y la vida de ellas, hacer esa pequeña colección de momentos que inmortalizó en la memoria.

    Toma sus cosas, las carga nuevamente al hombro y vuelve a comenzar el viaje, aunque está seguro de que su brújula lo guiará en algún momento de regreso a este, su lugar. Voltea a ver la vieja casa, y luego el polvoriento piso. Les dirige una triste mirada que carga una promesa: «volveré pronto».

    Alma Rosa Olvera Santos
    Feminista, aficionada a las letras. Ganadora del tercer lugar en Narrativa del IV Concurso Internacional de Poesía y Narrativa Vivencias 2011, organizado por el Instituto Cultural Latinoamericano en Junín, Buenos Aires, Argentina.

    *Foto de Aaron Burden en Unsplash

  • La escritura como espejo: finaliza el taller “Lo sublime del yo” de Eduardo Garay Vega

    Querétaro, Qro., 12 de junio de 2025. — La tarde del miércoles 11 de junio concluyó el taller “Lo sublime del yo: entre la autoficción y la crónica”, dirigido por el escritor y periodista Eduardo Garay Vega, como parte de su proyecto apoyado por el Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) 2025.

    A lo largo de varias sesiones, este espacio formativo propuso una reflexión crítica y creativa sobre las posibilidades narrativas de la experiencia personal, moviéndose entre los límites de la autoficción y la crónica contemporánea. Garay Vega, reconocido por su trabajo en medios culturales y por su exploración literaria del yo, orientó a los participantes en un proceso de escritura que buscó ir más allá del testimonio para alcanzar dimensiones estéticas y simbólicas del relato propio.

    El cierre del taller se realizó en el Coro Bajo del Centro de las Artes de Querétaro, un ambiente de lectura colectiva y diálogo íntimo, donde los asistentes pudieron compartir fragmentos de los textos trabajados durante el proceso. Los participantes —Paty Romero, Brenda García Aguirre, Jacobo Jardón y José Olmedo— presentaron avances de piezas que se nutren de la vida cotidiana, la memoria, el cuerpo, el duelo, la ciudad y sus intersecciones con la identidad.

    El taller apostó por el cruce entre lo literario y lo vivencial, ofreciendo herramientas teóricas y técnicas de escritura, al tiempo que abrió un espacio de contención y escucha para abordar los dilemas éticos y creativos que implica narrarse a sí mismo.

    Con este proyecto, Garay Vega no sólo reafirma su compromiso con la formación de nuevas voces narrativas, sino también con la construcción de espacios que permitan pensar el yo como una forma legítima —y urgente— de decir el mundo.

    El taller Lo sublime del yo se suma a una serie de propuestas que, gracias al apoyo del PECDA Querétaro, impulsan la profesionalización y la visibilidad de prácticas artísticas locales con mirada crítica, experimental y profundamente humana.

  • Distrito Central, una novela polifónica sobre identidades y memorias

    En la vasta producción literaria de Juan Antonio Isla (Querétaro, 1950), Distrito Central: un nuevo modelo para armar (Helvética, 2024) se erige como una pieza narrativa clave que explora las fronteras entre lo personal, lo colectivo y lo artístico. A través de un complejo entramado de voces y memorias, Isla entrelaza los secretos familiares con las realidades sociales de una entidad geográfica cambiante, revelando una obra de inusitada profundidad que desafía las convenciones de la novela tradicional. Este próximo 29 de noviembre, en el Museo de Arte de Querétaro, se presentará oficialmente esta obra, invitando a lectores a ser parte de en una experiencia literaria cautivadora.

    En el centro de la novela se encuentra Gerardo Santander, un personaje que, tras un exilio autoimpuesto en Nueva York y Hollywood, regresa al Distrito Central, el barrio que lo vio crecer, con un ambicioso proyecto: crear un filme híbrido, a medio camino entre el documental y la autobiografía. Acompañado por Djurek Volta, un productor ucraniano que comparte su visión artística, Gerardo decide construir su película con las historias de su comunidad, utilizando a sus propios vecinos y familiares como protagonistas.

    El proyecto de Gerardo, aunque ficticio, se convierte en un espejo de las dinámicas narrativas de la novela misma. Isla estructura Distrito Central como un rompecabezas narrativo, donde las piezas —cada historia, cada personaje— se ensamblan en un corpus que trasciende la suma de sus partes. Este enfoque, descrito por el propio autor como una sucesión de pequeñas historias agrupadas, permite al lector asumir un rol activo en la construcción de sentido, configurando un diálogo íntimo entre texto y lector.

    Una de las mayores fortalezas de esta obra radica en su habilidad para capturar lo extraordinario en lo ordinario. Las calles del Distrito Central, sus habitantes y sus rutinas se convierten en escenarios que Isla describe con minuciosidad y sensibilidad. A través de esta lente, la novela da voz a una comunidad que, aunque aparentemente periférica, es el corazón palpitante de las transformaciones sociales y culturales.

    La introspección psicológica de los personajes es otro de los elementos destacados de la novela. Isla profundiza en los conflictos internos de sus protagonistas, abordando temas como el alcoholismo, los secretos familiares, la sexualidad y la memoria colectiva. Esto no solo humaniza a los personajes, sino que los sitúa como representantes de una sociedad en transición, atrapada entre el peso de las tradiciones y las exigencias de la modernidad.

    El erotismo emerge como un eje transversal en Distrito Central. Sin caer en lo explícito, Isla dota a su prosa de una carga sensual que se convierte en un vehículo para explorar las pasiones humanas y los vínculos afectivos. Las escenas de corte erótico, descritas con maestría, oscilan entre lo visceral y lo poético, aportando matices a la narrativa que enriquecen su profundidad emocional.

    Este erotismo, sin embargo, no es un fin en sí mismo, sino un medio para desentrañar las complejidades de las relaciones humanas. En las palabras del propio autor, su intención no es únicamente describir una realidad externa, sino involucrarse profundamente con las emociones y los conflictos de sus personajes. Esto confiere a la novela un carácter visceral y honesto que resuena con los lectores.

    Uno de los logros más destacados de la novela es su capacidad para situar a un ente geográfico contemporáneo (quizás Querétaro) en el contexto de su propia historia. Isla retrata una ciudad en constante evolución, donde las tradiciones y costumbres del siglo XIX conviven, a veces de forma conflictiva, con las inercias del siglo XXI. Este enfoque histórico y sociológico dota a la novela de una dimensión adicional, convirtiéndola en un testimonio de las transformaciones culturales y sociales de nuestra región.

    El Distrito Central se convierte así en un microcosmos que encapsula los desafíos y las oportunidades de la modernidad. Las historias individuales de los personajes, aunque profundamente personales, adquieren un carácter universal al situarse en este contexto más amplio, haciendo de la novela una reflexión tanto sobre la identidad colectiva como sobre las contradicciones inherentes al progreso.

    La estructura polifónica de Distrito Central es otro de sus rasgos definitorios. Isla no se limita a una única perspectiva narrativa, sino que emplea múltiples voces para construir un mosaico de experiencias y emociones. Esta técnica no sólo enriquece la complejidad de la trama, sino que también refuerza el tema central de la novela: la multiplicidad de perspectivas que conforman la verdad colectiva.

    El narrador omnisciente, aunque presente, no es un observador distante. Por el contrario, Isla lo describe como un participante con agencia, involucrado emocionalmente con sus personajes y sus historias. Este enfoque permite a los lectores experimentar la narrativa desde dentro, sintiéndose parte del entramado emocional que da vida a la novela.

    Distrito Central: un nuevo modelo para armar es mucho más que una novela; es una experiencia literaria que invita a los lectores a reflexionar sobre las complejidades de la identidad, la memoria y la comunidad. Con una prosa que combina la precisión de un documentalista con la sensibilidad de un poeta, Juan Antonio Isla nos entrega una obra que, al igual que la película ficticia de Gerardo Santander, se convierte en un espejo multifacético de nuestra propia realidad.

    Distrito central es un testimonio del poder de la literatura para capturar lo efímero, para dar voz a los marginados y para explorar las infinitas posibilidades del arte como medio de representación. En el panorama de la literatura contemporánea, Distrito Central se yergue como un hito que reafirma el talento y la visión de Juan Antonio Isla.

    *Fotografías: Mónica Zárate

  • Té chai

    Photo by hayriyenur . on Pexels.com

    A las siete de la noche, Carla se sumerge en una nueva sensación del tiempo. Se prepara un té caliente; con libreta y bolígrafo en mano, se sienta a escribir. En enero comenzó una historia sobre unos jóvenes que estudiaban magia en una escuela donde les enseñaban a transformarse en criaturas mitológicas; la terminó en abril.

    Poco a poco descubrió que el tiempo que dedicaba a tomar té y escribir era mágico. Al terminar aquel libro, comenzó otro de haikus y poemas breves. Cuando lo finalizó, se sintió fatigada y sin inspiración; dejó de escribir y también de tomar el té a las siete.

    Esos días pensó mucho en su vida, y sintió el peso de su soledad. Hacía tiempo que había pospuesto ver a sus amigas. Se había sumergido tanto en sus escritos que se olvidó de su vida social.

    Como si fuera una coincidencia, una de sus amigas la contactó y acordaron ir a tomar un café. El aroma de la mezcla chai le recordó su labor literaria, que había detenido por varios meses. Mientras platicaban, Carla le contó a su amiga sobre los libros que escribió y sobre unos sueños que tuvo.

    —Hace poco he vuelto a soñar que camino por las calles de Europa. Me he dado cuenta de que las ciudades son muy similares y están conectadas por túneles y pasadizos.

    —Creo que tengo que ir a Lisboa a tomar el té y escribir un nuevo libro de cuentos —le dijo a su amiga Olivia, mientras tomaba un sorbo de su té.

    —Es muy interesante que puedas ver calles y ciudades en sueños. Significa que estás por moverte a un nuevo lugar.

    —Me gustaría tener más tiempo para viajar —el anhelo se notaba en la voz de Carla—. Luego de que empecé a beber té regularmente, ¿te diste cuenta de que los rituales alargan el tiempo?

    —Sí, me gusta esa sensación. Viajar también es un ritual.

    —Te deseo mucho éxito, amiga.

    —Gracias. Espero que podamos vernos pronto, para intercambiar nuestros libros.

    —Yo también —concluyó Olivia amablemente, y salieron del café.

    Diana Galindo Barajas
    Escritora mexicana nacida en el Estado de México en 1994. Es licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Ha publicado los libros Despliegue de pájaros (Ediciones El Humo, 2012), Spiritual Kingdom (El Humo, 2014), El mundo desde afuera (El Humo, 2019), Las pasiones de la luz (Infame Turba Editorial, 2022) y Atlas magnético (Ígneo Editorial, 2025). Su obra poética forma parte de la antología Poesía en sí (Escuela Normal Superior de Querétaro, 2015).

  • La ventana

    Cada mañana despertaba deseando que el suave viento tocara su rostro y refrescara su vida, pero se resistía a dejar abierta la ventana… Recorría las cortinas y tapaba la ventana, tratando de ocultar ese espacio cuadrado que prometía sensaciones que ella insistía en negar. Su rostro estaba cada día más pálido; resentía la ausencia del calor del sol y la falta de aire fresco, pero se resistía a dejar abierta la ventana… Se refugiaba en aquel rincón de la habitación donde el olor a moho le recordaba los años de humedad oculta.

    Su salud física y emocional comenzaban a resentir aquel encierro, la falta de luz, de aire, de vida. Pero ella se resistía a dejar abierta la ventana… Se santiguaba sentada en la cama para alejar los pensamientos que la asaltaban de vez en cuando al ver las sábanas, impecablemente blancas, horrorosamente pulcras.

    Un día se hartó. Ya no pudo respirar. Sintió asco del olor a moho y de aquel espacio reducido y oscuro, tan oscuro y lúgubre que lo blanco de las sábanas lastimó sus ojos.

    ¡¡Y decidió abrir la ventana!!

    Pero no fue un viento suave lo que entró… Fue un huracán que mezcló sus cabellos, sus ideas y sus sentidos. Tiró y desordenó lo que encontró a su paso, revolvió y ensució las sábanas de tal manera que le encantó y nunca más las quiere ver pulcras.

    Desvaneció el olor a moho de aquel rincón humedecido. Cambió todo de lugar y de sentido de manera tan radical que nunca volverá a ser como antes… Su cabeza, sus sentidos y el mundo entero giraban en una vorágine sin sentido, pero tortuosamente gozosa y placentera.

    ¡¡Y luego se fue!!
    ¡¡Revolvió su mundo y luego se fue!!

    Quisiera culparlo por todo lo que cambió, por lo que destruyó, pero no puede… porque fue ella quien abrió la ventana.

    Alma Rosa Olvera Santos
    Feminista, aficionada a las letras. Ganadora del tercer lugar en Narrativa del IV Concurso Internacional de Poesía y Narrativa Vivencias 2011, organizado por el Instituto Cultural Latinoamericano en Junín, Buenos Aires, Argentina.

  • Poemas

    Woman Taking Her Chemise (c by National Gallery of Art is licensed under CC-CC0 1.0

    Soy todas 

    Soy todas mis edades

    La adultez que intento ignorar

    cuando observo las manchas en mis manos

    mientras corto frutas para el almuerzo.

    Las náuseas de mi adolescencia,

    la vejez prematura que me susurra,

    empujándome poco a poco hacia la soledad.

    Pero, sobre todo,

    soy esa niña infinita

    que nunca se ha ido,

    la que corre descalza bajo la lluvia,

    la que trepa los árboles

    y se queda abrazada a ellos,

    susurrándoles secretos.

    Soy esta infancia absoluta

    que atraviesa mi vida como un río eterno:

    mi ingenuidad, mi valentía,

    mi risa y mis lágrimas.

    Soy la rodilla lacerada,

    los rasguños de mi gato.

    Soy el vaivén de un columpio oxidado,

    la valentía de lanzar una carcajada al cielo,

    la ingenuidad que sigue creyendo en lo imposible.

    Soy el abrazo eterno de mis abuelos,

    el eco de sus bendiciones,

    la cocina viva de mis tías del pueblo,

    donde el maíz canta en el comal

    y el aroma a flores frescas

    me recuerda de dónde vengo.

    Soy la flor amarilla

    que se aferra a la vida

    en medio del campo,

    la que gira al sol sin miedo.

    Soy los libros que me construyeron,

    los poemas que me salvaron,

    el abrazo de la naturaleza

    que siempre me devuelve a mí misma.

    Soy las risas de mis hijos,

    el reflejo de su alegría,

    la promesa de que esa niña en mí

    nunca desaparecerá.

    Soy la guerra que no entiendo afuera

    y la batalla que arde dentro de mí.

    Soy el recuerdo de mis padres felices,

    el viento al que entrego mis penas,

    el fuego al que confío mi dolor,

    pidiéndole que deje el aprendizaje.

    Todo nace y muere en mi niña infinita.

    Soy todas las mujeres antes de mí.

    Soy la abuela revolucionaria,

    la que tejió sueños de libertad

    con las manos arrugadas por el tiempo.

    Soy la mujer medicina,

    Aquella que canta a la luna y al fuego,

    la que susurra secretos al viento

    y sana con hierbas y palabras.

    Fui la esclava mutilada,

    la que resistió con el alma intacta.

    La escritora en anonimato,

    la que escribió en sombras

    para que otros pudieran ver la luz.

    Huelo a palo santo,

    y del romero en mi cabello

    brotan raíces de protección.

    Soy todas las mujeres que caminaron antes,

    las que, firmes en guerra,

    atacan sin piedad alguna,

    pero con justicia en el corazón.

    Soy el copal a medianoche,

    un rezo que sube al cielo entre el humo sagrado.

    Soy poesía a las tres de la madrugada,

    esas palabras que sangran desde el alma

    cuando todo duerme.

    Soy el café amargo de la mañana,

    El bolero de antaño que invoca,

    la danza que envuelve la pasión

    y despierta los cuerpos al amor.

    Soy todas ellas.

    Soy cada verso, cada nota, cada batalla.

    Soy la memoria viva

    de las que soñaron, lucharon y amaron.

    Pero nada puede robarme esa niña:

    ni el tiempo,

    ni las responsabilidades,

    ni los días grises.

    Sigo abrazada a la vida

    y a la tierra que me vio nacer.

    Ayahuasca

    Aún conservo invierno de aquel momento,

    cinco hectáreas de abrazo, un corcho de vino,

    79 maneras para defenderse de la vida

    y el desespero de encontrarte.

    Recordé que alguna vez escuché del anciano

    que las personas pueden vivir hasta trece vidas.

    Así que, retornando al desespero de encontrarte,

    y ver el cielo en tus pupilas,

    quise comprobar por medio de lo sagrado

    y en mi auxilio viajar a tu encuentro.

    La poderosa diosa femenina vegetal

    se apoderó de mí,

    cada átomo se convirtió en complejos y hermosísimos fractales

    que formaban infinitas galaxias.

    Viajando entre mundos, por fin te encontré:

    viajabas con Alejandro Magno

    a la conquista de Persépolis.

    Fue rápido, pero pude rozar

    la huella del índice de tu muñeca.

    Años después te encontré

    pintando un cuadro en el Renacimiento.

    Supe que eras tú al ver tu pincel

    dibujando mi cabello

    y esa silueta que tanto te gusta.

    Amé encontrarte en los setenta, Londres,

    concierto de Led Zeppelin.

    No me extrañó, entendí por qué irradias

    energía pura con la música.

    Las veces que te busqué y otras tantas que te encontré,

    sumaron diez, en punto de las diez.

    Mi alma se aferró a tus vidas,

    mi espíritu a mi vida.

    Piloto de carreras, filósofo,

    vaya combinación de arte y perfección.

    Aunque no nos conocíamos,

    cuando nuestros ojos se encontraron

    en aquel momento inefable.

    En este momento, mi búsqueda de la felicidad

    había terminado.

    Es algo extraño, ¿sabes?,

    porque, a pesar de no estar a tu lado en el presente,

    en el pasado siempre te encontré.

    Me tomaste de la mano,

    y el venado azul apareció.

    Sus ojos como espejos reflejaron

    las constelaciones dentro de su pecho,

    su aliento perfumado de tierra y hojas secas.

    Danzamos con él en un círculo sagrado,

    bajo la luna llena que iluminaba el rito.

    El suelo vibraba en geometría sagrada,

    en cada paso, una línea,

    una forma perfecta que tejía el universo.

    Y la voz ancestral nos susurraba,

    nos guiaba a través de los latidos del cosmos.

    Cerré los ojos, y vi el mar,

    el río, las estrellas, y tú.

    En cada rincón de la tierra,

    había una historia de nosotros,

    un susurro, una danza,

    una vida compartida que no termina

    Porque incluso en lo sagrado sigues apareciendo tú. 

    n243_w1150 by BioDivLibrary is licensed under CC-PDM 1.0

    Bordados de vida 

    Bordas la vida con tus manos gastadas,  

    refugias la historia,  

    transmites la esencia que nos fue robada.  

    En hamaca,  

    o en petate,  

    de tu luna dorada.  

    Remachas la vida,  

    suspiros en verde,  

    anhelos en blanco,  

    tristezas de rojo,  

    cada unión es un día,  

    plasmado en el tiempo,  

    tenangos coloridos  

    formando la flora,  

    formando la fauna,  

    sembradora de semillas  

    en los surcos de la tela,  

    raíces enlazadas con los hilos del amor,  

    fortaleza a tu nación.  

    Con habilidosas manos,  

    tejiendo historias en telas,  

    los pueblos originarios 

    forjando su legado,  

    cada puntada un eco  

    de susurros ancestrales,  

    un canto que resuena  

    en el viento de los valles.  

    Hamacas y petates,  

    Con tu luna dorada,  

    resguardan secretos,  

    sueños y pasados,  

    en hilos de colores,  

    la vida se entrelaza,  

    cada puntada es un día,  

    un instante guardado.  

    Tenangos brillantes,  

    con flora y fauna enlazada,  

    sembradora de semillas  

    en el corazón bordado,  

    raíz de un pueblo fuerte,  

    en su tejido, 

    toda la historia,  

    la esencia que fue robada  

    ahora florece con ardor,  

    la cultura y la memoria,  

    en cada tejido, con amor 

    y calma,  

    como un canto eterno  

    de amor y esperanza.  

    Más allá de la pantalla

    En el vasto océano de pantallas brillantes,

    donde la perfección se vuelve un eco lejano,

    fingido, impuesto, como un reflejo distante,

    navegamos entre redes,

    atrapados en la trama de un tiempo virtual.

    Sexo gratis, libros de almas,

    tesoros escondidos en un mar de bits y bytes,

    bellezas fugaces, frágiles,

    como hojas que caen en un otoño sin fin.

    Pláticas profundas, pero ¿son reales?

    Voces que flotan en la niebla digital,

    donde la verdad se convierte en un lujo,

    cada vez más cara,

    como el oro olvidado en un naufragio virtual.

    Duele ver la vida así,

    en este laberinto de ilusiones,

    donde lo simple se vuelve espejismo,

    la esencia ahogada en la velocidad del clic.

    Corazón Enjaulado

    En un rincón del alma, un jilguero canta,

    400 voces que al viento se levantan.

    Su trino es un susurro de libertad anhelada,

    pero el eco del mundo lo mantiene enjaulada.

    Mujer, portadora de mil melodías,

    con la esencia del sol y la luna en tus días,

    naciste con el don de pintar con palabras,

    pero el mundo a veces te guarda en sombras.

    Cada nota que brota es un grito callado,

    un canto silenciado, un sueño olvidado.

    Las hojas susurran secretos al viento,

    mientras tu corazón lucha lento.

    Eres el jilguero que anhela volar,

    pero la jaula del juicio te impide soñar.

    Las 400 voces que el cielo te dio,

    se ahogan en un mundo que no te escuchó.

    Despierta, ¡oh musa!, en tu esencia pura,

    rompe las cadenas, deja que se cure

    tu arte, tu fuerza, tu luz desbordante,

    pues en tu corazón, hay un canto vibrante.

    La vida es un lienzo donde debes pintar,

    tu historia, tus sueños, tu verdad sin par.

    Que el jilguero vuele, que el viento lo abrace,

    mujer de mil voces, ¡tu espíritu no cese!

    En cada verso, en cada suspiro,

    hay un eco de lucha que nunca se retira.

    Corazón enjaulado, pero fuerte y sincero,

    tus 400 voces un canto eterno.

    Daniela Quintero Hernández es promotora y gestora cultural, así como escritora autodidacta. Licenciada en Turismo Alternativo, cuenta con diplomados en Literatura, Letras Hispánicas, Escritura Creativa, Arteterapia, Herbolaria Mexicana, Historia y Filosofía. Su obra ha sido reconocida a nivel nacional e internacional, con distinciones como el premio de narrativa poética Matriz de amor y el fragmento Cuahuitl. Es autora de dos libros publicados y ha participado en diversas antologías. Su poesía y narrativa abordan temas como la maternidad, la justicia social y la conexión espiritual con la naturaleza. Actualmente trabaja en su tercer libro, centrado en el vínculo entre las raíces indígenas y la modernidad. Además, imparte talleres de escritura creativa, arteterapia y círculos de sanación para mujeres. Es locutora en la radiodifusora Radioactivatx.org y se desempeña como vicepresidenta del Consejo Mundial de la Paz en el estado de Querétaro.