Categoría: Carlos Campos

  • Ese ruido: un cortometraje de Sebastián Isla

    Ese ruido: un cortometraje de Sebastián Isla

    Por Luna Negra

    Hay ruidos que no vienen del exterior, sino de las grietas internas: los ecos de una culpa, un recuerdo o una palabra no dicha. Ese ruido, cortometraje de Sebastián Isla basado en un relato de Juan Antonio Isla, es justamente eso: una inmersión en la conciencia atormentada, en ese instante donde lo cotidiano se distorsiona y la mente se convierte en un laberinto de sonidos y sombras.

    Protagonizado por Diego Calva, el filme propone una experiencia sensorial donde el espacio —una casa, un pasillo, una escalera— se vuelve metáfora del encierro interior. Isla traslada al lenguaje cinematográfico la tensión latente del cuento original, en una pieza que oscila entre la realidad y la percepción distorsionada.

    La cinta, producida por Búho 44, con fotografía de Gabriel Selassie y diseño sonoro de Jerónimo González, se sostiene en una atmósfera de extrañeza sostenida por silencios precisos y miradas que inquietan.

    La proyección de Ese ruido será el 9 de octubre de 2025 a las 17:00 horas en la Cineteca Rosalío Solano, una oportunidad para descubrir cómo la narrativa literaria de Juan Antonio Isla encuentra, en la cámara de Sebastián, una nueva resonancia: la del cine que escucha lo que nadie quiere oír.

  • Chicharrón de cerdo (o la gula por el poder): el festín solitario de Juancho

    Chicharrón de cerdo (o la gula por el poder): el festín solitario de Juancho

    Por Luna Negra

    Juancho está de vuelta. Pero esta vez no viene solo: trae consigo una manada invisible de demonios, carcajadas y billetes arrugados. En Chicharrón de cerdo (o la gula por el poder), el creador del Laboratorio Escénico Barón Negro se lanza al vacío con una comedia negra clownesca donde hace absolutamente todo: actúa, dirige, musicaliza, diseña el vestuario, arma la escenografía, vende los boletos y, si hace falta, corre a la cabina para picarle al botón de la iluminación.

    ¿La razón? El maldito dinero. Esa fuerza que nos mueve, nos devora y nos corrompe si le damos permiso. Juancho convierte esa condena cotidiana en una sátira feroz sobre el poder, el ego y la supervivencia artística. Entre risas, mugre y delirios, su personaje se desmorona en el escenario, revelando que todos, en algún punto, somos parte del banquete.

    Las funciones serán los días 3, 4, 10, 11, 17, 24 y 25 de octubre de 2025, a las 20:00 horas, en el Teatrino del Museo de la Ciudad, Guerrero #47, Col. Centro, Querétaro.

    Una obra que huele a sudor, ambición y humanidad.
    Un festín escénico que nadie debería perderse.

    📍Síguelos en redes: @baronnegrolab
    📞 Informes y boletos: +52 1 442 498 1597

  • Tapar los ojos: animar la verdad en tiempos de desinformación

    Tapar los ojos: animar la verdad en tiempos de desinformación

    Por Carlos Campos

    El cortometraje “Tapar los ojos”, realizado por Adrián Andreí Guerra y Sofía Romo Saavedra, obtuvo el primer lugar en la categoría 19 a 25 años dentro de la etapa estatal del Concurso Nacional de Transparencia en Corto 2025, convocado por la Secretaría de la Contraloría. Con el tema “Mecanismos de impulso a la transparencia para combatir la desinformación”, el corto propone una mirada crítica sobre la forma en que los medios distorsionan la realidad.

    ¿Cómo surgió la idea del corto?
    La idea nació al reflexionar sobre cómo los medios y la desinformación “tapan” la realidad. Ya sea a través de lo que escuchamos, leemos o vemos, muchas veces consumimos información falsa o manipulada. De ahí surge la metáfora de las manos: representan cómo se nos cubren los ojos para impedirnos ver con claridad. El mensaje principal es generar conciencia de que no todo lo que vemos es correcto o neutral; muchas veces hay una agenda detrás.

    ¿Cuál fue el mayor reto creativo o técnico al abordar la temática?
    El mayor reto fue terminar a tiempo el corto. Para una animación 2D, tres semanas es un periodo muy corto considerando la cantidad de segundos y frames que realizamos. Fue una carrera contrarreloj que nos obligó a planear con precisión cada movimiento y cada escena.

    ¿Cómo vivieron el proceso del concurso y qué significa para ustedes haber obtenido el primer lugar estatal?
    Lo vivimos como un gran trabajo en equipo. Uno avanzaba en una parte mientras el otro seguía con otra; fue un caos organizado donde la rapidez y la entrega a tiempo eran esenciales. Fue como armar un rompecabezas desde cero. Obtener el primer lugar representa el fruto de nuestro esfuerzo y la certeza de lo que podemos lograr con compromiso y colaboración.

    De cara a la etapa nacional, ¿qué expectativas tienen y cómo fortalecerán la propuesta?
    Nos emociona mucho haber pasado a la siguiente etapa; sinceramente, no lo esperábamos. Estamos ajustando detalles de edición e iluminación para resaltar aún más lo que ya tenemos. Nuestra meta es mantener una idea concisa y clara, de modo que el mensaje llegue de forma directa y comprensible.

    ¿Qué papel creen que juegan los jóvenes en la construcción de una cultura de transparencia y en la lucha contra la desinformación?
    Creemos que los jóvenes tenemos un papel clave. Somos quienes habitamos el mundo digital, donde la desinformación se propaga con mayor fuerza. Por eso, está en nosotros crear conciencia, aprender a verificar fuentes, revisar dos veces lo que compartimos y desarrollar un criterio propio. Hoy, eso es lo único que nos protege de caer en lo falso.

    “Tapar los ojos” es, al final, un llamado a mirar con más profundidad: a no dejar que nadie —ni las pantallas, ni los discursos, ni las apariencias— nos robe la posibilidad de ver la verdad.

    El cortometraje se puede ver aquí: https://www.facebook.com/share/v/1CugYsz3Pn/?mibextid=wwXIfr

  • La imagen que nos mira: el fotoperiodismo como memoria crítica

    Reseña del número 6 de la revista Mnemosine

    Hay revistas que se limitan a documentar; otras, las menos, nos interpelan. Mnemosine pertenece a esta segunda especie. Desde su primer número ha sostenido una premisa fundacional: la fotografía no es espejo de lo real, sino un dispositivo para narrarlo, tensionarlo, incluso impugnarlo. En su sexto número de su segundo año, la revista del Club de Fotografía Hacedores de Memoria de Querétaro pone en el centro al fotoperiodismo: más que una técnica, una forma de pensamiento visual, un campo de disputa, un ejercicio político.

    El dossier se despliega desde múltiples ángulos, y lo hace con rigor y con potencia crítica. A través de una curaduría precisa de ensayos, testimonios, columnas y fotonarrativas, Mnemosine explora el devenir del fotoperiodismo en México, sus raíces documentales, su reinvención frente a los regímenes digitales, su potencial como archivo, pero también sus límites, sus contradicciones y, por supuesto, su uso como dispositivo de poder.

    La editorial, escrita por Andrés Monroy, traza una genealogía que va de Guillermo Granillo y Manuel Ramos al colectivo Hermanos Mayo, hasta desembocar en el Nuevo Fotoperiodismo Mexicano de los años ochenta con figuras como Pedro Valtierra, Christa Cowrie y José Luis Rocha. La propuesta es clara: mirar hacia atrás para comprender el presente, pero sin nostalgia ni romantización gratuita, sino con una lectura crítica del lugar que ocupa hoy el fotógrafo frente al acontecimiento.

    El gran Efraín Mendoza traza un ensayo memorioso desde su experiencia como corresponsal y editor. Desde su voz lúcida y sin adornos, nos recuerda que la fotografía de prensa no sólo registra lo visible, sino que construye el relato de lo que merece ser visto. No hay neutralidad en la lente, ni en la edición, ni en la circulación. Como bien señala: «toda imagen es mirada», y en esa mirada hay decisiones, exclusiones, silencios.

    Uno de los textos más inquietantes es el de Bruno Bresani, que aborda el fotoperiodismo como «dispositivo de poder». Su lectura foucaultiana no es sólo pertinente, sino necesaria: ¿quién decide qué imagen ocupa la portada?, ¿qué cuerpos aparecen y cuáles son omitidos?, ¿qué dolor merece visibilidad? La imagen, como acto performativo, produce realidad, no la refleja. Este enfoque desmonta la idea de que el fotoperiodismo es mero testimonio: es intervención, representación y, en muchos casos, reproducción de los discursos hegemónicos.

    Ulises Castellanos, con su experiencia como editor y docente, ofrece una cartografía de los retos contemporáneos del oficio: la democratización tecnológica, la irrupción de la inteligencia artificial, la crisis de credibilidad ante la saturación de imágenes manipuladas, la mutación del rol del fotoperiodista en redacciones reducidas. Su texto es a la vez diagnóstico y manifiesto: urge reinventar la práctica sin renunciar a su ética.

    Alejandro Pérez profundiza en el cruce entre fotografía documental, postfotografía y memoria. Partiendo de Thomas Höpker, Joan Fontcuberta y Peter Bialobrzeski, el autor plantea que la imagen ya no es sólo un archivo del pasado, sino un espacio de construcción estética y subjetiva. Lo documental, señala, es una forma de dramaturgia: un relato que combina mirada, estilo, contexto y posicionamiento. Desde esta perspectiva, el fotoperiodismo se vuelve una escritura visual, un lenguaje con gramática propia.

    Pero quizá un núcleo que resulta inquietante en este número está en la sección dedicada a las imágenes de Jesús Ontiveros. Sus fotografías no ilustran los textos: los tensionan. Son relatos visuales que desbordan lo noticioso para adentrarse en lo simbólico. La mujer anciana frente a la puerta tallada, el funeral interrumpido por un río crecido, el templo habitado por figuras contradictorias del poder: cada toma de Ontiveros nos recuerda que la fotografía no congela el instante, sino que lo inscribe en un tiempo social, político, espiritual. Como escribiera Walter Benjamin, «el instante verdadero es aquél en que se traba la lucha por el pasado».

    Las imágenes de Ontiveros, rescatadas de su etapa en El Nuevo Amanecer, del cual Mendoza Zaragoza fue su fundador, nos proponen un archivo alternativo de la ciudad, una contramemoria que disputa las versiones oficiales. No se trata de estetizar la pobreza ni de monumentalizar la protesta: se trata de visibilizar aquello que el poder busca mantener en los márgenes.

    Además del enfoque riguroso y el compromiso ético que recorre todos los textos, destaca el cuidado editorial: el diseño de Sintaxis Visual es sobrio, limpio, con una estructura que permite al lector navegar entre el ensayo, la crónica y la imagen sin jerarquías forzadas. El cartón de Fraga, siempre lúcido y provocador, aporta una dosis de humor negro que recuerda que la crítica también puede y debe ser irreverente.

    En tiempos donde la imagen circula de forma acelerada, donde todo se convierte en «contenido» y donde la espectacularización del dolor amenaza con trivializarlo, Mnemosine propone una pausa. Invita a mirar con atención, a leer las imágenes como discursos complejos, a sospechar de lo evidente. En este sentido, la revista no sólo informa: forma. Forma mirada, forma criterio, forma memoria.

    En conclusión, el número 6 de Mnemosine es mucho más que un homenaje al fotoperiodismo: es una apuesta por la vigencia del pensamiento visual como herramienta crítica. En sus páginas late una convicción: la fotografía no ha muerto, ni ha sido sustituida por algoritmos. Sigue viva en tanto siga siendo capaz de interrogarnos, de incomodarnos, de nombrar lo que otros callan. Y sigue viva, también, en proyectos editoriales como éste, donde la imagen no decora, sino que revela.

  • Hitlaro: el eco de lo no dicho

    En el horizonte literario de Querétaro, pocas primeras novelas se atreven a explorar con tanta osadía los territorios del tiempo, la muerte y lo femenino como lo hace Hitlaro (Helvética, 2025), ópera prima de Mariana Perusquía. Concebida durante su etapa universitaria y escrita con la espontaneidad y la intensidad de quien aún no sabe del todo que está escribiendo una novela, este libro aparece finalmente publicado dos décadas después bajo el sello de Helvética, con una portada realizada por la artista Andrea Perusquía Mendoza, hermana de la autora. Más que un debut tardío, Hitlaro es una aparición madurada por el tiempo y por la conciencia de que toda historia importante encuentra su propio momento para ser contada.

    La novela abre con un gesto íntimo y sencillo: Sara, una mujer joven, regresa con su esposo Adrián y su hijo Julián al pueblo de donde él es originario. La motivación parece inocente: acompañar a su suegra tras la muerte del patriarca. Pero pronto el lector intuye que hay algo más denso, algo no resuelto en ese regreso a lo rural. Hitlaro, el pueblo que da nombre al libro, es un lugar imaginario, pero se siente profundamente real: una comunidad marcada por el abandono, las supersticiones y la persistencia de lo no dicho. En sus calles polvorientas y casas detenidas en el tiempo se agitan fuerzas invisibles, memorias enterradas y ecos que susurran a través de las generaciones.

    Lo más fascinante de Hitlaro es cómo combina el drama familiar con una atmósfera sobrenatural que nunca se recarga del todo en lo fantástico, sino que se desliza como una presencia latente. A lo largo de la historia, Mariana Perusquía construye un universo donde la maldición, la reencarnación y el enfrentamiento intergeneracional se entretejen sin perder la dimensión humana de sus personajes. Sara, la protagonista, es una figura compleja: madre, esposa, forastera, y poco a poco, médium involuntaria de una memoria ancestral. Su travesía no es sólo geográfica ni doméstica; es una incursión en los pliegues del tiempo y en los traumas heredados, particularmente aquellos vinculados a la violencia, el linaje y el poder masculino.

    En el centro de la trama resuenan elementos del gótico rural: la mansión familiar detenida en un esplendor polvoriento, las visiones en el espejo, los susurros que cruzan la barrera entre vivos y muertos. No obstante, Perusquía evita los clichés del género para ofrecer algo más cercano a una alegoría íntima. La aparición de personajes como Rebeca —figura espectral que acompaña y confronta a Sara— sugiere la existencia de una genealogía femenina de resistencia que se perpetúa a través de los siglos. Hitlaro no es simplemente una historia de fantasmas: es un relato sobre la transmisión del dolor y la necesidad de redención.

    Uno de los momentos más potentes del libro ocurre cuando Sara, atrapada en un fragmento de espejo —una imagen que resuena con el mito de Narciso pero también con el trauma de lo inasible—, debe enfrentar a su propio hijo, Julián, que ha dejado de ser el niño tímido que conocía para transformarse en una figura ambigua y amenazante. La tensión entre el amor maternal y la sospecha del mal se convierte aquí en una alegoría poderosa: ¿cómo distinguir al heredero de la herencia? ¿Qué parte de lo que se transmite es inevitable, y cuál puede ser interrumpida por el acto consciente de una mujer?

    Perusquía escribe con un estilo directo, lírico por momentos, pero sin afectación. Hay una sensibilidad clara por el ritmo narrativo, por la cadencia del habla popular y por el suspenso emocional. La novela avanza entre escenas oníricas, recuerdos brumosos y confrontaciones físicas que, lejos de saturar la prosa, la llenan de matices. El lector no siempre tiene la certeza de lo que ocurre —ni falta que hace— porque lo importante en Hitlaro no es tanto el qué sino el cómo se revela lo invisible, cómo se filtra lo soterrado.

    Desde un punto de vista temático, Hitlaro podría leerse como una meditación sobre la reencarnación, pero también como una crítica al peso de las estructuras patriarcales y al silenciamiento de las mujeres dentro de las genealogías familiares. El pueblo como escenario es también una metáfora del cuerpo femenino: un espacio ocupado, abandonado, lleno de secretos. Sara, al final, no es sólo una protagonista sino una especie de conducto entre generaciones, una intérprete que escucha lo que las otras no pudieron decir.

    No es casual que Mariana Perusquía haya elegido publicarse como autora independiente. La historia de Hitlaro no sólo narra una lucha contra el destino sino que también representa, en su publicación misma, una forma de tomar las riendas de su voz como narradora. Escribir desde Querétaro, desde lo íntimo, desde la marginalidad de una autora debutante, es también un gesto político. Esta es una novela que nació a contracorriente del tiempo editorial, escrita por alguien que, como ella misma ha dicho, soñaba con ser Isabel Allende y encontró, en la escritura, una forma de actuar: Mariana encontró a Mariana.

    Al final del libro, cuando Sara despierta sin saber si todo lo vivido ha sido un sueño, una visión o una reencarnación, el lector también queda suspendido en ese limbo entre lo real y lo simbólico. Esa es, quizás, la mayor virtud de Hitlaro: su capacidad de perturbarnos suavemente, como lo hacen los sueños que parecen tener un mensaje cifrado.

    Mariana Perusquía se suma, con esta primera novela, a una generación de escritoras mexicanas que están renovando el imaginario literario desde lo local, lo simbólico y lo femenino. Hitlaro es un debut honesto, inquietante y lleno de posibilidades. Un libro que no grita, pero resuena como un eco persistente que seguirá acompañando a quienes se atrevan a cruzar ese espejo donde el tiempo, la historia y los afectos se reflejan una y otra vez.

  • Tisha Guevara: leer desde la diferencia, leer en comunidad

    Tisha Guevara: leer desde la diferencia, leer en comunidad

    En un país donde las estadísticas suelen hablar de rezagos en lectura, Tisha Guevara apuesta por crear espacios donde leer no sea una actividad solitaria, mucho menos excluyente. Narradora, promotora cultural y mediadora de lectura, ha hecho de la literatura un puente para la escucha, el diálogo y la visibilidad de la diferencia. Desde proyectos como Diversidades Lectorxs y Sala de Lectura Parvada, su trabajo se distingue por el enfoque inclusivo, la horizontalidad y la convicción de que leer transforma tanto como acompaña.

    Un club que nace del diálogo

    Diversidades Lectorxs es uno de los proyectos más conocidos de Tisha Guevara. Su origen, como muchas iniciativas significativas, fue íntimo y familiar: «Fue idea de mi hijo, después de una charla en donde comentaba que hay población adolescente que no tiene un espacio imparcial para expresar sus ideas, identidad y pensamientos». Así nació este club de lectura para todas las edades, que trabaja desde una mirada diversa e incluyente.

    Lo que distingue a Diversidades Lectorxs de otros espacios similares es su capacidad de albergar y potenciar la pluralidad: aquí se lee desde la diferencia, se conversa con apertura, se cuestionan los estereotipos. «La literatura da voz, representa, visibiliza, empodera y concientiza a la sociedad sobre las incuestionables diversidades», afirma Tisha, citando el lema que guía a su grupo.

    La lectura como refugio y herramienta

    En 2023, Tisha impulsó el proyecto Biblioteca Humana en el marco del Día Mundial contra la Homo Lesbo Bi Transfobia. Allí, como en muchos otros de sus esfuerzos, la oralidad y la literatura se convirtieron en herramientas poderosas para la empatía. Contar una historia —la propia o la ajena— implica un acto de reconocimiento que puede transformar la forma en que nos percibimos y somos percibidos.

    «Nosotras apostamos por la literatura para generar y cultivar no exclusión, género disidente y diversidad. La literatura puede ser un refugio, una voz y un espejo», explica. Esa convicción se extiende a todos los proyectos que ha llevado adelante como mediadora de lectura, y que suelen ir más allá del texto escrito, incorporando lo corporal, lo artístico y lo comunitario.

    Parvada: leer para volar en comunidad

    Más que un círculo de lectura, Parvada es un formato de organización y dinámica de los clubes. Bajo ese nombre —que alude al vuelo colectivo de los pájaros— Tisha ha encabezado una serie de grupos, talleres y encuentros que buscan promover la lectura como experiencia estética, emocional y social. «Además de la literatura como herramienta artística, cultural y de conocimiento, el trabajo en equipo, la sincronicidad y la empatía han sido detonantes para una experiencia no sólo literaria sino humana», explica.

    Lo que Parvada deja claro es que leer no se trata sólo de acumular páginas, sino de construir vínculos, horizontes comunes y afectividades compartidas. En ese sentido, se trata también de una pedagogía del cuidado.

    Autores locales: lectura con raíces

    Uno de los sellos del trabajo de Tisha Guevara es el impulso a autores locales. En un contexto donde las grandes editoriales y los catálogos extranjeros suelen dominar, leer literatura queretana en voz alta y discutirla con lectores de todas las edades genera un impacto singular. «Cuando hemos leído obra literaria queretana hay curiosidad, emoción, mucha charla sobre las obras… el conocer a la escritora o al escritor es otra experiencia de acercamiento», comenta.

    Este gesto, que parece simple, tiene implicaciones profundas: activa un sentido de pertenencia, de historia y de comunidad. Leer autores locales no sólo es reconocer la literatura que se escribe cerca, sino también afirmarse en el territorio, en la experiencia propia.

    Cultura de paz y creatividad: el taller de Plush Toys

    Además de sus clubes y círculos, Tisha ha participado en proyectos como el Taller de Plush Toys, una iniciativa original de otro mediador que ella llevó a escuelas primarias. Los personajes de peluche, diseñados con fines pedagógicos, fueron usados para trabajar con niñas y niños temas como cultura de paz, perspectiva de género, prevención del acoso escolar, inclusión, lenguaje incluyente y deconstrucción de estereotipos.

    Esta forma lúdica y creativa de acercarse a temas complejos demuestra la amplitud del enfoque de Tisha, siempre en diálogo con las infancias y adolescencias. Leer, conversar, imaginar y jugar son parte de la misma constelación formativa.

    Leer en comunidad, leer en horizontalidad

    La experiencia de leer en comunidad es transformadora. En Diversidades Lectorxs, los asistentes —muchas veces adolescentes— llegan con timidez, pero rápidamente encuentran un espacio de confianza. «Sin duda se genera un gran compañerismo y amistad», comenta Tisha.

    El criterio para seleccionar los textos es colectivo y horizontal. «Se busca de acuerdo a las personas que asisten: novela, narrativas educativas, cuentos, documentales…». La curaduría compartida es parte del espíritu del grupo: todas las voces importan, todas las experiencias suman.

    Desafíos y resistencias

    Como promotora cultural con un enfoque de inclusión, Tisha ha enfrentado desafíos importantes, sobre todo de tipo económico. «Lo más difícil es el recurso. Al ser un espacio gratuito para la población —que además son estudiantes— nos ha costado financiar materiales», dice. Aun así, han logrado salir adelante con creatividad, cooperación y apoyo comunitario. Un ejemplo es la donación de acervo literario por parte de la Secretaría de Cultura del Municipio de Querétaro, o la hospitalidad del Centro de Arte Emergente, donde actualmente sesionan.

    Lecturas que marcan y textos que transforman

    Más allá de los libros, lo que ha marcado recientemente a Tisha Guevara como lectora ha sido el testimonio vivo de la comunidad diversa. «No me ha marcado una novela, sino la realidad que la comunidad género inconforme y queer enfrenta en la vida real», asegura. En ese sentido, menciona ensayos, artículos, documentales y la labor de activistas como fuentes de inspiración y conocimiento.

    Entre los autores que han leído en sus círculos figuran Meredith Russo, Alice Oseman, Fernando Rivas, Radclyffe Hall, Javier Malpica, entre otros. Narrativas contemporáneas que dialogan con la identidad, el amor, la diferencia y la transformación social.

    Narrar también es resistir

    Además de la mediación lectora, Tisha tiene otro amor: la narración oral. «Me gustaría mucho dedicarle más tiempo a ello», dice. La palabra dicha en voz alta, el cuento que se despliega en la presencia del otro, es también una forma de lectura en comunidad.

    Y como todo en su camino, está atravesado por una intención: conectar con las demás personas. Porque en la literatura —leída, contada, compartida— cabe el mundo entero. Y también caben sus fracturas, sus diferencias, sus esperanzas.

    Tisha Guevara (Orizaba, Veracruz) es mediadora de lectura, narradora coeducativa, gestora cultural y tallerista. Licenciada en Derecho por la Universidad Veracruzana, ha orientado su trayectoria a la promoción de los Derechos Humanos, la Cultura de Paz y las perspectivas de género, especialmente en el trabajo con infancias y adolescencias. Desde 2020 coordina clubes de lectura con enfoque inclusivo, como Nube de Luciérnagas, Diku Deni, Pan y Rosas y Diversidades Lectorxs, este último con una sólida labor en torno a la diversidad, el lenguaje incluyente y la horizontalidad lectora.

    Actualmente colabora con la Biblioteca del Museo de la Ciudad y el Centro de Seguridad Social del IMSS, donde imparte talleres de comprensión lectora y clubes cinéfilo-literarios como Maestros del horror. Es también tallerista en prevención del acoso escolar y deconstrucción de estereotipos de género, y ha escrito sus propios cuentos cortos como parte de esta labor. Interesada en la neurocomunicación, la meditación, el diseño de experiencia y las neurodivergencias, Tisha integra diversas herramientas para enriquecer su práctica cultural y educativa. Se sigue formando en narración oral, experiencia del usuario y pedagogías críticas, apostando siempre por la lectura como un acto transformador.


    ¿Quieres unirte a Diversidades Lectorxs?
    Busca sus actividades en colaboración con el Centro de Arte Emergente, en la ciudad de Querétaro.
    Consulta más información y convocatorias en redes sociales o escribe directamente a Tisha Guevara.
    Leer en comunidad, desde la diferencia, también es un acto de amor.

  • De Berlín a Tlatelolco: una historia a tres voces y tres países

    Un oficial nazi fugitivo, una joven chiapaneca marcada por la historia cafetalera del sur de México y un guionista de Hollywood exiliado por la persecución anticomunista: tres destinos que no deberían cruzarse, y sin embargo, lo hacen. Así es De Berlín a Tlatelolco (Par Tres, 2025), la novela escrita a cuatro manos por Sabine Schütze y Alejandra Camposeco, que inaugura una trilogía ambiciosa donde la historia se entrelaza con la ficción para iluminar un periodo clave del siglo XX.

    La novela, recientemente publicada, abarca un periodo que va de 1945 hasta el terremoto de 1957 en la Ciudad de México. Pero sus ecos alcanzan el movimiento estudiantil del 68, al cual las autoras planean llegar en los próximos volúmenes. «La idea original era escribir una novela histórica entre Alemania y México. La Segunda Guerra Mundial, y en especial los campos de concentración, han sido temas que siempre me han fascinado», explica Schütze. La autora de origen alemán ya había abordado ese contexto en su novela Querido soldado desconocido, por lo que quedarse en esa época resultó natural. «Había leído libros como The Ratline o The Odessa File, y me impactó descubrir cuántos oficiales nazis lograron escapar sin enfrentar consecuencias».

    Esa fascinación se volvió motor creativo cuando Schütze descubrió que muchos alemanes emigraron a México antes incluso de la guerra, especialmente a fincas cafetaleras del sur. Algunos de sus descendientes terminaron combatiendo en la Segunda Guerra Mundial, pese a haberse criado en territorio mexicano. De allí nació el personaje de Ana, hija del ama de llaves de una familia alemana en Chiapas.

    Alejandra Camposeco recuerda que al inicio ni siquiera sabían qué periodo exacto abarcaría la novela: «Yo propuse algunas fechas al azar, y al final Sabine y yo decidimos ir del fin de la guerra hasta la matanza de Tlatelolco». Esa decisión no fue menor. No sólo establecía el marco histórico de la trilogía, sino que permitía incorporar otras tensiones de la posguerra, como la persecución anticomunista en Estados Unidos, especialmente en Hollywood, encabezada por el senador Joseph McCarthy.

    Fue así como surgieron los tres protagonistas centrales: Otto, un oficial de la SS que huye de Europa; Ana, una joven chiapaneca atrapada entre dos mundos; y Bill Brown (BB), un guionista estadounidense que escapa de la “lista negra” de Hollywood y llega a México buscando una nueva vida. «Lo genial de esta colaboración es que Sabine aporta toda esa riqueza cultural alemana que yo nunca habría imaginado, y yo sumo la perspectiva mexicana. Lo difícil fue la reescritura para que no se notaran los cambios de pluma», confiesa Camposeco.

    El rigor de la investigación histórica es una de las fortalezas del libro. Las autoras encontraron que San Carlos de Perote, una antigua fortaleza en Veracruz, fue usada como campo de detención para ciudadanos del Eje durante la guerra. La información era escasa, pero lograron rastrear publicaciones como Perote y los nazis de Carlos Inclán Fuentes y testimonios de investigadores que documentaron esos episodios poco conocidos.

    Otra dificultad fue comprender la devastación cafetalera ocurrida en 1957. Gracias a Ma. Amalia Toriello, quien escribía un libro sobre la finca Hamburgo en Chiapas, supieron que un viento violento defolió las plantas, dejándolas improductivas por años. Ese tipo de detalles, que podrían parecer anecdóticos, enriquecen el trasfondo narrativo.

    Camposeco admite que nunca había incursionado en el género histórico. «Imaginaba que requería investigación, pero la realidad fue abrumadora. Aunque debo decir que fue también la parte más divertida. Me encantó aprender tanta historia, y lograr que los hechos se convirtieran en un escenario sin que pareciera que intentamos dar una lección».

    El libro aborda temas complejos como la culpa, la obsesión, el amor y la redención, pero lo hace desde la contención emocional. «Nunca nos ha gustado el melodrama», dice Camposeco. «ambas somos secas y pragmáticas, aunque creo que tenemos un alma romántica escondida por ahí». Schütze coincide: «Otto encarna la crueldad nacida del vacío y del miedo a perder el control; Ana y Jürgen viven un amor imposible desde el inicio. La culpa está presente en todos, no como castigo, sino como compañía».

    Un contexto que destaca en la novela es la persecución macartista en Hollywood. Camposeco recuerda que el detonante fue la película Trumbo: la lista negra de Hollywood, con Bryan Cranston. Le interesó la idea de que el comunismo, tan presente en la posguerra, también impactó en México, donde el Partido Comunista Mexicano y el Partido Popular Socialista comenzaron a influir en la juventud: «El personaje de Bill Brown escapa de Hollywood porque no quiere involucrarse, pero termina enfrentándose a esa ideología como profesor en la UNAM. En el segundo tomo hablaremos de la revolución cubana, que también forma parte de este telón de fondo».

    La trilogía está cuidadosamente planificada. El segundo volumen continuará después del sismo de 1957, y llegará hasta 1963. El escenario regresará a la finca cafetalera, ahora golpeada por un entorno hostil. Los Wächter, la familia alemana, intentarán recuperar el control mientras la tensión entre Otto, Ana y Jürgen se intensifica. También aparecerá Acapulco en su época dorada, como otro de los espacios donde se despliega la narrativa.

    La tercera parte, como anticipa el título, llegará a la tragedia de Tlatelolco en 1968. «Nos interesa mostrar cómo ciertos procesos históricos, aparentemente desconectados, terminan por confluir en un mismo país, en una misma historia. Porque la historia, como la memoria, no es lineal. Es una red de ecos y resonancias».

    De Berlín a Tlatelolco no es solo una novela histórica; es una exploración de lo humano desde la ficción documentada. Una historia escrita por dos autoras que se complementan no solo en estilo, sino en visión del mundo. En un momento donde la literatura mexicana y latinoamericana busca nuevas formas de narrar el pasado, Schütze y Camposeco han encontrado una voz compartida que, sin caer en simplificaciones, ilumina los claroscuros de una época crucial.

    Y esto apenas comienza.

  • Mnemósine: una memoria visual en construcción

    En un ecosistema cada vez más saturado de imágenes, detenerse a pensar la fotografía se vuelve un acto de resistencia. De ahí la importancia de proyectos como Mnemósine, una revista electrónica independiente que desde mayo de 2023 ha apostado por recuperar, reflexionar y dialogar en torno a la imagen y la memoria. Nacida como una iniciativa de Andrés Monroy Pérez, en el seno del Club de Fotografía del Centro Queretano de la Imagen, esta publicación trimestral se ha convertido en un espacio de encuentro para fotógrafos, investigadores, artistas visuales y amantes de la fotografía.

    Más que una revista, Mnemósine es un archivo en movimiento, un ejercicio colectivo que busca honrar la relación entre la imagen y la memoria a través de artículos, ensayos visuales, testimonios y colaboraciones interdisciplinarias. Su nombre —clara alusión a la diosa griega de la memoria— revela ya su vocación: fijar lo efímero, repensar lo visible, preguntarse por el devenir de lo que fue capturado por la lente.

    En su quinto número, Mnemósine se adentra en un territorio poco explorado: los fotógrafos y estudios fotográficos durante la segunda mitad del siglo XX. Un periodo marcado por profundas transformaciones tecnológicas, sociales y culturales, que incidieron directamente en las prácticas fotográficas del país. Este dossier se nutre de las contribuciones de Alejandro Pérez Cervantes, Analí Núñez, Carlos Recio Dávila, León Pablo Bárcenas, Joaquín Garzafox, Mauricio Medina, Rocío B. Ortiz, Ruy Caballero y del propio Andrés Monroy, además de incluir una participación especial del cartonista Fraga.

    Cada texto ofrece una perspectiva particular sobre la labor de aquellos fotógrafos de estudio que, con cámara en mano, registraron bautizos, bodas, entierros, retratos familiares y momentos clave en la vida de sus comunidades. Una labor artesanal que hoy, frente al vértigo digital, merece ser repensada y valorada. Lejos de la nostalgia fácil, los textos proponen una mirada crítica, afectiva y documentada de esa época que aún habita nuestros álbumes y archivos.

    La revista se encuentra disponible para lectura libre y gratuita en línea a través del siguiente enlace: https://acortar.link/zoGgzc. Con motivo de la presentación de este número, se han impreso algunos ejemplares físicos, disponibles a un costo de recuperación de $50 pesos. Una forma de preservar también el tacto, el papel, el objeto como forma de memoria.

    Mnemósine es, además, una invitación abierta: quienes deseen colaborar pueden hacerlo, siempre y cuando sus propuestas giren en torno a la fotografía, la imagen y la memoria. La revista se construye como un espacio horizontal y colectivo, donde cada mirada aporta a la reconstrucción de un pasado visual compartido.

    En un mundo saturado de selfies y algoritmos, Mnemósine propone otra forma de mirar: más lenta, más crítica, más humana. Una mirada que no olvida.

    La presentación del número 5 de Mnemósine será este jueves 29 de junio a las 18.00 h en el Coro Bajo del Centro Estatal de las Artes. La entrada es libre.

  • Distrito Central, una novela polifónica sobre identidades y memorias

    En la vasta producción literaria de Juan Antonio Isla (Querétaro, 1950), Distrito Central: un nuevo modelo para armar (Helvética, 2024) se erige como una pieza narrativa clave que explora las fronteras entre lo personal, lo colectivo y lo artístico. A través de un complejo entramado de voces y memorias, Isla entrelaza los secretos familiares con las realidades sociales de una entidad geográfica cambiante, revelando una obra de inusitada profundidad que desafía las convenciones de la novela tradicional. Este próximo 29 de noviembre, en el Museo de Arte de Querétaro, se presentará oficialmente esta obra, invitando a lectores a ser parte de en una experiencia literaria cautivadora.

    En el centro de la novela se encuentra Gerardo Santander, un personaje que, tras un exilio autoimpuesto en Nueva York y Hollywood, regresa al Distrito Central, el barrio que lo vio crecer, con un ambicioso proyecto: crear un filme híbrido, a medio camino entre el documental y la autobiografía. Acompañado por Djurek Volta, un productor ucraniano que comparte su visión artística, Gerardo decide construir su película con las historias de su comunidad, utilizando a sus propios vecinos y familiares como protagonistas.

    El proyecto de Gerardo, aunque ficticio, se convierte en un espejo de las dinámicas narrativas de la novela misma. Isla estructura Distrito Central como un rompecabezas narrativo, donde las piezas —cada historia, cada personaje— se ensamblan en un corpus que trasciende la suma de sus partes. Este enfoque, descrito por el propio autor como una sucesión de pequeñas historias agrupadas, permite al lector asumir un rol activo en la construcción de sentido, configurando un diálogo íntimo entre texto y lector.

    Una de las mayores fortalezas de esta obra radica en su habilidad para capturar lo extraordinario en lo ordinario. Las calles del Distrito Central, sus habitantes y sus rutinas se convierten en escenarios que Isla describe con minuciosidad y sensibilidad. A través de esta lente, la novela da voz a una comunidad que, aunque aparentemente periférica, es el corazón palpitante de las transformaciones sociales y culturales.

    La introspección psicológica de los personajes es otro de los elementos destacados de la novela. Isla profundiza en los conflictos internos de sus protagonistas, abordando temas como el alcoholismo, los secretos familiares, la sexualidad y la memoria colectiva. Esto no solo humaniza a los personajes, sino que los sitúa como representantes de una sociedad en transición, atrapada entre el peso de las tradiciones y las exigencias de la modernidad.

    El erotismo emerge como un eje transversal en Distrito Central. Sin caer en lo explícito, Isla dota a su prosa de una carga sensual que se convierte en un vehículo para explorar las pasiones humanas y los vínculos afectivos. Las escenas de corte erótico, descritas con maestría, oscilan entre lo visceral y lo poético, aportando matices a la narrativa que enriquecen su profundidad emocional.

    Este erotismo, sin embargo, no es un fin en sí mismo, sino un medio para desentrañar las complejidades de las relaciones humanas. En las palabras del propio autor, su intención no es únicamente describir una realidad externa, sino involucrarse profundamente con las emociones y los conflictos de sus personajes. Esto confiere a la novela un carácter visceral y honesto que resuena con los lectores.

    Uno de los logros más destacados de la novela es su capacidad para situar a un ente geográfico contemporáneo (quizás Querétaro) en el contexto de su propia historia. Isla retrata una ciudad en constante evolución, donde las tradiciones y costumbres del siglo XIX conviven, a veces de forma conflictiva, con las inercias del siglo XXI. Este enfoque histórico y sociológico dota a la novela de una dimensión adicional, convirtiéndola en un testimonio de las transformaciones culturales y sociales de nuestra región.

    El Distrito Central se convierte así en un microcosmos que encapsula los desafíos y las oportunidades de la modernidad. Las historias individuales de los personajes, aunque profundamente personales, adquieren un carácter universal al situarse en este contexto más amplio, haciendo de la novela una reflexión tanto sobre la identidad colectiva como sobre las contradicciones inherentes al progreso.

    La estructura polifónica de Distrito Central es otro de sus rasgos definitorios. Isla no se limita a una única perspectiva narrativa, sino que emplea múltiples voces para construir un mosaico de experiencias y emociones. Esta técnica no sólo enriquece la complejidad de la trama, sino que también refuerza el tema central de la novela: la multiplicidad de perspectivas que conforman la verdad colectiva.

    El narrador omnisciente, aunque presente, no es un observador distante. Por el contrario, Isla lo describe como un participante con agencia, involucrado emocionalmente con sus personajes y sus historias. Este enfoque permite a los lectores experimentar la narrativa desde dentro, sintiéndose parte del entramado emocional que da vida a la novela.

    Distrito Central: un nuevo modelo para armar es mucho más que una novela; es una experiencia literaria que invita a los lectores a reflexionar sobre las complejidades de la identidad, la memoria y la comunidad. Con una prosa que combina la precisión de un documentalista con la sensibilidad de un poeta, Juan Antonio Isla nos entrega una obra que, al igual que la película ficticia de Gerardo Santander, se convierte en un espejo multifacético de nuestra propia realidad.

    Distrito central es un testimonio del poder de la literatura para capturar lo efímero, para dar voz a los marginados y para explorar las infinitas posibilidades del arte como medio de representación. En el panorama de la literatura contemporánea, Distrito Central se yergue como un hito que reafirma el talento y la visión de Juan Antonio Isla.

    *Fotografías: Mónica Zárate

  • Dos escritores secretos: Efrén Hernández y Francisco Tario

    Fue aquel jueves 24 de mayo del 2007 cuando Alejandro Toledo presentó su entonces reciente trabajo editorial, Dos escritores secretos, una compilación de trece ensayos sobre los escritores mexicanos Efrén Hernández y Francisco Tario, publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro. Gracias al auspicio del Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, la presentación tuvo lugar en una conocida cafetería del centro de la ciudad.

    Enfático, Toledo afirmó que Dos escritores secretos no pretende “crear monumentos a Efrén Hernández ni a Francisco Tario, sino lograr que la obra de estos escritores secretos y raros encuentre lectores que deseen explorarlos, que se sientan atraídos por una literatura diferente y particular emanada de nuestra nación”. Esta ambición representa, para el autor, un buen riesgo: “se trata de que las obras de Hernández y Tario sean necesariamente leídas”.

    La presentación consistió en una reflexión en torno a los textos reunidos en la compilación. Según el compilador, “se puede apreciar incluso el carácter extraño y raro de los dos escritores mexicanos”. Para Toledo, el objetivo principal es “compartir el descubrimiento de dos escritores mexicanos que han sido poco valorados en el espectro literario nacional y permitir que sus obras circulen; no busco que se les rindan homenajes oficiales, sino que sepamos que existen”.

    El evento, que derivó en una charla entre el autor y los asistentes, sirvió como marco para debatir las aportaciones literarias de Hernández y Tario, así como para descubrir similitudes y diferencias entre ambos escritores. Sus obras fueron analizadas por los trece ensayistas jóvenes que participaron en la compilación, provenientes de distintas regiones de la República.

    Toledo destacó la principal característica que define a los escritores raros, como Hernández y Tario: su escasa producción literaria, que, sin embargo, delata su genialidad. Puso como ejemplo a Juan Rulfo, “quien, con solo dos libros, desistió de ser una figura intelectual permanente; quizás, en caso contrario, habría escrito solamente libros malos”.

    Los ensayos reunidos en Dos escritores secretos tienen un doble propósito: fomentar el estudio del estado del arte de la literatura nacional y promover la producción ensayística entre jóvenes escritores mexicanos. “Se trató de extender una invitación a compartir puntos de vista sobre los diferentes enfoques creativos que ofrecen Hernández y Tario. Los ensayistas se sintieron afortunados de recibir esta invitación y respondieron con un buen trabajo, que ahora el lector tiene en sus manos”, refirió Toledo.

    El compilador reconoce que la propuesta de crear esta obra fue bien recibida por los ensayistas jóvenes: “A quienes contribuyeron con la obra les gustó haber tenido un contacto literario con Efrén Hernández y Francisco Tario”. Además, destacó que la compilación cumple con dos funciones esenciales: “Por un lado, permite que los escritores tomen conciencia de las sociedades literarias que se agrupan en torno a un autor; por otro, ayuda a los jóvenes ensayistas a descubrir que, muchas veces, los escritores menos conocidos son los más interesantes”.

    Lejos de la mecánica tradicional de una presentación de libro, este evento prescindió de panel, moderador y un gran foro para convertirse en un diálogo directo entre el autor y los asistentes, construido a partir del libro. Para Toledo, en esta presentación la forma fue fondo: “Los mismos Hernández y Tario promueven ser leídos por públicos muy selectos, que aspiran a tener una experiencia literaria diferente y que no necesariamente se cuentan por cientos. No buscamos una lectura masiva, sino adecuada”.

    Autor de James Joyce y sus alrededores (2005), Alejandro Toledo sostiene que “a la mayoría de los críticos literarios les cuesta mucho entender el trabajo de los escritores raros, como en el caso de Hernández y Tario. Frecuentemente, este tipo de escritores son tachados de menores, dado que no se adaptan a las formas literarias típicas, como la novela, la poesía o el relato, sino todo lo contrario”.

    Sobre los perfiles de Dos escritores secretos, el autor destaca: “Los escritores raros presentan generalmente una peculiaridad tanto en su escritura como en su personalidad y figura pública. Efrén Hernández era muy carismático, amable y simpático; incluso contaba con un círculo de seguidores, a pesar de su escritura transgresora. En contraste, Francisco Tario siempre se mantuvo distante de todo contacto público: no presentó ningún libro ni otorgó entrevistas”.

    Alejandro Toledo explicó que la selección de los ensayos no fue un proceso estricto. “A partir de la invitación a los ensayistas, los textos fueron surgiendo y se incluyeron conforme me llegaban; no hubo una selección de material”. No obstante, destacó que trató de evitar la repetición temática: “Algunos escribieron sobre poesía, otros sobre narrativa y algunos más sobre los aforismos de Hernández”.

    A partir de la lectura de los ensayos, se advierte un interesante valor pedagógico para el estudio y análisis literario, según la interpretación de los textos que cada ensayista aporta. Alejandro Toledo no descarta la posibilidad de que los ensayos reunidos en Dos escritores secretos constituyan una contribución relevante para el estudio de la literatura nacional desconocida o infravalorada: “Creo que los ensayistas encontraron en esta propuesta una oportunidad para interpretar a Hernández y Tario desde una perspectiva particular. Su trabajo constituye una forma de revelar alternativas creativas ante los modelos literarios impuestos. Pero el mayor beneficiado es el lector, quien tendrá la oportunidad de acercarse a la obra de dos genios de la literatura poco valorados”, concluyó.