Por María Consuelo González del Castillo
El camino hacia Santa María del Palmar se iluminaba con las primeras luces del amanecer. El doctor Manuel Cárdenas, con su sombrero ladeado y el maletín de médico en el asiento trasero, conducía en silencio mientras su hija Irma —a quien todos llamaban cariñosamente Mima— contemplaba los campos verdes y húmedos a través de la ventanilla. El olor a tierra mojada y a hierba fresca la reconfortaba, envolviéndola en una calma serena, aunque también le recordaba con dolor la ausencia de su madre, fallecida dos años atrás.
Desde entonces, padre e hija se habían convertido en un apoyo mutuo. Manuel, respetado por todos como médico y consejero, y Mima, decidida a dejar huella en su trabajo como maestra, compartían la certeza de que la educación y tener claro el valor de la persona, así como respetarlo, eran la mejor medicina contra los males de la sociedad.
Al llegar a la secundaria del pueblo, el bullicio aún no había iniciado. El patio permanecía en silencio, interrumpido, de vez en cuando, por el canto de un gallo o el aleteo de unas palomas. Con pasos suaves, Mima entró a su salón. Le gustaba respirar profundo; no sabía a ciencia cierta si el aire guardado en el aula olía a polvo, a gis, a lápices, a cuadernos o a sudor de adolescentes después de andar o corretear por el patio. Acomodó sus libros, colocó una jarra con flores frescas, haciendo homenaje a la herencia de su madre, y suspiró para decir en tono bajito:
—Pues, a iniciar otro día…
Miró a su alrededor. No era un aula cualquiera, era su aula; la consideraba un espacio de refugio y esperanza. Sin temor a equivocarse, pensaba que su misión no consistía solo en enseñar gramática, matemáticas o geografía, sino en sembrar confianza, en acompañar y proteger a sus alumnos. Sabía que tenía que generar seguridad y optimismo en un entorno donde la violencia y el silencio se habían vuelto costumbre.
Entre sus alumnos, Mima había puesto especial atención en Eduviges, una jovencita de catorce años, callada y de mirada triste, que siempre cubría sus brazos con suéteres, incluso en los días de calor. La maestra había notado que, a veces, al escribir en el pizarrón, cuando las mangas se le deslizaban, dejaban ver algunas marcas en la piel.
Ese día, al terminar una clase, se animó a preguntarle con suavidad:
—Edu, ¿estás bien?
La chica bajó la mirada y, murmurando, apenas le dijo:
—Sí, maestra, estoy bien… bueno… sólo que a veces me desespero mucho y pareciera que no estoy bien, pero… de verdad estoy bien.
Mima comprendió de inmediato que lo que estaba percibiendo tenía que ver con lo que le había escuchado comentar a la psicóloga Blanquita, quien venía de la capital, cuando les habló sobre la autolesión no suicida, conocida como cutting, una manera en que algunos adolescentes expresan su dolor. Aquello encendió todas sus alertas.
La maestra continuó observando y notó que su alumna evitaba mirarla, además de percibir en sus ojos una tristeza tan grande que no estaba de acuerdo con su edad.
—Edu, ¿de verdad, todo está bien? —preguntó Mima con dulzura.
La muchacha volvió a bajar la cabeza y murmuró, apenas audible:
—Sí, maestra… sólo estoy cansada.
Pero Mima sabía leer más allá de las palabras. Volvió a ver las muñecas de la chica, pues un nuevo descuido dejó al descubierto las marcas de una inconfundible autoagresión. Su corazón se estremeció.
Esa tarde, cuando todos se fueron, la esperó en la puerta.
—Edu, ¿quieres quedarte un momento?
La chica dudó, pero asintió. Entre sollozos, terminó confesando que, cuando la tristeza, los golpes o los gritos en su casa eran insoportables, se hacía cortes con la navajita que usaba para sacar punta a sus lápices.
—Es que así siento que se me sale todo lo que me duele… aunque después me arde muchísimo, pero prefiero eso que lo otro —susurró.
—¿Qué es «lo otro»? —preguntó Irma de inmediato.
—¡Nada, nada… olvídelo!
Mima la abrazó con ternura, conteniendo el llanto. Sí había escuchado casos de cutting, pero tenerlo frente a ella, en una de sus alumnas, le atravesaba el alma. Sabía que debía actuar con cautela: protegerla, pero también enfrentar la raíz del problema.
Y esa raíz tenía nombre: Anselmo, el padre de Eduviges. Hombre de carácter duro y necio, acostumbrado a beber cada tarde con los amigos, se había vuelto temido en su casa. Los vecinos lo saludaban con respeto, pero las mujeres del pueblo lo describían como un hombre violento, sobre todo con su esposa y sus hijas.
En el hogar, la diferencia entre hijos varones y mujeres era evidente. A los muchachos les celebraba cualquier travesura; a las niñas, en cambio, apenas les permitía hablar. Los castigos eran frecuentes, los gritos de la madre se mezclaban con los portazos del padre, y Eduviges había aprendido a callar, a esconder sus emociones y, finalmente, a herirse en silencio.
Tras aquella conversación, Mima no pudo dormir. Recordó que sus compañeras maestras le habían platicado de otra alumna, Lupe, que años atrás había terminado con su vida después de un largo periodo de tristeza y soledad. «No podemos permitir que vuelva a pasar», pensaba.
A la mañana siguiente, propuso en la reunión de maestros iniciar una Escuela para Padres. Le pidió apoyo a la directora, la profesora Porfiria, y más tarde a su padre, el doctor Cárdenas. El objetivo era sencillo, pero ambicioso: abrir un espacio donde las familias reflexionaran sobre la dignidad de la persona, el respeto a los hijos y la crianza sin violencia.
—No será fácil, Mima —dijo su padre, mientras hojeaba el temario que habían armado—, pero si logramos tocar aunque sea un corazón, valdrá la pena.
—Así es, papá, yo también así lo creo.
—Oye, cambiando de tema, fíjate que hoy en la mañana fue a consulta una mujer indígena. Tú sabes que son personas muy apacibles… no puedo evitar que me despierten un sentimiento de protección, además de hablarles con cariño y en un lenguaje sencillo.
—Siempre me has dicho que no merecen menos.
—Exactamente. Llevaba a su pequeño, de apenas siete meses, muy enfermito. Tenía una bronquitis severa. Al revisarlo, noté que estaba muy congestionado, así que la miré con ternura y le pregunté: «¿Le hierve el pechito?». Y ella, con toda su candidez, me respondió: «No, se lo doy crudo».
No pudieron evitar la risa. Al mismo tiempo, se enternecieron por la belleza que se esconde en las respuestas más inocentes.
—¡Ay, papá, me hacía mucha falta reírme! Gracias por este momento.
—Debemos agradecer que también podemos vivir instantes como este… Siempre hay a nuestro alrededor gente sencilla y noble —dijo con seriedad el galeno.
Antes de iniciar la Escuela para Padres, repartió recordatorios a sus alumnos:
—Es sólo para que no se les olvide. Ya hablamos con sus papás en forma personal.
Una voz interrumpió tímidamente:
—¿Y si no saben leer? —preguntó Yola.
—Entonces, tú léeles la invitación —respondió Mima con dulzura—. Lo importante es que la entreguen.
Eduviges, inquieta, levantó la mano:
—¿Usted habló con mi papá o con mi mamá?
—Solo con tu mamá, Edu, pero me aseguró que vendrían.
—Bueno —contestó cabizbaja.
Camino a casa, la chica leyó la invitación y, en silencio, oró:
Virgencita, te pido que ayudes a mis padres… que ya no nos pegue mi papá y que mi mamá deje de gritarnos. Como dice mi amiga Carmen: ilumínalos, pero no los encandiles.
Días más tarde, después de clases, Anselmo apareció en la escuela con aliento alcohólico, alterado y con la voz encendida.
—¡Usted anda metiendo ideas raras en mi hija! —gritó, señalando a Mima.
—No, don Anselmo. Yo sólo quiero lo mejor para ella —respondió la maestra, sin alzar la voz.
—Le digo que no se meta. Usted ni siquiera sabe lo que es ser madre; está muy escuincla para querer andar enseñando cómo criar a los hijos.
Eduviges estaba presente. Con lágrimas en los ojos, se levantó la manga y mostró los cortes.
—¡Mira lo que me he hecho, papá! ¿Eso es lo que quieres?
—¡Otra loca! —gritó, sin ninguna consideración por lo que estaba viendo.
Mima intervino con firmeza:
—Su hija no necesita miedo, necesita amor. Usted puede ser parte del cambio, don Anselmo, o puede seguir destruyéndola.
El hombre volteó a verla con desdén y partió a su casa.
El primer sábado, don Anselmo apareció en la sesión con gesto serio, sentado en la última fila, con los brazos cruzados. Escuchó al doctor Cárdenas hablar sobre la dignidad de la persona, pero no aplaudió ni comentó nada.
Al salir, interceptó a Mima.
—No se meta tanto en lo que pasa en mi casa, maestra. Los hijos se crían con mano firme; si no, se suben a las barbas.
—No se llama mano firme, don Anselmo, se llama violencia —respondió Mima con calma.
Él resopló y se alejó sin despedirse.
Una semana después, tras una discusión en la que Eduviges volvió a recibir golpes porque había olvidado traerle tortillas a su padre, los gritos se escucharon hasta la calle. Esa noche, la niña se encerró en el baño con su navajita.
Se hizo varios cortes, ahora más profundos que otras veces, incluso alcanzando las venas. El dolor físico le resultaba más soportable que el de sentirse tan agredida sin que nadie pudiera hacer algo por ella. Su hermano menor vio sangre en el piso y llamó a su madre.
Se asustaron mucho. Parecía desangrarse y, en minutos, la llevaron casi inconsciente al consultorio del doctor Cárdenas. Mima llegó poco después, con el corazón en la garganta.
—Está fuera de peligro —dijo el médico—, pero necesita atención psicológica urgente… y un ambiente seguro en su casa.
Don Anselmo, con la mirada baja, escuchaba sin replicar.
Esa misma noche, el doctor lo llevó aparte.
—Si sigue así, puede perderla. No le estoy hablando como médico, sino como padre. Todavía puede enmendar, pero necesita escucharla… y, sobre todo, respetarla.
Fue la primera vez que don Anselmo no tuvo una respuesta defensiva. No tenía nada que contestar. En su mente prometió no dejar de ir a las sesiones y hacer un esfuerzo por cambiar. Sintió miedo y, al mismo tiempo, pesar en su corazón. Arrepentido, se armó de valor y le dijo, sollozando, al doctor:
—Es este maldito vicio con el que no he podido.
—¿No ha podido? No se engañe, Anselmo, tal vez ni siquiera lo ha intentado.
—Bueno, lo que quiero decir es que me siento muy mal cuando hago estas cosas.
—No lo dudo ni tantito. Seguramente eso le pasa después de la borrachera.
—Así es, doctorcito. Aunque usted no lo crea, sí me doy cuenta del daño que les hago a todos en la casa.
—Pues comprométase con ellos, con Dios o con quien usted quiera, pero es urgente que cambie su forma de ser y deje el alcohol de una vez por todas.
Las semanas siguientes, su actitud fue mejorando, al principio tímidamente. Menos gritos, menos órdenes humillantes. La psicóloga Blanquita trabajó con Eduviges en terapia, enseñándole otras formas de manejar su dolor. Poco a poco, las mangas largas dejaron de ser sus aliadas para esconder sus lesiones.
El salón de usos múltiples se llenaba cada sábado. Padres y madres llegaban con gusto, con deseos de aprender a ser mejores padres, pero también algunos solo iban por curiosidad. El doctor Cárdenas les volvió a hablar de la dignidad de la persona y les insistió:
—Ninguna mano sobre la mejilla ni una palabra humillante pueden cambiar el valor que cada uno tenemos como seres humanos, porque con él nacemos… nada ni nadie nos lo puede quitar. Lo que hacemos con la violencia es pisotearlo; tal vez lo podemos hacer pedazos, pero siempre permanece en nosotros, porque somos valiosos hasta la muerte.
Mima después tocó el tema de la violencia intrafamiliar. Puso ejemplos concretos:
—El golpe, el insulto, la indiferencia… todo deja huellas. Nadie se vuelve mejor con miedo; al contrario, los corazones se llenan de odio y rencor y, a su vez, se vuelven también agresivos y violentos.
A Eduviges le gustaba colarse en las pláticas. Observaba a su padre desde el fondo del salón. Al inicio, Anselmo empezaba escuchando con los brazos cruzados y los labios apretados, como si quisiera refutar. Pero el duro acontecimiento que había pasado con su hija hacía algunos días y la voz firme y serena de la maestra lo iban desarmando poco a poco. Asentía con un ligero movimiento de cabeza, convencido de que el cambio dependía de él.
Una tarde, Anselmo llegó a casa con olor a alcohol. Encontró a Eduviges ayudando a su hermana con la tarea. Enseguida se molestó porque no fue atendido de inmediato, levantó la mano para golpear a su hija, pero en ese instante recordó las palabras del doctor Cárdenas: “La violencia siempre regresa con más fuerza”. Dudó, bajó el brazo lentamente y salió a buscar a su esposa sin decir nada.
Por primera vez en mucho tiempo, la muchacha respiró sin miedo. Esa noche, en lugar de hacerse cortes, escribió en su libreta:
Hoy no me pegó. Hoy me sentí fuerte y amada.
El trabajo en equipo dio frutos. El proyecto se convirtió en un programa de apoyo comprometido con salvaguardar la integridad de los adolescentes, con un objetivo claro: mejorar la calidad de vida de las mujeres, promover la ausencia de violencia de género en todas sus formas y fomentar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres desde la raíz misma: la familia.
Un día, Eduviges llegó a clases con una gran sonrisa en los labios. Su voz era diferente, en tono alegre y, sin dejar de ver directo a los ojos de Mima, le dijo entusiasmada:
—¡Maestra, déjeme le cuento que mi papá y otros señores de aquí fueron a la iglesia a jurar!
—¿Jurar? ¿Qué juraron?
—¿No sabe qué es eso? Van a la iglesia y juran ante Dios y la Virgen que no van a tomar vino ni cerveza durante todo un año.
—¿Ah, sí? Pues esa es muy buena noticia, Edu.
—Buenísima, porque lo cumplen muy bien. Mis tíos ya lo han hecho y no toman nada.
—¿Y estos días cómo te ha tratado tu papá?
—En la casa, poco a poco somos diferentes. Desde que la señorita Blanquita nos está tratando y con las pláticas, todo está mejor… Bueno, también después del susto que les di —contestó con una mueca graciosa.
La transformación no fue inmediata. Hubo retrocesos, discusiones, momentos de tensión. Sin embargo, en una de las sesiones más intensas, Mima habló directamente sobre las autolesiones.
—Cuando un hijo se hiere a sí mismo, no busca morir, busca ser visto. Es un grito que no sale por la boca, sino por la piel. ¿Qué estamos haciendo para que nuestros niños prefieran lastimarse antes que pedirnos ayuda?
Blanquita estaba presente e intervino con contundencia:
—Bueno, es verdad que no buscan morir, pero sí pueden morir.
El silencio fue absoluto. Anselmo sintió que esas palabras estaban dirigidas a él. Miró a su hija: sus ojos brillaban de lágrimas contenidas. Fue como un golpe en el corazón.
Al terminar, se acercó a Mima y murmuró:
—Me arrepiento, maestra Mima, le juro que me arrepiento. Me asusté mucho con lo que le pasó a mi hija.
Porfiria, la directora, se aproximó también:
—Nunca es tarde, don Anselmo. El cambio empieza hoy.
Las sesiones concluyeron con una comida comunitaria. Cada familia llevó un guisado, aguas frescas y pasteles. Se entregaron diplomas simbólicos, pero el verdadero reconocimiento se manifestó en el ambiente de confianza que había nacido entre padres y maestros.
El doctor Cárdenas tomó la palabra:
—Hoy no sólo celebramos el fin de estas reuniones, sino el inicio de una nueva etapa. Ustedes, padres de familia, han invertido en lo más valioso: sus hijos. Que este compromiso no termine aquí, que se multiplique en cada casa.
Mima miró a Eduviges, que sonreía tímidamente. Ya no llevaba las mangas cerradas hasta la muñeca. La niña había dejado de cortarse y, aunque el camino sería largo, ahora sabía que no estaba sola.
En el corazón de Santa María del Palmar, la esperanza había encontrado un lugar más allá de las aulas.
